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31 de octubre de 2005

Desnudo ( publicado en antología de relatos Aledaños de la Literatura, editorial Premura. )

Cuando se hubo alejado lo suficiente se desnudó.
La sensación de la tierra, amortiguada por la hierba bajo sus pies, le gustó.
Estaba desnudo, en mitad del bosque, mientras los demás montaban sus tiendas.
Paseaba despacio, erguido, sintiendo su columna, el peso de su cuerpo en el suelo; sintiéndose vivo.
Creo en esto, se dijo, en un ser humano desnudo en el bosque.
Sin ropa, sin clase, sin dinero, sin orgullo, sin ser más ni ser menos, desnudo. Real.
Se agachó a contemplar unas hojas muertas, que crujieron entre sus dedos.
Lo hemos hecho todo mal, nos hemos contado tantas mentiras, hemos puesto nuestra fe en tantas cosas sin sentido. Derrochamos nuestra vida. Somos sombras; nos da miedo existir de verdad.
Crecemos y morimos en junglas de asfalto, creemos en leyes que nosotros hemos inventado como si formasen parte del equilibrio real del mundo.
Vivimos en la mentira de gentes sin corazón que murieron hace siglos.
Matamos a Dios y ahora matamos el cielo y las aguas sin pestañear.
Un pájaro asintió con su canción.
La luz, entre las ramas más altas, parecía escuchar sus pensamientos.
Tan pequeños, con nuestro orgullo, nuestros coches, nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras pequeñas aficiones. Perpetuamos un sistema condenado al fracaso, mantenemos las injusticias, nos quejamos y seguimos haciendo girar la rueda.
Una hoja cayó de sus dedos y miró al frente, donde los árboles se perdían.
Nos hemos apartado madre, hemos olvidado que somos tus hijos; hemos dejado que nuestra capacidad para crear cosas nos ciegue, hemos perdido el equilibro.
Pocos sentimos tu pulso en todas las cosas vivas.
Hacemos las cosas del corazón, las que tú nos enseñaste, con la cabeza.
Nunca sale bien.
Matamos todo lo bueno y sobrevive en pequeñas excepciones por las que nos decimos que merece la pena vivir.
No nos atrevemos a salir del callejón sin salida donde nos metimos al apartarnos de tu lado.
Nos hemos vuelto cobardes, madre.
Tocó la corteza de un viejo árbol y pensó en todas las otras manos que, hace siglos, se posaron sobre él.
Alguien declaró su amor aquí, alguien traicionó y alguien fue traicionado, un niño jugó con el compañero que luego fue su enemigo, dos mujeres se sentaron y hablaron del hombre que no las amó, alguien se escondió esperando ser encontrado, una niña de grandes ojos color miel y pelo rojizo. Un hombre soñó un mundo mejor cobijado en esta sombra.
Testigos del tiempo cayendo a centenares. Cada día. En todo el mundo.
No nos importa; sólo de una forma distante y lejana.
Nuestra cabeza, nuestra lógica, nuestra educación, nuestro saber estar ha destrozado nuestra verdadera naturaleza.
Saltó sobre una enorme raíz que sobresalía de la tierra y olisqueó el aire.
Sigo aquí madre, algunos seguimos salvajes.
Sonrió entrecerrando sus ojos.
Vestimos las ropas y hablamos las lenguas pero conservamos la magia del verde.
Olemos el aire, sentimos la necesidad de decirle algo a la luna, abrazamos los árboles, respetamos toda la sabiduría que los necios asesinos que matan nuestro espíritu quemaron en piras de leña y carbón.
La niña de grandes ojos color miel y pelo rojizo, en algún lugar del tiempo, arde en una de ellas.
Sin ser doblegada; sin renunciar.
Sin pecado ni maldad.
Miró hacia el campamento, no lo veía pero podía sentirlo. Las tiendas, los fogones, las mantas, alguna radio, teléfonos.
Hablando sobre dinero, sobre programas de televisión, sobre ropa, sobre otros.
Sonrió.
No somos malos, somos idiotas.
Caminó despacio hacia sus prendas. Se vistió lentamente; tratando de permanecer desnudo con toda esa ropa puesta.
Dejó un beso en su palma, cerrando los ojos, sintiendo un escalofrío desde el corazón hasta la punta de sus pies; por toda la columna. Creciendo mientras lo daba.
Se agachó y dejó ese beso en el suelo que lo sujetaba.
Seguiré siendo tu hijo madre, todo lo que pueda.
Los árboles observaron como se marchaba, despacio, de vuelta al mundo.
Todo caerá, al final, por su propio peso.
En algún lugar, en la otra parte, donde aún es de noche, un lobo aulló a la luna bendiciendo ese último pensamiento.
Las águilas fijaron su vista en presas invisibles con una pasión antigua.
Los peces, abajo del todo, también estuvieron de acuerdo y una enorme ballena sonrió, enigmática, al secreto que compartían.
El sol se escondía para volver a salir.
Siempre ha sido así.

