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1 de marzo de 2005

Boceto del principio de una cosa que tengo por ahí

«Arder vivo y asfixiarse son las dos peores muertes que se le ocurrirán a la mayoría de personas a las que preguntes sobre el tema.
Supongo que, aunque no lo sepan, se refieren a quemarse lentamente, ya sabes, un incendio, quedarse atrapado en un coche en llamas o, esta es mi favorita, quemarse en una hoguera.
Pregunta a la Santa Iglesia Católica; ellos saben de estas cosas.
Personalmente opino que lo más importante es el tiempo que permaneces vivo mientras ardes. No hablo de estar consciente. Una vez tu sinapsis se colapsa te desmayas; apagado de emergencia. Hablo de que puedes seguir viviendo un buen rato, inconsciente pero ardiendo. Puedes llegar a tener quemado todo tu cuerpo, incluyendo varios órganos internos, y seguirás vivo.
A veces hay suerte y tu cerebro es una sopa antes de que pueda procesar las enormes cantidades de dolor que todos y cada uno de los poros de tu piel le están mandando. Eso puede pasar, por ejemplo, cuando el complejo secreto del gobierno donde te tenían encerrado salta por los aires llevándose a todo el mundo por delante, tú incluido.
Otras veces, simplemente, el humo te asfixia. Estas dos formas de morir van juntas de vez en cuando.
Habrás escuchado que cuando mueres toda tu vida pasa ante tus ojos.
Lo último que pasa ante los míos es un trozo de puerta blindada y el tío que ha hecho estallar todo esto.
Volando metro y medio sobre el nivel del suelo.
Una buena onda expansiva puede hacerte competir con Superman durante algunos segundos. Casi no tengo tiempo de ver su sonrisa. Sólo un fogonazo en el rabillo del ojo y cuando voy a girarme ya no existo. Volatizado en un segundo. A veces hay suerte y eso ocurre; a altas temperaturas. Altas temperaturas inmediatas.
Como en esta explosión.
El problema de la mayoría de rebeldes es que no lo son. El problema de los que lo son es que son capaces de cosas como esta.
Lo último que olí fue algo parecido al pollo frito.
Las tres cualidades que toda persona que se llame a si mismo revolucionario sin estar mintiendo ha de cumplir son: poseer un Proyecto Histórico que demuestre la capacidad, objetiva, de cambiar el sistema actual, haber ideado una manera de conducir, de forma progresiva, a la negación de éste y ser consecuente en todas las esferas de su persona con el sistema a establecer.
En toda mi vida sólo he conocido a otra persona que las cumpliese, pero, desgraciadamente, ha sido borrado de la faz de la tierra tres décimas de segundo antes que yo.
Cuando hay hidrógeno de por medio las explosiones son realmente jodidas; créeme.
Supongo que, si tuviese tiempo, me alegraría por todo lo que nos hemos llevado por delante. Si la gente supiese la cantidad de cosas que se están haciendo para podernos controlar de forma absoluta, este mundo se volcaría en un baño de sangre definitivo. Por suerte para ellos la mayoría de esas cosas se hacían aquí. Algunos de esos proyectos estaban avanzados y otros eran sólo ideas, pero estaban todos en el mismo espacio al mismo tiempo.
Justo aquí.
Ahora ya no están; nosotros tampoco.
Todo por los aires.
Lo bueno de ser un mártir es que sabes que has dado tu vida por los demás. Lo malo, en este caso, es que nadie lo sabrá nunca. Para que alguien lo supiese tendrían que contárselo y, para que alguien lo contase, tendría que haber supervivientes. Ninguno de nosotros tiene tiempo de comprender, mientras nos carbonizamos batiendo records, que no habrá ser vivo en varios kilómetros a la redonda que pueda hablar sobre este día. Que yo sepa, hasta ahora, salvo algún caso de espiritismo científicamente sin demostrar, es necesario estar vivo para poder hablar.
Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. No todo el mundo miente cada vez que abre la boca. Si tuviese tiempo me alegraría por eso.
Tendencia cromosómica a la rebelión. La mayor estupidez del mundo. Uno de sus proyectos iba de ese rollo. Eso nos trajo aquí, a nosotros; que éramos sus sujetos a investigar hasta que Liam perdió el control. Bueno, lo correcto sería decir hasta que Liam tomó el control.
Liam, veintiocho años, inteligencia y agresividad en continua competición por equilibrarse. Dirías que es un tipo muy listo y muy peligroso. Unos piensan y otros actúan. Él actúa. Normalmente, en las revoluciones, en las ideas alternativas y en todo lo que represente poder cargarse el sistema, siempre la caga el que pone las bombas.
Si no existe se le crea y si no se le crea se le inventa.
Puedes inventar armas imaginarias y, ante esta amenaza, invadir el país que supuestamente las posee. Sólo tienes que hacer sentir a la gente insegura, decirles que allí hay un hombre de las bombas; meterles el miedo en el cuerpo. Cuando la gente se siente amenazada permite que hagas cualquier cosa para defenderla. No importa cuantos niños inocentes mueran. Son ellos o nosotros. El hombre de las bombas es el coco de la rebelión y, a la vez, la mejor excusa de los que tienen las riendas para no soltarlas.
Un tipo violento que sirve para desvirtuar una buena idea e invalidarla a ojos de todos.
Ese sería Liam; rebelde por el simple hecho de poder enfrentarse directamente con todo. Joderlo, mandarlo a la mierda.
Hacerlo estallar.
Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. Si tuviese tiempo pensaría en lo irónico que es esto y en el verdadero origen de ese olor a pollo frito.
Josh era de Manhattan, treinta años. Un tipo realmente brillante, tranquilo y amable. Con las mejores ideas que has escuchado nunca acerca de construir una sociedad equilibrada utilizando asambleas. Democracia pura y anarquía en una mezcla que te resultaría imposible de concebir hasta haberle comprendido. Tendrías que escucharle. Funcionaría. Te lo juro. Si aún tuviese boca, seguramente, te lo contaría él mismo.
Miró hacia la puerta, cuando el suelo vibró, y se giró hacia mí.
A veces ves cosas en los ojos de la gente que hacen que pienses que la vida es más grande de lo que crees, que te estás perdiendo algo, que hay cosas que escapan a tu comprensión y que el que te mira lo tiene más claro y asumido que tú; que tiene las respuestas, que entiende todo lo que tú ni siquiera te planteas. Ese era Josh.
Se fue tres décimas de segundo antes que yo.
Si tuviese tiempo entendería que Josh es el olor a pollo frito en mi nariz justo antes de que ésta deje de existir.
La gente que nos tenía aquí piensa que no querer vivir tu vida del modo que te imponen, que no creer en todas las cosas que quieren hacerte creer, que querer ser libres en todas tus decisiones y acciones y negarse a aceptar su modo de ver el mundo puede ser algún tipo de desviación genética.
Así que usaron todos sus medios, y estos son muchos, para reunir “especimenes” que hubiesen mostrado tendencias rebeldes desde temprana edad, al parecer sin motivo evidente, para investigarlos. A ser posible, personas que no tuviesen justificación psicológica para la rebeldía. Liam, pese a todo, tuvo una infancia tranquila y no vivió ningún conflicto emocional que le hiciese odiarlo todo, simplemente era consciente de algunas mentiras y desarrolló una impresionante habilidad para respaldar revueltas con explosivos. Impresionante como todo este complejo subterráneo de Dios sabe cuantos kilómetros cuadrados volando por los aires.
Josh era un tipo increíble. Nada más.
Si tuviese tiempo te diría que personalmente no creo que la rebeldía sea algo genético, pero claro, yo siempre me he negado a admitir que no somos más que un conjunto de procesos biológicos y reacciones químicas. Las vivencias condicionan. La genética determina ciertas cosas. Pero siempre he pensado que somos algo más que todo eso.
No sabría decirte exactamente cuánto más, en fin; ya me entiendes. »

Bueno, pues esto es un trozo de una cosa que tengo empezada por ahí y con la que me pondré un día de estos, espero que os guste y todo eso que suele decirse.

