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20 de septiembre de 2004

Anecdotario del bibliotecario involuntario ( parte 1 )


Si eres nuevo en esta web, te aconsejo leer primero cualquier otra cosa en lugar de esto. En serio, es demasiado largo para «probar» y cualquiera de los otros textos te servirá mejor que este para hacerte una idea de la clase de cosas que hay por aquí. No te castigues más de lo necesario y no pierdas el tiempo. Hazme caso. Tienes la Tele, el Cine, la Playstation y los Escritores De Verdad. Si sigues queriendo leer estas cosas elige otro texto al azar, pero no este. Es el más largo de todos, no es buena idea empezar por aquí, te cansarás, me odiarás y me enviarás mails pidiéndome que me corte las manos, y sólo me quedan dos. Así que lee otro, de verdad, el anterior o cualquier otro, pero este no.
El que avisa no es traidor.
O sí.

Anecdotario del bibliotecario involuntario (1ª parte )
Ayudante del funcionario de la biblioteca. Eso decía el papel donde se detallaban los destinos a elegir. Lo que no decía era que, en realidad, el funcionario de la biblioteca iba a ser yo.
Siempre sospeché que el Estado usaba a los objetores de conciencia para algunas tareas en las que una persona bien formada, y bien pagada, sería más recomendable.
Pero ahí estaba yo; sin más prórrogas de estudios, sin novia, sin trabajo, sin dinero y objetando en la Biblioteca de la Escuela Superior de Arte Dramático.
Aquello era casi irónico.
El aula en sí no era muy grande, aunque tampoco puedo decir que fuese pequeña. Tenía estanterías en tres de sus paredes, con vitrinas que yo cerraba al salir. Mi mesa estaba al fondo, con la ventana detrás.
Lo primero que se veía al entrar era a mí.
Había mesas dispuestas a ambos lados, de forma que la gente pudiese sentarse por las dos partes. Dos hileras de personas por fila de mesas. Eso hacía cuatro hileras en total.
Nunca las vi llenarse.
Al principio me lo tomé con buen humor, a fin de cuentas me encantan los libros y allí tenía un montón. Quería verle el lado bueno a eso de que el Estado me robase trece meses de mi vida en el momento justo en que más necesitaba ponerla en orden.
Ya sabes, si la vida te da limones, haz limonada.
Por lo menos no tenía que cortarme el pelo ni gritarle sí señor a un tipo que se masturba con la música del Nodo.
El principio, como el buen humor, duró poco.
Aquel imbécil se llamaba Carlos y tenía la descabellada idea de que yo podía meter en la base de datos unos ciento cincuenta libros diarios, más o menos.
No pude evitar reírme en su cara.
Alguno de aquellos libros tenía diez o doce obras. Tenía que hacer ficha para todas ellas, título, autor, fecha, volumen en que se encontraba, etc.
A mano y en la base de datos.
Ciento cincuenta por diez, mil quinientas entradas diarias, por duplicado.
Carlos, por muy representante del comité de alumnos que seas, lo tienes claro, colega.
Mirando hacia atrás creo que esa risotada fue el primer momento de rebeldía, la primera chispa. Chispa que no dejó de arder hasta convertirse en el incendio que me hizo enfrentarme a toda la directiva y parte del alumnado.
Pero eso vendrá después.
En cuanto a los alumnos, un breve inciso:
Como músico he conocido a mucha gente falsa y taimada. Sólo puedo decir que lo único peor que un músico es un actor. Lo demás sobra.
Sigamos:
Los objetores a los que dábamos reemplazo eran dos, nosotros éramos tres.
Uno de ellos babeaba continuamente al ver alumnas semidesnudas pasearse por allí. Más tarde descubrí que les encantaba hacer eso, y lo insistentes que podían llegar a ser si no les hacías caso; cosas del ego, supongo.
El otro tenía pinta de perdedor adorable de serie negra, ya sabes.
Se quedó algunos días con nosotros y con el tiempo fui entendiendo los comentarios que hacía para sí mismo y que yo, con mi buen oído, pude escuchar.
Dijo muchas cosas y nos advirtió sobre varios puntos en concreto, pero para no extenderme demasiado diré que el mensaje básico era único:
Esta gente apesta.
A mí me extrañó un poco, me habían atendido con amabilidad y todo parecía en orden, aunque Amparo, la secretaría, seseaba de un modo que me inquietaba y que, después, tuve que soportar hasta la nausea. La biblioteca estaba en el segundo piso y la ventanita desde la que ella atendía a los alumnos en el primero. Sus seseos subían por el hueco de la escalera y venían a clavarse en mis tímpanos. Aquello era desquiciante.
Lo del imbécil de los ciento cincuenta libros diarios, en ese momento, me resultaba anecdótico.
A los tres meses de estar allí sólo quedaba yo, mis compañeros pidieron otros destinos y se largaron. Yo me quedé; quería poner algunas cosas en su sitio.
El detonante de su marcha, y de que yo me quedase, fue el incidente de la goma.
Había llegado Junio y las clases habían terminado, éramos tres pero en realidad sólo había faena para uno, máximo dos.
Se suponía que teníamos que estar en la garita con Félix o bien en la biblioteca, ayudando al funcionario, es decir, ayudándonos a nosotros mismos.
Félix era el bedel, el recepcionista, el hombre de los recados, cuando no podía cargárnoslo a nosotros, claro.
De su boca escuché la mayor cantidad de guarradas posibles que se pueden decir mientras ves a una chica vestida con mallas y una camiseta interior abrocharse las zapatillas. Era flaco y tenía ese tipo de aspecto que le hacía parecer sucio aunque estuviese recién duchado. Sus dientes amarillos y sus labios finos podían conjurar su frase favorita cuando menos lo esperabas: Menudo chochito tiene que tener esa.
A su ex mujer, cuando la llamaba utilizando dinero público, le llamaba chocho.
El caso es que los compañeros hablamos y decidimos que, como había poco que hacer, uno podría librar cada día, de esa forma no tendríamos que estar los tres allí y el centro no quedaba desatendido, ya que dos de nosotros estarían siempre. Animados por la experiencia de otros colegas objetores en otros destinos, nos pareció una buena idea.
Lo hablamos con Amparo, y su mente burocrática nos concertó cita con el director para el día siguiente. En sus ojos vi que no nos saldríamos con la nuestra, pero bueno, yo todavía no me había encabronado, así que tenían un voto de confianza.
Javier, el director, nos recibió al día siguiente.
Aún no habíamos expuesto nuestro caso cuando comenzó su monólogo.
En líneas generales nos dijo que Amparo le había informado de nuestra propuesta y que tenía la impresión de que no nos había quedado un punto claro: que aquello era la mili.
No habíamos hecho la mili pero estábamos ahí, a cumplir como machotes.
Después estableció una serie de paralelismos entre el servicio militar y estar allí.
Eso me dejó un poco aturdido, hasta ese momento aquel tipo, pese a su pinta grisácea, había tenido todas las maneras de un mandamás que se enrolla con el pueblo. Un progre guay, un tipo majo de los que te guiñan el ojo mientras te dicen que vuelvas mañana, que por hoy ya has currado bastante.
Igual me desconcertó porque en el trabajo que tuve que dejar para irme a objetar, mi jefe me traía el café.
El caso es que pensaba en cómo se le estaban viendo los dientes al lobo cuando él cogió una goma de su escritorio. Nos miró, sujetándola entre sus manos y la estiró. Entonces lo dijo:
Vamos a llevarnos bien y a no tocarlos. Porque la goma si se estira, se rompe.
Y la rompió.
Los tres nos quedamos callados, supongo que no sabíamos si eso estaba pasando de verdad, si lo estábamos soñando, si Franco seguía vivo, disfrazado de director de escuela de arte dramático, o que demonios estaba pasando allí.
Cuando salimos del despacho pude ver la sonrisa de Amparo. Había estado escuchando. Ella era lo más parecido a la enfermera cabrona de Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco. Tomé nota mental de hacerle pagar esa sonrisa.
Mis dos compañeros hablaron sobre pedir otros destinos, largarse de allí, mandarlo todo a paseo. Yo estaba callado, pensando en lo que había ocurrido.
Este Javier, pensé, se ha equivocado de cabo a rabo.
A la mañana siguiente Amparo nos contó una historia que luego pude usar en su contra, en uno de los momentos más placenteros de mi estancia en aquel sitio.
Nos dijo que, según ella, aquello había sido un paraíso para los objetores. Que se habían portado siempre muy bien con ellos y que nunca les habían obligado a estar allí cinco horas diarias perdiendo su vida, como hacían con nosotros. Pero es que, claro, fíjate tú, les vino una inspección y tuvieron muchos problemas, con expediente y todo.
Así que, con mucho dolor de eso que supuestamente les latía en el pecho, no podían darnos días libres, ni ser indulgentes con los horarios, ni nada de nada, porque siempre podrían ponerles otra amonestación por ser buenos con nosotros.
A ellos, esos grandes samaritanos, esos humanitarios progresistas rompe gomas.
Mis compañeros escuchaban en silencio aquella sarta de mentiras y yo bromeé sobre las pocas posibilidades de llegar a conocer a la supuesta inspectora por cuyas visitas sorpresa estaban obligados a tenernos ahí sin darnos ni una mañana libre.
Amparo no supo bien como tomarse la broma.
Días después, cuando mis compañeros ya se habían ido, bajé a la garita, a leer el periódico como un buen funcionario.
Ella me vio, se asomó a la ventanita y dijo amablemente:
-Tony, podrías aprovechar que no hay faena para ir adelantando con los libros.
Levanté la mirada del periódico, sin cerrarlo, la miré a ella, miré el reloj de pared y contesté:
-Amparo, he metido unos cuantos, estoy aquí descansando, luego meteré más, no me presiones porque la goma, si se estira, se rompe.
Ella me miró inexpresiva. Sonreí levemente y seguí leyendo.
El guante estaba echado.
Meses más tarde, tuvimos una discusión más grande. El escenario era el mismo. El periódico era distinto, pero también lo estaba leyendo yo.
Los libros iban, más o menos, por el mismo sitio que hacía dos o tres meses.
Le había cogido el pulso al asunto.
Ella dijo que si no estaba a gusto que me marchase, que pidiese otro destino como habían hecho mis compañeros. Yo sonreí y le dije que no, que no hacía falta, que le tenía cogida la medida y que al igual que yo estaba allí con ellos, ellos estaban allí conmigo. Se lo dije abiertamente, sin rodeos.