22 de octubre de 2005

Malditos Escritores Malditos

artículo mío publicado en la revista V30 Magazine, Octubre 2005
Malditos Escritores Malditos
«El lenguaje es un virus»
William S. Burroughs
Hay libros que miman ideas que ya tenemos, que refuerzan nuestro Aprendido Sentido De La Realidad”, que, al final, terminan contándonos lo que queremos que nos cuenten.
Libros que nos distraen, sin más.
Y luego están los otros.
Libros que contienen una escritura peligrosa, que hablan de aquello de lo que no queremos hablar, que cubren esa parte del espectro que siempre nos dejamos fuera, por comodidad, por cobardía o por simple costumbre. Libros que pueden aportarnos ideas nuevas, destruir ideas viejas o poner en evidencia mecanismos que nos mantienen por debajo de nuestras posibilidades.
Destaca, entre todos los escritores malditos, la figura de William S. Burroughs.
Heroe contracultural, escritor controvertido, drogadicto, homosexual e ídolo de tres generaciones rebeldes.
Para los Beat de los años cincuenta fue como un padre, y ellos, hijos agradecidos, publicaron sus textos cuando estaba totalmente inmerso en la heroína y su mundo.
Los Hippies y los «Radicales Politizados» de los sesenta y los setenta encontraron en su obra motivos para convertirlo en uno de sus autores favoritos, no sólo por sus experimentos a nivel narrativo, ni por el cut-up, ni por sus alucinadas visiones, sino por el trasfondo político de su obra, donde las corporaciones, los gobiernos y los agentes de la mentira doblegan y dominan los espíritus.
Finalmente los Cyberpunk de los noventa lo adoraron por adelantarse a su tiempo y por sus visiones oscuras sobre la máquina biológica y los sistemas de control total.
Burroughs es uno de los pilares de la contracultura que vino después. Su Yonki se adelantó, y sentó las bases, para que obras como Trainspotting de Irving Welsh fuesen posibles. Sus saltos no lineales en la narración, siempre con temas e imágenes en común, fueron un anticipo de lo que más tarde sería el hipertexto.
No sólo fue pionero en lo literario. Cuando Leary y compañía estaban experimentando con el LSD él ya lo había dejado y se había sumergido en lo más oscuro y profundo de la droga, como un explorador que, tras quince años de adicción a casi todo tipo de sustancias, volvió a contar qué había visto.
No buscó en la heroína otra realidad, una percepción alucinada, sino sumergirse más y más en el mundo que le había tocado vivir, en su parte más oscura y primitiva, y llegar a la base de todo: La dominación; el control.
Para Burroughs la injusticia humana tiene una base biológica, pues venimos de un animal violento, competitivo y brutal. Señaló la droga como el modelo más puro del capitalismo salvaje, la forma de opresión máxima, al contrario que muchos de sus contemporáneos que veían en ella una forma de liberación.
«la droga es la mercancía definitiva. No hace falta hablar para vender. El cliente se arrastrará por una alcantarilla para que le vendan. El comerciante no vende su producto al consumidor, vende el consumidor al producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente»
Los libros de Burroughs, dejando de lado lo artístico, pueden ser consultados como manuales para la existencia. Manuales que ayudan a tomar conciencia de los poderes invisibles que actúan sobre nosotros, que nos hablan de cómo luchar contra ellos desde nuestra carne, siempre limitada.
Un escritor maldito, de los que ya no quedan.
Obras recomendadas:
Yonki “ (Para una lectura más lineal)
El Almuerzo Desnudo “ (Para un placentero derrame cerebral.)