8 de febrero de 2005

El Tren

Hay medio segundo en que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.
Muchos viajes empiezan así.
El traqueteo, grave, bajo sus pies, el zumbido de la calefacción, las voces de los demás pasajeros, espaciados. El asiento vacío a su lado.
Las nubes más opacas estaban a su derecha, tapándole el sol. Aún así le devolvía el saludo como podía, aprovechando los trozos menos densos.
Faltaba un rato para que su ventana se pusiese interesante. Todo ese paisaje ya se lo sabía.
Aprovechó para escribir un poco.
Estaba en el tren, camino de unos amigos. De ellos y su pequeña de cuatro años, con la que pasearía por la ciudad mientras ella se escondía detrás de su chaqueta y él fingía buscarla.
Camino de las risas, de las buenas conversaciones, de los libros, de un poco de vida en un espacio distinto durante tres días.
Iba, en definitiva, a disfrutar de una calidad humana que, vivido lo vivido, sabía valorar.
Ese viaje era, de algún modo, un punto y aparte.
Consolidar unas cosas y dar otras por perdidas. Esos puntos cierran un párrafo y, de no ser finales, nos dicen que algo viene después.
Pensaba en todo esto cuando el sol empezó a saludar más fuerte.
Lo iba consiguiendo, no iba a ganar, claro, esas nubes eran bastante feas. Aún así luchaba, porque eso es lo que hace.
Aunque te lo tapen sigue estando ahí.
Eso le gustaba.
A la voz que acababa de anunciar la primera parada no le hubiese venido mal un poco de café. De hecho, perdió unos segundos decidiendo qué le gustaba menos, si el ruido que se escuchaba justo antes de que hablase o la voz en sí.
Al final lo dejó en tablas y se dedicó un rato a mirar por la ventana.
Esa parte ya no se la sabía.
Los graffiti que imaginaba eran bastante mejores que todo eso que ensuciaba las paredes por las que iba paseando su mirada. Bastante mejores.
Demasiada cantidad y poca calidad, pensó, como las personas.
Tomó nota de ello.
En su cuaderno.
Acomodado ya en su situación de viajero recordó que no había desayunado.
La idea de desayunar en un tren se le antojó divertida, y como le encantaba divertirse, se lanzó a ello.
Cruzó un par de vagones y llegó a la cafetería.
Pidió un café con leche y preguntó a la camarera si su parada era la última o si tenía que estar atento, por aquello de dormir tranquilo, le dijo.
Ella le informó de que era la última y él le dio las gracias. Se quedó un rato en la barra disfrutando del café y mirándolo todo como solía hacer cuando no estaba haciendo nada especial.
Llegó una mujer y preguntó a la camarera, auténtica equilibrista no reconocida, si desde su parada de destino había muchos trenes hacia Dios sabe dónde.
La camarera no parecía estar muy segura. Aún así, apoyándose en la lógica, argumentó a favor de lo normal que sería que sí los hubiese.
Él dio un sorbo a su café y dijo:
Todo dependerá de la urgencia de su viaje.
La mujer se acercó y le miro con una media sonrisa, esperando escuchar el resto de su explicación.
Así que continuó:
Si es muy urgente tendrá pocos y saldrán tarde. Si no es urgente, tendrá todos los que quiera.
Dio otro sorbo a su café.
La mujer le sonrió y asintió. Tenía unas bonitas arrugas.
La camarera no dijo nada y siguió haciendo equilibrios, tratando de moverse como si no estuviese en un tren. Él acabó su café y se marchó
Cuando volvió a su asiento hubo otra parada y pudo disfrutar, de nuevo, de ese medio segundo en el que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.
Es un momento en que las cosas parecen ser como no son.
Esos instantes definen la realidad por oposición a ésta.
Escribía sobre todo eso cuando el padre del niño que se sentaba unas cuantas butacas detrás dijo:
Mira, el mar.
Aunque no se lo dijo a él, decidió que no estaría mal pegarle un vistazo, así que volvió a mirar por la ventana.
Le gustaba el mar y había que reconocer que esa parte tenía muy buena pinta. El problema está en que siempre se acordaba de la vez que lo vio desde el aire, con toda esa mancha marrón en la costa. Nadie lo diría, visto desde la ventana.
Momentos en los que las cosas parecen ser como no son.
Hubo otra parada enseguida.
Se fijó en que el sol, contra todo pronóstico, había vencido.
Ni rastro de nubes.
Las había dejado atrás.
Empezó a notar el café. Le había sentado bastante bien. Sólo había dormido dos horas y media.
El motivo fue una conversación de esas que guardaba como si fuesen oro. El oro del alma. Pensó unos segundos en todo lo que dijo y en todo lo que escuchó y afirmó para sí mismo que había valido la pena dormir poco.
Quizá algún día se lo dijese a ella.
La falta de sueño le daba una ligera sensación de irrealidad que le vino bien para su primer día de viaje. Iban a ser tres, tres de los buenos.
Lo fueron.
A fin de cuentas, esto era sólo el tren.
Lo bueno empezaría después, así que le pegó otro buen vistazo al mar.
Fue entonces cuando una niña decidió saludar a un avión, bien fuerte, para que los de arriba la escuchasen.
Él Sonrió.
Ya estaba llegando.

12 de diciembre de 2004

La Pulsera en mi muñeca izquierda

Llevo una pulsera en la muñeca izquierda.
Esta es la historia de cómo y por qué la llevo.
Hace una semana la vi en el videoclub. Los fines de semana trabajo en uno, es mi recreo, mi Fiesta De La Desconexión Universal ”, el trabajo mecánico que me permite poner mis cosas en orden y establecer prioridades.
Mi digestión semanal de vida.
Se acercó a mí y me sonrió de una forma infantil y sincera, una gran sonrisa saliendo del corazón.
La segunda vez que la vi pensé que quizá, a veces, su corazón se cansará de sonreír y recibir tan poco a cambio.
Hola, dijo, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia.
Sus dos trenzas le daban un aire jovial, movía levemente la cabeza de un lado a otro mientras sujetaba la caja de cartón entre sus manos.
Entonces miró mis ojos.
Dentro de mis ojos.
¿Eres español?, me preguntó.
Miré dentro de sus ojos y le contesté que sí.
Me gusta mirar y ser mirado de esa forma porque no siempre se puede, no con todo el mundo.
Ladeó un poco la cabeza y frunció el ceño, sin perder la sonrisa.
¿Español, español?, insistió.
Sí, sonreí.
Se lo pensó durante unos instantes y afirmó:
Español raro.
Charlamos brevemente, me enseñó las cosas que llevaba y no le compré nada.
Hoy la volví a ver, entró en el bar donde suelo disfrutar de los periódicos que me cuentan cómo nos vamos volviendo locos, los unos y los otros.
Lo primero que escuché fue su voz.
Siempre estoy en un rincón, me gusta tener una perspectiva completa del sitio en que me encuentro. Los rincones la dan, no lo olvides.
Observé sus gestos, su sonrisa, cómo sacaba lo mejor de ella y lo regalaba a la persona que tenía delante.
Hola, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia
La mirada limpia, azul.
Llegó a mi mesa y le saludé.
Hola de nuevo, ¿cómo te va desde la última vez?
Se sentó a mi lado y me miró, de nuevo, dentro de los ojos.
Te conozco, dijo sonriendo, tratando de recordar.
Español raro, dije yo.
Sí, afirmó dando una dosis extra de brillo a su sonrisa.
A su mirada, no son sus dientes, es su mirada; sonríe con ella.
Unos días más suerte, otros días menos, me contó.
Sentados así, cerca, pude ver todo lo que ocultaba su sonrisa; supe de las penas y de las decisiones difíciles escritas en las pequeñas, casi imperceptibles, arrugas de sus ojos.
Hay heridas que sólo los heridos reconocen en los demás.
Y le compré algo, y cuando se marchó nos despedimos con la mano, como si fuésemos amigos y le deseé sin palabras toda la suerte del mundo, para cada uno de sus días.
Y por eso llevo una pulsera en la muñeca izquierda.

21 de noviembre de 2004

Anecdotario del Bibliotecario Involuntario ( 2ª Parte )

Aquella pandilla de efebos y ninfas aspirantes a actores llevaba “papa rico, yo hippie” tatuado en el alma.
El problema era que no lo sabían. Aún así, tenían sus momentos. Llegué una mañana, veinte minutos tarde. Amparo me esperaba en la garita.
-Llegas tarde-, dijo.
-El tiempo se me ha adelantado, ha sido una jugarreta cuántica, cosa de los taquiones, yo nunca tardo-.Contesté.
La dejé con la palabra en la boca y subí a la biblioteca. Mientras subía la escalera percibí más actividad de la normal.
Patricia tirada en algún banco, estirándose como un gato, Un chico mirándose en el reflejo de una de las vitrinas con papeles que había en el primer piso repitiendo que él no era como su padre, en distintos tonos, dos alumnas haciendo respiraciones en la escalera y una tercera usando la barandilla como barra de ballet. Es decir, todo en orden. Pan nuestro de cada día dánosle hoy. La actividad inusual venía de la biblioteca. Mi biblioteca. Entré y allí estaba. La alegre pandilla de alternativos con formación actoral.
Descojonándose alrededor de una radio. -Despejad mi mesa ahora mismo si no queréis que os cosa el culo y os deje sin vida social.
Me encantaba ser simpático por aquel entonces. Nuskita salía en ese momento, suspirando y mirando al cielo. No hay nada que hacer, decía su expresión.
-Ya verás, ya-. Dijo.
Y se marchó. Me acerqué y, entonces, me vieron.
Hola, dijeron algunos.
Escucha esto tío, y le dieron al play. Era un programa de Radio, una grabación. Uno de esos, nocturnos, dónde la gente llama a contar cosas y se abren diferentes hilos de reflexión, o de silencio, sobre los temas tocados en las llamadas. Una locutora y personas sin nada mejor que hacer. Nada del otro mundo. Entró una llamada y una de las futuras actrices, formada para llevar la gloria al inconmensurable cine español, dejó escapar una risita tonta.
Si hubiese tenido un tomo de más de mil páginas en mis manos, se lo hubiese dejado caer, accidentalmente, en el pie.
En la radio una voz parecida a la suya, saludaba a la locutora.
La locutora le devolvió el saludo y comenzaron a charlar. La mujer estaba casada y su marido era camionero.
Pasaba muchas horas sola y siempre escuchaba el programa; todas las noches.
Cuando dijo lo de “me gusta mucho tu programa”, uno de los alumnos dio una palmadita en la espalda a la de la risita tonta y le guiñó un ojo. Ahí has estado bordada, dijo. Suelo escucharlo siempre, continuó, y aunque nunca llamo, más de una vez he sentido como míos los problemas que algunas personas han contado, y” En la radio hubo una pausa. Varios alumnos hicieron explotar una risa en el interior de su boca, sin abrir los labios, dejándola salir por la nariz.
Me siento muy sola, dijo; Y comenzó a llorar.
Esta vez la risa explotó fuera.
Yo les miré y sentí la imperiosa necesidad de poseer un lanzallamas. Entonces el llanto aumentó. La locutora trataba de consolar a la mujer que, entre sollozos, hablaba de cómo las paredes se la comían viva, de todas esas horas sola, sin una amiga con quien hablar. Contó que su perro había muerto hacía tres meses y no se animaba a comprar otro porque sabía que no sería lo mismo. Buen detalle, dijo alguien. Ella quería a su marido, sabía que él la quería también, que hacía todo lo que podía para darle una vida mejor, pero no podía evitar sentirse abandonada. Abandonada repitió, rompiendo cada sílaba en su garganta, rascándola. Llorando, gimiendo, sorbiendo los mocos. La chica de la risa tonta sonreía, satisfecha de su actuación. Los otros se reían. Yo les miraba y seguía escuchando. Cuando la desconsolada mujer abandonada colgó, entró la llamada de una mujer que no era una aspirante a actriz practicando su destreza con la mentira. O por lo menos no de esa escuela. La mujer dijo que ella vivía en la misma ciudad y que tenía mucho tiempo libre, que le ofrecía su amistad, su hogar y gran parte de su tiempo a la pobre señora del camionero, comida por las paredes de su casa. Por sus formas parecía una de esas mujeres sin demasiada cabeza y con mucho corazón. Una buena persona de las que, cuando hace daño, lo hace por error. La alegre pandilla acababa de tomarle el pelo a una buena mujer. Entró otra llamada. Era un hombre.
Trabajaba de camionero.
Su expresaba de forma bastante torpe, como alguien que, aunque ha visto mundo, lo ha visto desde la cabina del camión.
Dijo que había aparcado en la primera parada que pudo encontrar.
Había pensado en su mujer, en todas las horas separados, en todos esos años y en lo imposible que era cambiarlo.
Yo no sé hacer otra cosa, decía. Llevo en esto desde los diecinueve. Quiero a mi mujer, yo quiero a mi mujer. Paró un instante y siguió. Sé que el marido de esa señora que ha llamado la quiere. El hombre empezó a llorar. Paré la radio. Alguien estaba comentando con la chica algo sobre los sollozos, una forma de inspirar que los hacía más sonoros. Con ejemplos. El resto se reía e ideaba nuevas llamadas. Fueron dispersándose y me quedé solo. Dejé morir un buen puñado de minutos.
Cogí un libro al azar, y lo abrí, por el mismo procedimiento.
El párrafo decía que el arte carece de moral, que es una cuestión de forma. Mandé el universo a la mierda en voz alta y me fui a almorzar.

