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29 de febrero de 2008

Animaladas

No tengo nada en contra de los amantes de los animales, aunque tampoco tengo nada a favor.
A título personal diré que he visto a personas que se declaran animalistas tratar a otras personas a patadas, pero sé que es una casualidad y que no son un ejemplo ilustrativo. Coincidencias, mala suerte y cosas de esas. Quizá el amor por los animales de estas personas que yo conocí sea un intento de compensar su falta de tacto y empatía con sus congéneres humanos, o vete tú a saber. A fin de cuentas no es importante, y menos a estas alturas.
No obstante, me gusta la gente que hace cosas buenas por los animales igual que me gusta la gente que hace cosas buenas, así, en general. Ambas me parecen dignas de respeto pero no de elogio, ya que hacen lo que deben y cumplir con obligaciones éticas no es motivo de premio, al menos para mí.
Hoy comentaba con una amiga un correo que hemos recibido, en el que se acusaba a un artista de asesino de animales. Ha sido difícil discernir los hechos entre todo el odio que destilaba el mail de marras, así que me he puesto a buscar.
Eso, en lugar de aclararlo, lo ha complicado.
Para encontrar información más o menos objetiva que se ciñese a los hechos, en lugar de comentarios sobre lo hijo de la grandísima puta que es el artista y sobre todas las torturas a las que habría que someterle, he tenido que usar mucha, mucha paciencia.
Al final he llegado a una conclusión que quisiera compartir con vosotros.
La cosa pinta así:
El tipo colocó en una pared, escrito con trozos de pienso, “Eres lo que lees”. En la pared de enfrente colocó a un perro atado con una correa corta. Anunció que lo iba a dejar morir de hambre, entre otras cosas para denunciar los miles de perros famélicos que hay en su país, donde las calles están llenas de ellos. Mueren centenares todos los días y nadie lo ve, y a nadie le importa. La muerte de este, al menos, servirá de algo.
Eso es lo que dijo.
Según los airados internautas que le han mentado a todos los muertos, el perro murió, o, mejor dicho, fue asesinado por este pintamonas inmoral.
Según las únicas fuentes oficiales que he podido encontrar, la Directiva del museo, varios trabajadores de éste, el propio artista, y algún periódico que había hecho los deberes, el perro no murió.
No sólo no murió, sino que era alimentado de noche por uno de los guardias. Aunque eso no es interesante para mis colegas los de Liberad a Willy, porque no resulta polémico.
Todo esto no me ha gustado un pelo y lo que empezó como curiosidad ha terminado como mosqueo profundo.
Lo que me toca los cojones es que, entre los cientos de personas que vieron la exposición, nadie tuvo la idea de:
A) Soltar al perro.
B) Coger pienso de la pared y dárselo.
C) Llevarle comida de casa.
D) Dejarle caer cerca cosas que pueda comer.
E) Derramar líquido cerca que pueda beber.
F) Presentarse con el jodido ejército, las autoridades o lo que hiciese falta.
G) Atarse una bomba al pecho y exigir la inmediata liberación del famélico can.
F) Reunir firmas y adoptar al perro como mascota de honor del Museo
H) Hacer algo, cualquier cosa, que no fuese quedarse mirando.
Y me jode la historia, ya veis.
Me jode ver a la gente llenarse la boca con crueldad animal y callarse como putas con otras cosas que, lo siento, son más importantes.
¿Crees que a los niños de países pobres les salvan la vida después de rodar el anuncio?
Despierta, gilipollas.
Así que he de decir que el tipo tiene razón, somos lo que leemos; y lo que leemos son un montón de gilipolleces que caen por su propio peso cuando tenemos a un perro atado a una pared, al alcance de la mano, y no hacemos nada por él.
Nada.
Es más fácil poner el grito en el cielo y pedir sangre que informarse o, al menos, preguntarse, qué cojones estará intentando decir el tipejo que ha organizado ese tinglado.
A lo mejor es que, cegados por su imperturbable amor a los animales, pensaron que la cosa iba con el perro, cuando, en realidad, los auténticos protagonistas eran la panda de imbéciles que desfiló por delante suyo sin mover ni un dedo.
Todo esto me parece muy edificante. Los mails pidiendo boicot al señor que tuvo la idea, los golpes en el pecho, las amenazas de muerte y todo el follón, que persiste incluso después de que las autoridades del museo, y el propio artista, hayan explicado la historia.
Ya que nos ponemos, nos ponemos, ¿Qué importa la verdad si esto es más jugoso?
Así que, a mi amiga y a mí, nos parece que todo este barullo forma parte de la idea original, de la denuncia que el artista pretendía conseguir y, sinceramente, le ha salido redondo.
Plas, plas, colega, muy bueno lo tuyo.
Y si pienso así es porque yo, en su lugar, habría hecho exactamente eso:
Decirle a una panda de meapilas que me voy a cargar a un inocente, ponerlo a la vista para que lo pudiesen salvar, ver cómo no hacen nada por él y partirme la caja después con sus airados insultos, sus amenazas de muerte, sus peticiones de veto y toda la demás parafernalia infame con la que me he desayunado mientras buscaba información sobre el asunto.
Entiendo que les venga a huevo seguir en sus trece pidiendo la cabeza del autor, pero existen una serie de indicios que señalan que, simplemente, esa obra buscaba hacer visible cierta hipocresía e incoherencia en el individuo. No en el que la realizó, no, sino en todos los que fueron a verla.
Todos y cada uno de ellos.
Si las cosas fuesen como tienen que ser, en esa pared no habría quedado ni un sólo trozo de pienso, al menos es lo que yo habría esperado. Pero claro; es más fácil escribir amenazas de muerte, convocar boicots y sacar pecho a favor de los animales que hacer algo por ellos.
Incluso si el perro hubiese muerto realmente me seguirían pareciendo más culpables los que no hicieron nada por él que el tipo que lo puso allí, pero no parece ser el caso, por mucho que se empeñen.
Así que, una vez meditado el asunto puedo decir dos cosas:
1) Que la gente que de verdad hace algo por otro ser vivo seguirá teniendo mi simpatía.
2) Que la gente que de verdad hace algo contra otro ser vivo seguirá teniendo mi desprecio
En cuanto a los del airado mail pidiendo la cabeza del artista en bandeja de plata, y blablabla, sólo diré seis palabritas:
No contéis con mi firma.
Capullos.