Ella me dijo que con esa actitud yo no iba a llegar a nada en la vida y yo le contesté que si llegar a algo en la vida era llegar donde ella estaba, prefería quedarme en mi sitio.
Entonces, de forma velada, insinuó que podría ser peor, ya que yo entraba y salía una hora antes de lo “establecido”.
Contesté que no tenía ningún problema en acudir una hora antes y marcharme una hora después. Me callé unos segundos y añadí un rotundo, pero tú estarás aquí para abrirme la puerta cuando llegue y para cerrarla cuando me vaya, que le sentó como un tiro.
Por supuesto este endurecimiento en el trato fue algo progresivo y ganado a pulso.
Entre las dos discusiones pasaron muchas cosas, gracias a Dios no todas tenían que ver con la pérfida secretaria.
Había una chica rubia, con ojos azules y maneras de gato que siempre andaba estirada por los bancos de los pasillos. Silenciosa y de mirada profunda.
Se llamaba Patricia.
Una mañana entré en la biblioteca y la encontré tumbada en una de las mesas, boca abajo. Llevaba una especie de bañador y un tanga encima.
Había otra chica acariciándole la nuca.
Entré, dije buenos días y me senté.
La chica gato me siguió con su mirada, sin mover ni un solo músculo, allí, relajada, mientras la otra seguía tocando su nuca y su espalda.
En un momento dado la otra chica le besó en mitad de la espalda y le dio un pequeño mordisco en el hombro, luego miró el culo de Patricia y el culo de Patricia me miró a mí. Ella ni se giró, sabía que yo estaba justo detrás, en mi mesa.
Así que me levanté y me puse a ordenar algunos libros, ignorando la escena.
De vez en cuando me giraba y la veía observándome.
La otra hacía como si yo no estuviese ahí.
En un momento dado Patricia se levantó, si decir nada y se marchó.
La otra se quedó allí callada unos minutos, quizá dos, y entonces se fue.
Me quedé solo y, tras colocar un par de libros, miré mi reflejo en la vitrina.
Me giré hacia la mesa donde habían estado y me dije a mí mismo que aquello de la objeción tenía sus momentos.
Patricia vino a pedirme unas fotocopias un mes después de aquello. Estábamos juntos en el cuartito de la máquina cuando su tripa sonó.
-No me extraña que proteste, tienes pinta de comer poco-, Dije sonriendo.
-Que va, si he almorzado ya- Contestó mirando su inexistente tripa, mientras la tocaba con las dos manos.
-No sé chica, para mí que no ha sido suficiente.
Entonces se acercó y me miró con aquellos ojos suyos de gato.
Sus movimientos más que lentos eran suaves. Ladeó un poco la cabeza y dijo:
-Invítame a cenar una noche, y verás lo que me como.
Salió de la garita meneando el culo con sus fotocopias en la mano, tenía un culo bonito para ser tan delgada. Estaba claro que ahí les gustaba marear al personal y yo iba sobre aviso así que no hice demasiado caso.
Había tenido alguna de ese tipo antes. Una chica, ante mi negativa de dejarle dos libros, porque ya tenía dos en casa, y no se podían tener más de dos, comenzó a ponerse cariñosa mientras pedía que se los dejase. Le dije que no de nuevo. Entonces empezó a acariciarme la cabeza, metía sus dedos en mi pelo y apretaba un poco sus uñas en mi nuca, de vez en cuando, mientras su tono iba pasando de cariñoso a lascivo en una estudiada progresión. Le dije que aunque se metiese debajo de la mesa y se tirase el resto del día ordeñándome no iba a dejarle sacar ni un libro si no devolvía los que tenía. Ella se rió y yo también.
Después de aquello nos hicimos amigos. Tenía mucho talento, como pude comprobar cuando vi que sus calificaciones eran de las más altas. El resto de la panda cumplía una regla bastante curiosa, cuanto más llamativa era su actitud, cuanto más pinta de artistas bohemios tenían, peores eran sus notas.
Parecían mucho y eran poco, me temo. Pasa en las mejores familias.
Ese mismo día, cuando esperaba al autobús, Patricia apareció de nuevo.
Aparcó el cuatro por cuatro frente a mí y, sin parar el motor abrió la puerta y me dijo que subiese, sin mirarme.
Aquella actitud peliculera me pareció un tanto ridícula pero le seguí el juego.
Me preguntó hacia donde iba y se lo dije.
Ella me contó que le pillaba camino de casa así que iría hasta allí y yo haría el resto del camino a pie. Me pareció mejor que el autobús, así que asentí.
Había un conejito de Playboy en la guantera, una pegatina.
Cuando llegamos a su casa me preguntó si quería subir. Le dije que no y me marché.
No volvimos a hablar.
El sexo era algo muy presente en aquel sitio. Al principio pensé que los objetores que nos contaron todo sobre aquello habían exagerado un poco, pero pude comprobar que no era así.
Recuerdo que estaba en la biblioteca, leyendo a Platón; tenían una buena colección de clásicos por allí. Al lado de la biblioteca había un despacho. Estaba abierto. Dentro una alumna y el profesor hablaban. No presté atención porque lo que pudieran estar diciendo me importaba mucho menos que lo que Sócrates estaba diciendo en el libro, el Fedón, si no recuerdo mal.
Cuando ella empezó a llorar, puse el oído.
Parece ser que la chica había suspendido y el profesor le recalcó un par de veces que haberse acostado con él no le garantizaba el aprobado.
A esas alturas ya había visto chicos besando chicas, chicas besando chicas, chicos besando chicos e incluso una chica ensayando un orgasmo en la biblioteca, así que estaba curado de espanto.
La campeona de los besos fue una pequeña rubia de pelo rizado, con ojos verdes y una dentadura que parecía querer escapar de su boca. En un minuto escaso le vi besar a tres personas. A su novio, que vino a verla, le besó en la puerta del hall, a un compañero de clase le besó en la entrada al acceso, su novio todavía tenía un pie dentro cuando esto ocurrió. Por último le vi besar a una compañera al subir las escaleras.
Todos besos de tornillo.
Estuve un rato riéndome en la garita, mientras Félix me miraba extrañado.
Aún no me había repuesto de las risas cuándo vi a Carlos, ciento cincuenta libros diarios, vestido de payaso, con nariz y todo. Estuve un rato más ahogándome de risa.
Después me marché a almorzar.
Observar a los alumnos era como ver un concurso de hipocresía superlativa mal llevado. Los más serios hablaban entre ellos sobre las deficiencias de aquella escuela y sobre lo bien que estarían en Madrid o Barcelona.
Hablaban de eso en la Biblioteca, claro. Mientras, yo leía un libro detrás de otro.
Introducía libros en la base de datos, quince al día, más o menos, los días que me daba por trabajar. Yo sabía que debía hacer mi trabajo, aunque lo hiciese lento, pero mientras lo hiciese, no podían hacerme nada, a nivel legal. Aún así, la idea de que iban a aprovecharse de mi trabajo me molestaba. Al final encontré una buena solución, que contaré al final.
Lo peor del sitio, después de Amparo y la mayoría de alumnos, era el Jefe de Estudios.
Lo último que supe de él es que un alumno de primero se estaba planteando denunciarle, ya que parece ser que, en una fiesta le había intentado meter mano y, ante la negativa del alumno, le había amenazado con usar toda su influencia para asegurarse de que jamás llegase a nada en el mundo del espectáculo.
La historia la escuché en la biblioteca, al igual que la del verdadero motivo de la sanción que Amparo mencionó, cuando nos explicó por qué no podía ser un poco más flexible con nosotros.
Llegué a plantearme, durante un par de semanas, si ella tenía algo en la cabeza aparte de trámites burocráticos.
Una mañana yo tenía un examen de armonía, a las once.
Se lo dije a Amparo y ella, como una patata caliente, me rebotó a Celia.
Celia era una vieja chepada, bastante loca, de la que los alumnos solían cachondearse bastante. Era pianista y les daba clase de ritmo y demás.
Un día hablé con ella de música. No volví a repetir.
Lo que escondía bajo sus enaguas no era lo único obsoleto. Su cerebro daba pena. Aún así nunca me hizo nada malo y era educada y buena conmigo, a su manera. El caso es que Amparo, como dije, me rebotó, ya que se suponía que Celia era la encargada de los objetores, de algún modo que jamás me aclararon, por lo que, el permiso, me lo tenía que dar ella.
Me dijo que de acuerdo, que llevase un justificante y en paz.
Yo me fui la mar de contento y, esa mañana, incluso metí un par de libros en la base de datos.
Llegaron las diez y cuarto, mi hora del almuerzo y subí a firmar.
Allí estaba Amparo, con su rostro inexpresivo.
-Vengo a firmar
Miró su reloj.
-Todavía no son las once.
Me quedé un poco parado, ella seguía con la misma expresión, es decir, ninguna.
-Le he pedido permiso a Celia para marcharme y me ha dicho que no hay problema, que te tengo que dar un justificante mañana para que lo guardes; es que tengo un examen.
-Sí “dijo despacio y sin variar su tono-. Pero Celia me ha dicho que te ibas a las once y son las diez y cuarto.
Empecé a enfadarme.
-A ver, Amparo, son las diez y cuarto, sí, es mi hora del almuerzo, tengo que coger dos autobuses para llegar a la Academia y poder hacer mi examen, que es a las once, si salgo de aquí a esa hora no llego, ¿Comprendes?
-Yo no te puedo dejar firmar hasta las once, Celia dijo que te ibas a las once- Sentenció.
Aquello era increíble.
Apoyé mis codos en su ventanita y seguí hablándole.
-Amparo, cualquier persona en su sano juicio comprendería que si tengo un examen a las once necesito tiempo para llegar hasta allí, además, no estoy haciendo nada, estoy en mi hora del almuerzo, ¿Qué más te da que esté aquí o en un autobús de camino a mi examen?
Me miró y por un momento pensé que había comprendido lo absurdo de su negativa
Entonces repitió, como un mantra estúpido:
-Celia me ha dicho que te ibas a las once, hasta las once no puedo dejarte firmar.
-Joder Amparo, ¿pero tú eres un robot o una persona? Déjame hablar con Celia.
-Está en clase, no puedes hablar con ella.
-Amparo, déjame firmar y me marcho, o llegaré tarde al examen.
-No puedo dejarte salir, si te vas sin firmar y viene la inspectora”