18 de noviembre de 2004

18-11-03

Fue hace un año, en una madrugada igual que esta.
Elisabet dormía a mi lado. No era mi novia, pero dormía a mi lado. No lo entenderás si no lo has vivido, así que no le des importancia.
Dormíamos juntos, y mi teléfono sonó.
Dani, en la otra habitación, se incorporaba un poco para escuchar qué ocurría.
Ernesto, el hombre que se casó con mi madre, el hombre que supo sacar lo mejor que esa difícil mujer tenía en su interior, me hablaba desde el otro lado. Mi madre había muerto.
Recuerdo que hacía frío.
Lo recuerdo en mis mejillas, cuando caminábamos hacia mi casa, no la casa en la que vivo, mi casa; la casa de mi madre. Hacía frío, sí, y me daba igual.
Recuerdo el llanto silencioso de Elisabet, cómo se abrazaba a Dani mientras caminábamos.
Él trataba de permanecer firme, aunque todo en su expresión anunciaba estar viviendo algo irreal.
Recuerdo despedirme de Elisabet, en su patio. Aún no vivíamos juntos. Una cosa fría y dura disfrazada de hombre despidiéndose de ella. Recuerdo la pena que me dieron sus lágrimas. Por mí, lloraba por mí. Después me dio un tiempo perfecto que curó todas mis heridas.
Equilibrio.
No sé qué pretende el Universo con todo esto, dije.
Y los dos bajaron la cabeza y Dani apretó la mandíbula y Elisabet tragó pena con los ojos cerrados.
Sólo tengo veintisiete años, dije, sólo veintisiete.
Lágrimas en mis ojos.
Sin padre, sin madre, sin mentiras que me den aliento, sin nada de lo que tú puedes usar para seguir diciéndote que todo está bien, que todo encaja, que tiene sentido. Despierto. Te lo estoy contando, aunque sé que no lo puedes entender, pero nunca podrás decir que no te lo he contado.
Llegué a la casa y estaba abierta.
Los dos policías de la entrada me vieron, ni siquiera les saludé, tan sólo les miré a los ojos y bajaron la mirada.
Entré a la habitación y estaba allí, muerta. Esa cosita frágil que había sido mi madre.
Tan pequeña, pensé, es tan pequeña”
Muerte. Todos, tarde o temprano, acabamos así.
Sin un final no tendríamos sentido.
Me acerqué a ella y Dani me miró desde el umbral. Podía escuchar la estática de sus pensamientos, y la de los policías, y la de Ernesto, y la de los médicos.
Mi conciencia abarcaba una manzana entera y no me importó, por primera vez, no ser como todos. Me daba igual. Empezó a darme igual ese día.
La besé.
En la frente, un pequeño beso mientras acariciaba su cabeza.
Está todo perdonado, dije.
Y lo estaba.
Sentí el tacto de su pelo por última vez, entre mis dedos. No había nada ahí dentro esperándome para decir adiós.
Eso es lo que queda.
En el crematorio, tras la ceremonia, di mi primer paso. El primero de verdad.
Aún retumbo con él. En esta historia hay muchas cosas mezcladas.
Recuerdo estar cansado aquel día y apoyar mi cabeza en el hombro de Elisabet.
Las miradas de aprobación cuando cogió mi mano. La flor que nace en el desierto.
Algunas personas son arcoiris en medio de las tormentas que te lo arrancan todo.
La noche anterior cogió mis manos y apoyó su frente en la mía. Por primera vez en meses, no me sentí solo. Ese momento es otra de las muescas que llevo en el alma.
Las lágrimas de Elisabet se convirtieron, con el tiempo, en uno de los motivos para amarla. Su forma de curar mis heridas, su honestidad.
Lo que no podré volver a vivir, lo viví con ella.
Se ha ido a su país sin poderle agradecer todo lo que hizo por mí, sin poderle llegar a explicar lo importante que fue que estuviese allí; en ese momento que no se repetirá jamás. Lo he intentado, pero sé que nunca seré tan bueno con las palabras como para hacérselo entender.
Aún así sigo probando, día tras día.
Creo que se lo merece.
Ernesto se derrumbó, sé que yo estaba a punto de conseguirlo, iba a llorar, a llorar de verdad, iba a llorar tanto que no quedaría nada de mí que no fuese pena. Podría haber partido el planeta por la mitad con una sola lágrima, pero Ernesto se derrumbó y mi pena se convirtió en dos brazos sujetándolo. Un joven anciano sujetando a un anciano joven. De nuevo la ironía.
Ahora, aquí, solo, con Elisabet a miles de kilómetros y nuestro tiempo perfecto concluido, con Dani viviendo su vida, con mi tregua con el Caos rota, con todas esas personas ahí fuera durmiendo tranquilas, con algunos amigos menos, con todo eso, sonrío al chico cansado que se mira en el espejo, ese que ya casi me cae bien, y le digo que así es la vida, que no se preocupe, que aunque hoy hace un año, estoy bien.
Y como una especie de gesto noble entre iguales, antes de irse a dormir, me guiña un ojo y yo, educado, le devuelvo el guiño.

La Ola

Dicen que sus ojos no fueron siempre de ese color.
Las chicas escuchaban, atentas, sentadas alrededor de la hoguera. Sólo el crepitar de las llamas, el ruido del mar y la voz de Elena contando la historia.
Pasó hace algunos años, él es más mayor que nosotras, ya sabéis. Pasó cuando él tenía nuestra edad, más o menos. O eso dicen.
Asintieron en silencio, el cuerpo echado hacia delante, la luz de las llamas jugando en sus rostros de niñas mujeres. Esperando.
Había unos chicos con sus tablas, esperando las olas. La tele había dicho que venían olas grandes; peligrosas. Querían verlas y saber si se atreverían a montarlas, a intentarlo aunque fuese. Ya sabéis, todas esas cosas de chicos.
Risas ahogadas y miradas cómplices.
Vieron llegar la primera, a lo lejos. Era enorme. Parecía correr con furia hacia la costa.
Hizo una pausa, adelantando el cuerpo, dejó su boca entreabierta y levantó una ceja. Era como si lo que iba a decir estuviese dando vueltas en su boca antes de ser dicho.
Dicen que esa ola no era una ola normal, y yo también lo creo.
Ya estamos con los rollos de magia, dijo una de ellas.
Sabes que soy medio bruja, continuó Elena, y te digo que esa ola no era normal, y él tampoco.
Vale, vale, medio bruja, sigue contando la historia.
Bien, la ola venía y los chicos se miraron entre ellos. Decidieron que era mejor salir del agua. Dicen que uno de ellos apretó la mandíbula y se quedó mirándola, pero al final retrocedió despacio, como si correr fuese mala idea.
¿Entonces apareció él?, preguntó una de las niñas mujeres.
Sí, justo cuando se dieron la vuelta se lo encontraron de frente. Dicen que sus ojos eran color miel y que tan sólo les sonrió y siguió andando hacia la ola que venía.
¿No hicieron nada?
No, sólo salieron del agua y se quedaron en la orilla mirándole caminar hacia la ola.
Elena removió el fuego con un palo, como si no tuviese importancia. Levantó su nariz, mirando por encima de ésta a todas las niñas mujeres y siguió hablando.
Ni siquiera llevaba tabla.
¿Qué pasó?
Eso, dijeron a coro, ¿qué pasó?
La ola lo arrasó, chocó contra él. Dicen que el ruido fue infernal, se escuchó a esa ola romper desde todos los rincones de esta playa. Cuando todo pasó los chicos corrieron hacia la orilla y”
Removió de nuevo el fuego, esta vez pensativa, tratando de escudriñar algo entre las llamas.
¿Y qué? ¿Qué pasó?
Elena sonrió y siguió hablando, más despacio, dejando caer cada palabra.
Estaba de pie, en el mismo sitio donde la ola lo alcanzó. Los chicos se miraron confusos y antes de que pudiesen reaccionar él se giró y caminó hacia ellos.
No me lo creo, dijo una de ellas.
Cállate empollona, no lo estropees, contestó otra.
Cuando caminó hacia ellos, siguió Elena, se fijaron en sus ojos. Azules, ojos azules como el cielo que refleja el mar. Como aquella ola.
Sus ojos habían cambiado de color.
Las niñas mujeres guardaron silencio. El fuego y el mar parecían sonar más fuerte.
Si queréis que os diga lo que pienso, dijo Elena, os lo diré.
Pienso que esa ola era una vieja amiga, algo mágico, que le devolvió alguna cosa que él le había prestado. Pienso que él, de alguna forma que no puedo explicar, es más antiguo que su edad. Pienso que quizá también es brujo, o algo, como yo. Aunque lo que realmente pienso es que no es del todo humano, aunque parezca una persona.
Anda ya Elena, dijo una de ellas, tú estás flipada, siempre inventando tus historias. Lo que pasa es que te mola y te inventas todos esos rollos con el color de sus ojos y la magia para no tener que hablarle y decirle hola, cobarde sin novio.
Las niñas mujeres rieron.
Elena rió también.
Pensad lo que queráis, pero sé que alguna de vosotras ha hablado con él, cuando está sentado ahí, en sus rocas. Así que no me hace falta deciros que, obviamente no es como todo el mundo.
Ya, eso es verdad, tiene algo que inquieta y no acabas de saber si es bueno o malo, pero vamos, tampoco te pases, olas que cambian el color de los ojos. Te flipas mucho.
Rieron de nuevo.
Yo creo que es una metáfora, dijo una de ellas limpiando sus gafas con un pañuelo.
Creo que es una metáfora sobre la vida, creo que la ola es todo lo grande, lo malo, lo peligroso de estar vivo. Todo lo que es capaz de cambiarte. Creo que todo el mundo trata de montar esa parte de su vida, esquivarla, dominarla. Unos lo hacen y otros se hunden. Pero él se presentó ante la ola sin nada y la abrazó. Sus ojos cambiaron, porque su mirada cambió. Su forma de ver el mundo, las cosas, la vida. La ola le dio el poder que guardaba, una fuerza capaz de arrasar costas, de tocar vidas, y él le regaló parte de su humanidad, su mirada dulce y tierna. Color miel. Fue un intercambio.
Las niñas mujeres callaron.
Al rato estaban hablando de otras cosas y, sobre todo, pensaron en qué hacer mañana.
Tenían mucho tiempo por delante para llenar. Querían divertirse como sólo las niñas mujeres saben divertirse antes de crecer.
Él las escuchaba desde su roca.
Sonrió y recordó sus propias hogueras, sus propios amigos y sus propias historias.
Y el amor de la Ola.

