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12 de noviembre de 2003

La conversación

-Sé que te despertarías feliz todas y cada una de las mañanas que estuvieses conmigo; puedo poner la mano en el fuego y no quemarme.
Lo dijo con seguridad, sonriendo y mirando sus ojos azules. Ella se sonrojó.
-Me pones nerviosa -rió y sacó un cigarro-, estoy fumando como un carretero, por Dios. Que sepas que nadie me pone tan nerviosa normalmente “Le sonrió mientras encendía su pitillo y él pensó que era realmente bonita.
-Yo tampoco hago este tipo de cosas normalmente, decirle a una desconocida que quiero despertarme a su lado, hacerla feliz, comer con ella, pasear por la ciudad -encogió los hombros- pero bueno, supongo que esta situación tampoco es muy normal y lo común no se le puede aplicar. Quizá, después de todo, lo del amor a primera vista existe.
-¿Sabes? El primer día que te vi me llamaste mucho la atención “dio una calada entrecerrando los ojos, exhaló el humo echando la boca a un lado ligeramente, sin dejar de mirarle y siguió hablando- creo que fue la ropa, tienes un modo muy particular de vestir.
-No sé, no me preocupan esas cosas; cojo lo primero que veo y me lo pongo.
-A eso me refiero, se te ve despreocupado, no sé, me resultó curioso.
-Ya, creo que sé lo que dices; mi agente lo odia.
-Y bueno, ¿por qué volviste al día siguiente?
-Hum” “se recostó un poco hacia atrás “no sé, cuándo me vendiste aquella camisa todo parecía muy normal, muy familiar, no sé si me entiendes; no era la típica simpatía estudiada de algunas dependientas.
-Ajá
-Era como si ya te conociese de algo “se inclinó hacia delante“, además mostraste mucho interés por mis cosas, no sé, eso me gustó. Me sentí bien.
-Ya, yo lo pensé después; te pregunté un montón de cosas “rió tapándose la cara con las dos manos.
-Sí, ya te digo que eso me gustó mucho; eso y tú, claro.
-Es curioso, antes de que dijeses que eras escritor ya lo había supuesto, tienes pinta de algo así, no sé, un poco bohemio.
-¿De verdad?
-Sí, bueno no; no sé. No sé si es la pinta exactamente o una especie de vibración, Dios, debes pensar que estoy un poco chiflada.
-Sí, una chiflada realmente preciosa “le guiñó el ojo y bebió.
-¿Cuándo presentan tu libro?
-Ah, el mes que viene, a mediados, el diecisiete creo.
-Qué bien
Se quedaron callados un momento, ella fumaba sin dejar de mirarlo. Él desvió un instante la mirada hacia su bebida, como si buscase algo en su interior. Volvió a mirarla; cuanto más la miraba más bonita le parecía.
-Es raro, yo tampoco suelo hacer este tipo de cosas “dijo ella.
-Es lógico, tienes un hijo de tres años y vives con su padre “dijo irónicamente
-Qué cabrón eres “dejó escapar una risita por su nariz-, recuerdo cuando viniste el segundo día, te pusiste frente a mí, me diste tu teléfono y te negaste a coger el mío.
-Ya, es que si te llamaba yo no sabría si estabas siendo amable, si me llamabas tú es porque tenías interés “le sacó la lengua y se rió.
-Bueno, es una curiosa teoría “dijo riendo también.
-A mí me hizo gracia cuando te dije lo de cenar algún día. Me miraste con esa mirada inquisitiva que pones a veces, doblaste un poco la cabeza mientras entrecerrabas los ojos y me dijiste: “¿Y si te digo que tengo un hijo?”
-Es verdad, me acuerdo de eso, te estaba poniendo a prueba; tú contestaste: “Pues compramos la comida, la llevamos a tu casa y cenamos con él, donde comen dos comen tres”, casi ni parpadeaste para decirlo.