18 de septiembre de 2005

Es tu turno

Está sentado en la terraza del bar, viendo pasar chicas y disfrutando de una cerveza fría.
Entonces lo ve.
Es un tipo extraño, ojos preciosos, mal vestido, lleva un taburete pequeño en la mano. Si apostases todo tu dinero a que lleva meses sin dormir bajo un techo no perderías ni un céntimo.
Se acerca, coge su taburete, lo pone a su lado y se sube encima.
Los dos se miran.
El hombre comienza a hablar:
Chico, estamos forzando la naturaleza del individuo para adaptarla al modelo educativo, en lugar de adaptar éste al individuo.
Es justo aquí donde la línea entre educación y amaestramiento se nos presenta difusa.
Se aclara la voz y sigue.
Naturalizamos los procesos de dominación que son ejercidos sobre nosotros de tal manera que llegan a ser invisibles a nuestros ojos. Es posible que sea una forma de autoprotección; una vez percibidos tendríamos que hacer algo, deberíamos de hacer algo.
Sería inevitable el enfrentamiento, el cambio.
Hace una pausa y mira a su alrededor, el camarero estira el cuello y se dispone a acercarse para echar al filósofo errante. El joven niega con la cabeza. El camarero hace una mueca y sigue con lo suyo, mirando de reojo.
El hombre mira al camarero, luego al chico, sonríe y sigue hablando:
El esclavo, en lugar de aspirar a ser libre, aspira a ser amo; ese es uno de los errores básicos que perpetúa el estado actual de las cosas, de estas insanas relaciones de poder.
Como primer paso sería deseable la aparición de tácticas que localizasen y pusiesen en evidencia los pequeños rituales cotidianos que refuerzan los juegos de dominio.
Esto, hijo mío, nos llevaría a la visibilidad de la sumisión.
Cuando dice esto se agacha un poco, y guiña un ojo de forma exagerada.
Vivimos en estos jodidos recortes de espacio infinito, dice extendiendo sus brazos, mira hacia arriba y verás que el cielo que vemos es interrumpido por los edificios.
Las estructuras que creamos para darnos seguridad limitan nuestra percepción del infinito.
De nuestras posibilidades.
Todo «lo nuestro» nos tapa «lo otro»; limitamos la mirada en busca de seguridad.
Cuanto más estrecha nos dibujan «la realidad», «la verdad», «lo bueno», «lo correcto», más cosas se quedan fuera.
Nos están robando el cielo, niño.
Las voces me han dicho que te lo cuente, yo ya no tengo batería, es tu turno.
Se tira un pedo y baja de la banqueta, apoya una mano sobre la mesa y con la otra le señala.
Las preguntas que debes hacerte, chaval, son:
¿Cómo eliminar protocolos y asaltar contenidos si sólo disponemos de un lenguaje impreciso?
¿Cuánto de nosotros, y de lo que nos rodea, cabe en un sistema de representación dado?
¿Comprender la cadena te hará libre?
Mira a su alrededor, satisfecho, echándose hacia atrás con las dos manos en la panza.
Hay una mancha de grasa en su camiseta, cerca de su ombligo.
Quizá en un contexto amanerado, le dice, predefinido, institucionalizado incluso en sus formas de contracultura, sólo nos quede la honestidad como la más contundente de las herramientas.
¿Es falso lo que miras o tu forma de mirarlo?
Piensa en ello, chico, piensa en ello.
Es tu tarea.
Y se marcha.
El joven se queda mirando cómo se aleja.
El camarero se acerca y se queda parado, bandeja en mano, mirando en la misma dirección.
Menudo tipo, ¿eh?
Increíble, sí. Ponme otra cerveza, por favor.