20 de septiembre de 2004

Anecdotario del bibliotecario involuntario ( parte 1 )


Si eres nuevo en esta web, te aconsejo leer primero cualquier otra cosa en lugar de esto. En serio, es demasiado largo para «probar» y cualquiera de los otros textos te servirá mejor que este para hacerte una idea de la clase de cosas que hay por aquí. No te castigues más de lo necesario y no pierdas el tiempo. Hazme caso. Tienes la Tele, el Cine, la Playstation y los Escritores De Verdad. Si sigues queriendo leer estas cosas elige otro texto al azar, pero no este. Es el más largo de todos, no es buena idea empezar por aquí, te cansarás, me odiarás y me enviarás mails pidiéndome que me corte las manos, y sólo me quedan dos. Así que lee otro, de verdad, el anterior o cualquier otro, pero este no.
El que avisa no es traidor.
O sí.

Anecdotario del bibliotecario involuntario (1ª parte )
Ayudante del funcionario de la biblioteca. Eso decía el papel donde se detallaban los destinos a elegir. Lo que no decía era que, en realidad, el funcionario de la biblioteca iba a ser yo.
Siempre sospeché que el Estado usaba a los objetores de conciencia para algunas tareas en las que una persona bien formada, y bien pagada, sería más recomendable.
Pero ahí estaba yo; sin más prórrogas de estudios, sin novia, sin trabajo, sin dinero y objetando en la Biblioteca de la Escuela Superior de Arte Dramático.
Aquello era casi irónico.
El aula en sí no era muy grande, aunque tampoco puedo decir que fuese pequeña. Tenía estanterías en tres de sus paredes, con vitrinas que yo cerraba al salir. Mi mesa estaba al fondo, con la ventana detrás.
Lo primero que se veía al entrar era a mí.
Había mesas dispuestas a ambos lados, de forma que la gente pudiese sentarse por las dos partes. Dos hileras de personas por fila de mesas. Eso hacía cuatro hileras en total.
Nunca las vi llenarse.
Al principio me lo tomé con buen humor, a fin de cuentas me encantan los libros y allí tenía un montón. Quería verle el lado bueno a eso de que el Estado me robase trece meses de mi vida en el momento justo en que más necesitaba ponerla en orden.
Ya sabes, si la vida te da limones, haz limonada.
Por lo menos no tenía que cortarme el pelo ni gritarle sí señor a un tipo que se masturba con la música del Nodo.
El principio, como el buen humor, duró poco.
Aquel imbécil se llamaba Carlos y tenía la descabellada idea de que yo podía meter en la base de datos unos ciento cincuenta libros diarios, más o menos.
No pude evitar reírme en su cara.
Alguno de aquellos libros tenía diez o doce obras. Tenía que hacer ficha para todas ellas, título, autor, fecha, volumen en que se encontraba, etc.
A mano y en la base de datos.
Ciento cincuenta por diez, mil quinientas entradas diarias, por duplicado.
Carlos, por muy representante del comité de alumnos que seas, lo tienes claro, colega.
Mirando hacia atrás creo que esa risotada fue el primer momento de rebeldía, la primera chispa. Chispa que no dejó de arder hasta convertirse en el incendio que me hizo enfrentarme a toda la directiva y parte del alumnado.
Pero eso vendrá después.
En cuanto a los alumnos, un breve inciso:
Como músico he conocido a mucha gente falsa y taimada. Sólo puedo decir que lo único peor que un músico es un actor. Lo demás sobra.
Sigamos:
Los objetores a los que dábamos reemplazo eran dos, nosotros éramos tres.
Uno de ellos babeaba continuamente al ver alumnas semidesnudas pasearse por allí. Más tarde descubrí que les encantaba hacer eso, y lo insistentes que podían llegar a ser si no les hacías caso; cosas del ego, supongo.
El otro tenía pinta de perdedor adorable de serie negra, ya sabes.
Se quedó algunos días con nosotros y con el tiempo fui entendiendo los comentarios que hacía para sí mismo y que yo, con mi buen oído, pude escuchar.
Dijo muchas cosas y nos advirtió sobre varios puntos en concreto, pero para no extenderme demasiado diré que el mensaje básico era único:
Esta gente apesta.
A mí me extrañó un poco, me habían atendido con amabilidad y todo parecía en orden, aunque Amparo, la secretaría, seseaba de un modo que me inquietaba y que, después, tuve que soportar hasta la nausea. La biblioteca estaba en el segundo piso y la ventanita desde la que ella atendía a los alumnos en el primero. Sus seseos subían por el hueco de la escalera y venían a clavarse en mis tímpanos. Aquello era desquiciante.
Lo del imbécil de los ciento cincuenta libros diarios, en ese momento, me resultaba anecdótico.
A los tres meses de estar allí sólo quedaba yo, mis compañeros pidieron otros destinos y se largaron. Yo me quedé; quería poner algunas cosas en su sitio.
El detonante de su marcha, y de que yo me quedase, fue el incidente de la goma.
Había llegado Junio y las clases habían terminado, éramos tres pero en realidad sólo había faena para uno, máximo dos.
Se suponía que teníamos que estar en la garita con Félix o bien en la biblioteca, ayudando al funcionario, es decir, ayudándonos a nosotros mismos.
Félix era el bedel, el recepcionista, el hombre de los recados, cuando no podía cargárnoslo a nosotros, claro.
De su boca escuché la mayor cantidad de guarradas posibles que se pueden decir mientras ves a una chica vestida con mallas y una camiseta interior abrocharse las zapatillas. Era flaco y tenía ese tipo de aspecto que le hacía parecer sucio aunque estuviese recién duchado. Sus dientes amarillos y sus labios finos podían conjurar su frase favorita cuando menos lo esperabas: Menudo chochito tiene que tener esa.
A su ex mujer, cuando la llamaba utilizando dinero público, le llamaba chocho.
El caso es que los compañeros hablamos y decidimos que, como había poco que hacer, uno podría librar cada día, de esa forma no tendríamos que estar los tres allí y el centro no quedaba desatendido, ya que dos de nosotros estarían siempre. Animados por la experiencia de otros colegas objetores en otros destinos, nos pareció una buena idea.
Lo hablamos con Amparo, y su mente burocrática nos concertó cita con el director para el día siguiente. En sus ojos vi que no nos saldríamos con la nuestra, pero bueno, yo todavía no me había encabronado, así que tenían un voto de confianza.
Javier, el director, nos recibió al día siguiente.
Aún no habíamos expuesto nuestro caso cuando comenzó su monólogo.
En líneas generales nos dijo que Amparo le había informado de nuestra propuesta y que tenía la impresión de que no nos había quedado un punto claro: que aquello era la mili.
No habíamos hecho la mili pero estábamos ahí, a cumplir como machotes.
Después estableció una serie de paralelismos entre el servicio militar y estar allí.
Eso me dejó un poco aturdido, hasta ese momento aquel tipo, pese a su pinta grisácea, había tenido todas las maneras de un mandamás que se enrolla con el pueblo. Un progre guay, un tipo majo de los que te guiñan el ojo mientras te dicen que vuelvas mañana, que por hoy ya has currado bastante.
Igual me desconcertó porque en el trabajo que tuve que dejar para irme a objetar, mi jefe me traía el café.
El caso es que pensaba en cómo se le estaban viendo los dientes al lobo cuando él cogió una goma de su escritorio. Nos miró, sujetándola entre sus manos y la estiró. Entonces lo dijo:
Vamos a llevarnos bien y a no tocarlos. Porque la goma si se estira, se rompe.
Y la rompió.
Los tres nos quedamos callados, supongo que no sabíamos si eso estaba pasando de verdad, si lo estábamos soñando, si Franco seguía vivo, disfrazado de director de escuela de arte dramático, o que demonios estaba pasando allí.
Cuando salimos del despacho pude ver la sonrisa de Amparo. Había estado escuchando. Ella era lo más parecido a la enfermera cabrona de Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco. Tomé nota mental de hacerle pagar esa sonrisa.
Mis dos compañeros hablaron sobre pedir otros destinos, largarse de allí, mandarlo todo a paseo. Yo estaba callado, pensando en lo que había ocurrido.
Este Javier, pensé, se ha equivocado de cabo a rabo.
A la mañana siguiente Amparo nos contó una historia que luego pude usar en su contra, en uno de los momentos más placenteros de mi estancia en aquel sitio.
Nos dijo que, según ella, aquello había sido un paraíso para los objetores. Que se habían portado siempre muy bien con ellos y que nunca les habían obligado a estar allí cinco horas diarias perdiendo su vida, como hacían con nosotros. Pero es que, claro, fíjate tú, les vino una inspección y tuvieron muchos problemas, con expediente y todo.
Así que, con mucho dolor de eso que supuestamente les latía en el pecho, no podían darnos días libres, ni ser indulgentes con los horarios, ni nada de nada, porque siempre podrían ponerles otra amonestación por ser buenos con nosotros.
A ellos, esos grandes samaritanos, esos humanitarios progresistas rompe gomas.
Mis compañeros escuchaban en silencio aquella sarta de mentiras y yo bromeé sobre las pocas posibilidades de llegar a conocer a la supuesta inspectora por cuyas visitas sorpresa estaban obligados a tenernos ahí sin darnos ni una mañana libre.
Amparo no supo bien como tomarse la broma.
Días después, cuando mis compañeros ya se habían ido, bajé a la garita, a leer el periódico como un buen funcionario.
Ella me vio, se asomó a la ventanita y dijo amablemente:
-Tony, podrías aprovechar que no hay faena para ir adelantando con los libros.
Levanté la mirada del periódico, sin cerrarlo, la miré a ella, miré el reloj de pared y contesté:
-Amparo, he metido unos cuantos, estoy aquí descansando, luego meteré más, no me presiones porque la goma, si se estira, se rompe.
Ella me miró inexpresiva. Sonreí levemente y seguí leyendo.
El guante estaba echado.
Meses más tarde, tuvimos una discusión más grande. El escenario era el mismo. El periódico era distinto, pero también lo estaba leyendo yo.
Los libros iban, más o menos, por el mismo sitio que hacía dos o tres meses.
Le había cogido el pulso al asunto.
Ella dijo que si no estaba a gusto que me marchase, que pidiese otro destino como habían hecho mis compañeros. Yo sonreí y le dije que no, que no hacía falta, que le tenía cogida la medida y que al igual que yo estaba allí con ellos, ellos estaban allí conmigo. Se lo dije abiertamente, sin rodeos.