-Sí, me salió sólo “hizo un ademán en el aire, muy teatral, y volvió a mirarla un poco más serio “entonces fue cuando me dijiste que vivías con tu chico.
-Sí, creo que en gran medida empecé a quedar contigo por tu respuesta.
-Vaya, no recuerdo bien qué dije, tendrás que hacerme memoria para que lo apunte y pueda usarlo en otra ocasión -le sonrió de nuevo.
-Dijiste: “Bueno, si tener pareja te impide conocer a una persona más y disfrutar de su compañía lo entenderé, pero que sepas que será una lástima, estas cosas no pasan todos los días, y menos a mí.”
-¿Yo dije todo eso? La leche, hay que ver cómo está el mundo ¿eh?
Los dos se rieron y siguieron hablando un rato más, a su alrededor la gente seguía con su vida, su bebida y su charla.
Desde fuera no había nada que los diferenciase del resto.
-Yo antes estaba muy bien; físicamente quiero decir.
-No digas bobadas, eres tan bonita que duele mirarte “entrecerró los ojos como si el sol lo cegase.
-No, en serio, desde que tuve al niño he perdido forma, antes estaba mejor.
-Creo que me alegro, no sé si podría soportar que fueses más preciosa de lo que ya eres.
-Soy muy tímida, aquí donde me ves me avergüenzo un poco de mi físico.
-Bueno, algún fallo tenías que tener; estás ciega y no eres capaz de ver que la mitad de chicas ahí fuera matarían por ser como tú, pero no pasa nada; podré vivir con ello -sonrió, levantó su copa y dio un trago corto.
-El caso es que estos días he pensado en ti
-Vaya, eso me interesa, ¿Qué has pensado?
-Bueno”
-Vamos, vamos, me tienes en ascuas “se zarandeó un poco de lado a lado.
-Pensé que, pese a mis complejos, no me importaría desnudarme delante de ti; sé que me sentiría cómoda.
-Joder
-Te has puesto rojo
-Dame unos segundos para reaccionar
-Concedidos
Él miró un instante a través del cristal. La gente iba y venía con sus bolsas. Volvió a hablar.
-Me has pillado totalmente desprevenido
-Ya era hora ¿No?
-No sé qué decir, no era lo que esperaba; yo he estado pensando en ti bastante, pero eran cosas más estúpidas como tenerte a mi lado mientras veo ponerse el sol, sonreírte mientras quemo la cena, escucharte merodear por la casa mientras escribo, dormirme oliendo tu pelo, despertarte dándote besitos en la cabeza, ese tipo de chorradas, ya sabes, debo de estar haciéndome viejo.
-No sé, a mí también me sorprendió pensar en ello, las cosas no van bien con el padre de mi hijo pero no quiero estar con nadie, quiero decir, no es mi intención engañarle, tener aventuras ni nada de eso.
-¿Estás enamorada?
Ella se puso seria y él la miró directamente a los ojos, tratando de adivinar la respuesta antes de que saliese por su boca.
-Lo quiero mucho, es el padre de mi hijo y”
-¿Estás enamorada?
-No- hizo una pausa -no estoy enamorada.
-Siempre lo llamas el padre de mi hijo, no sé, no pareces enamorada. Cuando estás conmigo se nota, no sé explicarlo, es el vacío ese. Hambre de amor lo llamo yo.
-Sí, supongo que se nota un poco.
-Pero no quieres engañarlo.
-No, no quiero engañarlo.
-Y piensas que te sentirías cómoda desnuda conmigo.
-Escucha, te conozco poco y me gustas, me gustas mucho más de lo que te imaginas. Pero me descubro a mí misma pensando en cómo sería el sexo contigo, en cómo tienes que besar, en cómo sabrá tu piel y me siento mal. No quiero engañarle. Es cierto que las cosas que me haces sentir son muy raras; contigo todo es muy raro. Pero sé que no quiero engañarle.
-Comprendo
-Mi hijo es muy importante para mí.
-Que tengas un hijo no me asusta lo más mínimo.
-Lo sé, por eso me asusta a mí.