13 de septiembre de 2005

Fue su elección

Hay un león que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay un ángel que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay una mujer de blanco que no puedes ver a los pies de su cama.
El león calla.
El ángel calla.
La mujer de blanco habla.
Hay sangre Naphidim en tus venas, conoces los umbrales, llevas aquí más tiempo que ellos, conoces los setenta y dos nombres, entiendes el Sephirot invisible, el círculo te pertenece, la espada te pertenece, ves detrás de todas las mentiras que se dicen a ellos mismos, conoces el curso de las cosas, podrías cambiarlo todo si eligieras intervenir. Incluso en esa patética existencia tuya rehúsas usar tus dones y te haces daño una y otra vez. Te comportas como una humana.
¿Por qué te rebajas?
¿Por qué sigues con esto?
¿Por qué?
La chica se levanta, mueve el ventilador y vuelve a tumbarse.
La mujer de blanco la mira en silencio.
Los labios apretados.
El ceño fruncido.
Elegí esto.
Ni tú, ni el león ni el ángel, podéis cambiarlo. Esta existencia me pertenece a mí, no a vosotros.
Soy todo lo que dices, sí. Pero elegí no serlo.
Sé perderme en las cosas que para ti son pequeñas.
Puedo verlo todo y dejar que ocurra, puedo sembrar de pequeñas advertencias el camino pero, aún así, no intervenir.
He aprendido a ignorar todo lo que sé.
Una vida de verdad.
Una muerte de verdad.
Ese es mi deseo.
Es estúpido que cada vez que estoy triste vengáis a ofrecerme todo aquello a lo que ya renuncié.
Vais a tener que dejarlo, en serio. Algún día tendréis que dejarlo.
Hay un león que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay un ángel que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay una mujer de blanco, que no puedes ver, a los pies de su cama.
La chica sonríe, abraza su almohada y, después, se duerme.
Pero eso sí puedes verlo.
Fue su elección.

19 de mayo de 2005

Hacemos lo que podemos, aunque no sirva de nada

Si voy a los servicios sociales me la quitarán.
Lo dice mirando a la niña, que juega sin saber de qué hablamos.
Se despide diciéndome que espera que la vida me trate mejor que a él. Con la sonrisa más sincera que se puede ofrecer cuando estás al borde.
Estas cosas me nublan los días.
Mientras hablamos recupero fragmentos de memoria, pequeños trozos que no están disponibles todo el tiempo, hasta que alguna imagen, un sonido o un olor, los saca de su escondite y me permite contemplarlos.
Lo que no recordamos forma parte de nosotros y opera en lo invisible.
Recuerdo las burlas, por su tamaño, por su fealdad, por lo fácil que era tomarle el pelo. Más tonto que listo, más feo que guapo, grandullón, con una situación familiar que rozaba lo surrealista. No me daba pena, me caía bien. Me parecía real, con todo lo que ello implica. No me gustaba que los demás se metiesen con él y siempre trataba de compensar.
Pequeños gestos.
Hacemos lo que podemos, aunque no sirva de nada.
Durante estos años he ido viéndolo de vez en cuando. Hola tío, ¿Cómo estás? Tengo un curro de guardabosque, me dan casa y todo. Hola tío, ¿Cómo estás? Dejé aquello, ahora estoy de seguridad, pero pagan fatal, a ver si encuentro algo mejor. Hola tío, ¿Cómo estás? Voy a tener una niña, estoy de baja, me golpearon en un supermercado mientras hacía una guardia y me han jodido los riñones. Hola tío, ¿Cómo estás? Yo estoy sin trabajo, la madre de mi mujer se está muriendo, debo recibos de casi todo, mi vecina se está haciendo cargo de las cosas de la niña y ya me ha dicho que no puede seguir ayudándome.
Ya no voy con la cabeza alta, la llevo agachada, me da vergüenza, tío.
No me dan curro en ningún sitio, mi mujer me ha dicho un par de veces que hará la calle y yo me pongo enfermo de pensarlo, mi hermano sale de la cárcel dentro de nada, el pobre chaval, todo por querer ayudar en casa. Desde que mi padre murió mi familia se ha echado a perder. Esto es una mierda, colega, a veces pienso en matarme pero bueno, está la niña y eso me quita la idea de la cabeza. Joder, si por lo menos pudiese meterme en una buena empresa de vigilancia, ahora quiero sacarme el graduado, ni siquiera lo tengo. Estuve en tres colegios, tío, y dos de ellos especiales. ¿Qué cojones hago yo entre autistas y subnormales? Ya sé que no soy muy listo pero, coño, tampoco es para eso. Leo libros, a ti te gustaba leer, me acuerdo, me he leído los tres de Alejandro Magno, están guay. No sé qué hacer.
Miro a la niña y la niña me mira a mí con ese juicio por formar con el que sólo los niños saben mirar.
Es preciosa. Ajena a toda la miseria que le rodea.
No puedo evitar preguntarme hasta cuándo.
Hablo con él y le doy algunas ideas, sitios a los que acudir a buscar trabajo, pienso en gente a la que llamar.
Hago lo que puedo, aunque no sirva de nada.
Nos despedimos y un regusto amargo me llena por dentro. Hago un par de llamadas a amigos que puedan saber de algo, les pido que me tengan informado, memorizo un par de ideas nuevas que me dan y me las guardo para la próxima vez que lo vea.
Y en casa, cuando me tumbo y miro al techo, algo se agita, incómodo, dentro de mí.
Al final me quedo dormido, con la niña observándome desde mi memoria mientras su padre la mira en silencio.