Entonces me harté y saqué el as que venía guardando en la manga desde hacía un tiempo.
-Es mentira “dije
-¿Perdón?
-Lo de la inspección, es mentira, no habéis tenido problemas por ser buenos con los objetores.
Se quedó callada mirándome y yo me incliné más en su ventanita, metiendo medio cuerpo dentro.
-El motivo por el cual os hicieron una inspección y por el cual os abrieron un expediente, a Javier y a ti, es que una profesora estuvo sin asistir a clase durante tres meses y en lugar de darle de baja, como corresponde por ley, le estuvisteis pagando el sueldo integro. A Celia, para ser exactos.
Su cara no se movió pero su color sí que bajó un par de tonos.
Todas esas horas en la biblioteca, escuchando los trapos sucios de la escuela, estaban dando su fruto.
-Y ahora “continué- me largo, con o sin tu permiso. Y por cierto” si viene la inspectora, le saludas de mi parte.
Se quedó allí, sin decir nada, mientras yo cogía mis dos autobuses.
Con el Jefe de Estudios, el acosador al que no sé si finalmente denunciaron, también tuve algún que otro roce, aunque no fuese el tipo de roce que a él le gustaba tener.
Yo había bajado a la garita porque quedaba poco para mi hora de almorzar, Félix salió a fumarse un porro. No sólo de chochitos vive el hombre, decía.
Yo estaba dibujando, por matar el rato.
Llegó el Jefe de Estudios y me pidió un bolígrafo, se lo di, me preguntó si funcionaba y le dije que no lo sabía y entonces, sin pensárselo dos veces, lo probó.
Encima de mi dibujo.
Rayó mi dibujo como si fuese un papel en blanco y se marchó con el bolígrafo.
En aquel momento dibujar era algo secundario para mí, ya que estaba centrado en lo que iba a ser mi futura profesión, la música. De haber ocurrido eso cuatro años atrás, cuando dedicaba varias horas diarias a ello, habría despezado al hombre con mis propias muelas. Sonreí mirando el dibujo rayado y anoté una muesca más en mi tablón mental de “aquí no se salva nadie”
Justo entonces, o quizá un par de minutos después, apareció un tipo de aspecto campechano, divertido, hablaba a voces.
-¿Está el Félix?- Dijo.
-No, creo que está cogiendo un avión. Le gusta volar.
El hombre se desconcertó un instante y después recuperó su sonrisa.
-Bueno mozo, dile que el Eusebio ha estado aquí y que le ha traído esto.
Me dio un melón y se fue.
Yo me quedé con el melón en las manos, tenía buena pinta.
Lo dejé en la silla de Félix y seguí a lo mío. Como el dibujo ya estaba fastidiado lo tiré. Me disponía a almorzar cuando apareció de nuevo el Jefe de Estudios.
Vio el melón y bromeó.
-hay que ver Félix, que mala cara tienes- Le dijo al melón.
-Si tío, la verdad es que hoy no tiene muy buen aspecto- Seguí la broma.
Entonces me miró y fue como si me hubiese cagado en sus muertos más frescos.
Tío, gritó, me ha llamado tío, a mí, a Jose Díaz Zamorano, el Jefe de Estudios. A mí, repetía, incrédulo, exagerado. Verlo allí, con sus ademanes y su pose afectada me pareció una de las cosas más ridículas que había presenciado en mi vida.
-Mira tío -saboreé la palabra- igual para esos de ahí dentro eres alguien especial, tanto como para cogerte el jabón en la ducha, pero para mí, sólo eres un tío. ¿Vale tío?
Su rostro cambió de color varias veces, me llamó insolente y se marcho con sus andarse de loca, escaleras arriba.
Me pedí un buen almuerzo, sabía que después tendría bronca con Amparo y quería tener algo que vomitarle encima si me entraba la nausea por tenerla demasiado tiempo delante.
Mientras me comía el bocata, la ración de sepia y bebía mi refresco, pensé en las cosas que veía por ahí.
Había visto a gente entrar como personas normales y convertirse, tres meses después, en auténticos gilipollas.
De vestirse normal a ir por ahí medio en pelota, con el pelo de colores, respirando fuerte y haciendo ruidos y posturitas raras para que todo el mundo viese que eran actores.
Ese sitio tenía algo que no estaba bien. Se podía respirar en el aire.
La gente liberal, la de verdad, no me supone ningún problema, de hecho, si no fuese tan a la mía, me incluiría. Sin embargo, la gente que va de liberal y que hace que todos y cada uno de sus gestos apunte hacia lo mucho que lo son, hace que el colmillo me gotee veneno a toda velocidad.
Si además demuestran que son burócratas, estúpidos, mentirosos y abusadores ya es el colmo.
Pensé en las cosas buenas. Paloma y Nuskita eran buenas chicas, teníamos amistad fuera de ese lugar. Nuskita es la chica de notas altas que quería sacar dos libros de más.
Paloma es una chica que me cayó bien porque vio a Félix mirándola y lo llamó cerdo en su cara.
Aquello me gustó. Llegué a ponerle música a un par de textos suyos, bastante buenos.
Ella me contó algunas cosas que habían sucedido allí, sobre todo líos de alumnas y alumnos con profesores, eso estaba a la orden del día. Mucha desinhibición, mucho soltarse, romper tabúes, amar el cuerpo y demás. Libera tu mente y tu culo no tardará en seguirle.
Los libros eran lo mejor. Me leí tres libros de interpretación, varios textos sueltos, un libro de vida de grandes compositores, algún que otro clásico y dos o tres cosas más.
Había pianos en las aulas, así que de vez en cuando me escabullía y tocaba un rato.
Una vez acompañé a una de las chicas, estaba nerviosa porque tenía que preparar una canción y le eché una mano con ello. Yo estaba haciendo mis pinitos como profesor de canto, aunque todavía no me ganaba la vida con ello. Al final le salió bastante bien. Almorzamos juntos un par de días y siempre que entraba venía a saludar. Buena chica.
Cuando volví Amparo me soltó un discursito, aunque se moderó bastante. Creo que, de alguna forma, sabía que yo conocía un par de historias y no quería arriesgarse a saber cuales. Por lo que sé, unos meses después de que yo me fuese los echaron a los dos, al director y a ella, así que supongo que imaginó que yo sabía algo que, realmente, nunca supe.
A raíz de mi momento con el Jefe de Estudios empecé a llamarles a todos de forma más coloquial, por tocar los cojones.
Javier pasó a ser Javi y Amparo pasó a ser Ampi. El Jefe de Estudios se quedó en tío
Saludé al director, Hola Javi, y él me devolvió el saludo con la mano. Amparo, que iba detrás vino a la garita y me dijo que no podía llamar Javi al director, yo le dije que éramos todos como una gran familia y que así el amor era más tangible, más bonito. Parpadeé ladeando la cabeza. Ella me miró y se subió a su sitio. No la vi en toda la mañana.
A Celia la podía marear sin problemas, la concepción rígida del mundo de Amparo no podía soportar demasiado tiempo mi presencia y el Jefe de Estudios me esquivaba. Félix era un pobre desgraciado que sólo decía guarradas e incluso me caía bien, a ratos.
Pero lo de la goma, lo de Javier, seguía clavado en mi conciencia.
Por suerte Dios es más cabroncete que yo y pone cada cosa en su lugar.
Había empezado a ir con una chica bastante mona que, gracias al cielo, no tenía el mínimo interés en ser actriz. La conocí fuera de allí y los detalles no vienen al caso.
Dio la casualidad de que la chica en cuestión estaba con un chico cuando me conoció y terminó dejándolo, cosas que pasan; unas veces a ti y otras a otro.
Ella vino a verme un día, en mi hora del almuerzo.
Cuando se marchó, Javier vino a la biblioteca y se puso a charlar conmigo.
Nunca había venido a la biblioteca y nunca charlaba conmigo.
-Ha venido a verte una chica hoy
-Sí, estoy saliendo con ella.
Se quedó callado un momento y dijo, como si no tuviese importancia.
-Sí, creo que era amiga de mi hijo.
-Puede ser.
Nos quedamos callados, miró las estanterías, me sonrió y se fue, despidiéndose con la mano, como los concursantes de lluvia de estrellas, cuando atravesaban la puerta y salían transformados en alguna mala imitación de algún cantante famoso.
Su hijo era el chico que ella dejó antes de venir conmigo.
A veces me he sentido mal por lo bien que dormí esa noche.
Al final fue Amparo quién me dio el remedio para librarme de ellos.
Estábamos hablando cuando de pronto me dijo, una vez más, que si tan poco me gustaba aquello, me marchase. Yo contesté, con voz de coña, que no me iría hasta que hubiesen pagado por sus pecados. Además, añadí, me gusta almorzar aquí. Ella siguió y mencionó de nuevo el cambio de destino. O que me pusiese enfermo.
Aquello fue la luz al final del túnel, un momento mágico.
Amparo, le dije, si no me dieses asco, te besaría.
Subí a la biblioteca, renombré todos los archivos ejecutables y oculté todos los directorios y ficheros del ordenador.
Escribí una nota y también la oculté. La nota decía algo como:
“por motivos de seguridad he renombrado y ocultado todos los archivos ya que he detectado una intrusión no autorizada por parte de algún usuario de la biblioteca.
El administrador de la máquina.”
Era perfecto, mi trabajo estaba ahí pero no podían acceder a él. En caso de haberme acusado de romper o borrar algo yo podría haber dicho, palmeando mi frente, que se me olvidó decirles lo de la intrusión y que había cambiado los archivos.
Cuando bajé, un alumno, que no me había hablado en toda mi estancia allí, vino, me sonrió, me saludó, me preguntó qué tal me iba por allí, cómo lo llevas, menudo rollo de objeción, a ver si la quitan ya, etc. Después me preguntó si podía hacerle unas fotocopias.
Le dije que con pedirme las fotocopias, habría bastado, que aquello de fingir interés me molestaba. Le dije que, si me saludaba, me saludase siempre, pero que saludarme sólo cuando quería algo hablaba bastante mal de su forma de ser y de su calidad como persona. Se disculpó y le hice las fotocopias.
Al día siguiente yo estaba en el médico, aquejado de unos fuertes dolores de espalda, que fíjese doctor, no sé qué pasa, no me he dado ningún golpe ni nada, pero oiga, me duele un montón, sobre todo por las mañanas, nada más despertarme.
Y tuve mi baja.
Todos los lunes iba a presentarla, con mis patines, me los quitaba, me ponía las zapatillas, subía, le daba el parte del médico a Amparo, sonreía y me despedía hasta el lunes siguiente. Entonces bajaba, me ponía los patines, guardaba las zapatillas en la mochila y me marchaba, silbando, con mis patines puestos.