-Bueno, así que los dos nos gustamos, tú estás en una relación que no funciona y tienes un hijo; a mí eso no me acobarda en absoluto, me va bastante bien escribiendo y puedo permitirme ciertas cosas, pero entiendo que a ti sí te asuste, a fin de cuentas el escritor pirado con el que no sabes como te irían las cosas soy yo y tú tienes que mirar no sólo por ti si no por la estabilidad de tu niño, quieres además de un compañero un padre para él. Yo me veo en el papel, pero es cierto que no sé cómo saldría, ahí tienes razón. Total, que así estoy; hablando sobre mi nuevo libro en una emisora local del sur y deseando terminar para poderte llamar, buscando un hueco para escribirte un mensaje y esperando los tuyos, llamándote siempre que puedo, haciendo malabarismos con la agenda y esquivando algunas citas con mi agente para poderte ver, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo por poder tenerte delante. Dando gracias porque existas. A mí me gustas, no te engañes, me gustas muchísimo, es algo que roza lo ilógico; siempre he dicho que si puedes razonarlo no es amor. No lo puedo explicar y sé que, moralmente, se me podrían reprochar un montón de cosas con respecto a esto pero también sé que quiero estar contigo.
-Yo también, joder, y no debería.
-Pero lo haces, así están las cosas. La pregunta es ¿qué vas a hacer?
-No quiero estar contigo.
-No quieres querer estar conmigo sería más exacto ¿no crees?
-Sí, eso es lo que pasa, no quiero querer; no quiero que esto vaya a más. Todavía no me has puesto una mano encima y mira cómo estoy, por Dios, mira el jodido cenicero. Estoy atacada, no sé qué hacer, tengo los nervios rotos. No sé si es lo mejor, pero no quiero estar contigo.
Se quedó mirándola un momento, bajó la cabeza escondiendo un poco los labios. Frunció el ceño. Volvió a mirarla. Relajó el gesto y habló.
-Está bien, lo entiendo.
-Lo siento mucho, de verdad. Lo siento.
-¿Sabes? Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien sabiendo que jamás lo haría, es una sensación nueva. Me lo apunto en la sección de sentimientos curiosos. Supongo que, al final, la realidad se impone a los sueños.
Miró hacia la barra, apretó la mandíbula y apuró de un trago su copa. Ella habló de nuevo.
-Te pediría que”
-Lo sé, que no venga a verte, que no te llame más y que desaparezca de tu vida.
Ella agachó la cabeza.
-Lo siento, de verdad, lo siento. No quería hacerte daño.
-Tranquila, no pasa nada. Tú no has pedido esto.
Sacó el teléfono y borró su número, trataba de sonreír. Hacía todo lo que podía.
-Han sido unas conversaciones geniales, unos cuantos cafés deliciosos, unos mensajes bonitos, buenos ratos que, desde hoy, serán buenos recuerdos; no has engañado a tu pareja ni has arriesgado la estabilidad de tu hijo, no hay motivos para que te sientas mal; si hacemos caso al sentido común has hecho lo correcto.
-Lo sé, pero me siento mal. Tú no te mereces esto, eres tan”
-No importa, ya no importa, de verdad; no pienses más en ello.
Se levantó, pagó la cuenta y volvió donde ella estaba. Pudo ver sus ojos húmedos. La besó en la cara con toda la dulzura que pudo. “No me verás más” dijo sonriendo. Una sonrisa para tapar la amargura, pensó; no quería hacerle daño. Ella no hablaba, sólo le miraba en silencio, con esos enormes ojos azules que casi no podían contener las lágrimas. Finalmente él le dejó una caricia en el pelo, se dio la vuelta y se marchó.
No miró atrás.
Fuera hacía un poco de frío. No le importó.
En ese momento hacía más frío en su corazón que en aquellas sucias calles que volvían a ser, como siempre, grises.