19 de diciembre de 2004

La parte que jamás se rinde

Lo hice y fue fácil.
Tanto como quitarse los zapatos, los calcetines y ponerse a ello.
En medio de la ciudad, a las seis de la madrugada.
Cinco personas caminando, descalzas, en aquella noche más bien fría.
Recuperando lo que nunca se debía haber perdido; el contacto con uno mismo.
Esto es muy real, dice una de ellas.
Sonrío al escucharla.
Lo es. Más que cualquier cosa que puedas comprar.
Tus pies desnudos sobre el suelo que te sujeta.
Todo lo que no sabes que has perdido se recupera durante ese paseo de veinte minutos.
Pequeños gestos que dan sentido a ese algo indefinido dentro de ti.
La parte que jamás se rinde.
Tú.

3 de diciembre de 2004

¿De qué habla?

Algunas historias no empiezan en el principio.
Todo es un inmenso prólogo, hasta que pasa algo y, entonces, empieza de verdad.
Tienes muchas interpretaciones, muchos posibles mensajes, muchos temas que podrían ser el centro, elige cuál es el más importante para ti y descarta el resto.
Decide de qué habla tu vida.
Después, cuéntalo.
Tienes que saber de qué habla tu historia para poderla contar.
Qué dice cada una de las risas, cada una de las lágrimas, cada uno de los besos, cada una de las pérdidas. Cada una de las cosas que tuviste que pasar.
Si no tienes eso no tienes nada, y si no tienes nada no tienes historia.
Eso te convierte en personaje secundario, una nota a pie de página.
Coge pequeñas partes de tu vida y cuéntalas de otra forma, cámbialas y hazlas irreconocibles. No importa el disfraz que uses.
Importa que aprendas a reconocer la esencia.
Tu Historia.
Encuentra el argumento principal, observa al personaje y sus cambios, entiende cómo se desarrolla la trama, cómo le afecta, cómo es afectada por él y cuéntalo.
Se honesto.
Conócete y desnúdate sobre el papel.
¿De qué habla tu vida?
Mi vida habla de un niño que nunca lo fue y que aun así lo fue más que otros.
Habla de personas buenas y malas a partes iguales.
Habla de Amor, de cómo te cambia, de cómo te mata y de cómo te resucita.
Habla de aprender a escuchar lo que la gente no dice.
Habla de decisiones que cambian tu rumbo.
Habla de ti, de mí, y de todos los que se atreven a ser distintos.
Habla de luchar sabiendo que no puedes ganar.
Habla de aprender a perder lo que más quieres.
Habla de existir. De ser consciente de ello y convertirlo en el centro de todo.
Pregúntate y contesta:
¿De qué habla tu vida?