Ella me dijo que con esa actitud yo no iba a llegar a nada en la vida y yo le contesté que si llegar a algo en la vida era llegar donde ella estaba, prefería quedarme en mi sitio.
Entonces, de forma velada, insinuó que podría ser peor, ya que yo entraba y salía una hora antes de lo “establecido”.
Contesté que no tenía ningún problema en acudir una hora antes y marcharme una hora después. Me callé unos segundos y añadí un rotundo, pero tú estarás aquí para abrirme la puerta cuando llegue y para cerrarla cuando me vaya, que le sentó como un tiro.
Por supuesto este endurecimiento en el trato fue algo progresivo y ganado a pulso.
Entre las dos discusiones pasaron muchas cosas, gracias a Dios no todas tenían que ver con la pérfida secretaria.
Había una chica rubia, con ojos azules y maneras de gato que siempre andaba estirada por los bancos de los pasillos. Silenciosa y de mirada profunda.
Se llamaba Patricia.
Una mañana entré en la biblioteca y la encontré tumbada en una de las mesas, boca abajo. Llevaba una especie de bañador y un tanga encima.
Había otra chica acariciándole la nuca.
Entré, dije buenos días y me senté.
La chica gato me siguió con su mirada, sin mover ni un solo músculo, allí, relajada, mientras la otra seguía tocando su nuca y su espalda.
En un momento dado la otra chica le besó en mitad de la espalda y le dio un pequeño mordisco en el hombro, luego miró el culo de Patricia y el culo de Patricia me miró a mí. Ella ni se giró, sabía que yo estaba justo detrás, en mi mesa.
Así que me levanté y me puse a ordenar algunos libros, ignorando la escena.
De vez en cuando me giraba y la veía observándome.
La otra hacía como si yo no estuviese ahí.
En un momento dado Patricia se levantó, si decir nada y se marchó.
La otra se quedó allí callada unos minutos, quizá dos, y entonces se fue.
Me quedé solo y, tras colocar un par de libros, miré mi reflejo en la vitrina.
Me giré hacia la mesa donde habían estado y me dije a mí mismo que aquello de la objeción tenía sus momentos.
Patricia vino a pedirme unas fotocopias un mes después de aquello. Estábamos juntos en el cuartito de la máquina cuando su tripa sonó.
-No me extraña que proteste, tienes pinta de comer poco-, Dije sonriendo.
-Que va, si he almorzado ya- Contestó mirando su inexistente tripa, mientras la tocaba con las dos manos.
-No sé chica, para mí que no ha sido suficiente.
Entonces se acercó y me miró con aquellos ojos suyos de gato.
Sus movimientos más que lentos eran suaves. Ladeó un poco la cabeza y dijo:
-Invítame a cenar una noche, y verás lo que me como.
Salió de la garita meneando el culo con sus fotocopias en la mano, tenía un culo bonito para ser tan delgada. Estaba claro que ahí les gustaba marear al personal y yo iba sobre aviso así que no hice demasiado caso.
Había tenido alguna de ese tipo antes. Una chica, ante mi negativa de dejarle dos libros, porque ya tenía dos en casa, y no se podían tener más de dos, comenzó a ponerse cariñosa mientras pedía que se los dejase. Le dije que no de nuevo. Entonces empezó a acariciarme la cabeza, metía sus dedos en mi pelo y apretaba un poco sus uñas en mi nuca, de vez en cuando, mientras su tono iba pasando de cariñoso a lascivo en una estudiada progresión. Le dije que aunque se metiese debajo de la mesa y se tirase el resto del día ordeñándome no iba a dejarle sacar ni un libro si no devolvía los que tenía. Ella se rió y yo también.
Después de aquello nos hicimos amigos. Tenía mucho talento, como pude comprobar cuando vi que sus calificaciones eran de las más altas. El resto de la panda cumplía una regla bastante curiosa, cuanto más llamativa era su actitud, cuanto más pinta de artistas bohemios tenían, peores eran sus notas.
Parecían mucho y eran poco, me temo. Pasa en las mejores familias.
Ese mismo día, cuando esperaba al autobús, Patricia apareció de nuevo.
Aparcó el cuatro por cuatro frente a mí y, sin parar el motor abrió la puerta y me dijo que subiese, sin mirarme.
Aquella actitud peliculera me pareció un tanto ridícula pero le seguí el juego.
Me preguntó hacia donde iba y se lo dije.
Ella me contó que le pillaba camino de casa así que iría hasta allí y yo haría el resto del camino a pie. Me pareció mejor que el autobús, así que asentí.
Había un conejito de Playboy en la guantera, una pegatina.
Cuando llegamos a su casa me preguntó si quería subir. Le dije que no y me marché.
No volvimos a hablar.
El sexo era algo muy presente en aquel sitio. Al principio pensé que los objetores que nos contaron todo sobre aquello habían exagerado un poco, pero pude comprobar que no era así.
Recuerdo que estaba en la biblioteca, leyendo a Platón; tenían una buena colección de clásicos por allí. Al lado de la biblioteca había un despacho. Estaba abierto. Dentro una alumna y el profesor hablaban. No presté atención porque lo que pudieran estar diciendo me importaba mucho menos que lo que Sócrates estaba diciendo en el libro, el Fedón, si no recuerdo mal.
Cuando ella empezó a llorar, puse el oído.
Parece ser que la chica había suspendido y el profesor le recalcó un par de veces que haberse acostado con él no le garantizaba el aprobado.
A esas alturas ya había visto chicos besando chicas, chicas besando chicas, chicos besando chicos e incluso una chica ensayando un orgasmo en la biblioteca, así que estaba curado de espanto.
La campeona de los besos fue una pequeña rubia de pelo rizado, con ojos verdes y una dentadura que parecía querer escapar de su boca. En un minuto escaso le vi besar a tres personas. A su novio, que vino a verla, le besó en la puerta del hall, a un compañero de clase le besó en la entrada al acceso, su novio todavía tenía un pie dentro cuando esto ocurrió. Por último le vi besar a una compañera al subir las escaleras.
Todos besos de tornillo.
Estuve un rato riéndome en la garita, mientras Félix me miraba extrañado.
Aún no me había repuesto de las risas cuándo vi a Carlos, ciento cincuenta libros diarios, vestido de payaso, con nariz y todo. Estuve un rato más ahogándome de risa.
Después me marché a almorzar.
Observar a los alumnos era como ver un concurso de hipocresía superlativa mal llevado. Los más serios hablaban entre ellos sobre las deficiencias de aquella escuela y sobre lo bien que estarían en Madrid o Barcelona.
Hablaban de eso en la Biblioteca, claro. Mientras, yo leía un libro detrás de otro.
Introducía libros en la base de datos, quince al día, más o menos, los días que me daba por trabajar. Yo sabía que debía hacer mi trabajo, aunque lo hiciese lento, pero mientras lo hiciese, no podían hacerme nada, a nivel legal. Aún así, la idea de que iban a aprovecharse de mi trabajo me molestaba. Al final encontré una buena solución, que contaré al final.
Lo peor del sitio, después de Amparo y la mayoría de alumnos, era el Jefe de Estudios.
Lo último que supe de él es que un alumno de primero se estaba planteando denunciarle, ya que parece ser que, en una fiesta le había intentado meter mano y, ante la negativa del alumno, le había amenazado con usar toda su influencia para asegurarse de que jamás llegase a nada en el mundo del espectáculo.
La historia la escuché en la biblioteca, al igual que la del verdadero motivo de la sanción que Amparo mencionó, cuando nos explicó por qué no podía ser un poco más flexible con nosotros.
Llegué a plantearme, durante un par de semanas, si ella tenía algo en la cabeza aparte de trámites burocráticos.
Una mañana yo tenía un examen de armonía, a las once.
Se lo dije a Amparo y ella, como una patata caliente, me rebotó a Celia.
Celia era una vieja chepada, bastante loca, de la que los alumnos solían cachondearse bastante. Era pianista y les daba clase de ritmo y demás.
Un día hablé con ella de música. No volví a repetir.
Lo que escondía bajo sus enaguas no era lo único obsoleto. Su cerebro daba pena. Aún así nunca me hizo nada malo y era educada y buena conmigo, a su manera. El caso es que Amparo, como dije, me rebotó, ya que se suponía que Celia era la encargada de los objetores, de algún modo que jamás me aclararon, por lo que, el permiso, me lo tenía que dar ella.
Me dijo que de acuerdo, que llevase un justificante y en paz.
Yo me fui la mar de contento y, esa mañana, incluso metí un par de libros en la base de datos.
Llegaron las diez y cuarto, mi hora del almuerzo y subí a firmar.
Allí estaba Amparo, con su rostro inexpresivo.
-Vengo a firmar
Miró su reloj.
-Todavía no son las once.
Me quedé un poco parado, ella seguía con la misma expresión, es decir, ninguna.
-Le he pedido permiso a Celia para marcharme y me ha dicho que no hay problema, que te tengo que dar un justificante mañana para que lo guardes; es que tengo un examen.
-Sí “dijo despacio y sin variar su tono-. Pero Celia me ha dicho que te ibas a las once y son las diez y cuarto.
Empecé a enfadarme.
-A ver, Amparo, son las diez y cuarto, sí, es mi hora del almuerzo, tengo que coger dos autobuses para llegar a la Academia y poder hacer mi examen, que es a las once, si salgo de aquí a esa hora no llego, ¿Comprendes?
-Yo no te puedo dejar firmar hasta las once, Celia dijo que te ibas a las once- Sentenció.
Aquello era increíble.
Apoyé mis codos en su ventanita y seguí hablándole.
-Amparo, cualquier persona en su sano juicio comprendería que si tengo un examen a las once necesito tiempo para llegar hasta allí, además, no estoy haciendo nada, estoy en mi hora del almuerzo, ¿Qué más te da que esté aquí o en un autobús de camino a mi examen?
Me miró y por un momento pensé que había comprendido lo absurdo de su negativa
Entonces repitió, como un mantra estúpido:
-Celia me ha dicho que te ibas a las once, hasta las once no puedo dejarte firmar.
-Joder Amparo, ¿pero tú eres un robot o una persona? Déjame hablar con Celia.
-Está en clase, no puedes hablar con ella.
-Amparo, déjame firmar y me marcho, o llegaré tarde al examen.
-No puedo dejarte salir, si te vas sin firmar y viene la inspectora”
Entonces me harté y saqué el as que venía guardando en la manga desde hacía un tiempo.
