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1 de marzo de 2005

Boceto del principio de una cosa que tengo por ahí

«Arder vivo y asfixiarse son las dos peores muertes que se le ocurrirán a la mayoría de personas a las que preguntes sobre el tema.
Supongo que, aunque no lo sepan, se refieren a quemarse lentamente, ya sabes, un incendio, quedarse atrapado en un coche en llamas o, esta es mi favorita, quemarse en una hoguera.
Pregunta a la Santa Iglesia Católica; ellos saben de estas cosas.
Personalmente opino que lo más importante es el tiempo que permaneces vivo mientras ardes. No hablo de estar consciente. Una vez tu sinapsis se colapsa te desmayas; apagado de emergencia. Hablo de que puedes seguir viviendo un buen rato, inconsciente pero ardiendo. Puedes llegar a tener quemado todo tu cuerpo, incluyendo varios órganos internos, y seguirás vivo.
A veces hay suerte y tu cerebro es una sopa antes de que pueda procesar las enormes cantidades de dolor que todos y cada uno de los poros de tu piel le están mandando. Eso puede pasar, por ejemplo, cuando el complejo secreto del gobierno donde te tenían encerrado salta por los aires llevándose a todo el mundo por delante, tú incluido.
Otras veces, simplemente, el humo te asfixia. Estas dos formas de morir van juntas de vez en cuando.
Habrás escuchado que cuando mueres toda tu vida pasa ante tus ojos.
Lo último que pasa ante los míos es un trozo de puerta blindada y el tío que ha hecho estallar todo esto.
Volando metro y medio sobre el nivel del suelo.
Una buena onda expansiva puede hacerte competir con Superman durante algunos segundos. Casi no tengo tiempo de ver su sonrisa. Sólo un fogonazo en el rabillo del ojo y cuando voy a girarme ya no existo. Volatizado en un segundo. A veces hay suerte y eso ocurre; a altas temperaturas. Altas temperaturas inmediatas.
Como en esta explosión.
El problema de la mayoría de rebeldes es que no lo son. El problema de los que lo son es que son capaces de cosas como esta.
Lo último que olí fue algo parecido al pollo frito.
Las tres cualidades que toda persona que se llame a si mismo revolucionario sin estar mintiendo ha de cumplir son: poseer un Proyecto Histórico que demuestre la capacidad, objetiva, de cambiar el sistema actual, haber ideado una manera de conducir, de forma progresiva, a la negación de éste y ser consecuente en todas las esferas de su persona con el sistema a establecer.
En toda mi vida sólo he conocido a otra persona que las cumpliese, pero, desgraciadamente, ha sido borrado de la faz de la tierra tres décimas de segundo antes que yo.
Cuando hay hidrógeno de por medio las explosiones son realmente jodidas; créeme.
Supongo que, si tuviese tiempo, me alegraría por todo lo que nos hemos llevado por delante. Si la gente supiese la cantidad de cosas que se están haciendo para podernos controlar de forma absoluta, este mundo se volcaría en un baño de sangre definitivo. Por suerte para ellos la mayoría de esas cosas se hacían aquí. Algunos de esos proyectos estaban avanzados y otros eran sólo ideas, pero estaban todos en el mismo espacio al mismo tiempo.
Justo aquí.
Ahora ya no están; nosotros tampoco.
Todo por los aires.
Lo bueno de ser un mártir es que sabes que has dado tu vida por los demás. Lo malo, en este caso, es que nadie lo sabrá nunca. Para que alguien lo supiese tendrían que contárselo y, para que alguien lo contase, tendría que haber supervivientes. Ninguno de nosotros tiene tiempo de comprender, mientras nos carbonizamos batiendo records, que no habrá ser vivo en varios kilómetros a la redonda que pueda hablar sobre este día. Que yo sepa, hasta ahora, salvo algún caso de espiritismo científicamente sin demostrar, es necesario estar vivo para poder hablar.
Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. No todo el mundo miente cada vez que abre la boca. Si tuviese tiempo me alegraría por eso.