30 de septiembre de 2003

Una visita inesperada

Llevaba unas seis páginas escritas cuando se dio cuenta de que no estaba solo.
Dejó de teclear y se enderezó un poco en su silla, sintiendo un escalofrío por toda la espalda, hacia la nuca, un hormigueo se instaló detrás de sus orejas.
Separó la silla del escritorio y se giró un poco, vio de reojo el pie desnudo.
El silencio se volvió más escandaloso y un latido frió congeló sus pensamientos.
Finalmente se dejó llevar, como en un sueño, y terminó de girarse.
Una de ellas estaba en el sofá, boca abajo, mirándolo. Sus pies descalzos hacían dibujitos en el aire distraídamente. Sonreía.
Había otra de ellas en el suelo, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos sobre el borde inferior del sofá, tocando con sus nudillos el suelo; sus rodillas apuntaban hacia él. Parecía desafiante, su sonrisa era casi sexual.
Las otras dos estaban en la otra parte de la habitación, una acuclillada en la mesa, un poco echada hacia delante, con las manos juntas apuntando hacia abajo y la cabeza ladeada en una expresión de curiosidad simpática. La otra estaba en la silla, con los pies sobre la mesa jugueteando con un lápiz.
Podía ver sus cuerpos, desnudos, bajo las extrañas blusas transparentes.
Su piel era como una mezcla de todas las pieles que alguna vez había deseado.
-¿Qué queréis?-dijo girándose de nuevo hacia su monitor.
-Queremos que escribas sobre nosotras
Habló la que estaba tumbada en el sofá, seguía jugueteando con sus pies perfectos en el aire; No podía verla, pero lo sabía.
Su voz era muy sensual.
-Estoy ocupado escribiendo otra cosa, quizá después.
-Escribe ahora sobre nosotras -dijo la del lápiz-, escribe y te daremos historias, cuentos, relatos, amores, odios, traiciones y pactos. Haznos un poco más inmortales, haz que tus dedos bailen para nosotras, ríndenos pleitesía, haznos reír.
-Haznos el amor -añadió desde encima de la mesa la otra, sin dejar de sonreír.
Podía notar la mirada de la que estaba en el suelo clavada en su nuca, no decía nada.
-Escuchad, no sé por qué demonios está pasando esto, pero no me importa; como casi nada desde hace tiempo. Estoy escribiendo una cosa para mis amigos. Es lo que estoy haciendo y no quiero hacer otra cosa que no sea eso. Id a molestar a alguno de esos poetas que escriben sobre noches estrelladas, azucenas, la luna fría y todas esas gilipolleces.
-Pero nos gustas tú, queremos que escribas tú para nosotras- detrás de sus palabras había una risita dulce.
Escuchó el crujir del sofá y los pies, desnudos, acercándose.
Su boca se secó; tenía un poco de miedo.
-Podemos abrirte puertas para las que no tienes llave, podemos hacer que brilles como los otros, esos que lees, los que te gustan, los que te acompañan en tus horas solitarias- dijo eso acercándose a su oído, rodeándolo con su brazo por detrás y apoyando su mano, suavemente, en su hombro desnudo -.Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás.
-No quiero nada de eso -tragó saliva- sólo quiero terminar esto, mandarlo a mis amigos y marcharme a dormir; no quiero brillar, no quiero ninguna de las cosas que me ofrecéis -mientras decía esto trataba de no pensar en lo bien que le hacía sentirse esa mano en su hombro; tanta dulzura le hacía un poco de daño en el alma- os lo agradezco, pero no puedo aceptar.
La mano se retiró suavemente.
-Está bien -oyó la sonrisa tras las palabras“ eres raro.
-Gracias
-Creo que nos gustas
-Yo no sé si me gustáis
-Vendremos a verte alguna vez, eres divertido, incluso cuando estás triste.
No dijo nada acerca de ese último comentario.
Se fueron.
Siguió dándole a la tecla un rato, girándose de vez en cuando para asegurarse de que las extrañas intrusas ya se habían marchado.
Encontró una frase para el final de su escrito y lo mandó.
Caminó por el pasillo en penumbra hacia su cama y se tumbó allí, esperando al sueño.
“Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás”
Menuda pandilla de chantajistas emocionales, joder.
Dio un par de vueltas en la cama, tratando de no pensar demasiado en ello. Acomodó la almohada y miró hacia la pared esperando que el aburrimiento lo durmiese.
Eres un imbécil, pensó, podías haberles pedido, por lo menos, su teléfono.