11 de julio de 2004

Encontraremos otro sitio

Cuando ella terminó su servicio él la recogió.
Mientras se acercaba al coche notó algo extraño en su manera de caminar.
Había bebido más de la cuenta.
-Hola Pablo
-Hola Mari
Se quedó parada en la acera mientras él abría el coche.
Miraba hacia alguna parte, con los ojos entrecerrados y su cabeza moviéndose, muy despacio, de un lado a otro.
-Me siento aquí delante, hoy no quiero ir detrás.
-Como quieras
Ella se sentó. Trataba de abrocharse el cinturón, pero no acertaba; sus movimientos eran torpes. Intentaba mantener la compostura, pero era evidente que estaba borracha.
-Jodida cosa de los cinturones- protestó ella, con la barbilla hundida en el pecho, mientras seguía forcejeando.
Él sujetaba el volante con ambas manos y miraba al frente, tratando de no prestar atención.
-Vale, ya está, vamos Pablo.
Arrancó y recorrieron un par de manzanas. Era tarde y no había tráfico. Las farolas pasaban una detrás de otra sin prestarles atención.
-Voy bastante, bastante ciega ¿sabes?
-¿Quieres que pare? ¿Te sientes mal?
-Claro que me siento mal, acabo de pasar la noche bebiendo y follando con un tío por el que no siento nada. Ni siquiera me gustaba un poco. ¿No te sentirías tú mal?
-Me refería a si tienes ganas de vomitar o algo.
-Ya sé a que te referías, soy puta, no tonta.
Pablo se calló, apretó la mandíbula y siguió conduciendo.
Ella miró por la ventana.
Entonces lloró.
Paró el coche y se quedó callado. Ella lloraba y él no sabía que decirle.
-Llévame a algún sitio bonito- dijo ella
Se quedó un momento callado y entonces sus cejas se arquearon un poco.
-Puedo llevarte a la playa si quieres. Allí se estará bastante fresco; seguro que con este calor lo agradecemos los dos. Igual te ayuda a despejarte.
-La playa”- Entonces lloró otra vez.
-¿Qué pasa?
-Antes iba allí, a veces, con chicos a los que quería de verdad. Entonces era un sitio bonito donde ver amanecer. Hacíamos planes, nos abrazábamos y sentíamos que todo era perfecto. Ya sabes, las cosas del amor. Todos hemos tenido tiempos mejores.
Pablo asintió en silencio.
-La última vez que estuve allí -continuó- fue trabajando. También estaba muy ciega, mucho más que ahora. A veces bebiendo es más fácil. Me fui con dos tipos, de los elegantes, ya sabes. Un par de cerdos.
Lloró con mucha más fuerza y él acarició su cabeza, en un torpe intento de consolarla.
Era consciente de que su caricia estaba a medias, pero no podía hacer más.
Ella le miró, mordiéndose el labio y entonces estalló.
-Sólo era arena, Pablo; arena por todas partes, humedad, el ruido de las olas, el olor a sal y un montón de cosas flotando por ahí. No estaban los amaneceres, ni la tranquilidad, ni nada de nada.
Se abrazó a sí misma y, con la cabeza gacha y su pelo rizado cubriendo el rostro, dijo:
-Ya no puedo ver el mar.
Pabló se quedó callado y escuchó su propia respiración llenando todo aquel silencio.
Estuvieron así un momento y, entonces, puso en marcha el coche.
-Encontraremos otro sitio
-Vale
Ella se limpió con la manga y él condujo en dirección a la nada.