Tendencia cromosómica a la rebelión. La mayor estupidez del mundo. Uno de sus proyectos iba de ese rollo. Eso nos trajo aquí, a nosotros; que éramos sus sujetos a investigar hasta que Liam perdió el control. Bueno, lo correcto sería decir hasta que Liam tomó el control.
Liam, veintiocho años, inteligencia y agresividad en continua competición por equilibrarse. Dirías que es un tipo muy listo y muy peligroso. Unos piensan y otros actúan. Él actúa. Normalmente, en las revoluciones, en las ideas alternativas y en todo lo que represente poder cargarse el sistema, siempre la caga el que pone las bombas.
Si no existe se le crea y si no se le crea se le inventa.
Puedes inventar armas imaginarias y, ante esta amenaza, invadir el país que supuestamente las posee. Sólo tienes que hacer sentir a la gente insegura, decirles que allí hay un hombre de las bombas; meterles el miedo en el cuerpo. Cuando la gente se siente amenazada permite que hagas cualquier cosa para defenderla. No importa cuantos niños inocentes mueran. Son ellos o nosotros. El hombre de las bombas es el coco de la rebelión y, a la vez, la mejor excusa de los que tienen las riendas para no soltarlas.
Un tipo violento que sirve para desvirtuar una buena idea e invalidarla a ojos de todos.
Ese sería Liam; rebelde por el simple hecho de poder enfrentarse directamente con todo. Joderlo, mandarlo a la mierda.
Hacerlo estallar.
Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. Si tuviese tiempo pensaría en lo irónico que es esto y en el verdadero origen de ese olor a pollo frito.
Josh era de Manhattan, treinta años. Un tipo realmente brillante, tranquilo y amable. Con las mejores ideas que has escuchado nunca acerca de construir una sociedad equilibrada utilizando asambleas. Democracia pura y anarquía en una mezcla que te resultaría imposible de concebir hasta haberle comprendido. Tendrías que escucharle. Funcionaría. Te lo juro. Si aún tuviese boca, seguramente, te lo contaría él mismo.
Miró hacia la puerta, cuando el suelo vibró, y se giró hacia mí.
A veces ves cosas en los ojos de la gente que hacen que pienses que la vida es más grande de lo que crees, que te estás perdiendo algo, que hay cosas que escapan a tu comprensión y que el que te mira lo tiene más claro y asumido que tú; que tiene las respuestas, que entiende todo lo que tú ni siquiera te planteas. Ese era Josh.
Se fue tres décimas de segundo antes que yo.
Si tuviese tiempo entendería que Josh es el olor a pollo frito en mi nariz justo antes de que ésta deje de existir.
La gente que nos tenía aquí piensa que no querer vivir tu vida del modo que te imponen, que no creer en todas las cosas que quieren hacerte creer, que querer ser libres en todas tus decisiones y acciones y negarse a aceptar su modo de ver el mundo puede ser algún tipo de desviación genética.
Así que usaron todos sus medios, y estos son muchos, para reunir “especimenes” que hubiesen mostrado tendencias rebeldes desde temprana edad, al parecer sin motivo evidente, para investigarlos. A ser posible, personas que no tuviesen justificación psicológica para la rebeldía. Liam, pese a todo, tuvo una infancia tranquila y no vivió ningún conflicto emocional que le hiciese odiarlo todo, simplemente era consciente de algunas mentiras y desarrolló una impresionante habilidad para respaldar revueltas con explosivos. Impresionante como todo este complejo subterráneo de Dios sabe cuantos kilómetros cuadrados volando por los aires.
Josh era un tipo increíble. Nada más.
Si tuviese tiempo te diría que personalmente no creo que la rebeldía sea algo genético, pero claro, yo siempre me he negado a admitir que no somos más que un conjunto de procesos biológicos y reacciones químicas. Las vivencias condicionan. La genética determina ciertas cosas. Pero siempre he pensado que somos algo más que todo eso.
No sabría decirte exactamente cuánto más, en fin; ya me entiendes. »