8 de septiembre de 2003

Recuerdo

Los ruidos, abajo, entran sin permiso por las rendijas de mi persiana.
Estoy solo. Si cierro los ojos ella sigue aquí, su olor en aire, el centro de la cama mojado con el sudor de su espalda. La esquina de sabana que aferró al tocar el cielo, todavía arrugada, se burla de mí; de mi nostalgia. De todo lo que le digo y todo lo que me callo.
Abro los ojos y miro su insultante vacío en mi almohada.
Siempre se va. Amamos durante horas que parecen siglos encerrados en minutos, le quemo con mi fuego sin pedir perdón por las heridas; ella siempre se arrepiente después y yo finjo que no importa.
Nunca le he dicho cuanto daño me hace que me quieran y me pidan perdón por amarme.
Se levanta en mitad de la noche y se viste; verla vestirse es casi mejor que un beso de Dios en los labios.
Se va, siempre se va; sólo una vez el sol nos sorprendió juntos”
Mi privilegio; no todos sabemos en qué pensaremos al morir.
Me levanto tratando de sacudirme su ausencia, un poco de agua para tragar el sinsentido de ser amado y dormir solo todas las noches, sabiendo que un día no volverá.
Sabiendo que ese día está más y más cerca con cada amanecer.
Entrar de nuevo en la habitación me resulta más difícil que salir. Mis labios siguen mojados: la botella.
No los seco; me da miedo borrar sus huellas.
Me tumbo y trato conscientemente de no respetar su espacio; ella no está.
No lo consigo.
Me encojo en la cama y miro al vacío tratando de no sentir lo que siento, las sombras me miran, curiosas, sin decir nada.
No durará; lo sé y aún así se lo doy todo, le quemo hasta quemarme y no me importa, aunque sé que no hay nada más importante; Estoy tan condenado que le sonrío a la pena.
Un día no podrá más, un día dejará de luchar contra la sensación de pecado que le produce amarme, un día el sentido común le dirá que no tenemos futuro y, engañándola, se la llevará lejos.
Querrá besarme y no lo hará, querrá que la haga mía, que la sujete fuerte por las caderas mientras su cabeza cuelga en el costado de mi cama y vacío mis besos en su cuello y no lo hará.
No habrá más taxis a las cinco de la madrugada, no habrá más sabanas arrugadas, no más estar sin estar, no más perdones, no más pecado y redención.
No más amor.
Se olvidará de que existí y mi habitación se reirá de mí, tan fuerte, que tendré que dormir en el sofá del salón; donde nunca le hice el amor.
Tendré frío, lo sé.
Por eso me aferro a la calidez de su recuerdo.

