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11 de junio de 2007

Oxi

Llego tarde y, como es pronto, espero sentado de pie.
Limpio la humedad seca de mis labios, ensuciándolos. Me río, muy serio, mientras amanece la noche. Toda la luz oscurece el pequeño paisaje sin límites de este interior tan externo. Algunas gotas se secan, mojándolo todo. El frío cálido me recuerda qué voy olvidando. Decido empezar a quedarme quieto y llego al otro lado, justo en el mismo sitio. Demasiado para algunas cabezas siempre es poco.
Así que digo la palabra, en silencio:
Hola.
Todos oyen.
Nadie escucha.
Me parece bien verlo mal.

16 de mayo de 2007

Mi antorcha de cumpleaños

Esta ciudad es una mierda.
El primer artículo que publiqué empezaba con esa frase.
La revista estaba a cargo del ahora fallecido Victor Orenga y la sección que me asignaron se llamaba reflejos nocturnos, o algo así.
Tenía que escribir sobre sitios donde ir a divertirse, así que hice un par de bocetos y los deseché.
Demasiado formal.
Al final me pareció más conveniente jugármela y empezar explicando a los lectores por qué tenían que divertirse.
La cosa quedó más o menos así:
“Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde se construyen atracciones con tu dinero y luego se te pretende cobrar una cantidad insultantemente elevada por entrar.
Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde algunas personas confunden educación de calidad con educación impartida por supernumerarios del Opus Dei.
Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde nunca podrás comprar un piso, a no ser que estés dispuesto a pagar durante 20 años una cantidad tan absurda que sólo podrás afrontarla enamorándote, por cojones, y compartiendo gastos. Un sueldo para recibos y otro para sobrevivir.
Tienes que divertirte porque te tienen cogido por las pelotas, y siempre es bueno tener un respiro, aunque, al final, la piches sin haber podido vivir del todo; demasiado ocupado llenando sus bolsillos e ignorando cómo todo se va al garete.
Hay más motivos para divertirse, pero, como me dicen que te escriba un artículo y no una enciclopedia en varios volúmenes, tendrás que conformarte con los que te he dado.
Como habrás adivinado me han pedido a mí que te lo cuente porque soy un tío simpático; optimista y esas cosas tan chulis que son el credo de la nueva generación de jóvenes Hilfiger. Un encanto, vamos; pregunta a quien quieras.
La cosa está en que, a esta ciudad, le pasa un poco como a cualquier grupo de gente:
En general son una basura pero, aislados, uno a uno, a veces valen la pena.
Así que eso es lo que voy a hacer, hablarte de esos elementos aislados, de esos sitios que hacen que uno olvide donde está y lo que le espera.
Te diré donde están, te hablaré un poco de ellos y luego ya es asunto tuyo, como todo lo demás.”

Después de eso hablé de dos de mis locales favoritos, y poco más.
Esperaba que me lo censurasen o algo, pero al final lo publicaron.
Aunque creo que cambiaron el título.
Os cuento todo esto porque el lunes pasado fue mi cumpleaños y, no sé por qué, mientras estaba tumbado en la cama viendo la primera temporada de Twin Peaks con una preciosa chica sureña a mi lado, sin venir a cuento, me acordé de aquel artículo.
Supongo que cuando cumples años las cosas que hiciste los cumplen también.
Ha llovido mucho desde que publicaron aquello. He pasado por otras revistas, otras editoriales, por otros trabajos relacionados con escribir y, al final, esto se ha convertido en algo que, además de darme muy buenos ratos, me aporta un dinerillo.
Y todo empezó con aquella frase, en aquel primer artículo.
Esta ciudad es una mierda.
Mirando atrás uno ve la cantidad de cosas que han cambiado, a nivel personal, a nivel político, a nivel local, y, sin embargo, cada una de las palabras que escribí en esa introducción sigue siendo cierta.
“Plus ça change et plus c’est la même chose”
Estos franceses son la leche.
Claro que podría haberlo dicho de otra forma:
Podría haber dicho que esta ciudad es como una enorme falla; una estructura hueca que simula una solidez que no tiene.
A cualquier precio.
Un circo de eventos religiosos de los que a este paso nunca sabremos el coste, de Copa América, con todo lo que conlleva y con lo que vendrá después, de Circuitos Urbanos de Fórmula Uno, de especulación urbanística, de lucecitas, de atracciones y de jeta, de mucha jeta.
Una jodida explosión de fuegos artificiales que te hace mirar al cielo con la boca abierta, apartando tu vista del suelo; de las cosas reales.
Echa un vistazo a nuestros puentes si no captas la idea.
Debajo de ellos, para más señas.
Lo que parecen haber olvidado los fans del todo por la pasta, los amigos del antes muertos que sencillos y que pague el del fondo, es que las fallas están ahí para arder y que, cuando están bien construidas, se colapsan sobre sí mismas. Aunque, visto lo visto, no creo que esta queme bien. Tanta capa de pintura para disimular una estructura pobre y cada vez más cargada no debe ser buena.
Pensé en esto durante unos instantes y luego seguí abrazado a la niña sureña, viendo cómo al agente Cooper le pegaban cuatro tiros en Twin Peaks y pensando dónde demonios venderán antorchas de tamaño familiar. Comenzando a sospechar por qué nadie me regala una.
Cabrones.
En cuanto tuve ocasión le eché un vistazo al artículo original y lo leí un par de veces.
Esta ciudad es una mierda, escribí. Sí.
Y me pasó lo que nos pasa a todos los que empezamos a escribir.
Que me quedé corto.