Bueno, pues esto es un trozo de una cosa que tengo empezada por ahí y con la que me pondré un día de estos, espero que os guste y todo eso que suele decirse.

8 de febrero de 2005

El Tren

Hay medio segundo en que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.
Muchos viajes empiezan así.
El traqueteo, grave, bajo sus pies, el zumbido de la calefacción, las voces de los demás pasajeros, espaciados. El asiento vacío a su lado.
Las nubes más opacas estaban a su derecha, tapándole el sol. Aún así le devolvía el saludo como podía, aprovechando los trozos menos densos.
Faltaba un rato para que su ventana se pusiese interesante. Todo ese paisaje ya se lo sabía.
Aprovechó para escribir un poco.
Estaba en el tren, camino de unos amigos. De ellos y su pequeña de cuatro años, con la que pasearía por la ciudad mientras ella se escondía detrás de su chaqueta y él fingía buscarla.
Camino de las risas, de las buenas conversaciones, de los libros, de un poco de vida en un espacio distinto durante tres días.
Iba, en definitiva, a disfrutar de una calidad humana que, vivido lo vivido, sabía valorar.
Ese viaje era, de algún modo, un punto y aparte.
Consolidar unas cosas y dar otras por perdidas. Esos puntos cierran un párrafo y, de no ser finales, nos dicen que algo viene después.
Pensaba en todo esto cuando el sol empezó a saludar más fuerte.
Lo iba consiguiendo, no iba a ganar, claro, esas nubes eran bastante feas. Aún así luchaba, porque eso es lo que hace.
Aunque te lo tapen sigue estando ahí.
Eso le gustaba.
A la voz que acababa de anunciar la primera parada no le hubiese venido mal un poco de café. De hecho, perdió unos segundos decidiendo qué le gustaba menos, si el ruido que se escuchaba justo antes de que hablase o la voz en sí.
Al final lo dejó en tablas y se dedicó un rato a mirar por la ventana.
Esa parte ya no se la sabía.
Los graffiti que imaginaba eran bastante mejores que todo eso que ensuciaba las paredes por las que iba paseando su mirada. Bastante mejores.
Demasiada cantidad y poca calidad, pensó, como las personas.
Tomó nota de ello.
En su cuaderno.
Acomodado ya en su situación de viajero recordó que no había desayunado.
La idea de desayunar en un tren se le antojó divertida, y como le encantaba divertirse, se lanzó a ello.
Cruzó un par de vagones y llegó a la cafetería.
Pidió un café con leche y preguntó a la camarera si su parada era la última o si tenía que estar atento, por aquello de dormir tranquilo, le dijo.
Ella le informó de que era la última y él le dio las gracias. Se quedó un rato en la barra disfrutando del café y mirándolo todo como solía hacer cuando no estaba haciendo nada especial.
Llegó una mujer y preguntó a la camarera, auténtica equilibrista no reconocida, si desde su parada de destino había muchos trenes hacia Dios sabe dónde.
La camarera no parecía estar muy segura. Aún así, apoyándose en la lógica, argumentó a favor de lo normal que sería que sí los hubiese.
Él dio un sorbo a su café y dijo:
Todo dependerá de la urgencia de su viaje.
La mujer se acercó y le miro con una media sonrisa, esperando escuchar el resto de su explicación.
Así que continuó:
Si es muy urgente tendrá pocos y saldrán tarde. Si no es urgente, tendrá todos los que quiera.
Dio otro sorbo a su café.
La mujer le sonrió y asintió. Tenía unas bonitas arrugas.
La camarera no dijo nada y siguió haciendo equilibrios, tratando de moverse como si no estuviese en un tren. Él acabó su café y se marchó
Cuando volvió a su asiento hubo otra parada y pudo disfrutar, de nuevo, de ese medio segundo en el que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.
Es un momento en que las cosas parecen ser como no son.
Esos instantes definen la realidad por oposición a ésta.
Escribía sobre todo eso cuando el padre del niño que se sentaba unas cuantas butacas detrás dijo:
Mira, el mar.
Aunque no se lo dijo a él, decidió que no estaría mal pegarle un vistazo, así que volvió a mirar por la ventana.
Le gustaba el mar y había que reconocer que esa parte tenía muy buena pinta. El problema está en que siempre se acordaba de la vez que lo vio desde el aire, con toda esa mancha marrón en la costa. Nadie lo diría, visto desde la ventana.
Momentos en los que las cosas parecen ser como no son.
Hubo otra parada enseguida.
Se fijó en que el sol, contra todo pronóstico, había vencido.
Ni rastro de nubes.
Las había dejado atrás.
Empezó a notar el café. Le había sentado bastante bien. Sólo había dormido dos horas y media.
El motivo fue una conversación de esas que guardaba como si fuesen oro. El oro del alma. Pensó unos segundos en todo lo que dijo y en todo lo que escuchó y afirmó para sí mismo que había valido la pena dormir poco.
Quizá algún día se lo dijese a ella.
La falta de sueño le daba una ligera sensación de irrealidad que le vino bien para su primer día de viaje. Iban a ser tres, tres de los buenos.
Lo fueron.
A fin de cuentas, esto era sólo el tren.
Lo bueno empezaría después, así que le pegó otro buen vistazo al mar.
Fue entonces cuando una niña decidió saludar a un avión, bien fuerte, para que los de arriba la escuchasen.
Él Sonrió.
Ya estaba llegando.

10 de enero de 2005

Los Quierópidos ( Para Sacha )

Los Quierópidos son unos pequeños homínidos de cabeza grande, vocabulario limitado y piernas cortas. Poseen una tendencia irrefrenable a la ambición momentánea, fruto del estímulo visual, cualquiera sea éste. En especial, muestran interés por cualquier cosa que vean poseída por otro Quierópido.
Como característica principal, y coincidiendo con los Marquímodos, no consiguen los objetos de su deseo por sí mismos, sino que actúan sobre sus progenitores para que estos satisfagan la petición.
No obstante, a diferencia de los Marquímodos, que exigen que los medios para conseguir el objeto del deseo sean suministrados, el Quierópido exige que sea el progenitor quien lo consiga de forma directa.
Si el progenitor no satisface con prontitud el deseo expresado el Quierópido entra en fase de llanto, seguida de rabia y, en algunos casos, revolcones por el suelo con pataleo y emisión de gritos sobreagudos.
Pueden hacer esto durante horas sin cansarse.
Algunos han desarrollado la habilidad de llorar, moquear, ponerse rojos, sudar y hacerse caca, al mismo tiempo.
La mayoría de estos Quierópidos acaba evolucionando hacia Marquímodos.
Existe una variante más silenciosa y estable del Quierópido, pero tiende a hacer preguntas inquietantes tales como: Mamá, ¿Qué es sagrado?
Se recomienda precaución.