-Es mentira “dije
-¿Perdón?
-Lo de la inspección, es mentira, no habéis tenido problemas por ser buenos con los objetores.
Se quedó callada mirándome y yo me incliné más en su ventanita, metiendo medio cuerpo dentro.
-El motivo por el cual os hicieron una inspección y por el cual os abrieron un expediente, a Javier y a ti, es que una profesora estuvo sin asistir a clase durante tres meses y en lugar de darle de baja, como corresponde por ley, le estuvisteis pagando el sueldo integro. A Celia, para ser exactos.
Su cara no se movió pero su color sí que bajó un par de tonos.
Todas esas horas en la biblioteca, escuchando los trapos sucios de la escuela, estaban dando su fruto.
-Y ahora “continué- me largo, con o sin tu permiso. Y por cierto” si viene la inspectora, le saludas de mi parte.
Se quedó allí, sin decir nada, mientras yo cogía mis dos autobuses.
Con el Jefe de Estudios, el acosador al que no sé si finalmente denunciaron, también tuve algún que otro roce, aunque no fuese el tipo de roce que a él le gustaba tener.
Yo había bajado a la garita porque quedaba poco para mi hora de almorzar, Félix salió a fumarse un porro. No sólo de chochitos vive el hombre, decía.
Yo estaba dibujando, por matar el rato.
Llegó el Jefe de Estudios y me pidió un bolígrafo, se lo di, me preguntó si funcionaba y le dije que no lo sabía y entonces, sin pensárselo dos veces, lo probó.
Encima de mi dibujo.
Rayó mi dibujo como si fuese un papel en blanco y se marchó con el bolígrafo.
En aquel momento dibujar era algo secundario para mí, ya que estaba centrado en lo que iba a ser mi futura profesión, la música. De haber ocurrido eso cuatro años atrás, cuando dedicaba varias horas diarias a ello, habría despezado al hombre con mis propias muelas. Sonreí mirando el dibujo rayado y anoté una muesca más en mi tablón mental de “aquí no se salva nadie”
Justo entonces, o quizá un par de minutos después, apareció un tipo de aspecto campechano, divertido, hablaba a voces.
-¿Está el Félix?- Dijo.
-No, creo que está cogiendo un avión. Le gusta volar.
El hombre se desconcertó un instante y después recuperó su sonrisa.
-Bueno mozo, dile que el Eusebio ha estado aquí y que le ha traído esto.
Me dio un melón y se fue.
Yo me quedé con el melón en las manos, tenía buena pinta.
Lo dejé en la silla de Félix y seguí a lo mío. Como el dibujo ya estaba fastidiado lo tiré. Me disponía a almorzar cuando apareció de nuevo el Jefe de Estudios.
Vio el melón y bromeó.
-hay que ver Félix, que mala cara tienes- Le dijo al melón.
-Si tío, la verdad es que hoy no tiene muy buen aspecto- Seguí la broma.
Entonces me miró y fue como si me hubiese cagado en sus muertos más frescos.
Tío, gritó, me ha llamado tío, a mí, a Jose Díaz Zamorano, el Jefe de Estudios. A mí, repetía, incrédulo, exagerado. Verlo allí, con sus ademanes y su pose afectada me pareció una de las cosas más ridículas que había presenciado en mi vida.
-Mira tío -saboreé la palabra- igual para esos de ahí dentro eres alguien especial, tanto como para cogerte el jabón en la ducha, pero para mí, sólo eres un tío. ¿Vale tío?
Su rostro cambió de color varias veces, me llamó insolente y se marcho con sus andarse de loca, escaleras arriba.
Me pedí un buen almuerzo, sabía que después tendría bronca con Amparo y quería tener algo que vomitarle encima si me entraba la nausea por tenerla demasiado tiempo delante.
Mientras me comía el bocata, la ración de sepia y bebía mi refresco, pensé en las cosas que veía por ahí.
Había visto a gente entrar como personas normales y convertirse, tres meses después, en auténticos gilipollas.
De vestirse normal a ir por ahí medio en pelota, con el pelo de colores, respirando fuerte y haciendo ruidos y posturitas raras para que todo el mundo viese que eran actores.
Ese sitio tenía algo que no estaba bien. Se podía respirar en el aire.
La gente liberal, la de verdad, no me supone ningún problema, de hecho, si no fuese tan a la mía, me incluiría. Sin embargo, la gente que va de liberal y que hace que todos y cada uno de sus gestos apunte hacia lo mucho que lo son, hace que el colmillo me gotee veneno a toda velocidad.
Si además demuestran que son burócratas, estúpidos, mentirosos y abusadores ya es el colmo.
Pensé en las cosas buenas. Paloma y Nuskita eran buenas chicas, teníamos amistad fuera de ese lugar. Nuskita es la chica de notas altas que quería sacar dos libros de más.
Paloma es una chica que me cayó bien porque vio a Félix mirándola y lo llamó cerdo en su cara.
Aquello me gustó. Llegué a ponerle música a un par de textos suyos, bastante buenos.
Ella me contó algunas cosas que habían sucedido allí, sobre todo líos de alumnas y alumnos con profesores, eso estaba a la orden del día. Mucha desinhibición, mucho soltarse, romper tabúes, amar el cuerpo y demás. Libera tu mente y tu culo no tardará en seguirle.
Los libros eran lo mejor. Me leí tres libros de interpretación, varios textos sueltos, un libro de vida de grandes compositores, algún que otro clásico y dos o tres cosas más.
Había pianos en las aulas, así que de vez en cuando me escabullía y tocaba un rato.
Una vez acompañé a una de las chicas, estaba nerviosa porque tenía que preparar una canción y le eché una mano con ello. Yo estaba haciendo mis pinitos como profesor de canto, aunque todavía no me ganaba la vida con ello. Al final le salió bastante bien. Almorzamos juntos un par de días y siempre que entraba venía a saludar. Buena chica.
Cuando volví Amparo me soltó un discursito, aunque se moderó bastante. Creo que, de alguna forma, sabía que yo conocía un par de historias y no quería arriesgarse a saber cuales. Por lo que sé, unos meses después de que yo me fuese los echaron a los dos, al director y a ella, así que supongo que imaginó que yo sabía algo que, realmente, nunca supe.
A raíz de mi momento con el Jefe de Estudios empecé a llamarles a todos de forma más coloquial, por tocar los cojones.
Javier pasó a ser Javi y Amparo pasó a ser Ampi. El Jefe de Estudios se quedó en tío
Saludé al director, Hola Javi, y él me devolvió el saludo con la mano. Amparo, que iba detrás vino a la garita y me dijo que no podía llamar Javi al director, yo le dije que éramos todos como una gran familia y que así el amor era más tangible, más bonito. Parpadeé ladeando la cabeza. Ella me miró y se subió a su sitio. No la vi en toda la mañana.
A Celia la podía marear sin problemas, la concepción rígida del mundo de Amparo no podía soportar demasiado tiempo mi presencia y el Jefe de Estudios me esquivaba. Félix era un pobre desgraciado que sólo decía guarradas e incluso me caía bien, a ratos.
Pero lo de la goma, lo de Javier, seguía clavado en mi conciencia.
Por suerte Dios es más cabroncete que yo y pone cada cosa en su lugar.
Había empezado a ir con una chica bastante mona que, gracias al cielo, no tenía el mínimo interés en ser actriz. La conocí fuera de allí y los detalles no vienen al caso.
Dio la casualidad de que la chica en cuestión estaba con un chico cuando me conoció y terminó dejándolo, cosas que pasan; unas veces a ti y otras a otro.
Ella vino a verme un día, en mi hora del almuerzo.
Cuando se marchó, Javier vino a la biblioteca y se puso a charlar conmigo.
Nunca había venido a la biblioteca y nunca charlaba conmigo.
-Ha venido a verte una chica hoy
-Sí, estoy saliendo con ella.
Se quedó callado un momento y dijo, como si no tuviese importancia.
-Sí, creo que era amiga de mi hijo.
-Puede ser.
Nos quedamos callados, miró las estanterías, me sonrió y se fue, despidiéndose con la mano, como los concursantes de lluvia de estrellas, cuando atravesaban la puerta y salían transformados en alguna mala imitación de algún cantante famoso.
Su hijo era el chico que ella dejó antes de venir conmigo.
A veces me he sentido mal por lo bien que dormí esa noche.
Al final fue Amparo quién me dio el remedio para librarme de ellos.
Estábamos hablando cuando de pronto me dijo, una vez más, que si tan poco me gustaba aquello, me marchase. Yo contesté, con voz de coña, que no me iría hasta que hubiesen pagado por sus pecados. Además, añadí, me gusta almorzar aquí. Ella siguió y mencionó de nuevo el cambio de destino. O que me pusiese enfermo.
Aquello fue la luz al final del túnel, un momento mágico.
Amparo, le dije, si no me dieses asco, te besaría.
Subí a la biblioteca, renombré todos los archivos ejecutables y oculté todos los directorios y ficheros del ordenador.
Escribí una nota y también la oculté. La nota decía algo como:
“por motivos de seguridad he renombrado y ocultado todos los archivos ya que he detectado una intrusión no autorizada por parte de algún usuario de la biblioteca.
El administrador de la máquina.”
Era perfecto, mi trabajo estaba ahí pero no podían acceder a él. En caso de haberme acusado de romper o borrar algo yo podría haber dicho, palmeando mi frente, que se me olvidó decirles lo de la intrusión y que había cambiado los archivos.
Cuando bajé, un alumno, que no me había hablado en toda mi estancia allí, vino, me sonrió, me saludó, me preguntó qué tal me iba por allí, cómo lo llevas, menudo rollo de objeción, a ver si la quitan ya, etc. Después me preguntó si podía hacerle unas fotocopias.
Le dije que con pedirme las fotocopias, habría bastado, que aquello de fingir interés me molestaba. Le dije que, si me saludaba, me saludase siempre, pero que saludarme sólo cuando quería algo hablaba bastante mal de su forma de ser y de su calidad como persona. Se disculpó y le hice las fotocopias.
Al día siguiente yo estaba en el médico, aquejado de unos fuertes dolores de espalda, que fíjese doctor, no sé qué pasa, no me he dado ningún golpe ni nada, pero oiga, me duele un montón, sobre todo por las mañanas, nada más despertarme.
Y tuve mi baja.
Todos los lunes iba a presentarla, con mis patines, me los quitaba, me ponía las zapatillas, subía, le daba el parte del médico a Amparo, sonreía y me despedía hasta el lunes siguiente. Entonces bajaba, me ponía los patines, guardaba las zapatillas en la mochila y me marchaba, silbando, con mis patines puestos.