6 de julio de 2004

Tecleó

Me cago en la leche.
Dejó la máquina y fue a la nevera.
La abrió, cogió el agua fresca que quedaba y la apuró de un trago.
Es el jodido calor, pensó, así no hay Dios que escriba.
Entonces el teléfono, puntual como la gente que no quieres ver, sonó.
Sí. Sí, soy yo. ¿Un artículo sobre qué? ¿Estás hablando en serio? ¿Pagan por eso? No, nada, ahora mismo nada, estaba refrescándome un poco, sí, sí, hace un calor horrible.
¿Para cuando dices que lo quieren? Mmm” no creo que haya problema. Vale, venga, sí, vale, te veo, chao.
Colgó.
Salió al balcón en busca de un poco de aire fresco.
El universo le falló de forma miserable; fuera no se podía casi respirar.
Me cago en ti, dijo mirando al cielo, en ti y en todo lo que has puesto sobre la tierra, jodido sádico. ¿Hace falta apretar así? Menudo calor de mierda.
Eructó hacia una nube y ésta, de alguna forma, pareció sonreír.
Pues vale.
Entró y se sentó de nuevo frente a la máquina.
Ya sé Dios, dijo mirando al vacío, que todo el mundo usa procesadores de texto. Pero fíjate, me gusta el takatá de este trasto. Me ayuda a pensar. El bicho ese, dijo mirando al ordenador, está bien para corregir y pasar a limpio. Pero para crear, para escribir de verdad, nada como esto.
Tecleó un par de líneas.
¿Sabes viejo? Tienes que aburrirte del copón; todo el mundo por ahí mirándose el ombligo, cagando, meando, follando y poniendo cara de ir a vivir para siempre.
Tecleó media línea.
Y los políticos, joder viejo, ESO sí que tiene que ser aburrido.
Aunque claro, igual ni los miras y los mandas directamente al infierno, con los curas y las monjas. Haces bien.
Se rió en voz alta, se pasó la lengua por las encías y tecleo dos líneas más.
Está feo que lo diga yo, continuó, pero creo que te equivocaste; deberías mandarnos a tomar por culo a todos. Así no tendríamos que aguantar el calor, ni los impuestos, ni la tele, ni la religión, ni la política, ni la estupidez en general, ya sabes; la propia y la ajena.
Estaría bien irse a tomar por el saco y no tener que ver como esto se hunde en la mierda mientras eliminamos todas las posibilidades de salvación.
Se mordió una uña y levantó una ceja.
Claro, claro, está el amor, los buenos sentimientos, la amistad, todo ese rollo de película de Meg Ryan.
¿Cuánto dura eso eh viejo cabrón? Tres años, ¿Seis? Y no me vengas con que hay personas que están juntas toda la vida. Hablo de amarse, no de vivir bajo el mismo techo, hablo de amigos, no de gente que ves todos los días desde hace años y que algún día supusieron algo importante para ti. Una hipoteca, hizo una pausa, eso sí que dura. Veinte años, o más.
La puta madre Viejo, el mundo está que se cae y no mueves ni un dedo.
Tecleó.
Eres la hostia. Además tus representantes por aquí abajo lo están haciendo del culo.
Si algo ha quedado claro en todos estos siglos es que, como pastores de almas, son la peste. Eso sí, haciendo hogueras y pudriendo cerebros, se las pintan.
Siguió escribiendo un rato más y se levantó.
¿Sabes lo que más me jode de todo?
Que sé que estás ahí esperando a que nos apañemos solitos, tranquilo, con todo el tiempo del mundo.
Seguro que, allí arriba, tienes aire acondicionado, vamos, como si lo viese.
Si estuvieses aquí abajo, teniendo que aguantar TODO esto y, además, con este calor, te entraría la vena revolucionaria. Seguro. Unas plaguitas, unas bolitas de fuego, unos cuantos primogénitos degollados y otra vez a empezar.
En fin.
Cogió el ventilador, lo puso al máximo, se tumbó en el sofá y se quedó dormido.
Dios, en los cielos, subió el volumen a sus Walkman.

19 de mayo de 2004

Cajas

Llegaba tarde, como el conejo de Alicia.
Se me ocurrían un montón de bromas respecto a eso.
No las hice.
Menudo profesor.
Pensé un poco en todo, de camino a mi aula.
Ella se iría en agosto y yo, como hacía con todo lo bueno y lo malo, lo aceptaría.
En la calle un niño golpeaba cajas abandonadas con su pequeño odio perfecto.
¿Qué le hacía sentirse así?
Toma, decía, toma, toma, toma.
Una caja, casi rota, rozó mi pie.
No me miró.
Ella debía marcharse. Demasiadas cosas por resolver. Todo un mundo. Era posible que se fuese sólo para volver después, pero tenía que hacerlo. Debía hacerlo.
Así eran las cosas.
Los lamentos de las cajas iban quedando atrás.
La quería demasiado como para atarla a mí.
Todo sería como tuviese que ser; así era siempre. Si conocía una verdad que me separaba del resto era, sin duda, ésa.
Lo malo de las verdades es que pueden cambiarte.
Esa tarde, en mi aula, dejé jugar a los niños. Sólo jugar.
Me gustó verles felices.
Me hubiese preocupado, no sé por qué, encontrarlos, algún día, golpeando cajas.
Descargando todo ese odio impreciso de una forma inexacta.
No quería formar parte de aquello.
Ella se iría.
Quizá regresase o quizá no.
Pero, fuese como fuese, yo saldría adelante. Así eran las cosas.
Me gustase o no, así era yo.
De camino a casa no pude evitar pensar en todas las cajas que nunca golpeé.