10 de febrero de 2008

Esperando

Ella está en el supermercado, así que yo paseo a la perra.
Los niños se paran y le acarician la cabeza.
Sonrío y no digo nada, salvo algún sí ocasional cuando me dicen que es como el perro de Scottex. Estoy seguro de que corriendo por su pasillo con un rollo de papel higiénico entre los dientes no les parecería tan adorable, pero eso no se lo cuento.
Ahora soy un tío majo.
Por la noche me quedo mirándola hasta que se duerme. Si apago la luz antes, empieza a corretear y a golpearlo todo a oscuras, así que me quedo sentado en la cama y espero.
Mi novia se queda dormida, pero la perra continúa mirándome, así que sigo allí, sentado, esperando. De vez en cuando le acaricio el lomo y le rasco detrás de las orejas.
Buena chica.
Pienso en todas las cosas que he pasado para llegar a este momento. En lo que significa estar aquí, con una mujer que vale la pena durmiendo a mi espalda, con una perra a mis pies y con mil cosas que me motivan entre las manos. También pienso un poco en qué viene después y sonrío, porque al fin se ha quedado dormida, y porque nadie, salvo yo, sabe en qué estoy pensando.
Me meto en la cama y, al hacerlo, despierto a mi novia.
Me pregunta si ha funcionado y le digo que sí.
La perra está dormida.
Me dice que tengo una manera rara de hacer las cosas y me besa.
Después, haciendo el amor, despertamos a la perra.
Es divertido volver a empezar.