19 de diciembre de 2004

La parte que jamás se rinde

Lo hice y fue fácil.
Tanto como quitarse los zapatos, los calcetines y ponerse a ello.
En medio de la ciudad, a las seis de la madrugada.
Cinco personas caminando, descalzas, en aquella noche más bien fría.
Recuperando lo que nunca se debía haber perdido; el contacto con uno mismo.
Esto es muy real, dice una de ellas.
Sonrío al escucharla.
Lo es. Más que cualquier cosa que puedas comprar.
Tus pies desnudos sobre el suelo que te sujeta.
Todo lo que no sabes que has perdido se recupera durante ese paseo de veinte minutos.
Pequeños gestos que dan sentido a ese algo indefinido dentro de ti.
La parte que jamás se rinde.
Tú.

12 de diciembre de 2004

La Pulsera en mi muñeca izquierda

Llevo una pulsera en la muñeca izquierda.
Esta es la historia de cómo y por qué la llevo.
Hace una semana la vi en el videoclub. Los fines de semana trabajo en uno, es mi recreo, mi Fiesta De La Desconexión Universal ”, el trabajo mecánico que me permite poner mis cosas en orden y establecer prioridades.
Mi digestión semanal de vida.
Se acercó a mí y me sonrió de una forma infantil y sincera, una gran sonrisa saliendo del corazón.
La segunda vez que la vi pensé que quizá, a veces, su corazón se cansará de sonreír y recibir tan poco a cambio.
Hola, dijo, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia.
Sus dos trenzas le daban un aire jovial, movía levemente la cabeza de un lado a otro mientras sujetaba la caja de cartón entre sus manos.
Entonces miró mis ojos.
Dentro de mis ojos.
¿Eres español?, me preguntó.
Miré dentro de sus ojos y le contesté que sí.
Me gusta mirar y ser mirado de esa forma porque no siempre se puede, no con todo el mundo.
Ladeó un poco la cabeza y frunció el ceño, sin perder la sonrisa.
¿Español, español?, insistió.
Sí, sonreí.
Se lo pensó durante unos instantes y afirmó:
Español raro.
Charlamos brevemente, me enseñó las cosas que llevaba y no le compré nada.
Hoy la volví a ver, entró en el bar donde suelo disfrutar de los periódicos que me cuentan cómo nos vamos volviendo locos, los unos y los otros.
Lo primero que escuché fue su voz.
Siempre estoy en un rincón, me gusta tener una perspectiva completa del sitio en que me encuentro. Los rincones la dan, no lo olvides.
Observé sus gestos, su sonrisa, cómo sacaba lo mejor de ella y lo regalaba a la persona que tenía delante.
Hola, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia
La mirada limpia, azul.
Llegó a mi mesa y le saludé.
Hola de nuevo, ¿cómo te va desde la última vez?
Se sentó a mi lado y me miró, de nuevo, dentro de los ojos.
Te conozco, dijo sonriendo, tratando de recordar.
Español raro, dije yo.
Sí, afirmó dando una dosis extra de brillo a su sonrisa.
A su mirada, no son sus dientes, es su mirada; sonríe con ella.
Unos días más suerte, otros días menos, me contó.
Sentados así, cerca, pude ver todo lo que ocultaba su sonrisa; supe de las penas y de las decisiones difíciles escritas en las pequeñas, casi imperceptibles, arrugas de sus ojos.
Hay heridas que sólo los heridos reconocen en los demás.
Y le compré algo, y cuando se marchó nos despedimos con la mano, como si fuésemos amigos y le deseé sin palabras toda la suerte del mundo, para cada uno de sus días.
Y por eso llevo una pulsera en la muñeca izquierda.

3 de diciembre de 2004

¿De qué habla?

Algunas historias no empiezan en el principio.
Todo es un inmenso prólogo, hasta que pasa algo y, entonces, empieza de verdad.
Tienes muchas interpretaciones, muchos posibles mensajes, muchos temas que podrían ser el centro, elige cuál es el más importante para ti y descarta el resto.
Decide de qué habla tu vida.
Después, cuéntalo.
Tienes que saber de qué habla tu historia para poderla contar.
Qué dice cada una de las risas, cada una de las lágrimas, cada uno de los besos, cada una de las pérdidas. Cada una de las cosas que tuviste que pasar.
Si no tienes eso no tienes nada, y si no tienes nada no tienes historia.
Eso te convierte en personaje secundario, una nota a pie de página.
Coge pequeñas partes de tu vida y cuéntalas de otra forma, cámbialas y hazlas irreconocibles. No importa el disfraz que uses.
Importa que aprendas a reconocer la esencia.
Tu Historia.
Encuentra el argumento principal, observa al personaje y sus cambios, entiende cómo se desarrolla la trama, cómo le afecta, cómo es afectada por él y cuéntalo.
Se honesto.
Conócete y desnúdate sobre el papel.
¿De qué habla tu vida?
Mi vida habla de un niño que nunca lo fue y que aun así lo fue más que otros.
Habla de personas buenas y malas a partes iguales.
Habla de Amor, de cómo te cambia, de cómo te mata y de cómo te resucita.
Habla de aprender a escuchar lo que la gente no dice.
Habla de decisiones que cambian tu rumbo.
Habla de ti, de mí, y de todos los que se atreven a ser distintos.
Habla de luchar sabiendo que no puedes ganar.
Habla de aprender a perder lo que más quieres.
Habla de existir. De ser consciente de ello y convertirlo en el centro de todo.
Pregúntate y contesta:
¿De qué habla tu vida?