6 de abril de 2007

Fiesta del Taller de Escritura

Cuando comencé a coordinar el Taller de Escritura Creativa supe que habría momentos como éste, como el de esta noche.
Sin embargo ha sido hoy cuando, por fin, lo he disfrutado.
Cuando los he visto creando. En esa mesa donde damos las clases, cumpliendo un objetivo tras otro, entre risas, con algunos momentos de cansancio, con una parada para cenar que casi echa abajo las ganas de continuar escribiendo. Hasta que los bolígrafos volvieron a las manos y las ideas volvieron al ambiente. Hasta que las trajeron, como han aprendido a hacer.
Ver a cada uno de ellos escribir durante cinco minutos todo aquello que les pasaba por la cabeza, sin detenerse, y comentar en voz alta los resultados, examinando con cuidado qué estrategias conscientes o inconscientes siguieron para cubrir el objetivo.
Ver a los seis partir del mismo material, dos palabras, y construir seis relatos distintos.
Verles escribir y pasarle la hoja al de al lado, dándole tiempo a leerla para lanzarse a completarla, girando hasta que haya pasado por todos.
Leer el resultado final y morirnos de risa, asombrados, contentos.
La fiesta del taller de Escritura Creativa.
Y yo allí, a su alrededor, matizando ideas, proponiendo soluciones y formas de encarar el ejercicio, interviniendo lo menos posible.
Viéndolos solos ante una hoja en blanco que ya no les da miedo.
Orgulloso de ellos.

4 de abril de 2007

Mary, Percy y Franky

Ya no sabe uno qué pensar.
Leo a un tipo afirmar que Mary Shelley no escribió Frankenstein y parpadeo un par de veces, preparándome para lo que pueda venir a continuación. Igual resulta que fue Cervantes, o Shakespeare, o, qué cojones, puestos a escuchar gilipolleces igual el original era de Lucía Etxebarría y se lo plagiaron, por aquello de hacerle saber qué se siente, ¿Qué más dará?
Lo mismo fue Paolo Coelho, que en uno de sus viajes astrales decidió soltar una cagadita en el continuum espacio tiempo, así, en plan rapidito, y se nos materializó la movida en forma de obra maestra.
Lo mejor de todo es el argumento, por llamarlo de alguna forma, que se da al respecto:
Que era muy joven, que tenía poca educación, que una mujer no podría escribir algo así, y toda una retahíla de gilipolleces que lo dejan a uno con la boca abierta.
¿Qué clase de droga te echas en el desayuno, colega?
Vamos a dejar de lado que la nena en cuestión superaba intelectualmente a la media de su época, no sólo en capacidad y lecturas sino en estímulos, tanto familiares -échale un vistazo al currículum de sus papis- como sociales.
Todos los que hemos pasado algún que otro rato husmeando en los entresijos de la literatura sabemos que Percy Shelley corrigió el texto original. Es evidente, en algunos tramos, su influencia a la hora de rehacer ciertas frases para darles un aire más recargado, como gustaban en aquella época, ya que Mary escribía de una forma más directa que su esposo y corrector, aunque de ahí a decir que fue él quién escribió la obra va todo un mundo. O dos, si son pequeños.
A no ser que uno piense que las chicas no pueden ser brillantes.
Porque vale, la mayoría de mujeres que escriben lo hacen del culo, pero eso no es excusa; la mayoría de hombres que escriben también lo hacen del culo, así que en eso de la mediocridad no hay discriminación por razón de sexo. Somos todos así de miserables.
Lo bueno que tiene el asunto es que si te metes con un escritor que goza del beneplácito del público eres un cabrón, pero si te metes con una escritora eres, además de un cabrón, un jodido machista misógino retrógrado y represor, que suena como música para los oídos de los amantes de la sobreadjetivación.
Que no encontremos en la historia más pintoras, escultoras, compositoras, etc, no se debe a una falta de talento asociado al sexo al que se pertenece, ni mucho menos. Unos cuantos siglos de cultura patriarcal judeocristiana explican las cosas con bastante claridad.
Es cuestión de saber leer entre líneas.
No obstante esto no implica, como pretenden algunas, que en realidad ellas sean genios que han sido reprimidos para que las pobres luces de nuestros tristes penes no se vean eclipsadas por los focos de sus luminosos úteros dadores de vida, blablablá, inserte aquí paranoia menstrual, blablablá.
Que mucha protegida se tiró a escribir es cierto, como también es cierto que mucho niño de papá lo hizo, así que, colegas, empate técnico, aquí el sexo ni pincha ni corta.
Repito que, a mi parecer, somos todos, con o sin pilila, bastante mediocrillos, lo cual no quita que de vez en cuando un jambo o una jamba dejen al mundo con la boca abierta por su buen hacer. Buen hacer que, por mucho que cuatro gilipollas se empeñen, no tiene nada que ver con ser Gay, Lesbiana, o con vivir en el sitio Cool de turno.
Capullos.
Claro que el autor del comentario, respetado en otro tiempo por el que escribe estas líneas -debido a sus interesantes teorías con respecto al Sida-, parece tener a las feministas un poco cruzadas. Así que igual lo que pretendía era tocarles los ovarios, atacando a uno de sus iconos por excelencia. Porque Mary fue una mujer que brilló con luz propia en un tiempo dominado casi en su totalidad por hombres. Quizá el cabroncete le atribuye su mejor obra a Percy por aquello de reforzar la imagen de la compañera/complemento que tanto detestan las del No Somos un Agujero.
Por joder, vamos.
Es lo que tiene que haya tanto Neohistoriador suelto; que ahora se puede reinterpretar todo y, como ninguno de nosotros estaba ahí cuando Byron lanzó el guante y propuso que todos escribiesen una historia de fantasmas, cualquier teoría es válida.
Incluso la de que una mujer brillante era sólo brillante si tenía un hombre detrás que le diese luz. Claro que llevamos siglos escuchando lo mismo al revés; que todo gran hombre tiene una gran mujer detrás, pero a decir verdad ninguna de las dos estupideces me parece convincente.
Si os interesa mi opinión creo que los dos, tanto Percy como Mary, eran grandes en lo suyo, y no creo que nadie estuviese detrás de nadie, quizá sí al lado, apoyándose y ayudándose, sin saber que algún día un gilipollas usaría esa compenetración para cuestionar, no sólo la autoría, sino también el talento de una mujer que, repito, se merece pasar la historia como una buena escritora.
Claro que, en última instancia, si las cosas se ponen feas para el tipo que hizo la afirmación, éste podrá salirse de rositas echándole la culpa de todo a su madre.
Por no haberle dado suficiente pecho.
Ni dos buenas hostias a tiempo.
Autor del libro donde se dice que la autora no es la autora (jojojo)
Info sobre la autora
Info sobre el marido de ésta (El autor, según el señor Lauritsen.)
El Monstruo en sí.