22 de noviembre de 2007

Como cada noche

Esta botella bebe de la gente hasta dejarla seca.
La única manera de salir vivo, de lograrlo, es beber más rápido que ella.
Si ganas, todas las vidas, todos los sueños de los que lo intentaron antes que tú, te pertenecerán.
Si fallas, todo lo tuyo terminará en su interior, como pasó con los demás. No se sabe cuántos lo han intentado, pero está tan llena que nadie puede bebérsela sin que ella se lo beba antes. Te lo aseguro.
Eso le digo.
Él la mira y la agita, tratando de imaginar qué cosas hay dentro.
Sin acercársela nunca los labios.
Cuanto más lleno esté, me dice, más difícil será que ella me vacíe, ¿verdad?
La mira un momento y vuelve a dejarla en mi regazo.
Justo en la puerta de mi tienda de campaña, a punto de volver al frío de la noche, en este desierto, se gira y, echándole un último vistazo, me habla.
Quizá, al final, beberme mi vida y mis sueños sea mejor que cualquier cosa que eso de ahí pueda darme.
No la necesito para llenarme de historias, dice.
Y después se va.
Me quedo sentado, en mitad de la tienda, con la botella entre mis manos. La abro y, como cada noche desde hace cientos de años, bebo de su interior. Como cada noche, rezo para quedarme vacío y poder descansar. Como cada noche, fracaso. Porque todas las historias que bebo ya las conozco, porque ninguna fue mía hasta el primer trago, porque la botella y yo estamos unidos y nadie, ningún viajero, en ninguna noche estrellada, ha roto esta maldición ni podrá romperla.
Porque todos los que vienen, se equivocan.
El secreto no es estar más lleno que ella.
El secreto es haberse vaciado antes de beber.

15 de noviembre de 2007

Rezando

Una oración sincera susurrada con palabras aprendidas.
Sentada al sol, con los ojos cerrados, la anciana rezó.
Su ceño estaba fruncido, sus labios murmuraban rápido, tragándose las palabras apenas salían de su boca, de vez en cuando un gesto parecido al llanto asomaba durante un segundo para desaparecer después. Y el balanceo, delante, detrás, en aquel banco, apretando el rosario con más y más fuerza. Esperando algo. Las arrugas en sus manos, en la comisura de sus labios, el pelo blanco intentado escapar del pañuelo mal atado. Todo iluminado por ese tipo de luz que no se decide a ser naranja, aunque lo insinúe con timidez.
Abrió los ojos y su balanceo se detuvo al verme, de pie, frente a ella.
Mirándole.
Por un momento no respiró y se sobresaltó sin perder la compostura.
Quizá fue la ropa blanca, los ojos azules, el pelo largo, el sol empezando a brillar detrás de mí.
La imagen a contraluz.
Podría haberle dicho que su salvador se parecía más a cualquiera que le haya despachado fruta en los últimos cinco años que a mí, que sus ojos no eran azules sino marrones y que su piel era bastante más oscura que la mía, pero ya no suelo hablar de esas cosas.
Al final se dio cuenta de que sólo era alguien que pasaba por ahí y volvió a cerrar los ojos. Seguí caminando y ella se quedó allí, con su rosario y su balanceo.
Aquella mañana, en ese banco, lo vi; lo que pasa cuando estamos rendidos y asustados, cuando estamos vencidos. Cuando estamos rezando.
Lo vi y pensé que hay formas más dignas de esperar la muerte.