26 de noviembre de 2004

Hay que joderse

Una amiga me comentó que había visto este texto circular por una conocida universidad del Opus Dei, se ve que a alguien le hizo gracia el asunto y lo difundió por ahí.
Mola.

Enterémonos de una vez, que ya va siendo hora:
El sexo es una demostración física del sentimiento; la pasión del alma. Eso y el mejor Juego Sagrado al que dos, o más, pueden jugar.
Me parece una vergonzosa incongruencia que, los mismos tipos que nos piden que superemos nuestras limitaciones físicas y seamos espíritu, pongan el grito en el cielo cuando un sector de la población lo consigue.
Aquella persona capaz de amar a otra, con todo su corazón y con todo su cuerpo, sin necesitar que ésta sea del sexo contrario, tal y como dicta la genética y las necesidades reproductivas de la especie, tiene todos mis respetos.
No me parece tan mala idea que nos enamoremos de las personas, y no de los atributos sexuales y de las expectativas de reproducción.
Y esto último es más común de lo que realmente quieres saber, por aquello de seguir durmiendo tranquilo.
Un poco de antropología básica te dirá por qué te gustan tanto ciertos aspectos del sexo contrario y verás hasta que punto todo está ligado a la genética. A la carne.
Me parece más humano, sano y natural desde el punto de vista del Alma, no desde el punto de vista biológico -por razones obvias- que alguien ame a alguien por ser quien es y que practique el sexo con esa persona como lo que es, un juego entre dos, una forma de conversación donde la carne y el espíritu tienen la posibilidad de comulgar, compartirse y contarse su historia.
Independientemente de que esa persona sea o no sea del sexo contrario.
Claro que ahí mis amigos de la sotana siempre han estado envueltos en contradicción.
O bueno, no siempre, sólo desde que algún Santo con problemas para echar un casquete decidió que si él no follaba, el resto tampoco. Decidió también que Jesús seguramente tampoco lo habría hecho, cosa que dudo bastante viendo la naturaleza abierta y carente de prejuicios del personaje en cuestión. Por mucho que, en un acto de soberbia imperdonable, La Curia haya ido modificando la imagen de Jesús para acercarla a la que ellos tienen de sí mismos, la naturaleza noble y natural para con las cosas del sujeto en cuestión sigue siendo transparente leyendo Los Evangelios, pese a lo mucho que los hayan reescrito y mutilado.
Que cuando los curas follaban las cosas les iban mejor no es ningún secreto.
Han gastado demasiada energía en prohibir algo sano, natural y -esta es la parte que les preocupa- liberador. Están, desde el punto de vista psicológico, obsesionados con el tema.
Es una de las patologías básicas de la represión, consulta tu manual.
Me sorprende que lleven siglos apelando a la necesidad de sobreponernos a nuestros instintos carnales y que no se lo hayan planteado.
Este punto de vista, digo.
A fin de cuentas, la heterosexualidad, tiene una base genética y un fin reproductivo.
Viene de la carne. Los tipos de la sotana llevan siglos diciéndonos que hay que sobreponerse a ella y aprender a vivir en el espíritu.
Y sin embargo demonizan que un hombre ame a otro hombre o que una mujer ame a otra mujer sin pararse a pensar que, quizá, esas personas están por encima de esas limitaciones físicas, de esos dictados genéticos.
Que ellos no están buscando excusas sentimentales para justificar impulsos escritos en su ADN.
Tanto hablar de trascender la carne y no se les ha ocurrido considerar la homosexualidad como forma de hacerlo.
O, por lo menos, no en público.

21 de noviembre de 2004

Anecdotario del Bibliotecario Involuntario ( 2ª Parte )