25 de marzo de 2007

Sólo un gato (Para Sergio)

Los Viejos Dioses se sentaron en grupo mientras el mundo terminaba de enfriarse. Contaban historias de cómo era todo antes de aquello y se les veía nerviosos por la nueva situación.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría asegurarte que los Dioses Marinos estaban muy preocupados. Corrientes fluían de sus bocas a sus oídos, susurros de espuma, un océano infinito contenido en cada una de sus siluetas, balaceándose, suave.
Mirarlos era como intentar ver a través de agua cayendo con fuerza.
En este nuevo mundo, dijo uno de los Dioses de la Forja, el agua será vital, los nuevos señores la beberán, lavarán sus cuerpos, moverán máquinas con su vapor, incluso morirán si pasan demasiado tiempo sin ella, más no será ya el reino elegido; este mundo no será acuático, pese a que el agua lo cubrirá casi todo.
Su voz sonaba como fuego encerrado en una cueva. Una cueva de arcilla húmeda, con olor a barro y hierba mojada, con raíces en las paredes, con pequeños insectos habitando cada una de las capas que la forman, moviéndose de una a otra. La voz de la tierra dándose forma a sí misma.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría contarte cómo los Dioses Oráculo miraban al vacío y repetían en voz baja una de las palabras de aquel Dios.
Máquinas.
Los Dioses hablaban de cómo era todo antes del principio. De éste y de otros. Algunos hablaban de cómo sería el final. Cuando dividan lo más pequeño, dijo una Diosa de la Guerra, empezará el fin de todo.
Otra vez.
Su voz era como dos ejércitos chocando en medio de una llanura, como lanzas partiéndose contra escudos. Como la carne contra la carne.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría explicarte cómo el Dios de Amor y su Sombra se removieron inquietos al escuchar aquellas palabras. Estaba un poco apartado del resto de Dioses y, a diferencia de los demás, no estaba en ningún grupo. No había otro allí como él. O, al menos, yo no lo vi. No sabría decirte si era él quién proyectaba su Sombra o su Sombra quien le proyectaba a él, pero sí que sabría decirte que otros dioses le miraban de reojo. A él y a su Sombra.
Sobre todo a su Sombra.
Había puesto gran parte de su esencia en aquel nuevo mundo, así que, el final del que hablaban, podría ser suyo también; si las cosas salían mal.
Como siempre solía pasar.
Todo será dual, dijo uno de los Dioses del Conocimiento, o así lo verán ellos; cada cosa tendrá su opuesto. Con el tiempo crearán una forma de explicarlo todo, una forma que los alejará de la magia. La magia, añadió un Dios Oráculo, provocó fracasos otras veces, es mejor mantenerlos alejados de ella esta vez.
La única Diosa de Magia que estaba presente en aquel momento pareció no escuchar el comentario. Estaba distraída observando los pequeños ojos que acechaban tras uno de los árboles recién creados.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero me gustó que me mirase así.
Me acurruqué a escuchar las historias que contaban. Historias sobre los tiempos sin nada, entre un mundo y otro, historias del vacío, de Dioses dando a luz nuevos mundos, de criaturas antiguas que sobreviven a todos los ciclos, cambiando de forma, escondiéndose en la misma esencia de la que provienen todas las cosas; incluso ellos.
Eso me hizo sonreír, y me trajo muchos recuerdos.
Soy curioso por naturaleza, me gusta merodear y observar lo que hacéis, con la misma atención con la que llevo eones observando lo que hacen ellos. Algún día nos cruzaremos en un callejón; sabrás que soy yo porque, mientras nos estemos mirando, no pensarás en nada.
Yo, como hago siempre, dejaré que me veas y, después, seguiré mi camino.