11 de julio de 2004

Encontraremos otro sitio

Cuando ella terminó su servicio él la recogió.
Mientras se acercaba al coche notó algo extraño en su manera de caminar.
Había bebido más de la cuenta.
-Hola Pablo
-Hola Mari
Se quedó parada en la acera mientras él abría el coche.
Miraba hacia alguna parte, con los ojos entrecerrados y su cabeza moviéndose, muy despacio, de un lado a otro.
-Me siento aquí delante, hoy no quiero ir detrás.
-Como quieras
Ella se sentó. Trataba de abrocharse el cinturón, pero no acertaba; sus movimientos eran torpes. Intentaba mantener la compostura, pero era evidente que estaba borracha.
-Jodida cosa de los cinturones- protestó ella, con la barbilla hundida en el pecho, mientras seguía forcejeando.
Él sujetaba el volante con ambas manos y miraba al frente, tratando de no prestar atención.
-Vale, ya está, vamos Pablo.
Arrancó y recorrieron un par de manzanas. Era tarde y no había tráfico. Las farolas pasaban una detrás de otra sin prestarles atención.
-Voy bastante, bastante ciega ¿sabes?
-¿Quieres que pare? ¿Te sientes mal?
-Claro que me siento mal, acabo de pasar la noche bebiendo y follando con un tío por el que no siento nada. Ni siquiera me gustaba un poco. ¿No te sentirías tú mal?
-Me refería a si tienes ganas de vomitar o algo.
-Ya sé a que te referías, soy puta, no tonta.
Pablo se calló, apretó la mandíbula y siguió conduciendo.
Ella miró por la ventana.
Entonces lloró.
Paró el coche y se quedó callado. Ella lloraba y él no sabía que decirle.
-Llévame a algún sitio bonito- dijo ella
Se quedó un momento callado y entonces sus cejas se arquearon un poco.
-Puedo llevarte a la playa si quieres. Allí se estará bastante fresco; seguro que con este calor lo agradecemos los dos. Igual te ayuda a despejarte.
-La playa”- Entonces lloró otra vez.
-¿Qué pasa?
-Antes iba allí, a veces, con chicos a los que quería de verdad. Entonces era un sitio bonito donde ver amanecer. Hacíamos planes, nos abrazábamos y sentíamos que todo era perfecto. Ya sabes, las cosas del amor. Todos hemos tenido tiempos mejores.
Pablo asintió en silencio.
-La última vez que estuve allí -continuó- fue trabajando. También estaba muy ciega, mucho más que ahora. A veces bebiendo es más fácil. Me fui con dos tipos, de los elegantes, ya sabes. Un par de cerdos.
Lloró con mucha más fuerza y él acarició su cabeza, en un torpe intento de consolarla.
Era consciente de que su caricia estaba a medias, pero no podía hacer más.
Ella le miró, mordiéndose el labio y entonces estalló.
-Sólo era arena, Pablo; arena por todas partes, humedad, el ruido de las olas, el olor a sal y un montón de cosas flotando por ahí. No estaban los amaneceres, ni la tranquilidad, ni nada de nada.
Se abrazó a sí misma y, con la cabeza gacha y su pelo rizado cubriendo el rostro, dijo:
-Ya no puedo ver el mar.
Pabló se quedó callado y escuchó su propia respiración llenando todo aquel silencio.
Estuvieron así un momento y, entonces, puso en marcha el coche.
-Encontraremos otro sitio
-Vale
Ella se limpió con la manga y él condujo en dirección a la nada.

6 de julio de 2004

Tecleó

Me cago en la leche.
Dejó la máquina y fue a la nevera.
La abrió, cogió el agua fresca que quedaba y la apuró de un trago.
Es el jodido calor, pensó, así no hay Dios que escriba.
Entonces el teléfono, puntual como la gente que no quieres ver, sonó.
Sí. Sí, soy yo. ¿Un artículo sobre qué? ¿Estás hablando en serio? ¿Pagan por eso? No, nada, ahora mismo nada, estaba refrescándome un poco, sí, sí, hace un calor horrible.
¿Para cuando dices que lo quieren? Mmm” no creo que haya problema. Vale, venga, sí, vale, te veo, chao.
Colgó.
Salió al balcón en busca de un poco de aire fresco.
El universo le falló de forma miserable; fuera no se podía casi respirar.
Me cago en ti, dijo mirando al cielo, en ti y en todo lo que has puesto sobre la tierra, jodido sádico. ¿Hace falta apretar así? Menudo calor de mierda.
Eructó hacia una nube y ésta, de alguna forma, pareció sonreír.
Pues vale.
Entró y se sentó de nuevo frente a la máquina.
Ya sé Dios, dijo mirando al vacío, que todo el mundo usa procesadores de texto. Pero fíjate, me gusta el takatá de este trasto. Me ayuda a pensar. El bicho ese, dijo mirando al ordenador, está bien para corregir y pasar a limpio. Pero para crear, para escribir de verdad, nada como esto.
Tecleó un par de líneas.
¿Sabes viejo? Tienes que aburrirte del copón; todo el mundo por ahí mirándose el ombligo, cagando, meando, follando y poniendo cara de ir a vivir para siempre.
Tecleó media línea.
Y los políticos, joder viejo, ESO sí que tiene que ser aburrido.
Aunque claro, igual ni los miras y los mandas directamente al infierno, con los curas y las monjas. Haces bien.
Se rió en voz alta, se pasó la lengua por las encías y tecleo dos líneas más.
Está feo que lo diga yo, continuó, pero creo que te equivocaste; deberías mandarnos a tomar por culo a todos. Así no tendríamos que aguantar el calor, ni los impuestos, ni la tele, ni la religión, ni la política, ni la estupidez en general, ya sabes; la propia y la ajena.
Estaría bien irse a tomar por el saco y no tener que ver como esto se hunde en la mierda mientras eliminamos todas las posibilidades de salvación.
Se mordió una uña y levantó una ceja.
Claro, claro, está el amor, los buenos sentimientos, la amistad, todo ese rollo de película de Meg Ryan.
¿Cuánto dura eso eh viejo cabrón? Tres años, ¿Seis? Y no me vengas con que hay personas que están juntas toda la vida. Hablo de amarse, no de vivir bajo el mismo techo, hablo de amigos, no de gente que ves todos los días desde hace años y que algún día supusieron algo importante para ti. Una hipoteca, hizo una pausa, eso sí que dura. Veinte años, o más.
La puta madre Viejo, el mundo está que se cae y no mueves ni un dedo.
Tecleó.
Eres la hostia. Además tus representantes por aquí abajo lo están haciendo del culo.
Si algo ha quedado claro en todos estos siglos es que, como pastores de almas, son la peste. Eso sí, haciendo hogueras y pudriendo cerebros, se las pintan.
Siguió escribiendo un rato más y se levantó.
¿Sabes lo que más me jode de todo?
Que sé que estás ahí esperando a que nos apañemos solitos, tranquilo, con todo el tiempo del mundo.
Seguro que, allí arriba, tienes aire acondicionado, vamos, como si lo viese.
Si estuvieses aquí abajo, teniendo que aguantar TODO esto y, además, con este calor, te entraría la vena revolucionaria. Seguro. Unas plaguitas, unas bolitas de fuego, unos cuantos primogénitos degollados y otra vez a empezar.
En fin.
Cogió el ventilador, lo puso al máximo, se tumbó en el sofá y se quedó dormido.
Dios, en los cielos, subió el volumen a sus Walkman.