Aquella pandilla de efebos y ninfas aspirantes a actores llevaba “papa rico, yo hippie” tatuado en el alma.
El problema era que no lo sabían. Aún así, tenían sus momentos. Llegué una mañana, veinte minutos tarde. Amparo me esperaba en la garita.
-Llegas tarde-, dijo.
-El tiempo se me ha adelantado, ha sido una jugarreta cuántica, cosa de los taquiones, yo nunca tardo-.Contesté.
La dejé con la palabra en la boca y subí a la biblioteca. Mientras subía la escalera percibí más actividad de la normal.
Patricia tirada en algún banco, estirándose como un gato, Un chico mirándose en el reflejo de una de las vitrinas con papeles que había en el primer piso repitiendo que él no era como su padre, en distintos tonos, dos alumnas haciendo respiraciones en la escalera y una tercera usando la barandilla como barra de ballet. Es decir, todo en orden. Pan nuestro de cada día dánosle hoy. La actividad inusual venía de la biblioteca. Mi biblioteca. Entré y allí estaba. La alegre pandilla de alternativos con formación actoral.
Descojonándose alrededor de una radio. -Despejad mi mesa ahora mismo si no queréis que os cosa el culo y os deje sin vida social.
Me encantaba ser simpático por aquel entonces. Nuskita salía en ese momento, suspirando y mirando al cielo. No hay nada que hacer, decía su expresión.
-Ya verás, ya-. Dijo.
Y se marchó. Me acerqué y, entonces, me vieron.
Hola, dijeron algunos.
Escucha esto tío, y le dieron al play. Era un programa de Radio, una grabación. Uno de esos, nocturnos, dónde la gente llama a contar cosas y se abren diferentes hilos de reflexión, o de silencio, sobre los temas tocados en las llamadas. Una locutora y personas sin nada mejor que hacer. Nada del otro mundo. Entró una llamada y una de las futuras actrices, formada para llevar la gloria al inconmensurable cine español, dejó escapar una risita tonta.
Si hubiese tenido un tomo de más de mil páginas en mis manos, se lo hubiese dejado caer, accidentalmente, en el pie.
En la radio una voz parecida a la suya, saludaba a la locutora.
La locutora le devolvió el saludo y comenzaron a charlar. La mujer estaba casada y su marido era camionero.
Pasaba muchas horas sola y siempre escuchaba el programa; todas las noches.
Cuando dijo lo de “me gusta mucho tu programa”, uno de los alumnos dio una palmadita en la espalda a la de la risita tonta y le guiñó un ojo. Ahí has estado bordada, dijo. Suelo escucharlo siempre, continuó, y aunque nunca llamo, más de una vez he sentido como míos los problemas que algunas personas han contado, y” En la radio hubo una pausa. Varios alumnos hicieron explotar una risa en el interior de su boca, sin abrir los labios, dejándola salir por la nariz.
Me siento muy sola, dijo; Y comenzó a llorar.
Esta vez la risa explotó fuera.
Yo les miré y sentí la imperiosa necesidad de poseer un lanzallamas. Entonces el llanto aumentó. La locutora trataba de consolar a la mujer que, entre sollozos, hablaba de cómo las paredes se la comían viva, de todas esas horas sola, sin una amiga con quien hablar. Contó que su perro había muerto hacía tres meses y no se animaba a comprar otro porque sabía que no sería lo mismo. Buen detalle, dijo alguien. Ella quería a su marido, sabía que él la quería también, que hacía todo lo que podía para darle una vida mejor, pero no podía evitar sentirse abandonada. Abandonada repitió, rompiendo cada sílaba en su garganta, rascándola. Llorando, gimiendo, sorbiendo los mocos. La chica de la risa tonta sonreía, satisfecha de su actuación. Los otros se reían. Yo les miraba y seguía escuchando. Cuando la desconsolada mujer abandonada colgó, entró la llamada de una mujer que no era una aspirante a actriz practicando su destreza con la mentira. O por lo menos no de esa escuela. La mujer dijo que ella vivía en la misma ciudad y que tenía mucho tiempo libre, que le ofrecía su amistad, su hogar y gran parte de su tiempo a la pobre señora del camionero, comida por las paredes de su casa. Por sus formas parecía una de esas mujeres sin demasiada cabeza y con mucho corazón. Una buena persona de las que, cuando hace daño, lo hace por error. La alegre pandilla acababa de tomarle el pelo a una buena mujer. Entró otra llamada. Era un hombre.
Trabajaba de camionero.
Su expresaba de forma bastante torpe, como alguien que, aunque ha visto mundo, lo ha visto desde la cabina del camión.
Dijo que había aparcado en la primera parada que pudo encontrar.
Había pensado en su mujer, en todas las horas separados, en todos esos años y en lo imposible que era cambiarlo.
Yo no sé hacer otra cosa, decía. Llevo en esto desde los diecinueve. Quiero a mi mujer, yo quiero a mi mujer. Paró un instante y siguió. Sé que el marido de esa señora que ha llamado la quiere. El hombre empezó a llorar. Paré la radio. Alguien estaba comentando con la chica algo sobre los sollozos, una forma de inspirar que los hacía más sonoros. Con ejemplos. El resto se reía e ideaba nuevas llamadas. Fueron dispersándose y me quedé solo. Dejé morir un buen puñado de minutos.
Cogí un libro al azar, y lo abrí, por el mismo procedimiento.
El párrafo decía que el arte carece de moral, que es una cuestión de forma. Mandé el universo a la mierda en voz alta y me fui a almorzar.