23 de febrero de 2007

Canciones de amor [Ateneaglam Marz-Abr]

¿Nunca te has preguntado a quién demonios le cantan todas esas canciones de amor?
Es decir, ¿de verdad esos multimillonarios cascatímpanos sienten las cosas que escriben en sus letras?
Nuestro departamento de documentación, tras un riguroso estudio efectuado en un ambiente de lo más profesional, donde no ha faltado alcohol, tabaco y otras drogas no tan legalizadas, ha llegado a la conclusión de que sí; sienten todo eso, pero no por una persona, sino por una cosa concreta.
El dinero.
Sí, sí, lo sé, puede resultar chocante así de primeras, pero, una vez conocido este dato, hagamos repaso del tipo de frases que solemos encontrar en esas canciones y veremos cómo todo va cobrando sentido: «Eres todo para mí», «Haría cualquier cosa por tenerte», «te quiero más que a nada en este mundo», y un largo etcétera, incluyendo auténticas declaraciones de principios, como la famosísima «Everything I do, I do it for you», que es algo como «Todo lo que hago lo hago por ti.»
Más claro, agua.
Sin abandonar esta línea radical de amor al poderío económico, tenemos a Bon Jovi cantando algo que, traducido, viene a ser: «si me pides que llore por ti lo haré, si me pides que muera por ti lo haré.»
Eso explica muchas de las cosas que vemos hacer a los artistas, ¿Verdad?
Sin embargo, otros intérpretes van más lejos y profundizan en las inquietudes que el amor por el bienestar material puede producir en sus almas sensibles. Por ejemplo, una conocida canción romántica dice así:
«No puedo estar sin ti, si tú no estás aquí me quema el aire»
Cualquiera puede darse cuenta de que esta frase, en realidad, hace alusión a lo difícil que resulta mantener el aire acondicionado de una modesta mansión en primera línea de playa en Miami si no se tiene dinero para pagar el recibo de la luz.
Es de cajón, vamos. Hasta un concursante de Gran Hermano podría darse cuenta.
Bueno, vale, quizá no, pero ya me entiendes.
Luego sigue en la misma línea de inquietudes existenciales con un verso que reza así:
«Derramaré mis sueños si algún día no te tengo, lo más grande se hará lo más pequeño»
Está bastante claro; si no hay dinero el mega chalet se nos queda en un modesto pisito de sesenta metros cuadrados, echando por tierra nuestra paz interior, euro a euro, y eso, cuando uno es un poeta de ese calibre, angustia. De la leche, vamos.
Otros sin embargo, lejos de los versos donde se proyecta el miedo a la pérdida de poder adquisitivo, se regodean en éste y nos cantan alegres frases como:
«Eres todo para mí, los años han sido días contigo»
Bien. Todos los que tenemos trabajos de verdad hemos sospechado que el tiempo, cuando uno está forrado, debe de pasar rapidísimo.
La frase anterior, por si quedaba alguna duda, lo confirma.
Otros, que son tenidos por los más románticos, incluso entre compañeros de profesión, o lo que sea eso, hablan abiertamente de su apego al dinero, ya que jamás imaginaron que alguien descubriría -y diría a todo el mundo- a qué están cantándole en realidad.
Así pues encontramos, en su obra, joyas como esta:
«y a pesar de que parezca hasta mentira, puede que la vida siga pero, si tú no estás, ¿pa qué?»
Se puede decir más alto, pero no más claro; la vida, sin cantidades indecentes de dinero para derrochar, no tiene sentido para estos genuinos románticos Pro SGAE.
Nos parece interesante que la línea de pensamiento propuesta en este pequeño texto, que no puede extenderse por cuestión de espacio, sea continuada por ti, ya que, durante años, has sido engañado desde las ondas por estos himnos al capital disfrazados de amor romántico. Así que ya sabes; si repasando tus canciones de amor favoritas encuentras frases que, con este nuevo enfoque, revelan su auténtico sentido, háznoslo saber.