13 de octubre de 2007

Hielo

Él estaba en la barra.
No hablaba con nadie, así que ella decidió acercarse.
Hacía mucho que no se veían.
Viéndolo ahí, después de observarle un rato, se dio cuenta de que, en realidad, nunca supo muy bien cómo era. Aunque era consciente de que él sí sabía cómo era ella. No del todo, claro, eso nadie podía saberlo, pero sí de un modo mucho más exacto que otra gente, un modo menos influido por todo lo que ella intentaba proyectar. Eso es lo que más le molestaba de él y, al mismo tiempo, lo que más le gustaba. Porque a veces se perdía en sus propias máscaras, y se asfixiaba, y no sabía salir del juego que ella misma había construido.
Entonces recurría a él.
Porque siempre sabía devolverla a la realidad.
Una vez se lo dijo.
Estaban en su casa, ella andaba metida en un lío y se lo estaba contando. Él la escuchaba como si fuese la única cosa en el mundo.
Recuerda que pensó que jamás había tonteado con ella. Recuerda que se sintió bien por eso y que luego sintió un poco de rabia, aunque no le dio importancia, porque sabía que gastaba la mitad de su energía en gustar a los chicos y la otra mitad en negarlo, así que era normal sentir esas cosas con alguien que siempre estaba ahí.
A veces siento que soy de mentira, dijo, que necesito que tú me lo digas para dejar de serlo. Y se quedó mirándole, esperando que él dijese algo sobre aquello.
Él sólo sonrió y le dijo que se terminase el café.
Nunca más hablaron de eso.
Y sin embargo, sentado en esa barra, parecía distante; sabía que ella estaba allí pero no le daba importancia.
Ni siquiera la había saludado.
Es posible que, en el pasado, ella hubiese dicho algo inconveniente; siempre solía hacerlo, sobre todo con la gente que le importaba. Era su manera de perderlos y torturarse por ello. Aunque eso nadie lo sabía, claro.
Sólo ella.
O eso le gustaba pensar.
De todos modos él la conocía; sabía de sus tragedias, sabía que odiaba a las divas y que, sin embargo, quería ser una, sabía que unas veces era profunda y otras superficial, que a veces era intensa y a veces insulsa, que pasaba por fases que ella misma construía, que la mayoría de veces todo esto resultaba demasiado forzado, como su manera de sujetar los cigarrillos al fumar.
Nunca terminaba de creerse a sí misma y por eso siempre probaba otra cosa.
Él debía saber todo eso, porque la conocía; todo dependía de cómo soplase el viento, de cómo quisiera soplar ella, y, normalmente, soplaba del modo que más le asustase.
Así que sí, es posible que hubiese dicho cosas inconvenientes, que lo hubiese insultado, que la pillase puesta de cristal o borracha y dijese alguna tontería, o quizá lo trató como si fuese uno de esos perritos falderos que él vio pasar sin hacer ningún comentario.
El caso es que la escucharía, seguro.
Porque, que ella recordase, siempre la había escuchado y ahora, más que nunca, necesitaba hablar con alguien.
Hablar de verdad.
Se sentó a su lado.
Él miraba como el camarero conversaba con unas chicas francesas que se reían mientras practicaban su español.
Se giró en el taburete, incorporándose hacia él y le habló. Te invito a una copa para romper el hielo, le dijo. Entonces él sonrió, igual que aquella vez que estaban solos.
Igual que todas las veces que ella fue ella frente a él porque estaba cansada de ser otra cosa.
El hielo, dijo él, está donde tiene que estar.
Y se marchó, sin girarse a mirarla, y ella sintió que algo no había funcionado.
Que algo había salido mal.
Muy mal.

12 de octubre de 2007

Croac, Croac

Esos bichos son interesantes.
Las ranas, digo.
Aunque no me refiero a ranas de verdad, sino a las que salen en los cuentos, en las fábulas y todo eso, ya me entendéis; ranas metafóricas.
No es que las reales me caigan mal, me resultan unos bichetes de lo más peculiar, todo el día saltando por ahí, con esos ojazos y esa cara de ir a explotar de un momento a otro. Es sólo que, puestos a elegir, me quedo con las otras.
Sobre todo con las que salen en la metáfora del caldero.
Más que nada porque no se convierten en príncipe, ni hablan, ni tiene poderes mágicos; son sólo ranas, pero ilustran a la perfección ciertas cosas que suelen preocuparme.
Os pondré en situación:
Tenemos un caldero, ¿vale?, y tenemos un montón de ranas, croac, croac.
Si las echamos todas de golpe obtenemos un estallido imparable de ranas saltando a toda leche para no morir achicharradas.
De cajón, vamos.
Así que, en vez de poner el caldero a hervir y echarlas de golpe, las metemos con el agua a temperatura ambiente y, una vez acomodadas, las ponemos a fuego lento.
Eso es lo más importante; que el agua se caliente muy poco a poco.
Las ranas, dice la metáfora, se van quedando atontadas con el calor y, al final, mueren. Sin advertir en ningún momento el peligro ya que, cuando la temperatura empieza a ser demasiado alta, ellas están aletargadas y no pueden defenderse.
En su contexto, la metáfora hace referencia a cómo vamos consintiendo cada vez más atrocidades sin movernos para hacer nada al respecto y, echando un vistazo alrededor, he de reconocer que como ejemplo resulta brillante.
Sin embargo no puedo evitar hacerme algunas preguntas al respecto.
Por ejemplo, si una de las ranas estuviese fuera del caldero, digamos media hora, y la volviesen a introducir, ¿qué pasaría?
¿Se quedaría con las demás o se pondría a dar saltos como una loca, tratando de huir? Aunque lo que en realidad me interesa es saber qué harían las otra ranas.
¿Se darían cuenta del peligro o pensarían que a su compañera se le ha cruzado un anca?
Ya os lo dije al principio; las ranas me llaman la atención.
Mi interés por ellas me ha llevado, incluso, a plantearme dos cosas:
1) Que quizá Darwin se equivocó de animal.
2) Que algunos calderos son invisibles hasta que alguien se pone a croar sobre ellos.
Croac, croac