19 de mayo de 2004

Cajas

Llegaba tarde, como el conejo de Alicia.
Se me ocurrían un montón de bromas respecto a eso.
No las hice.
Menudo profesor.
Pensé un poco en todo, de camino a mi aula.
Ella se iría en agosto y yo, como hacía con todo lo bueno y lo malo, lo aceptaría.
En la calle un niño golpeaba cajas abandonadas con su pequeño odio perfecto.
¿Qué le hacía sentirse así?
Toma, decía, toma, toma, toma.
Una caja, casi rota, rozó mi pie.
No me miró.
Ella debía marcharse. Demasiadas cosas por resolver. Todo un mundo. Era posible que se fuese sólo para volver después, pero tenía que hacerlo. Debía hacerlo.
Así eran las cosas.
Los lamentos de las cajas iban quedando atrás.
La quería demasiado como para atarla a mí.
Todo sería como tuviese que ser; así era siempre. Si conocía una verdad que me separaba del resto era, sin duda, ésa.
Lo malo de las verdades es que pueden cambiarte.
Esa tarde, en mi aula, dejé jugar a los niños. Sólo jugar.
Me gustó verles felices.
Me hubiese preocupado, no sé por qué, encontrarlos, algún día, golpeando cajas.
Descargando todo ese odio impreciso de una forma inexacta.
No quería formar parte de aquello.
Ella se iría.
Quizá regresase o quizá no.
Pero, fuese como fuese, yo saldría adelante. Así eran las cosas.
Me gustase o no, así era yo.
De camino a casa no pude evitar pensar en todas las cajas que nunca golpeé.

20 de abril de 2004

The Rise of the Sfinter Singers

Todavía faltaban diez minutos para que ella llegase.
Llevaba un rato removiendo el café, esperando que se enfriase un poco.
Tenía la sensación de que todo el mundo en aquella cafetería le estaba mirando.
Estaba nervioso.
Darle vueltas a la cuchara le distraía y ayudaba un poco a mantener la calma.
¿Cómo sería la chica? ¿Se gustarían?
Nunca había conocido a nadie que pudiese hacer lo mismo que él.
Su madre le contó que, cuando era pequeño, daba interminables conciertos en la cuna, un poco ahogados por su pañal.
Al principio se sorprendieron de que un bebé cantase tan bien, pero cuando lo escucharon cantar con el chupete puesto se dieron cuenta de que el sonido no salía de su boca.
Tomás podía cantar con el culo.
Los médicos se mostraron desconcertados. Uno de ellos confesó que era capaz de acentuar un compás de tres por cuatro utilizando sus pedos, pero ahí terminaba su talento; lo de Tomás era un caso único.
O eso creía él.
Hace dos días leyó un anuncio.
“Joven bonita, cantante de culo, busca acompañante para formar dúo musical”
¿Sería eso posible?
Quizá no fuese el único dotado de cuerdas vocales en lugares insólitos.
Lo de “joven bonita” también le gustó.
Siempre había tenido problemas con las chicas. Se ponía nervioso y le entraban gases.
Unos incontrolables chillidos salían de su pantalón y ellas huían despavoridas y confusas.
El día que perdió su virginidad, pagando, fue bochornoso; su culo no dejó de cantar Gloria Aleluya ni un solo minuto de los veinte que duró aquello.
Ella tuvo que usar tapones de cera para poder practicarle sexo oral y él tuvo que pagar una buena cantidad extra por la cristalería que estalló con la nota sobreaguda que emitió su culo cuando el orgasmo llegó.
Aquello presagiaba un mal comienzo con las mujeres.
Una vez, por recomendación de un amigo, salió con una chica que tenía fama de ser bastante suelta con el sexo. Consiguió dominar sus nervios y no hubo chillidos involuntarios en su pantalón durante toda la cena.
El cine fue otro cantar.
Cuando las luces se apagaron ella comenzó a tocarle y, de pronto, su culo comenzó a cantar, a pleno intestino, el éxito de aquel verano.
Mayonesa, cantó su culo, ella me bate como haciendo mayonesa”
Nunca más volvió a verla.
Pensaba en todo esto cuando miró el reloj; todavía faltaban cinco minutos.
Sacó la cucharilla y tomó un pequeño sorbo.
El café estaba perfecto.
Los últimos años habían sido duros.
Había trabajado mucho; escalas, arpegios, música clásica y algo de jazz.
Tenía que controlar aquello, educar el pedo, que decía él.
De hecho era muy buen cantante de culo, pero de vez en cuando su subconsciente lo traicionaba y emitía alguna canción involuntaria.
Durante una época de su vida estuvo muy deprimido por ser diferente y su culo repasaba, día y noche, los grandes éxitos de Nirvana.
La época en que consideró la idea de hacerse Gay su culo no dejaba de cantar temas de Sara Montiel.
Incluso despertó una mañana con un Fortuna en el ojete mientras sonaba el fumando espero.
Su culo le sorprendía, de vez en cuando, con el estribillo de una vieja canción de Nino Bravo. ¿Por qué no puedo encontrar un amor, como tú o como aquel, si yo soy igual?, decía la letra.
Porque no eres igual, contestaba Tomás.
De todas formas trataba de ser optimista y ver el lado positivo a todo esto.
Cuando tenía algún dilema podía hablarlo consigo mismo en voz alta; incluso interrumpirse.
A veces bromeaba con la voz de su culo.
La vida es una mierda, decía Tomás, y su culo respondía: Dímelo a mí.
Su familia, preocupada al principio por aquello, había aprendido a ignorar el asunto.
Todos menos Triky, el perro.
Cuando algún arpegio involuntario o melodía popular era propulsada al exterior, Triky levantaba las orejas y se quedaba mirando, con desconfianza, el pantalón de Tomás.
Aquello le incomodaba bastante y solía inventar alguna excusa para marcharse de casa de sus padres con toda la prisa que le era posible.
Con un poco de suerte, pensó Tomás, esto terminará hoy.
Si ella también ha pasado por las mismas cosas que yo me comprenderá y, quizá, con el tiempo nos enamoremos.
Todos queremos que nos comprendan, nos acepten y nos quieran.
Justo en ese momento apareció ella.
Era guapa, muy guapa.
El hecho de que fuese vestida de Valkiria, escudo, casco y trenzas incluidas, no le importó demasiado.
Cada cual tenía sus cosas.
A juzgar por el silencio que se hizo, su aspecto desconcertó al personal.
Sin demasiado preámbulo, y sin perder su porte orgulloso, comenzó a cantar, sin abrir la boca, una dificilísima pieza de Wagner.
Era una invitación, ya que Tomás conocía la pieza y estaba escrita para dos voces.
Llevaba toda la vida ocultando a los demás su talento y esta chica lo exhibía de un modo orgulloso, invitándole a unirse a ella.
Sí, parecía decir con su actitud, canto con el culo, ¿y qué?, hacedlo vosotros.
Tomás sintió un escalofrío y, sin pensarlo dos veces, se puso en pie mientras su culo emitía una virtuosísima cascada de notas que iban a enlazar, directamente, con el siguiente trozo de la melodía.
Los dos cantaban en perfecta armonía, se cogieron las manos y dieron la espalda a la muchedumbre que iba llenando el local mientras los culos seguían con aquella difícil canción.
El cocinero abandonó la plancha y se acercó a la pareja.
Tomás pensó por un instante que los iba a echar.
Se sorprendió, como todos, cuando el cocinero, sin dejar de mirarlos seriamente, arrancó bruscamente su delantal, se bajó los pantalones y, para asombro de Tomás, la valkiria y el resto de personas que había por allí, comenzó a cantar, también con el culo, en un tono grave que recordaba a los más poderosos trombones jamás escuchados en una orquesta.
El cocinero, pasado el asombro general, comenzó a pedorrear la línea de bajo del Take The A train, popularizado por Duke Ellington, Tomás pedorreó los arpegios y la valkiria, con un perfecto Swing y mucho sentido de la improvisación, pedorreó la melodía.
Hicieron seis o siete temas más y un par de bises, a petición del público.
Hubo un par de solos del cocinero, que parecía tener bastante práctica.
Aquel día nacieron los Esfínter Singers.
Algunos críticos dijeron que este grupo estaba en el mundo de la música para demostrar que se puede cantar con el culo sin cantar como el culo, cosa que muchos famosos que suenan en las listas de éxitos no acaban de entender.
Porque, como dijo Alejandro Sanz, No es lo mismo.