18 de noviembre de 2004

18-11-03

Fue hace un año, en una madrugada igual que esta.
Elisabet dormía a mi lado. No era mi novia, pero dormía a mi lado. No lo entenderás si no lo has vivido, así que no le des importancia.
Dormíamos juntos, y mi teléfono sonó.
Dani, en la otra habitación, se incorporaba un poco para escuchar qué ocurría.
Ernesto, el hombre que se casó con mi madre, el hombre que supo sacar lo mejor que esa difícil mujer tenía en su interior, me hablaba desde el otro lado. Mi madre había muerto.
Recuerdo que hacía frío.
Lo recuerdo en mis mejillas, cuando caminábamos hacia mi casa, no la casa en la que vivo, mi casa; la casa de mi madre. Hacía frío, sí, y me daba igual.
Recuerdo el llanto silencioso de Elisabet, cómo se abrazaba a Dani mientras caminábamos.
Él trataba de permanecer firme, aunque todo en su expresión anunciaba estar viviendo algo irreal.
Recuerdo despedirme de Elisabet, en su patio. Aún no vivíamos juntos. Una cosa fría y dura disfrazada de hombre despidiéndose de ella. Recuerdo la pena que me dieron sus lágrimas. Por mí, lloraba por mí. Después me dio un tiempo perfecto que curó todas mis heridas.
Equilibrio.
No sé qué pretende el Universo con todo esto, dije.
Y los dos bajaron la cabeza y Dani apretó la mandíbula y Elisabet tragó pena con los ojos cerrados.
Sólo tengo veintisiete años, dije, sólo veintisiete.
Lágrimas en mis ojos.
Sin padre, sin madre, sin mentiras que me den aliento, sin nada de lo que tú puedes usar para seguir diciéndote que todo está bien, que todo encaja, que tiene sentido. Despierto. Te lo estoy contando, aunque sé que no lo puedes entender, pero nunca podrás decir que no te lo he contado.
Llegué a la casa y estaba abierta.
Los dos policías de la entrada me vieron, ni siquiera les saludé, tan sólo les miré a los ojos y bajaron la mirada.
Entré a la habitación y estaba allí, muerta. Esa cosita frágil que había sido mi madre.
Tan pequeña, pensé, es tan pequeña”
Muerte. Todos, tarde o temprano, acabamos así.
Sin un final no tendríamos sentido.
Me acerqué a ella y Dani me miró desde el umbral. Podía escuchar la estática de sus pensamientos, y la de los policías, y la de Ernesto, y la de los médicos.
Mi conciencia abarcaba una manzana entera y no me importó, por primera vez, no ser como todos. Me daba igual. Empezó a darme igual ese día.
La besé.
En la frente, un pequeño beso mientras acariciaba su cabeza.
Está todo perdonado, dije.
Y lo estaba.
Sentí el tacto de su pelo por última vez, entre mis dedos. No había nada ahí dentro esperándome para decir adiós.
Eso es lo que queda.
En el crematorio, tras la ceremonia, di mi primer paso. El primero de verdad.
Aún retumbo con él. En esta historia hay muchas cosas mezcladas.
Recuerdo estar cansado aquel día y apoyar mi cabeza en el hombro de Elisabet.
Las miradas de aprobación cuando cogió mi mano. La flor que nace en el desierto.
Algunas personas son arcoiris en medio de las tormentas que te lo arrancan todo.
La noche anterior cogió mis manos y apoyó su frente en la mía. Por primera vez en meses, no me sentí solo. Ese momento es otra de las muescas que llevo en el alma.
Las lágrimas de Elisabet se convirtieron, con el tiempo, en uno de los motivos para amarla. Su forma de curar mis heridas, su honestidad.
Lo que no podré volver a vivir, lo viví con ella.
Se ha ido a su país sin poderle agradecer todo lo que hizo por mí, sin poderle llegar a explicar lo importante que fue que estuviese allí; en ese momento que no se repetirá jamás. Lo he intentado, pero sé que nunca seré tan bueno con las palabras como para hacérselo entender.
Aún así sigo probando, día tras día.
Creo que se lo merece.
Ernesto se derrumbó, sé que yo estaba a punto de conseguirlo, iba a llorar, a llorar de verdad, iba a llorar tanto que no quedaría nada de mí que no fuese pena. Podría haber partido el planeta por la mitad con una sola lágrima, pero Ernesto se derrumbó y mi pena se convirtió en dos brazos sujetándolo. Un joven anciano sujetando a un anciano joven. De nuevo la ironía.
Ahora, aquí, solo, con Elisabet a miles de kilómetros y nuestro tiempo perfecto concluido, con Dani viviendo su vida, con mi tregua con el Caos rota, con todas esas personas ahí fuera durmiendo tranquilas, con algunos amigos menos, con todo eso, sonrío al chico cansado que se mira en el espejo, ese que ya casi me cae bien, y le digo que así es la vida, que no se preocupe, que aunque hoy hace un año, estoy bien.
Y como una especie de gesto noble entre iguales, antes de irse a dormir, me guiña un ojo y yo, educado, le devuelvo el guiño.