27 de enero de 2007

Hasta que pare la lluvia

Es casi un bautismo.
Salgo de tu cama, cálida, y la lluvia me encuentra.
El frío me hace recordar el calor de tu cuerpo. Dormir sin ropa para calentarnos de ese modo que nos hace sonreír. Abrazados. Porque así estamos más vivos. Porque así todo es más real.
Y la lluvia insiste.
Encoger el cuello me hace recordar cómo lo estiro para que dejes allí tus pequeños mordiscos.
Esconder mis labios, para que el agua y el frío no los corten, me recuerda cómo los abro para entregar mis besos y recoger los tuyos.
Me está lloviendo un mundo encima.
Sonrío.
La lluvia siempre está, sólo que a veces se deja ver, en forma de agua. Te recuerda el frío que puedes llegar a sentir, con toda esa humedad calándote dentro, congelándote, sin nada cerca que pueda calentarte.
La lluvia sabe de metáforas.
Vuelvo a pensar en tu cuerpo apretándose contra el mío, en los abrazos que das dormida, en esa sonrisa que no sabes que pones, en todo lo que hago por ti y en todo lo que haces por mí.
En todas esas noches de no dormir para no perderse un segundo de lo que dure tu calor.
Quizá no sea un mundo perfecto, pienso mientras mi ropa se cala, pero todavía queda sitio para los pequeños milagros.
Para las personas que se quieren por los motivos correctos, para los que se aman en vez hablar sobre amarse.
Para ti y para mí.
Hasta que pare la lluvia.