10 de marzo de 2004

Años después

Mi abuelo era un personaje increíble.
Estamos hablando de un hombre gordo, ciego de un ojo y tuerto del otro, fumador de puros, víctima del cáncer, gamberro incorregible y cachondo mental.
Olía a loción de afeitar.
Una vez se sacó el ojo de cristal y lo dejó caer en el cuenco de la sopa para hacerme reír. Sólo nos reímos él y yo; el resto estaba demasiado ocupado escandalizándose y tratando de no vomitar.
La gente normal no entiende esas bromas.
Tenía medallas por haber salvado vidas en la riada.
Estaba orgulloso de su foto a caballo. De pie encima de uno, salvaje; lo domó él cuando era Guardia Civil.
Apoyó a los nacionales hasta que, con Franco en el poder, les importó bastante poco su excelente expediente y lo sacaron de la acción para ponerlo a vigilar trenes.
Aquello no le sentó muy bien. Desde entonces chillaba sonoros “hijos de puta” a los nacionales que sobrevolaban la zona, ante la mirada asustada de su mujer. Si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz, decía la abuela, que se murió sin que yo la conociese.
Había muchas contradicciones en aquellos tiempos. Son cosas que entendí después, entonces sólo era un niño.
Le gustaba llamarme pecho lobo y darme café.
Creo que me gusta el café por su culpa, si es que culpa es la palabra adecuada.
La madre que te parió Juan, le decía mi tía, no le des de beber al niño.
Supongo que consideraban que yo era ya lo suficientemente activo como para darme estimulantes de ninguna clase.
Había mordido a un pastor alemán en la cola, quemado una cama, arriesgado mi vida entre dos trenes y enrojecido a más de un adulto; era comprensible que no quisiesen que tomase café y batiese mis marcas; tenía unos ocho años.
Mi abuelo era un espíritu más afín, éramos cómplices.
Recuerdo que, cuando nadie nos veía y estábamos solos en el salón, me ponía una cinta de video, Beta creo, y me hacía contarle que iba sucediendo.
Lo único que iba sucediéndose eran las mujeres desnudas; una detrás de otra. Yo trataba de describirlas lo mejor posible.
Estaba bastante ciego, diabetes y cáncer, pero dibujaba muy bien. Chicas y toros. Mira que culete, pecho lobo. El único miembro de mi familia que dibujaba antes que yo.
Teníamos nuestro momento místico; la dentadura de la abuela, me decía señalando solemne, y se reía. Allí estaba, en un vaso, como algo repulsivo y fascinante a la vez; los dientes que habían advertido, si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz; Lo más cerca que jamás estuve de ella.
Curiosidades.
Mi madre le odió durante algún tiempo y trató de que yo también lo hiciese. Lo único que consiguió es que me guardase estos momentos para mí, hasta que pudiese analizarlos con calma, juzgar por mi mismo; darme cuenta de que aquel cabroncete al que amaban y odiaban por partes iguales no era muy distinto de mí y, a la vez, era totalmente diferente.
Lo recuerdo en una cama de hospital, a través de un cristal, tan lleno de tubos y cables que se hacía difícil imaginar que eso era él. Si no fuese porque, para dejar claro que estaba ahí, levantó su mano y me hizo cuernos. Si no hubiese estado entubado también habría sacado la lengua.
Total que le quitan medio pulmón y el tío sale de lo que parecía una muerte segura protestando y cagándose en la madre que parió a todos.
Venga señor Juan, que le vamos a afeitar, dice la enfermera, y aquel le contesta, sí, sí, pero con mi navaja, a ver si ahora que salgo de esta me van a pegar un Sida.
Y entonces mi madre dice voy a por café y él dice vale y mi madre baja y él se muere de repente y mi madre llega a casa y yo abro los ojos y le digo que el abuelo se ha muerto antes de que ella pueda decir nada y me mira y me pregunta que como lo sé y yo no le contesto, ni a ella ni a nadie. El día que se supone lo llevaban a casa.
Lo veo allí, después, muerto, con toda esa gente llorando, y es como si sólo estuviésemos él y yo. Entonces me acerco y le toco y alguien me riñe porque a los muertos no se les toca y yo no le hago caso y apoyo mi pequeña palma en su mano y me doy cuenta de que nunca había visto lo grandes que eran.
Años después beso a mi madre muerta en su cama y pienso en la coincidencia.
Pasado el entierro vinieron las discusiones, las herencias, los comentarios, los trapos sucios, toda aquella cosa de adultos que yo no entendía. En aquella casa donde dibujaba toros, ponía películas, dejaba caer ojos de cristal en el cuenco de la sopa, me daba café, me enseñaba la foto del caballo y se cagaba en Dios cuando mi madre se me llevaba a hostias por haberme manchado la camisa; en aquella casa ya no estaba él y no conseguía entender porque no se podían limitar a echarle de menos como hacía yo en lugar de montar tanto ruido.
Cosas de adultos.
Años después, en nochevieja, estoy sentado en la misma sala donde pasaba todo aquello, mi madre ha muerto y mi familia quiere volver a ser mi familia y yo también quiero que lo seamos pero ninguno sabe muy bien cómo se hace, así que simplemente somos nosotros lo más genuinamente que podemos, sin esforzarnos.
Es entonces, viendo como lo asocio todo con él durante mi estancia en esa casa, cuando me doy cuenta de que, a día de hoy, aquel viejo cabroncete sigue siendo una de las mejores partes de mi infancia. Algo que no habría querido perder, alguien que, pese a todo, no llegué a disfrutar del todo y que, en determinados momentos, echo de menos.
Como ahora.

23 de febrero de 2004

A tragar

No estamos bien de la cabeza.
Algo está fallando cuando tenemos todos los datos y somos incapaces de juntarlos.
Algunos trabajadores de los medios de comunicación están luchando para poder seguir siendo eso, medios de comunicación. Periodistas, todavía honrados, quieren informar sin deformar.
Todo esto ocurre en nuestras narices mientras miramos, ajenos, como si no fuese con nosotros.
En la guerra de Irak, en la que la mayoría de la población se manifestó en contra “sí, nueve décimas partes son mayoría, lo siento-, hubo un sesenta y ocho por ciento de cobertura mediática a los grupos que apoyaban el conflicto.
Los periodistas protestan por ello.
Se te vendió la impresión de que esa mayoría que no quería meterse en los tejemanejes personales del santón yanki no era tan mayoritaria.
Te lo tragaste.
El presidente, el nuestro, dijo que tenía pruebas irrefutables de que la intervención militar en Irak era justa y necesaria. Se le olvido, al pobrecillo, que en una democracia el presidente está para representar a la mayoría de su pueblo, no para mandar sobre ella. Pero bueno, es comprensible, tenemos muy poca cultura democrática. Quizá por eso se pueden montar esas fiestas de verborrea vacía sin que la oposición tenga derecho a réplica. Cosas del poder. Todavía hay quien piensa que democracia es votar una vez cada cuatro años. No olvidemos que los que mandan saben de estas cosas y sólo han soltado las riendas durante unos añitos ya que, si miras bien, te darás cuenta de quienes eran los que cortaban el bacalao en la dictadura y dónde están ahora sus hijos y nietos, por poner un ejemplo. En cuanto a las famosas pruebas, en fin, nadie te las ha mostrado y nadie te ha pedido disculpas.
Nadie te ha pedido perdón por mentirte.
Te lo tragaste.
A nivel mundial, por salir un poco de casa, la mentira es más que obvia.
Los protectores de la paz dicen, abiertamente, que el derecho a traer la armonía al globo, así con su particular estilo, les viene concedido directamente por Dios.
Eso al Opus Dei le ha debido de encantar; no olvides que, en este país, son una autentica fuerza viva y que, aunque insistas en separarlos de la iglesia, hoy por hoy son lo mismo.
Estamos de acuerdo, existen sectores progresistas en esto de la iglesia; totalmente de acuerdo. Desgraciadamente están pegando tiros en alguna selva tratando de proteger a pobladitos de veinte o treinta personas de las guerrillas, la mayoría de ellas armadas por los yankis, mientras que los sectores más conservadores, antiguos y venerables, los de la mujer a la cocina y nada de pasarlo bien al follar, están en la cumbre del poder.
Dentro de la Santa Madre Iglesia Católica. Esa en la que rezas.
Ahí, justo ahí, está el Opus Dei. Todo lo demás es no querer ver lo evidente.
No me hará falta recordarte que al general patas cortas lo llevaban bajo palio, ni que hace unos pocos siglos Rey y títere del poder religioso eran sinónimos.
Esto, en el fondo, es una vuelta a los orígenes; y si te pica, te rascas.
No se puede esperar menos de una entidad que, al igual que EEUU, no ha firmado la declaración de derechos humanos.
La guerra, los recortes del presupuesto en las áreas más necesitadas y el aumento en defensa, la expansión por la vía militar del imperio yanki y todo esto que vivimos debe ser lo que El Altísimo quiere para el mundo, si hacemos caso a Bush que, además, según declaraciones oficiales, habla con Él.
Pero ahí te tienes, pensando que eso tampoco va contigo mientras te suben la vivienda otro diecisiete por ciento, aquí, en tus narices. Se cargan a pasos agigantados la educación laica, te llenan las calles de niñas de diecipocos años educadas religiosamente que, pese a no haber visto un calzoncillo caer al suelo en su vida, son auténticos inventarios andantes del miedo y el prejuicio sexual. Convierten el mundo laboral en un sálvese quien pueda, cada vez más lejos del modelo propuesto por la constitución, esa que tanto dicen respetar; te manipulan, te mienten y deforman la realidad en tu cara. ¿Adivinas qué haces tú?
Te lo tragas.
Ya no se esconden para mentirte, lo hacen de forma descarada. Saben que no harás nada. Saben que no eres capaz de reconocer a un cojo, por mucho que se balancee.
Juegan con la ventaja de que no eres consciente de tu propia ignorancia.
Así que, como decía antes, un grupo de periodistas intenta que la información vuelva a ser digna, un medio para mantenerse al día de lo que realmente ocurre.
La queja es, en concreto, que la imagen que venden los medios no refleja la realidad social.
Así de claro.
Los despidos obviamente, vienen, uno detrás de otro, se consigue hacer un poco de ruido; y poco más.
Tienen la batalla perdida porque a ti te da igual, el ruido quiero decir; eres un sordo en potencia.
En marzo habrá elecciones y, seguramente, el partido en el poder, esa derecha que manda, los mismos que desoyeron la voz de la mayoría de sus “representados” y nos metieron en un conflicto que nos ha convertido en la vergüenza de Europa, esa misma, ganará.
No hay opción, todos los socialistas son unos ladrones. De eso no le cabe duda al españolito de a pie. No hicieron nada bueno, ni aumentaron considerablemente los derechos de la mujer ni buscaron una política de igualdad social, que va, sólo se dedicaron a robar. Si te fijas bien se les ve la marca del antifaz y el hueco en la chepa para la bolsa del tesoro.
Mi tesoro, que diría Gollum.
Ellos, la derecha, no roban; redirigen el capital, que es más fashion.
Cuando un concejal de derechas hace algo reprochable, no sé, meterle mano a la secretaria, subirse el sueldo by the face, mentir en los medios, cualquier cosa, elige una al azar, que hay varias, aunque no les hayan dado tanta cobertura, no pasa nada.
Porque no es la derecha la que comete la falta, no, es sólo ese concejal.
Es como, por ejemplo, cuando descubren que algún cura ha abusado de menores, o encuentran cadáveres de niños enterrados en algún convento. En más de uno. No es que la Iglesia, al hacer que sus pastores eliminen de su actividad diaria una cosa tan poco natural, sana y tan poco dictada por la genética como es el sexo, sea una máquina de crear individuos reprimidos que desvían su conducta. No, no es eso, pese a lo que digan los psicólogos sobre la represión de los instintos naturales y las neurosis y desviaciones que ello conlleva. Es, simplemente que los tipos les salen rana, vamos, que no es culpa de ellos.
Mala suerte.
Tampoco lo fueron las hogueras, la eliminación sistemática de todos los matriarcados y el aplastamiento de todo aquel que no se convirtiese, por huevos, a esta fe tan molona que, por cierto, los populares profesan.
No, esos fueron unos pocos, en general son buena gente.
Gente de Dios.
Obviamente, te lo tragas.
Así que ahora, cuando la iglesia te suelta que, claro, que todos los problemas que tiene la mujer hoy día vienen por su incorporación al mundo laboral que, a su vez, vino muy impulsada por la famosa liberación sexual de los sesenta, en fin, no te queda más remedio que aceptar que tienen razón, las mujeres tenían que haberse quedado en la cocina y pariendo hijos, vamos. El hombre a trabajar y la mujer a servir, como ha sido siempre.
Y se quedan tan frescos.
Luego uno mira un poquito y ve lo enraizada que está esta derecha con la religión.
Porque son buena gente, todos, menos esos que se desmandan; las excepciones. Gente como Dios manda, que hace lo que debe en nombre del señor; independientemente de que estés o no estés de acuerdo. A la guerra, a la subida de la vivienda, a la educación anti-proletaria, a la privatización, al chupeteo de culos en La Casa Blanca y al mamoneo general del país me remito.
Y tú, colega, te lo tragas.
Con lo indispensable que resulta la separación de poderes y mantenerlos alejados de la influencia religiosa y nosotros caminando para atrás.
Vivir para ver.
Así que cuando lleguen las elecciones y vea que, como mucho, estos mendas pierden unos cuantos escaños me diré a mi mismo que bueno, que vale, que por lo menos ha habido un par de personas que han sabido sumar dos y dos y les ha dado cuatro.
Cómo a mí.
El resto, a tragar. A fin de cuentas sarna con gusto no pica y, como dijo aquel, tenemos justo lo que nos merecemos.
Amén.