23 de agosto de 2007

Hago esto

Te envío un cascarón frío y muerto, una película sin banda sonora, y aun así, mirando imágenes, leyendo labios, a veces adivinas lo que intentaba decir.
Y me llamas artista.
Quizá algún día haga otra cosa, algo más inmediato, algo que pueda darte en el acto, cualquier cosa por la que no me llames cosas que no soy.
Como un beso.
O un abrazo.
Hago esto, ahora, y significa algo.
Luego sólo son letras muertas.
No puedo darte la cosa real porque es sólo este momento, ¿Entiendes?
Tú ves un cadáver, negro sobre blanco, al que nunca sé dónde enterrar.
Eso es lo único que te doy.
Restos.
Despojos.
Algo que sólo está vivo mientras le doy vida. Sólo entonces. Ni un segundo más.
Y me llamas artista.
¿Qué tiene de especial enseñarte las cosas que mato para seguir viviendo?

7 de julio de 2007

Máquinas de Escribir

Le encantan las máquinas de escribir.
Las antiguas, ya sabéis; con su rollo de tinta y su tac, tac, tac.
Clink.
Me cuenta que casi nunca ve a nadie tecleando en una de esas, pero cuando lo ve, joder, dice, es genial.
En realidad la gente que ve usándola suele estar haciendo algo estúpido, tecleando un informe, una denuncia, cosas así, tramites, ya me entendéis.
Sin embargo hay otras cosas que, sin dejar de ser estúpidas, tienen algo más de magia.
Crear con ellas es genial. Me lo dice en serio. Sabe que la tecnología nos lo pone fácil, que podemos escribir, corregir y editar de modo muy simple pero, para él, esas máquinas tienen un no sé qué del que los procesadores de texto carecen.
Durante un tiempo pensó que era por el sonido. Ese tac, tac, tac, te llena el cerebro, consiguiendo que dejes de pensar sobre lo que estás haciendo. Cuando dejas de pensar dejas de juzgar y cuando dejas de juzgar las palabras salen a borbotones, listas para inundar todas las hojas que les pongas por delante.
No es el sonido.
También pensó en el tacto. Tener que pulsar la tecla con fuerza, marcando la hoja. Marcándola. Es como dibujar con tinta; es posible que cagues muchos dibujos, dice, pero dibujar de ese modo da mucha seguridad. O eso dicen los que entienden del tema.
Con una de esas máquinas, dice, la escritura se convierte en algo más físico; estás ahí clavando todo lo que piensas sobre el papel, lo ves aparecer, como una marca, una herida en el blanco que ya no se puede borrar.
Tac, tac, TAC.
Tampoco es el tacto.
Se planteó que quizá fuese la resonancia. Toda esa gente muerta a la que leemos, sentados frente a su máquina de escribir, en algún momento del tiempo, dándole a la tecla; creando lo que más adelante será nuestra biblioteca. Tac, tac, tac. Algunos, como Hemingway, incluso tecleando de pie. Todo ese montón de gente, escuchando lo mismo, sintiendo lo mismo, viendo las letras marcarse en el papel, diseminados a lo largo del tiempo. Y tú ahí, tac, tac, tac, repitiendo el ritual.
La culpa la tiene el piano, me dice. También le encanta, y pasa mucho tiempo tocándolo.
Cuando pulsas el pedal los frenos de las cuerdas se levantan, ¿ves?, puedes tocar una tecla, una sola, y todas las notas como esa, en distintas octavas, vibrarán. Y sus correspondientes notas afines, terceras, quintas, etc, vibrarán también. Eso le da al sonido un algo especial.
Toca un par de notas sin pisar el pedal y luego pisándolo, para enseñarme la diferencia.
Sí que la hay.
Así que quizá sea una mezcla de todo; del sonido, del tacto y de toda esa gente que hizo lo mismo que tú antes, en una máquina parecida a esa en la que tecleas, resonando en un tiempo dividido en octavas. Quizá sea que, usando una de esas, te sumas a una sinfonía que no se puede percibir, porque resuena a lo largo de la historia. Las nuevas máquinas no han tenido tiempo de crear la suya, y aunque no haya nada malo en participar de ella, en contribuir con nuestras notas, con nuestro tecleo, tampoco está de más jugar con la música anterior, antes de sumergirse en la nueva.
Nos despedimos y me quedo pensando en todo ello.
Al final decido que es improbable que tenga razón, aunque no me parece mal verlo de ese modo, al menos durante un rato.
Justo hasta aquí.