10 de marzo de 2004

Años después

Mi abuelo era un personaje increíble.
Estamos hablando de un hombre gordo, ciego de un ojo y tuerto del otro, fumador de puros, víctima del cáncer, gamberro incorregible y cachondo mental.
Olía a loción de afeitar.
Una vez se sacó el ojo de cristal y lo dejó caer en el cuenco de la sopa para hacerme reír. Sólo nos reímos él y yo; el resto estaba demasiado ocupado escandalizándose y tratando de no vomitar.
La gente normal no entiende esas bromas.
Tenía medallas por haber salvado vidas en la riada.
Estaba orgulloso de su foto a caballo. De pie encima de uno, salvaje; lo domó él cuando era Guardia Civil.
Apoyó a los nacionales hasta que, con Franco en el poder, les importó bastante poco su excelente expediente y lo sacaron de la acción para ponerlo a vigilar trenes.
Aquello no le sentó muy bien. Desde entonces chillaba sonoros “hijos de puta” a los nacionales que sobrevolaban la zona, ante la mirada asustada de su mujer. Si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz, decía la abuela, que se murió sin que yo la conociese.
Había muchas contradicciones en aquellos tiempos. Son cosas que entendí después, entonces sólo era un niño.
Le gustaba llamarme pecho lobo y darme café.
Creo que me gusta el café por su culpa, si es que culpa es la palabra adecuada.
La madre que te parió Juan, le decía mi tía, no le des de beber al niño.
Supongo que consideraban que yo era ya lo suficientemente activo como para darme estimulantes de ninguna clase.
Había mordido a un pastor alemán en la cola, quemado una cama, arriesgado mi vida entre dos trenes y enrojecido a más de un adulto; era comprensible que no quisiesen que tomase café y batiese mis marcas; tenía unos ocho años.
Mi abuelo era un espíritu más afín, éramos cómplices.
Recuerdo que, cuando nadie nos veía y estábamos solos en el salón, me ponía una cinta de video, Beta creo, y me hacía contarle que iba sucediendo.
Lo único que iba sucediéndose eran las mujeres desnudas; una detrás de otra. Yo trataba de describirlas lo mejor posible.
Estaba bastante ciego, diabetes y cáncer, pero dibujaba muy bien. Chicas y toros. Mira que culete, pecho lobo. El único miembro de mi familia que dibujaba antes que yo.
Teníamos nuestro momento místico; la dentadura de la abuela, me decía señalando solemne, y se reía. Allí estaba, en un vaso, como algo repulsivo y fascinante a la vez; los dientes que habían advertido, si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz; Lo más cerca que jamás estuve de ella.
Curiosidades.
Mi madre le odió durante algún tiempo y trató de que yo también lo hiciese. Lo único que consiguió es que me guardase estos momentos para mí, hasta que pudiese analizarlos con calma, juzgar por mi mismo; darme cuenta de que aquel cabroncete al que amaban y odiaban por partes iguales no era muy distinto de mí y, a la vez, era totalmente diferente.
Lo recuerdo en una cama de hospital, a través de un cristal, tan lleno de tubos y cables que se hacía difícil imaginar que eso era él. Si no fuese porque, para dejar claro que estaba ahí, levantó su mano y me hizo cuernos. Si no hubiese estado entubado también habría sacado la lengua.
Total que le quitan medio pulmón y el tío sale de lo que parecía una muerte segura protestando y cagándose en la madre que parió a todos.
Venga señor Juan, que le vamos a afeitar, dice la enfermera, y aquel le contesta, sí, sí, pero con mi navaja, a ver si ahora que salgo de esta me van a pegar un Sida.
Y entonces mi madre dice voy a por café y él dice vale y mi madre baja y él se muere de repente y mi madre llega a casa y yo abro los ojos y le digo que el abuelo se ha muerto antes de que ella pueda decir nada y me mira y me pregunta que como lo sé y yo no le contesto, ni a ella ni a nadie. El día que se supone lo llevaban a casa.
Lo veo allí, después, muerto, con toda esa gente llorando, y es como si sólo estuviésemos él y yo. Entonces me acerco y le toco y alguien me riñe porque a los muertos no se les toca y yo no le hago caso y apoyo mi pequeña palma en su mano y me doy cuenta de que nunca había visto lo grandes que eran.
Años después beso a mi madre muerta en su cama y pienso en la coincidencia.
Pasado el entierro vinieron las discusiones, las herencias, los comentarios, los trapos sucios, toda aquella cosa de adultos que yo no entendía. En aquella casa donde dibujaba toros, ponía películas, dejaba caer ojos de cristal en el cuenco de la sopa, me daba café, me enseñaba la foto del caballo y se cagaba en Dios cuando mi madre se me llevaba a hostias por haberme manchado la camisa; en aquella casa ya no estaba él y no conseguía entender porque no se podían limitar a echarle de menos como hacía yo en lugar de montar tanto ruido.
Cosas de adultos.
Años después, en nochevieja, estoy sentado en la misma sala donde pasaba todo aquello, mi madre ha muerto y mi familia quiere volver a ser mi familia y yo también quiero que lo seamos pero ninguno sabe muy bien cómo se hace, así que simplemente somos nosotros lo más genuinamente que podemos, sin esforzarnos.
Es entonces, viendo como lo asocio todo con él durante mi estancia en esa casa, cuando me doy cuenta de que, a día de hoy, aquel viejo cabroncete sigue siendo una de las mejores partes de mi infancia. Algo que no habría querido perder, alguien que, pese a todo, no llegué a disfrutar del todo y que, en determinados momentos, echo de menos.
Como ahora.