13 de enero de 2004

Dos Euros

Lo primero es lo primero y, en este caso, lo primero es decir que era feísimo.
Estaba borracho como una cuba; tanto que incluso a mí, que estoy acostumbrado y tengo buen oído, me costaba entenderle.
Vino a la esquina de la barra donde yo estaba tomando café -por matar un poco a ese cabroncete asesino que es el tiempo- y pidió una cerveza.
Costó Dios y ayuda entender lo que quería.
No pude evitar prestar muchísima atención a todos y cada uno de sus gestos.
Era viejo, setenta años en canal. Arrugado. Con unos graciosos tics en la cara y un par de ojos extraordinariamente vivos; de los más bonitos que he visto. Incluyendo los de mujeres enamoradas, esas que mienten con dulzura creyéndose lo que te dicen.
Nuestras miradas se cruzaron y lo observé sin ningún tipo de disimulo.
Preguntó entonces cuánto se debía por aquella cerveza.
Dos euros.
Su boca se abrió en un gesto de incontenible sorpresa, se tambaleó hacia atrás y, como si no fuese capaz de creer lo que acababa de escuchar, repitió alejándose: ¡¿DOS?!
Fue como si una flecha invisible lo hubiese atravesado, miró su mano, algunos billetes arrugados asomaban en ella, por un instante pensé que se iba a derrumbar en el suelo.
Pero en lugar de eso se abalanzó sobre la barra, repuesto de la mortal herida y, guiñando un ojo a la camarera, preguntó en tono pícaro si no podía ser uno y medio en lugar de dos.
La chica sonrió y me miró; yo me encogí de hombros y sonreí también.
Nuestro anciano seguía allí de pie, expectante, esperando hacer mella con su propuesta en la tabla de precios del local.
La chica, tratando de ser amable, explicó que ese era el precio por media pinta.
Él miró el vaso e hizo esa expresión que estuvo toda la noche repitiendo.
Parecía como si quisiese tocar con su labio superior la punta de su nariz, ayudándose con el labio inferior. Esto lo hacía cerrando sus ojos y apretando sus cejas, toda su cara se encogía y entonces sonreía de golpe, abriendo su gesto y sus ojos tanto que parecía que fuese a estallar en una sonora carcajada. Volvía a la primera posición y entonces lo decía; abría mucho los ojos, levantaba un poco el mentón, ponía la boca muy redonda y decía: Uuhh.
Ella y yo nos miramos y contuvimos la risa, era realmente gracioso.
Vale, de acuerdo, está bien -su resignación era casi teatral-, ahí van; y puso dos euros sobre el mostrador.
Mira que es guapa, me dijo con su particular forma de hablar mientras ella iba al otro lado de la barra. Muy guapa, asentí yo.
Fue entonces cuando me miró más detenidamente, acercándose para verme bien.
Abrió mucho los ojos, volvió a hacer ese gesto, muy rápido, mezcla de varias muecas que parecen una sola y, entonces, lo dijo otra vez:
Uuhh.
Su tono era ascendente, parecía decir “¡Uuhh, cuanto he visto!, cuanto sé, cuanto podría contarte, cuantas cosas de las que nadie entendería sin haberlas vivido; cuanto mundo.” Así que allí estaba yo, con aquel interesante personaje y empezando a darme cuenta de que aquello iba a ser, probablemente, algo sobre lo que escribir.
¿Has estado en Alemania? Me preguntó.
Yo le contesté que no, lo más lejano que conozco es Escocia.
¡Uuhh! Escocia, Inglaterra, Irlanda, todos; he estado en todos esos sitios, dijo, Francia, Alemania, Holanda, Suiza, Uuhh, tiempo, mucho tiempo, mucha vida.
Antes íbamos allí a trabajar, Uuhh, las cosas estaban mal; allí podíamos trabajar, como ahora aquí hacen los otros, ¿sabes?, argentinos, uruguayos, Uuhh, se portaron bien, Brmm, se portaron bien. Los alemanes estaban un poco locos. La guerra, Uuhh, la guerra. Mala cosa.
Entonces me miró, recobrando por un momento la serenidad. Giró hacia ambos lados con un gesto rápido y se acercó, articulando una frase que tardó algunos segundos en salir; como si la estuviesen empujando desde lo más profundo de un alma cansada.
La vida es tiempo, dijo.
Bebió un trago y me miró, su nuevo gesto decía: ahí lo tienes chaval; sabiduría.
Sólo tiempo, añadió, lo demás” miró a su alrededor, señalando todo con su mano, Uuhh, lo demás no importa.
El tiempo se gasta, sólo es tiempo, todo es tiempo, lo demás es mentira, todo mentira, Uuhh, muchas mentiras, muchas. Bebió y miró el televisor encendido; mentiras, dijo.
Lo sé, dije yo, no veo la tele desde hace dos años; ya no me interesa.
Me preguntó si estudiaba y le dije que algo parecido, eso es bueno, afirmó, Uuhh, libros, muchos libros; tomó otro trago.
No somos nada, afirmó, estamos aquí y al día siguiente, kaputt, se finí.
Pensé en el estúpido accidente que se había llevado a mi padre hacía unos años y en la reciente muerte de mi madre, pocos meses atrás, y no pude hacer más que darle la razón; de todas formas ya la tenía.
Yo viajo, me contó, tengo un camión, Brmm, Brmm, mi camión, Uuhh, libros, muchos libros. Entonces metió la mano en su bolsillo y me dio una tarjeta.
Librería anticuaria compra-venta de libros antiguos, raros y curiosos, coleccionismo.
Vaya, dije sonriendo, me encantan los libros.
Uuhh, buena cosa, muchos, muchos, del año veinte, muy antiguos, mucho tiempo en los libros, Uuhh, yo no leo, no sé leer, soy medio analfabeto.
¿Sabes por qué? La guerra, Uuhh, libros de la guerra, también, Napoleón, ¿parlè vous français? Hitler, Roma, todo en los libros, los tenemos todos, historia de verdad, Uuhh, Poco dinero, había que trabajar, desde muy joven, mi camión, Uuhh, mucho tiempo, en el camión, viendo cosas, Brmm. Franco, Uuhh, locos, muy locos, otros tiempos, otros tiempos, mucha vida. Sí. Mucha vida.
Soy comunista, afirmó con rotundidad, auténtico, Uuhh, del trabajo, no marxista, Uuhh, señoritos, como los otros, todos lo mismo, todo mentira; te tiran el hueso y se quedan el jamón. Yo soy comunista, toda la vida trabajando, arriba, abajo, mis socios dicen: quédate en la tienda, y yo: Uuhh, no, no me gusta la gente, todo mentira, prefiero recoger los libros. Libros muy antiguos, tienes que verlos, muy antiguos, Brmm, Brmm, en mi camión.
Todo el mundo, continuó, lo he visto todo. Mucho tiempo. La guerra, Franco. Hizo una pausa y después un gesto de rechazo moderado cruzó su rostro. No sé leer. Ya te he dicho, la guerra, tenía que trabajar. Se calló un momento y bebió.
Bueno, le pregunté, con tantas cosas vistas, ¿Qué le parece más difícil de olvidar?
¿Cómo? Parecía no entender bien la pregunta así que me expliqué un poco mejor.
Quiero decir que, de todas las cosas que uno tiene y uno pierde, cual es la más difícil de olvidar, de superar, de dejar atrás.
Me miró un momento con gesto pensativo, gesticuló, como si fuese a decir algo y entonces cambió su expresión; parecía vacilante, indeciso. Volvió la mirada hacia su copa; quizá la respuesta a mi pregunta flotase allí dentro, no lo sé.
Finalmente levantó sus cejas y dio un sorbo triste a su bebida, la mantuvo en alto y me contestó, encogiendo los hombros:
No lo sé; se me ha olvidado.
No sé si él era consciente de lo fascinado que yo estaba; ese tipo de situaciones son, para mi, la sal de la vida. Mi curiosidad crecía y crecía, quería preguntarle más cosas, así que, con tiempo por delante, lo hice.
¿Qué es el amor?
Uuhh, Mujeres, Uuhh, se rió, muchas mujeres, yo he tenido muchas mujeres. Soy padre soltero, jejeje, los dos reímos. Él se encogía un poco y trataba de mirarme mientras se reía, pero sus ojos se cerraban con la risa. Padre soltero, menudo golfo está usted hecho, dije sonriendo. Sí, el camión, muchas mujeres, cuarenta mujeres, para nosotros, los alemanes las traían, Uuhh, yo decía: no, no puede ser y los alemanes: sí, para vosotros. Uuhh, mala cosa, muy locos. Mujeres, jeje.
De pronto pareció recordar algo y se puso un poco más serio.
¿Sabes que es el amor?
¿Qué es? Pregunté.
Un pedo. Kaputt. Nada. Muy poco tiempo, la vida, Uuhh, la vida es mucho tiempo y el amor es muy poco, casi nada.
Hizo una pedorreta con su boca y acabó su cerveza.
En aquel instante pensé: De acuerdo, aquí tienes a un anciano de setenta años, borracho y cargado de historias comparando el amor con un pedo.
Tras unos segundos de deliberación interna estuve de acuerdo con él.
Duran sólo un instante pero si son lo suficientemente fuertes los recuerdas toda la vida.
Pedos, si señor, buena metáfora.
Llamó de nuevo a la chica y le pidió otra cerveza. Ella la sirvió y él preguntó cuanto costaba.
Me miró, un tanto asombrada, y le volvió a decir el precio.
¡¿Dos?! La escena se repetía.
Lo mismo de antes, dijo ella riéndose, no ha dado tiempo a cambiar los precios.
Uuhh, jejeje, Mujeres, jejeje, toma, ¿uno y medio? Jejeje, dos, dos, ya sé.
Pagó y seguimos hablando.
Me contó que no se jubilaba, que no quería, le gustaba viajar con su camión arriba y abajo. Trató de encenderse un cigarro, lo sujetaba con sus labios y colocaba la llama al lado; en ningún momento llegó a encenderlo. Continuó hablando, dando caladas a su pitillo apagado. Por lo que puede entender de su, en ocasiones indescifrable cháchara, él era socio de la tienda de libros. Viajaban por todas partes comprando libros antiguos y raros. Muy caros, Uuhh, algunos muy caros, me decía de vez en cuando.
De pronto cambió de tema y el universo hizo una de las suyas: Una chica, Uuhh, de fuera, Francia, Hungría, cualquier parte, se enamora y se queda aquí, Uuhh, juntos. Está contigo, siempre, todo el tiempo. Amor, Uuhh, a veces pasa. A mi no, pero pasa. Aunque normalmente, Uuhh, eso, como un pedo.
Nos quedamos mirando el uno al otro.
Aquello me dejó un poco descolocado, yo llevaba unos meses durmiendo con ella, la chica, la camarera. Ella era de Suecia; no tenía muy claro cuanto tiempo iba a estar aquí y no teníamos ni idea de cómo iban a ser las cosas mañana, a fin de cuentas todo había empezado de una forma muy espontánea y nos había pillado por sorpresa a los dos; quizá no tuviésemos futuro, pero el presente, sin duda, nos pertenecía. Se había ganado, por derecho, el lugar que ocupaba en mi vida. Eso me hacía feliz. Eran buenos tiempos.
Cómo si me leyese el pensamiento añadió: Sólo tienes eso.
Me quedé parado, mirándole, esperando comprender algo que se me escapaba.
Pregunté que era eso y él me contestó. Pues eso; el presente. Sólo eso. Tiempo. Uuhh, mucho tiempo. Jeje.
Ella salió de la barra, su turno había terminado. Iríamos a casa, haríamos el amor y nos quedaríamos dormidos, abrazados el uno al otro, para despertar así; sin habernos soltado. Me despedí de mi interesante compañero de conversación y él, al ver como ella sujetaba mi mano, me lanzó una sonrisa cómplice y desdentada. Un placer, dijo, un placer. Nos estrechamos la mano y me marché.
Una vez fuera ella preguntó, divertida, sobre mi conversación con aquel extraño hombrecillo.
Yo le dije lo que había aprendido:
Que Dios existe y que, a veces, se tira pedos.