18 de agosto de 2003

De paseo, por si me necesitas

Una vez caminé un cielo de besos verdaderos, de labios que amaban con pasión, de tardes llenas de amor y buenos sentimientos.
Sonrisas entre caricias, bromas entre sudores más calidos que los dormitorios del infierno.
Promesas y planes que nunca se cumplirían, llenándome el alma; como si fuesen reales.
No importa el cómo, el dónde ni el cuando, tan sólo importa que caí.
El hielo y el fuego hicieron un pacto en mí; ese es el secreto. Por eso sigo respirando.
Con todo lo aprendido me muevo entre la gente, algunos ven las alas rotas, otros no.
Con la dureza que sólo el haber conocido toda la ternura puede dar toco las vidas que me rodean, escucho, ayudo, triunfo y fracaso.
Algunas cosas se repiten y reacciono por reflejo, con cierta tristeza; di no a ese beso, dile que se ponga la ropa otra vez, sal de la habitación, vete.
Vete solo.
Siempre solo.
No puedo andar otro camino que no sea el mío, esa es mi fuerza y mi debilidad.
Dejando atrás personas sin lucharlas, porque no quieren ser luchadas.
Dejando que la idea equivocada de mí tome mi lugar en mentes que algún día me importaron.
Dejando de luchar guerras que podría ganar, para no ganarlas; para no perder después.
Dejándome sueños sin soñar.
Dejándome solo.
El aplauso no conforta, la admiración de los que sienten que puedo hacerles vibrar, que puedo hacerles reír, que puedo hacerles llorar, que con un micrófono en la mano los llevaré a pasear un rato por su interior, dibujado por el mío, no conforta.
Enorgullece, da ánimo, seguridad, motivos para quemar energía, pero no calor.
El calor sólo sale, ya nunca entra.
Ya no hay soles para mí.
He sufrido y disfrutado dos o tres vidas en media, estoy aquí matando tiempo, pegando un vistazo, de paseo por si me necesitas.
Tú que aún amas, que aún crees, que aún no eres capaz de ver como acabará todo, que aún no estás pasado de vueltas:
Disfruta.
Yo seguiré aquí, viendo dragones donde otros sólo ven nubes.

3 de marzo de 2003

Los que sienten lo mismo que vosotros

El niño, en su silla de ruedas, lloraba por no saber tocar la flauta.
Algunas niñas, incluso esas que procuraban andar cerca de él, se tapaban la cara con el libro para no mostrar abiertamente su risa y, a su vez, marcar con este gesto que se
estaban riendo.
Una vez imitado por una de ellas, varias clases después y sin su presencia, el llanto semejaba más el chillido de un cerdo en el matadero que la frustración y vergüenza de un niño.
Fue esa broma cruel la que originó la reflexión que el profesor les hizo.
– Vosotros, ¿lloráis? – preguntó
Los pequeños asintieron, otros bromearon con ello, pero en la mayoría la respuesta fue positiva.
– ¿Por qué? – preguntó una vez más.
Diferentes motivos saltaron al aire en desorden, como una bandada de palomas asustadas, en revuelo.
– ¿ Cómo os sentís al llorar ? – seguía indagando.
Las pequeñas, más pícaras y perspicaces, argumentaban que después de llorar se sentían muy bien.
Les dijo, el profesor, que evitaban llorar en público. ¿ Verdad ?- inquirió-.
La respuesta fue, de nuevo, un sí y el motivo la vergüenza.
– ¿ Cómo se sentiría entonces Pablo al llorar frente a vosotros ? Al no poder contener la vergüenza, los nervios, el miedo al ridículo que le producía no poder, en ese
momento, tocar la flauta. Ese sentimiento creciendo con las primeras lágrimas, a vista de todos vosotros. Viendo entre la neblina y el incómodo calor de sus párpados como
os tapábais la cara con libros.
– En ese momento fue gracioso – contestó una de ellas.
-Sí- prosiguió el profesor -. Pero ahora, sin él delante, estáis convirtiendo la anécdota y su modo de llorar en una broma privada; a su costa.
Dime tú, pequeña -se dirigió a la joven- qué harías si supieras que las risas calladas y los codazos cómplices van por tí y no por otro.
Quizá él prefiera que, como compañeros, olvidéis que un día desde su silla de ruedas, la vergüenza y los nervios le pudieron y, delante de vosotros, lloró.
Y lo que el profesor no dijo fue que lo malo de ese gesto estaba en la invitación al hermetismo, a no mostrarse como uno es, inseguro a veces.
Con lágrimas en los ojos.
Porque bien sea por un motivo serio o por algo carente de importancia, en ocasiones lo más bonito e íntimo que podemos compartir con el otro es una lágrima.
-No os burléis- añadió – de los que sienten lo mismo que vosotros sin esconderlo a los demás.
Music: What a Wonderful World – Louis Armstrong.