20 de junio de 2007

El motivo de nuestra llamada

Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:
-Buenas tardes, ¿el señor Sanchez?
-Sí, soy yo
-Mi nombre es Susana Pérez, le llamo desde el departamento de promociones de Cablemola, tiene usted contratado con nosotros el servicio de Internet desde hace bastante tiempo.
-Sí, sí.
-Verá, señor Sanchez, el motivo de nuestra llamada es ofrecerle nuestro nuevo pack de televisión digital de forma totalmente gratuita. Tan sólo tendrá que pagar usted el receptor que, al ser ya cliente, tendría un coste de seis euros; muy económico.
-Ah, verá señorita, es que yo no tengo tele, sólo utilizo Internet, paso muchas horas trabajando con la red y por eso no contraté ninguno de los packs de televisión, teléfono e Internet que me ofrecieron ustedes en un principio.
-Ya, bueno, si no tiene televisión, señor Sanchez, esta oferta es una buena oportunidad para usted, son sólo seis euros y la instalación incluye más de cuarenta canales, además de”
-No, no. Verá, señorita, cuando digo que no tengo televisión me refiero al aparato en sí. Llevo cuatro años sin ver la televisión, la evito en la medida de lo posible, no me interesa, de verdad; veo películas, series, leo libros, utilizo la red a diario pero no me interesa la tele, tengo periódicos, gente con la que hablar y otras formas de informarme que me resultan más agradables que la televisión. Entre usted y yo, señorita Pérez; no creo en la tele, ¿sabe? La gente se muere por dentro viendo esa cosa y terminan siendo iguales entre sí; diciendo las mismas cosas, gastando las mismas bromas, riéndose de lo mismo, abusando de las mismas palabras, viéndolo todo igual. Quizá en algún momento la televisión reflejó a las personas pero ahora son ellas las que reflejan la televisión y, la verdad, no es una imagen agradable. ¿Qué quiere que le diga? Es un cacharro agresivo del que prefiero mantenerme alejado, ¿comprende?
– ”
-De todas formas, muchas gracias por su oferta, son ustedes muy amables.
-”
-Hasta luego, Señorita Pérez.
-Uh, sí, Hasta luego, señor Sanchez.
Colgó, y volvió a mirar la página en blanco.
Tecleó:
“Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:”