31 de diciembre de 2003

Despedida al 2003

Bueno bastardo, parece que te acabas.
Creo que será difícil olvidarte; me quitaste la ilusión con la que te empecé de un modo bastante ridículo, te llevaste a un buen amigo, me hiciste marcharme a cientos de kilómetros a lamerme las heridas y, casi acabándote, me arrancaste a mi madre.
Pero como no soy un tío rencoroso te diré que también he sabido sacar lo bueno de todas las perrerías que me has hecho.
He crecido mucho dentro de ti y he aprendido un montón de cosas; entre ellas que ni tú ni veintisiete como tú pueden hacerme hincar la rodilla en el suelo.
Sólo yo tengo ese privilegio y, de todos los que pasaron, has sido tú quién me ha hecho verlo.
Así que gracias por eso.
También he disfrutado dando conciertos, más que otros años, y la cosa sigue por ahí. Tu sucesor pinta bien en ese aspecto; creo que será un buen año.
La verdad es que me has tocado bastante los cojones pero, llegados a este punto, creo que te echaré de menos.
Más que echarte de menos digamos que siempre me acordaré de ti.
Por cabrón y por inolvidable, todo a la vez.
Con todas tus perrerías has marcado muchas diferencias en mí.
No sé si fue tu intención desde el principio o simplemente ha sido el prisma desde el que he mirado las cosas lo que ha obrado los cambios.
Tus últimos regalos han sido buenos, todo lo positivo acumulado al final.
Espero que el cabroncete al que das el relevo no me toque los huevos y me lo quite todo como hiciste tú, mamonazo.
Aún así, ten un buen viaje y pásalo bien, donde sea que vayan los años que se acaban.
Siempre te recordaré.
Nos vemos en el olvido, un día de estos.

25 de noviembre de 2003

Un Amanecer ( a ti, que nunca pudiste leerme )

-¿Voy a ser siempre más fuerte que los otros niños?
El guerrero miró con tristeza al pequeño que observaba el horizonte con sus ojos húmedos.
-Sí “le contestó.
El sol se estaba poniendo, los tonos anaranjados pintaban con un tono irreal las briznas de hierba a sus pies, los pliegues y hendiduras del tronco donde el niño estaba sentado parecían algo de otro mundo.
La luz hace que estas cosas ocurran, pensó.
-¿Por qué?- dijo el pequeño, girándose hacia él.
-Así han de ser las cosas, el tapiz está tejido y nosotros caminamos los hilos.
-No sé si quiero ser tú.
-No puedes cambiar eso.
-Todo me duele mucho, siempre me duele.
-Es mi camino, tus pasos hacen lo míos.
-¿Habrá descansos?
-A veces.
-¿Por qué no caigo?
-Porque no puedes.
-¿Y si quisiera? ¿Y si decidiese hundirme en todas las pérdidas, en toda la tristeza, en todas las cosas malas que ya he sentido en mi corazón?
-No puedes.
-¿Por qué?
-Porque yo no puedo.
-No tengo padre, ni madre, ni un amor en el que olvidarme de todo ¿Qué sentido tiene?
-Es mi camino, siento que tú hayas de andarlo.
-Ni siquiera hablo como un niño; nunca he hablado como un niño.
-Nunca lo has sido, te pido perdón por eso también.
-¿Para qué sirve todo esto?
-Has de existir, siempre ha sido así. Equilibrio.
-¿A ti te duele?
-Cada segundo, cada vez que respiro. Mi fuerza y mi debilidad es no poder ser derrotado por la pena que me consume.
El niño miró al guerrero y acarició su mano.
Con el último rayo de sol ambos miraron hacia el horizonte.
El niño habló.
-¿Crees que estará en paz?
-Sí, el amor y el perdón hicieron su trabajo esta vez. Estaba limpia en su pequeño lecho.
-¿Volverá?
-Siempre volvemos pequeño, siempre. Algunos siempre estamos.
-¿Como tú?
-Sí, como tú.
-¿Te gusta luchar?
-No
-¿Por qué luchas? ¿Por qué sigues? ¿Por qué aguantas?
-Porque no puedo hacer otra cosa.
El niño miró al guerrero, sus ojos azules parecían cansados. Como los míos, pensó.
-Yo te cuidaré- dijo el pequeño abrazándolo.
-Lo sé.
El Sol se había ido y quedaron en la oscuridad, abrazados, el niño y el guerrero; como una sola cosa. Bajo las mismas lágrimas.