13 de enero de 2004

Dos Euros

Lo primero es lo primero y, en este caso, lo primero es decir que era feísimo.
Estaba borracho como una cuba; tanto que incluso a mí, que estoy acostumbrado y tengo buen oído, me costaba entenderle.
Vino a la esquina de la barra donde yo estaba tomando café -por matar un poco a ese cabroncete asesino que es el tiempo- y pidió una cerveza.
Costó Dios y ayuda entender lo que quería.
No pude evitar prestar muchísima atención a todos y cada uno de sus gestos.
Era viejo, setenta años en canal. Arrugado. Con unos graciosos tics en la cara y un par de ojos extraordinariamente vivos; de los más bonitos que he visto. Incluyendo los de mujeres enamoradas, esas que mienten con dulzura creyéndose lo que te dicen.
Nuestras miradas se cruzaron y lo observé sin ningún tipo de disimulo.
Preguntó entonces cuánto se debía por aquella cerveza.
Dos euros.
Su boca se abrió en un gesto de incontenible sorpresa, se tambaleó hacia atrás y, como si no fuese capaz de creer lo que acababa de escuchar, repitió alejándose: ¡¿DOS?!
Fue como si una flecha invisible lo hubiese atravesado, miró su mano, algunos billetes arrugados asomaban en ella, por un instante pensé que se iba a derrumbar en el suelo.
Pero en lugar de eso se abalanzó sobre la barra, repuesto de la mortal herida y, guiñando un ojo a la camarera, preguntó en tono pícaro si no podía ser uno y medio en lugar de dos.
La chica sonrió y me miró; yo me encogí de hombros y sonreí también.
Nuestro anciano seguía allí de pie, expectante, esperando hacer mella con su propuesta en la tabla de precios del local.
La chica, tratando de ser amable, explicó que ese era el precio por media pinta.
Él miró el vaso e hizo esa expresión que estuvo toda la noche repitiendo.
Parecía como si quisiese tocar con su labio superior la punta de su nariz, ayudándose con el labio inferior. Esto lo hacía cerrando sus ojos y apretando sus cejas, toda su cara se encogía y entonces sonreía de golpe, abriendo su gesto y sus ojos tanto que parecía que fuese a estallar en una sonora carcajada. Volvía a la primera posición y entonces lo decía; abría mucho los ojos, levantaba un poco el mentón, ponía la boca muy redonda y decía: Uuhh.
Ella y yo nos miramos y contuvimos la risa, era realmente gracioso.
Vale, de acuerdo, está bien -su resignación era casi teatral-, ahí van; y puso dos euros sobre el mostrador.
Mira que es guapa, me dijo con su particular forma de hablar mientras ella iba al otro lado de la barra. Muy guapa, asentí yo.
Fue entonces cuando me miró más detenidamente, acercándose para verme bien.
Abrió mucho los ojos, volvió a hacer ese gesto, muy rápido, mezcla de varias muecas que parecen una sola y, entonces, lo dijo otra vez:
Uuhh.
Su tono era ascendente, parecía decir “¡Uuhh, cuanto he visto!, cuanto sé, cuanto podría contarte, cuantas cosas de las que nadie entendería sin haberlas vivido; cuanto mundo.” Así que allí estaba yo, con aquel interesante personaje y empezando a darme cuenta de que aquello iba a ser, probablemente, algo sobre lo que escribir.
¿Has estado en Alemania? Me preguntó.
Yo le contesté que no, lo más lejano que conozco es Escocia.
¡Uuhh! Escocia, Inglaterra, Irlanda, todos; he estado en todos esos sitios, dijo, Francia, Alemania, Holanda, Suiza, Uuhh, tiempo, mucho tiempo, mucha vida.
Antes íbamos allí a trabajar, Uuhh, las cosas estaban mal; allí podíamos trabajar, como ahora aquí hacen los otros, ¿sabes?, argentinos, uruguayos, Uuhh, se portaron bien, Brmm, se portaron bien. Los alemanes estaban un poco locos. La guerra, Uuhh, la guerra. Mala cosa.
Entonces me miró, recobrando por un momento la serenidad. Giró hacia ambos lados con un gesto rápido y se acercó, articulando una frase que tardó algunos segundos en salir; como si la estuviesen empujando desde lo más profundo de un alma cansada.
La vida es tiempo, dijo.
Bebió un trago y me miró, su nuevo gesto decía: ahí lo tienes chaval; sabiduría.
Sólo tiempo, añadió, lo demás” miró a su alrededor, señalando todo con su mano, Uuhh, lo demás no importa.
El tiempo se gasta, sólo es tiempo, todo es tiempo, lo demás es mentira, todo mentira, Uuhh, muchas mentiras, muchas. Bebió y miró el televisor encendido; mentiras, dijo.
Lo sé, dije yo, no veo la tele desde hace dos años; ya no me interesa.
Me preguntó si estudiaba y le dije que algo parecido, eso es bueno, afirmó, Uuhh, libros, muchos libros; tomó otro trago.
No somos nada, afirmó, estamos aquí y al día siguiente, kaputt, se finí.
Pensé en el estúpido accidente que se había llevado a mi padre hacía unos años y en la reciente muerte de mi madre, pocos meses atrás, y no pude hacer más que darle la razón; de todas formas ya la tenía.
Yo viajo, me contó, tengo un camión, Brmm, Brmm, mi camión, Uuhh, libros, muchos libros. Entonces metió la mano en su bolsillo y me dio una tarjeta.
Librería anticuaria compra-venta de libros antiguos, raros y curiosos, coleccionismo.
Vaya, dije sonriendo, me encantan los libros.
Uuhh, buena cosa, muchos, muchos, del año veinte, muy antiguos, mucho tiempo en los libros, Uuhh, yo no leo, no sé leer, soy medio analfabeto.
¿Sabes por qué? La guerra, Uuhh, libros de la guerra, también, Napoleón, ¿parlè vous français? Hitler, Roma, todo en los libros, los tenemos todos, historia de verdad, Uuhh, Poco dinero, había que trabajar, desde muy joven, mi camión, Uuhh, mucho tiempo, en el camión, viendo cosas, Brmm. Franco, Uuhh, locos, muy locos, otros tiempos, otros tiempos, mucha vida. Sí. Mucha vida.
Soy comunista, afirmó con rotundidad, auténtico, Uuhh, del trabajo, no marxista, Uuhh, señoritos, como los otros, todos lo mismo, todo mentira; te tiran el hueso y se quedan el jamón. Yo soy comunista, toda la vida trabajando, arriba, abajo, mis socios dicen: quédate en la tienda, y yo: Uuhh, no, no me gusta la gente, todo mentira, prefiero recoger los libros. Libros muy antiguos, tienes que verlos, muy antiguos, Brmm, Brmm, en mi camión.
Todo el mundo, continuó, lo he visto todo. Mucho tiempo. La guerra, Franco. Hizo una pausa y después un gesto de rechazo moderado cruzó su rostro. No sé leer. Ya te he dicho, la guerra, tenía que trabajar. Se calló un momento y bebió.
Bueno, le pregunté, con tantas cosas vistas, ¿Qué le parece más difícil de olvidar?
¿Cómo? Parecía no entender bien la pregunta así que me expliqué un poco mejor.
Quiero decir que, de todas las cosas que uno tiene y uno pierde, cual es la más difícil de olvidar, de superar, de dejar atrás.
Me miró un momento con gesto pensativo, gesticuló, como si fuese a decir algo y entonces cambió su expresión; parecía vacilante, indeciso. Volvió la mirada hacia su copa; quizá la respuesta a mi pregunta flotase allí dentro, no lo sé.
Finalmente levantó sus cejas y dio un sorbo triste a su bebida, la mantuvo en alto y me contestó, encogiendo los hombros:
No lo sé; se me ha olvidado.
No sé si él era consciente de lo fascinado que yo estaba; ese tipo de situaciones son, para mi, la sal de la vida. Mi curiosidad crecía y crecía, quería preguntarle más cosas, así que, con tiempo por delante, lo hice.
¿Qué es el amor?
Uuhh, Mujeres, Uuhh, se rió, muchas mujeres, yo he tenido muchas mujeres. Soy padre soltero, jejeje, los dos reímos. Él se encogía un poco y trataba de mirarme mientras se reía, pero sus ojos se cerraban con la risa. Padre soltero, menudo golfo está usted hecho, dije sonriendo. Sí, el camión, muchas mujeres, cuarenta mujeres, para nosotros, los alemanes las traían, Uuhh, yo decía: no, no puede ser y los alemanes: sí, para vosotros. Uuhh, mala cosa, muy locos. Mujeres, jeje.
De pronto pareció recordar algo y se puso un poco más serio.
¿Sabes que es el amor?
¿Qué es? Pregunté.
Un pedo. Kaputt. Nada. Muy poco tiempo, la vida, Uuhh, la vida es mucho tiempo y el amor es muy poco, casi nada.
Hizo una pedorreta con su boca y acabó su cerveza.
En aquel instante pensé: De acuerdo, aquí tienes a un anciano de setenta años, borracho y cargado de historias comparando el amor con un pedo.
Tras unos segundos de deliberación interna estuve de acuerdo con él.
Duran sólo un instante pero si son lo suficientemente fuertes los recuerdas toda la vida.
Pedos, si señor, buena metáfora.
Llamó de nuevo a la chica y le pidió otra cerveza. Ella la sirvió y él preguntó cuanto costaba.
Me miró, un tanto asombrada, y le volvió a decir el precio.
¡¿Dos?! La escena se repetía.
Lo mismo de antes, dijo ella riéndose, no ha dado tiempo a cambiar los precios.
Uuhh, jejeje, Mujeres, jejeje, toma, ¿uno y medio? Jejeje, dos, dos, ya sé.
Pagó y seguimos hablando.
Me contó que no se jubilaba, que no quería, le gustaba viajar con su camión arriba y abajo. Trató de encenderse un cigarro, lo sujetaba con sus labios y colocaba la llama al lado; en ningún momento llegó a encenderlo. Continuó hablando, dando caladas a su pitillo apagado. Por lo que puede entender de su, en ocasiones indescifrable cháchara, él era socio de la tienda de libros. Viajaban por todas partes comprando libros antiguos y raros. Muy caros, Uuhh, algunos muy caros, me decía de vez en cuando.
De pronto cambió de tema y el universo hizo una de las suyas: Una chica, Uuhh, de fuera, Francia, Hungría, cualquier parte, se enamora y se queda aquí, Uuhh, juntos. Está contigo, siempre, todo el tiempo. Amor, Uuhh, a veces pasa. A mi no, pero pasa. Aunque normalmente, Uuhh, eso, como un pedo.
Nos quedamos mirando el uno al otro.
Aquello me dejó un poco descolocado, yo llevaba unos meses durmiendo con ella, la chica, la camarera. Ella era de Suecia; no tenía muy claro cuanto tiempo iba a estar aquí y no teníamos ni idea de cómo iban a ser las cosas mañana, a fin de cuentas todo había empezado de una forma muy espontánea y nos había pillado por sorpresa a los dos; quizá no tuviésemos futuro, pero el presente, sin duda, nos pertenecía. Se había ganado, por derecho, el lugar que ocupaba en mi vida. Eso me hacía feliz. Eran buenos tiempos.
Cómo si me leyese el pensamiento añadió: Sólo tienes eso.
Me quedé parado, mirándole, esperando comprender algo que se me escapaba.
Pregunté que era eso y él me contestó. Pues eso; el presente. Sólo eso. Tiempo. Uuhh, mucho tiempo. Jeje.
Ella salió de la barra, su turno había terminado. Iríamos a casa, haríamos el amor y nos quedaríamos dormidos, abrazados el uno al otro, para despertar así; sin habernos soltado. Me despedí de mi interesante compañero de conversación y él, al ver como ella sujetaba mi mano, me lanzó una sonrisa cómplice y desdentada. Un placer, dijo, un placer. Nos estrechamos la mano y me marché.
Una vez fuera ella preguntó, divertida, sobre mi conversación con aquel extraño hombrecillo.
Yo le dije lo que había aprendido:
Que Dios existe y que, a veces, se tira pedos.

25 de noviembre de 2003

Un Amanecer ( a ti, que nunca pudiste leerme )

-¿Voy a ser siempre más fuerte que los otros niños?
El guerrero miró con tristeza al pequeño que observaba el horizonte con sus ojos húmedos.
-Sí “le contestó.
El sol se estaba poniendo, los tonos anaranjados pintaban con un tono irreal las briznas de hierba a sus pies, los pliegues y hendiduras del tronco donde el niño estaba sentado parecían algo de otro mundo.
La luz hace que estas cosas ocurran, pensó.
-¿Por qué?- dijo el pequeño, girándose hacia él.
-Así han de ser las cosas, el tapiz está tejido y nosotros caminamos los hilos.
-No sé si quiero ser tú.
-No puedes cambiar eso.
-Todo me duele mucho, siempre me duele.
-Es mi camino, tus pasos hacen lo míos.
-¿Habrá descansos?
-A veces.
-¿Por qué no caigo?
-Porque no puedes.
-¿Y si quisiera? ¿Y si decidiese hundirme en todas las pérdidas, en toda la tristeza, en todas las cosas malas que ya he sentido en mi corazón?
-No puedes.
-¿Por qué?
-Porque yo no puedo.
-No tengo padre, ni madre, ni un amor en el que olvidarme de todo ¿Qué sentido tiene?
-Es mi camino, siento que tú hayas de andarlo.
-Ni siquiera hablo como un niño; nunca he hablado como un niño.
-Nunca lo has sido, te pido perdón por eso también.
-¿Para qué sirve todo esto?
-Has de existir, siempre ha sido así. Equilibrio.
-¿A ti te duele?
-Cada segundo, cada vez que respiro. Mi fuerza y mi debilidad es no poder ser derrotado por la pena que me consume.
El niño miró al guerrero y acarició su mano.
Con el último rayo de sol ambos miraron hacia el horizonte.
El niño habló.
-¿Crees que estará en paz?
-Sí, el amor y el perdón hicieron su trabajo esta vez. Estaba limpia en su pequeño lecho.
-¿Volverá?
-Siempre volvemos pequeño, siempre. Algunos siempre estamos.
-¿Como tú?
-Sí, como tú.
-¿Te gusta luchar?
-No
-¿Por qué luchas? ¿Por qué sigues? ¿Por qué aguantas?
-Porque no puedo hacer otra cosa.
El niño miró al guerrero, sus ojos azules parecían cansados. Como los míos, pensó.
-Yo te cuidaré- dijo el pequeño abrazándolo.
-Lo sé.
El Sol se había ido y quedaron en la oscuridad, abrazados, el niño y el guerrero; como una sola cosa. Bajo las mismas lágrimas.