30 de diciembre de 2006

Manta a Cuadros con Botas de Montaña

Los vio de lejos.
Estaban dentro de un cajero, eran cuatro o cinco. Altos, peinados a la moda, con sus pelos arreglados como si acabasen de meter los dedos en el enchufe. Su cresta de gallito de corral.
Una generación asustada, si juzgásemos por el pelo.
Ropa cara, de esa en la que gastan dinero para que no se note que han gastado dinero. Vaqueros con pinta de usados que valen un extra por tener esa pinta, cazadoras de marca, cinturones. No sabe por qué pero le llamaron la atención los cinturones. Quizá sea porque nunca lleva, o porque esas hebillas le parecen exageradas, no lo sabe, el caso es que se dio cuenta de que todos llevaban cinturones. Iban arreglados, viernes noche, es lógico para ellos. Niños bien.
Vio el bulto en el suelo, dentro del cajero. La manta a cuadros con botas de montaña.
Vio cómo uno de ellos la miró, cómo empezó a tirarle con cuidado algo por encima.
Pensó en queroseno, en vagabundos ardiendo, en navajazos en mitad de la noche y en la bronca que se iba a montar dentro de un momento. Aceleró el paso en dirección a ellos. Sus dos amigos también, aunque no se habían dado cuenta de lo que pasaba.
Siempre lo ve todo antes, lo tiene asumido y sirve para más cosas que para localizar a las chicas bonitas en lugares atestados de gente.
Aflojó y se dio cuenta de que era sólo zumo. De naranja. ¿Qué coño estás haciendo, pensó, tirándole zumo por encima a la manta?
Ni siquiera le vieron parado en la puerta, observándolos a través del cristal.
Ni a sus dos amigos.
Vio sus miradas, el descojone, las risas contenidas. La rabia se le comió por dentro.
¿Por qué cojones están haciendo eso?
El que mojaba la manta se asomaba con cuidado, como todos solíamos hacer cuando estábamos en clase y pinchábamos al de delante, y derramaba otro chorrito.
Aunque eso no era una clase, eso no era un compañero con el que luego poder compartir unas pelis, un almuerzo, o jugar a los cromos, para compensar las molestias, para recordarle que son bromas de colegio, que en fondo somos amigos y esas cosas no tienen importancia.
Era un tipo durmiendo, tapado con una manta. Durmiendo con sus botas puestas. Unas botas buenas, seguramente las únicas que tenía desde Dios sabe cuándo. Y aquel hijo de puta le estaba mojando la manta sólo para echarse unas risas. La única manta a la vista, porque en esa mochila que estaba usando como almohada no cabía otra.
Cabrón, pensó.
Estaba ahí parado, y vio que derramaba más líquido. Se giró y lo dijo en voz alta.
¿Pero por qué coño están haciendo eso?
Porque son gilipollas, dijo uno de sus amigos.
Vamos a calentarles, dijo el otro.
Y el motivo por el que odió al chaval que tiraba el zumo, a ese hijo de la gran puta, es porque, por un momento, se lo planteó en serio.
Pensó entrar ahí, sin decir ni mu, y partirle la traquea, a él y a sus colegas.
Eran todos más fuertes, más altos y más guapos. Niños bien. Invertían un montón de tiempo y dinero en tener ese aspecto, pero en el fondo seguían siendo lo que eran. Puta escoria. Niñatos de mierda que sólo se siente arriba teniendo alguien debajo. Echándole porquería por encima. Zumo de naranja en su única manta. Así que, dada su ventaja, pensó que lo que tenía que hacer era entrar rápido con sus amigos y no darles tiempo a reaccionar. Soltarles toda la rabia que llevaban haciéndole acumular desde que tenía uso de razón.
Reventarle la puta cabeza contra el cajero, partirle los dientes contra el cristal y cagarse en su boca abierta, después de haberle desencajado la mandíbula a puñetazos.
Por eso odiaba a ese cretino, porque por un momento le hizo odiarlo todo. Pedazo de mierda, cobarde; cabrón.
Mientras valoraba todo eso el bulto se movió y el del zumo se retiró un poco, sonriendo, buscando aprobación. Los colegas se la dieron, uno sólo con una media sonrisa, los demás riéndose. Vio el golpecito que uno le daba a otro en el hombro, qué pasote tío, qué risa, y sintió ganas de explotar ahí mismo.
De reventar y llevárselos a todos por delante.
Justo entonces pusieron rumbo a la puerta. Siguió andando y, de reojo, vio cómo abandonaban el cajero y dejaban al hombre de la manta solo otra vez.
Pero ya le habían jodido la noche, el del zumo y su séquito de subnormales profundos.
Lo habló con sus amigos. Había más silencios incómodos que palabras. Comieron algo; unos trozos de pizza. Y no podía, joder, le habían boicoteado la paz interior, el nirvana, la calma, el puto Ommm.
Cerdo de los cojones.
Le concedió el punto, no sólo había jodido a un pobre tipo durmiendo en un cajero, también le había jodido a él. Tienes impunidad, pensó, eres TAN guay que nadie va a reventarte la cabeza sin convertirse en alguien peor que tú.
Esa es tu ventaja, pedazo de mierda seca.
Así que se comió los dos trozos de pizza y compró un tercero, volvió al banco, entró y se quedó parado a los pies del tipo que estaba durmiendo allí mientras sus dos amigos esperaban fuera sin tener ni puta idea de qué iba a hacer.
Miró las botas y observó los ojos dormidos, estaba tapado hasta la nariz con la manta que aquel gilipollas le había mojado. Podía ser un chico o una chica, no se veía bien.
Lo llamó despacio, varias veces, hasta que se despertó. Se incorporó, rápido, alerta. Seguramente por el susto de antes; notar algo mojado en la espalda, girarse y ver una panda de subnormales como aquellos a su alrededor, en fin, menuda fiesta tenía que ser.
Quizá era uno o dos años más joven que él. Un chaval joven, no uno de esos viejos vagabundos, tan sólo un chaval sin suerte, sin pelo de moda, sin ropa de marca, sin cinturón de hebilla ancha. Un tipo como él, como cualquier otro, como el imbécil del zumo. Aunque ese ya no supiese verlo.
Está recién hecha, dijo, y le dio el trozo de pizza.
Gracias.
De nada.
Salió y puso rumbo a casa. Sus amigos no dijeron nada. Esperaba sentirse mejor. Pensó que quizá no pueda pararlos, no puede impedirles que con su mezquindad conviertan el mundo en una bola de mierda, pero al menos puede compensar un poco, intentarlo, hacer otras cosas aparte de machacarlos hasta que sean algo blando y húmedo, hacer otras cosas aparte de convertirse en lo mismo que ellos.
En un mierda que sólo sabe sentirse bien haciendo sentirse mal a otros.
Yo les habría pegado, dijo uno de sus amigos.
El otro no dijo nada.
Yo no, pensó, pero ha faltado poco. Muy poco.
Eso le preocupaba.
Se despidió, llegó a casa y se acostó.
Pensó que, al menos, el tipo de la manta se había comido un buen trozo de pizza.
No se sintió mejor. Odió al chico del zumo por eso.
Y se durmió odiándolo.