La Ola

Dicen que sus ojos no fueron siempre de ese color.
Las chicas escuchaban, atentas, sentadas alrededor de la hoguera. Sólo el crepitar de las llamas, el ruido del mar y la voz de Elena contando la historia.
Pasó hace algunos años, él es más mayor que nosotras, ya sabéis. Pasó cuando él tenía nuestra edad, más o menos. O eso dicen.
Asintieron en silencio, el cuerpo echado hacia delante, la luz de las llamas jugando en sus rostros de niñas mujeres. Esperando.
Había unos chicos con sus tablas, esperando las olas. La tele había dicho que venían olas grandes; peligrosas. Querían verlas y saber si se atreverían a montarlas, a intentarlo aunque fuese. Ya sabéis, todas esas cosas de chicos.
Risas ahogadas y miradas cómplices.
Vieron llegar la primera, a lo lejos. Era enorme. Parecía correr con furia hacia la costa.
Hizo una pausa, adelantando el cuerpo, dejó su boca entreabierta y levantó una ceja. Era como si lo que iba a decir estuviese dando vueltas en su boca antes de ser dicho.
Dicen que esa ola no era una ola normal, y yo también lo creo.
Ya estamos con los rollos de magia, dijo una de ellas.
Sabes que soy medio bruja, continuó Elena, y te digo que esa ola no era normal, y él tampoco.
Vale, vale, medio bruja, sigue contando la historia.
Bien, la ola venía y los chicos se miraron entre ellos. Decidieron que era mejor salir del agua. Dicen que uno de ellos apretó la mandíbula y se quedó mirándola, pero al final retrocedió despacio, como si correr fuese mala idea.
¿Entonces apareció él?, preguntó una de las niñas mujeres.
Sí, justo cuando se dieron la vuelta se lo encontraron de frente. Dicen que sus ojos eran color miel y que tan sólo les sonrió y siguió andando hacia la ola que venía.
¿No hicieron nada?
No, sólo salieron del agua y se quedaron en la orilla mirándole caminar hacia la ola.
Elena removió el fuego con un palo, como si no tuviese importancia. Levantó su nariz, mirando por encima de ésta a todas las niñas mujeres y siguió hablando.
Ni siquiera llevaba tabla.
¿Qué pasó?
Eso, dijeron a coro, ¿qué pasó?
La ola lo arrasó, chocó contra él. Dicen que el ruido fue infernal, se escuchó a esa ola romper desde todos los rincones de esta playa. Cuando todo pasó los chicos corrieron hacia la orilla y”
Removió de nuevo el fuego, esta vez pensativa, tratando de escudriñar algo entre las llamas.
¿Y qué? ¿Qué pasó?
Elena sonrió y siguió hablando, más despacio, dejando caer cada palabra.
Estaba de pie, en el mismo sitio donde la ola lo alcanzó. Los chicos se miraron confusos y antes de que pudiesen reaccionar él se giró y caminó hacia ellos.
No me lo creo, dijo una de ellas.
Cállate empollona, no lo estropees, contestó otra.
Cuando caminó hacia ellos, siguió Elena, se fijaron en sus ojos. Azules, ojos azules como el cielo que refleja el mar. Como aquella ola.
Sus ojos habían cambiado de color.
Las niñas mujeres guardaron silencio. El fuego y el mar parecían sonar más fuerte.
Si queréis que os diga lo que pienso, dijo Elena, os lo diré.
Pienso que esa ola era una vieja amiga, algo mágico, que le devolvió alguna cosa que él le había prestado. Pienso que él, de alguna forma que no puedo explicar, es más antiguo que su edad. Pienso que quizá también es brujo, o algo, como yo. Aunque lo que realmente pienso es que no es del todo humano, aunque parezca una persona.
Anda ya Elena, dijo una de ellas, tú estás flipada, siempre inventando tus historias. Lo que pasa es que te mola y te inventas todos esos rollos con el color de sus ojos y la magia para no tener que hablarle y decirle hola, cobarde sin novio.
Las niñas mujeres rieron.
Elena rió también.
Pensad lo que queráis, pero sé que alguna de vosotras ha hablado con él, cuando está sentado ahí, en sus rocas. Así que no me hace falta deciros que, obviamente no es como todo el mundo.
Ya, eso es verdad, tiene algo que inquieta y no acabas de saber si es bueno o malo, pero vamos, tampoco te pases, olas que cambian el color de los ojos. Te flipas mucho.
Rieron de nuevo.
Yo creo que es una metáfora, dijo una de ellas limpiando sus gafas con un pañuelo.
Creo que es una metáfora sobre la vida, creo que la ola es todo lo grande, lo malo, lo peligroso de estar vivo. Todo lo que es capaz de cambiarte. Creo que todo el mundo trata de montar esa parte de su vida, esquivarla, dominarla. Unos lo hacen y otros se hunden. Pero él se presentó ante la ola sin nada y la abrazó. Sus ojos cambiaron, porque su mirada cambió. Su forma de ver el mundo, las cosas, la vida. La ola le dio el poder que guardaba, una fuerza capaz de arrasar costas, de tocar vidas, y él le regaló parte de su humanidad, su mirada dulce y tierna. Color miel. Fue un intercambio.
Las niñas mujeres callaron.
Al rato estaban hablando de otras cosas y, sobre todo, pensaron en qué hacer mañana.
Tenían mucho tiempo por delante para llenar. Querían divertirse como sólo las niñas mujeres saben divertirse antes de crecer.
Él las escuchaba desde su roca.
Sonrió y recordó sus propias hogueras, sus propios amigos y sus propias historias.
Y el amor de la Ola.