13 de junio de 2007

Cuartos de Baño

-Está todo lleno de magia, tronco, lo que yo te diga.
-No sé qué decirte, tío, yo no la veo por ninguna parte.
-¿Por ninguna parte?-levanta su cerveza, mira dentro y la vuelve a dejar sobre la mesa-, ¿y qué me dices de los cuartos de baño, joder? Son mágicos de la hostia.
-¿Los cuartos de baño? Ahora sí que me he perdido.
-La madre que te parió, piénsalo un poco. ¿Dónde te libras de todo lo que te sobra?, ¿Dónde te purificas?, ¿Dónde te miras realmente a los ojos de una forma en la que no te sueles mirar?, ¿Dónde te dices las cosas que no te dirías en ninguna otra parte?
-¿Purificar?
-Ducharte, tronco, quitarte la mierda que llevas encima y dejarte bien limpito esperando que alguien vuelva a ensuciarte. La mayoría de veces tú mismo. ¿O piensas que duchándote sólo te lavas el cuerpo? Joder ya con la estrechez mental.
-Hombre, es una forma de verlo, pero no creo yo que”
-Creer, creer. Creer es para besacruces, tío, esto es real. Te comes un trozo de carne, te alimentas de él y luego sueltas un cagarro enorme. Donde había un jugoso filete ahora hay una mierda humeante. Lo llaman digestión, explican el proceso físico y por eso deja de ser un jodido milagro. Y una mierda. Es magia, tronco, de la buena. Te lo digo yo. ¿Recuerdas cuando te dejo la tipa aquella?
-Uh, ¿Cuál?
-La zumbada aquella.
-Estaban todas bastante zumbadas, si no me das más detalles”
-Bueno, elige una al azar, total, cambian los detalles pero la esencia siempre es la misma. Cuando vienen esos marrones, ¿qué pasa?, ¿eh?, ¿recuerdas?
-Pues que te sientes mal y eso, son cosas jodidas. No te lo esperas y además no entiendes nada. Es una putada, no duermes bien y”
-Te cagas
-¿Qué?
-Te vas la pata abajo, colega, me lo dijiste, se te descompone el cuerpo. Una vez tuve que ayudarte a levantar la persiana del bar porque tenías miedo de cagarte encima.
-Joder, pero eso es normal, tío, los nervios y todo el follón, ya sabes, se me descompuso el cuerpo.
-Nah, tenías mierda extra y tu cuerpo intentaba librarse de ella. Por eso te pasaste medio fin de semana pegado a la taza del water. Es magia tío. Convertir una cosa en otra. La mierda que te pasa por la cabeza en mierda que te sale del culo. Alquimia, una cosa por otra, plomo en oro, emociones negativas, deshechos emocionales y físicos transformados en pastosa mierda marrón clarito. Con su propia banda sonora y todo.
-Joder, eres un guarro.
Los dos se ríen.
-Oye, ¿y lo del espejo?
-Eso está clarísimo, tío, ¿Cuántos espejos hay en tu casa?
-Pues uno en el dormitorio, uno en el recibidor y otro en el baño.
-Ahá, y cuando estás jodido de verás, ¿en cual te hablas a ti mismo?
-Hum. En el del baño “Hace una pausa-. Pero es normal, hay más intimidad y eso.
-¿Intimidad? Pero si tú vives sólo, capullo.
-Joder, es verdad.
-Claro, hombre, es el jodido lugar sagrado, el lugar donde te purificas, donde te libras del lastre, ya te lo he dicho. Los cuartos de baño tienen poder, en serio tronco, te lo digo yo.
-No sé, lo del espejo sí que es verdad, quiero decir que recuerdo varios momentos chungos en los que me miré allí y me dije un par de cosas importantes. Es como si hicieras una pausa y te contases a ti mismo lo que pasa y lo que tienes que hacer. Bueno, eso hago yo.
-Tú y todos, tío, tú y todos. El problema es aprender a reconocerlo, ¿sabes?, le damos poca importancia a estas cosas.
-Quizá
-En fin, ve poniéndome otra cerveza, voy a transmutar el almuerzo en algo que pueda flotar libremente por las cloacas y cuando vuelva hablaremos de los dormitorios y del sacrosanto recibidor, ese gran olvidado.
-Estás como un cencerro, mamón.
-Claro, alguien tiene que estarlo.
-Venga, ve al baño y no me asustes a la clientela.
-Se hará lo que se pueda, señor, se hará lo que se pueda.