25 de diciembre de 2006

Navidad y Bolas de Chicle

No es un cuento de Navidad, aunque ocurre en esas fechas.
Él está detrás del mostrador y dos niños, chico y chica, entran a la tienda vestidos de Papa Noel. Ninguno de los dos supera el metro diez de altura, aunque ella es un poquito más alta.
Feliz Navidad, dicen a los clientes, y muestran una pandereta a modo de platillo, esperando que caigan unas monedas.
La pandereta está vacía.
Reconoce el acento; son rumanos. Le recuerdan a su amigo Adrián, que también lo es, aunque él tiene los ojos claros y el pelo rubio y estos dos niños son oscuros de piel y tienen los ojos marrones. Los de la niña son preciosos. Todavía no son tristes, aunque no tardarán demasiado. Quizá un par de años, cinco con suerte.
Vivir deprisa quita cosas, aunque te de otras, y eso se ve en los ojos.
Tiene otra amiga, también rumana, que vino aquí a construirse una vida mejor. Siempre la mira con disimulo cuando la ve jugando con su hija, porque sabe que cada uno de esos segundos felices fue precedido por momentos amargos, alguno de los cuales ya le ha contado, en confianza, mientras cenaban o se relajaban tomando un café. Hablando de la vida. Recuerda ver a la niña sonreír, jugando con un globo, mientras ella la observaba y cruzaba una mirada con él de vez en cuando.
Su mirada decía que por esa niña todo vale la pena.
Todo.
Así que no puede evitar preguntarse si la pequeña vestida de Papa Noel tiene alguien que la quiera de esa forma. Si a veces no es la suerte quien nos pone en una posición u otra, sin que podamos hacer nada más que sobrevivir con lo que se nos da.
El niño empieza a leer uno de los carteles. Sílaba a sílaba. En voz alta. La niña se limita a curiosear con la mirada.
Él se acerca al niño, que se queda mirándole con el dedo puesto en la siguiente sílaba.
¿Has probado a leerlas juntas?
El niño se ríe y pregunta. ¿Cómo?
Verás, dice él, en vez de In-for-ma-mos, las lees por dentro, las juntas, y entonces las dices en voz alta.
El niño sonríe mucho, enseñando todos los dientes. Tiene una sonrisa bonita. Sonrisa de postal.
Informamos, dice.
Él asiente, eso es, dice, informamos.
El niño se lanza a por otra palabra.
Hay un momento de silencio, como si hiciese una suma.
Clientes, dice el niño.
Exacto, ¿ves?, ya le has cogido el truco, ahora es cuestión de práctica.
La niña está curioseando la máquina de chicles. Intenta forzarla un poco. Él hace como que no la ve y sigue a lo suyo. Al rato el niño ha dejado de juntar sílabas y está intentando forzar el cierre.
Él se asoma por encima del mostrador.
¿A qué estamos jugando?, pregunta.
La niña sonríe, pero su sonrisa no es como la del hermano. También es bonita, pero empieza a tener matices de aprendida. Un arma de supervivencia como otra cualquiera.
A nada, dice, estamos viendo cuánto vale.
Son cincuenta céntimos, contesta él, te da un puñado.
¿Muchos?, dice ella.
Un puñado. Quizá un poquito más, tus manos son pequeñas.
La niña empieza a sacar moneditas de sus bolsillos. De dos y diez céntimos. La caridad. Lo que nos sobra. El estorbo en el bolsillo.
Comida de pandereta.
Algunos clientes contemplan la escena, miran al empleado y luego siguen a lo suyo.
La pequeña Papa Noel de ojos bonitos contando monedas.
El pequeño Papa Noel de sonrisa bonita contando monedas.
Él allí, en el mostrador, viéndolo todo.
Los clientes, con sus bolsas de la compra, van de paso. Están alquilando alguna película, para poderla ver con la familia, incluso con esos a los que sólo llaman en estas fechas. Para tener algo que hacer en lugar de mirarse a los ojos y hablar, hablar de verdad; de lo buenos que intentamos parecer cuando las calles se llenan de adornos, alfombras rojas y escaparates vistosos. De lo buenos que en realidad no somos.
Joder, se dice en voz baja, odio la Puta Navidad.
Así que cuando la niña deja su cargamento en el mostrador él lo devuelve a la pandereta. Se mete la mano en el bolsillo y le da una moneda a la niña.
Yo invito, dice, y deja el dinero a la vista, no te lo guardes, déjalo en la pandereta; os irá mejor así.
No le explica por qué.
Intercambian unas sonrisas e intenta que no se note lo incómodo que se siente cuando la niña le da las gracias. El pequeño observa a su hermana ir hacia la máquina y, en vez de ir con ella, vuelve a seguir descifrando el cartel que antes dejó a medias.
Él sigue haciendo sus cosas, pero eso no le impide ver cómo la niña se lleva la mitad de las bolas al bolsillo y después camina hacia el mostrador con la otra mitad en la mano.
¿Tan pocas da?, le dice, dijiste un puñado. Son pocas.
Él mira las bolas de chicle y después mira esos ojos bonitos que ya han aprendido a mentir.
Bueno, dice, ¿Cuánto te ha costado?
Cincuenta céntimos, dice ella.
¿Sí?, él no puede evitar que su ceja se levante al preguntar.
Sí, afirma la niña, todavía enseñando su mano apenas llena de bolas de chicle.
Yo diría que no te han costado muy caras, ¿no?, creo que, en realidad, te han salido gratis, ¿no es verdad?
Entonces la niña sonríe y, por un momento, vuelve a ser sólo una niña.
Vamos, le dice al hermano.
El niño deja el cartel y, antes de ir hacia la puerta con su hermana, se para frente al chico y le pregunta, ¿Me puedo llevar películas?
No, sólo la gente que está apuntada al video puede llevarse películas. Si tus papás se apuntan entonces podrás llevártelas.
Vale.
Los dos se marchan.
Él se queda mirando a la gente al fondo del video, ajenos a todo, eligiendo con qué película ignorarse unos a otros.
Después mira la máquina de chicles.
Al final se queda un rato con la mirada perdida en el papel que el niño leía.
Informamos a los señores clientes que será imprescindible presentar el D.N.I acreditándose como socio para poder alquilar.
Eso dice el texto con el que el niño intentó aprender a leer mejor.

22 de diciembre de 2006

Recomiéndame un buen libro

Tú que escribes en una revista, me dice, recomiéndame un buen libro para regalar.
Para estos casos, lo confieso, soy de piñón fijo.
Tengo unas cuantas obras que considero que todo el mundo medianamente interesado en la lectura debería tener, así que le canto la lista al colega, como hago con cualquiera que me pregunte sobre el tema.
En primer lugar, le digo, La ciudad de los cazadores tímidos, de Tom Spanbauer.
¿Por qué?
Porque es uno de los libros más humanos que vas a encontrar, porque habla de cómo nos enfrentamos a lo que más miedo nos da, porque hay amor por encima del que conocemos, porque se mezcla lo grande con lo pequeño, lo cotidiano con lo mítico, porque está escrito con una honestidad que le da un poder auténtico, porque los personajes respiran y se quedan contigo para siempre, porque me hizo reír y llorar mucho -pero mucho, mucho- y porque, en la reseña, decían que después de leer este libro era difícil encontrar algo que estuviese a la altura.
Y tenían razón.
En segundo lugar, París era una fiesta, de Ernest Hemingway.
No es sólo la economía de lenguaje, no es sólo que todos los que nos tomamos en serio esto de escribir lo llamemos «Papá» de vez en cuando, no son sólo esas frases perfectas, redondas, en las que dibuja con cuatro trazos cosas para las que cualquier otro necesitaría diez. Es porque, en este libro, no sólo lo verás escribiendo como Dios, sino que encontrarás el retrato de toda una generación que dio mucho que hablar en la narrativa norteamericana; Hem, Joyce, Fitgerzald, Elliot, etc. La famosa Generación Perdida. Si ellos no se hubiesen perdido, nosotros no los habríamos encontrado. Muy recomendable, le digo. Además es, junto con Raymond Carver, un maestro de los Icebergs. Ves una novena parte de la historia, mientras que las otras ocho permanecen bajo el agua. Pero son esas partes ocultas las que hacen que la historia se deslice con suavidad.
Si quieres empezar con algo más corto, le digo, hazte con el viejo y el mar, que es uno de mis relatos favoritos. Ganó un Pulitzer, si no recuerdo mal. Cuenta, usando el devenir de un viejo pescador, la grandeza que se esconde tras cada derrota. Un padre de genios, sin duda.
El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce
Uno de mis pocos ídolos. Este libro, le cuento, estuvo en la cabecera de mi cama durante mucho tiempo. Es, como el título indica, un diccionario. Un diccionario escrito por uno de los tipos más ácidos, irónicos y sarcásticos que vas a encontrar en toda la historia de la literatura. El autor es fascinante, por su vida y su obra. Con cinco años vio como su padre se ahorcaba. Siendo pequeño le cortó un pie a uno de sus ocho hermanos jugando con un hacha, la madre les abandonó, uno de sus hermanos se hizo forzudo de circo, una de sus hermanas se fue a las misiones de África y se la comieron.
Sí, colega, ñam, ñam, hasta luego.
Con diecisiete años tuvo un lío amoroso con una mujer de setenta, por el cual tuvo que abandonar la ciudad. Cuando tenía setenta y un años se marchó a México para unirse a las tropas de Pancho Villa y jamás volvió a saberse de él.
Hizo mucho periodismo, a veces bajo pseudónimo, satírico y con muy mala baba. Era una pluma realmente temible. Hay pocos así y son, como mínimo, interesantes.
Mi colega me mira.
Me dice que él quiere algo más en plan Paolo Coelho. O Dan Brown.
Me quedo callado mirándolo.
Mi Talibán Navideño interior asoma. Pienso en recomendarle alguna de las bombas destrozamentes de Burroughs, o una buena ráfaga de prosa rítmica y salvaje. Kerouac, por ejemplo. Por joder un poco.
Al final le digo que quizá no estoy capacitado para recomendarle libros a nadie.
Y ahí queda la cosa.
Coelho y Brown.
Menuda Navidad.