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11 de diciembre de 2006

Poesía

Ayer escribió su nombre en el culo de una chica.
Por la mañana ella le miró mientras él, en el marco de la puerta, sujetaba su ropa. Lo suficientemente lejos como para que ella se levantase a cogerla. Pegó un buen vistazo a su cuerpo desnudo, sin cortarse ni tres.
Y se sintió de puta madre, joder.
Porque, en esos ojos, y en otros antes, vio que lo mejor de él es lo cabrón que puede ser a veces.
Así que, colegas, a la mierda la poesía.
Vamos a divertirnos.
¿No?

10 de diciembre de 2006

Soplaba las gotas

Hay momentos que te hacen sentir que todo está en orden, sea cierto o no.
Algunas personas tienen ese momento con un cigarrillo, otras cuando suben a su coche después de un día de trabajo, justo antes de darle al contacto. Otras lo tienen mirando los ojos de alguien que, con el tiempo, les deja de producir esa sensación de paz. Hay muchos momentos así, quizá uno por persona, o un poco menos, pero el caso es que hay para elegir.
El suyo ocurría en la ducha.
Cuando ya se había quitado todo el jabón, se apoyaba en la pared y dejaba que el agua corriese por su nuca. Soplaba las gotas que caían por su nariz, giraba el cuello, despacio, y dejaba que el agua le acariciase.
Todo en orden.
Todo en su sitio.
Sin padres que mueren, sin crecer deprisa, sin decepciones, sin perder lo que más quieres, sin amigos que fallan, sin mujeres que mienten, sin distancias con todo, sin personas que miran y son incapaces de verte, sin ese zumbido de mediocridad rasgándote por dentro, sin pena, sin ira.
Sin mundo; tan sólo la sensación del agua corriendo por la espalda y tu propia respiración.
Momentos en los que quedarse a vivir.
Si algo tienen los momentos es que, sin que se pueda evitar, terminan convertidos en recuerdos. La gracia del asunto, para él, estaba en cuánto podías capturar antes de que se marchasen, antes de que cambiasen de estado. Cuanto mayor sea tu grado de atención, decía, cuanto más pongas los cinco sentidos en vivir lo que vives, sea bueno o malo, más nítido será el recuerdo.
Existirás, te morirás, y sólo quedarán tus historias. Es una cuestión de intensidad.
Lo demás, como casi todo en este circo, es mentira.

4 de diciembre de 2006

[Artículo Ateneaglam Diciembre 06]

Se supone que, con tanto informe televisivo y con tanta noticia sobre el tema estas cosas no deberían de pasar y, sin embargo, siguen pasando.
Davide es mi amigo. Pasó un tiempo yendo de habitación en habitación, unas veces alquilado, otras veces acogido con una hospitalidad que, como casi todo, solía ser pasajera. Buscaba un sitio donde instalarse y, por lo que me contaba, no era nada sencillo.
Es italiano, buena persona y un trabajador serio.
Si se topasen con esa escena en la que uno está trabajando y los otros tres están mirando, él sería el que trabaja.
En sus pocos ratos libres buscaba piso. No encontraba nada y acudió a una inmobiliaria.
Habló con ellos para que le consiguiesen un pisito donde poder dar con sus huesos. Porque es uno de esos tipos nerviosos que no engordan ni a la de tres, y tanto ir de aquí para allá, colchón arriba, colchón abajo, le había consumido un poco la silueta, así que lo de dar con sus huesos, en este caso, no era sólo una expresión. Las modelos deberían de plantearse lo de buscar piso como sustituto de las dietas a base de manzana. Despierta menos sospechas y es igual de efectivo. Doy fe de ello.
Como es un tipo legal supuso que los de la inmobiliaria también lo serían, así que no dudó en firmar el contrato donde se comprometían, durante tres meses, a buscarle un piso de las condiciones y precio que él quería. A cambio de cuatrocientos euros, por los servicios prestados.
Esta misma semana lo tienes. Sin problema. Tenemos muchos pisos para ti.
Muchos.
Claro.
Siguió buscando piso como un loco. Empezó a preocuparse por su situación, así que les llamó. Prometían llamarle al día siguiente, pero siempre terminaba llamando él, y el resultado era el mismo.
Tres semanas después las cosas empezaron a ponerse feas. Había sacrificado una cantidad de dinero que no le venía bien gastar. A cambio de techo. Ahora mismo estaba sin las dos cosas, y cualquiera que haya estado en esa situación sabe que uno necesita dinero para ir sorteando lo que va saliendo al paso, pero sus fondos para este tipo de emergencia lo tenían los del “esta misma semana lo tienes.”
Para gestiones, claro.
De vez en cuando le proporcionaban teléfonos de pisos en alquiler. Teléfonos a los que siempre contestaba alguien, de mala gana, diciendo que ya estaba alquilado. Llegó a ver un piso. Una ratonera que, a día de hoy, sigue libre. Cuando fue a verla había tres personas como él y dos más subían mientras él bajaba, sin creerse lo que acababa de ver.
No habrá problema, le habían dicho. Tenemos muchos pisos para ti.
Se les olvidó mencionar que, todos esos pisos, excedían al menos cien euros su presupuesto, incluso la pocilga multitudinaria.
Me preguntó si podía contar aquí, en esta revista, lo que le había pasado y habló con ellos sobre la denuncia que les iba a poner si no le devolvían su dinero.
El departamento jurídico de la inmobiliaria le dijo que tenía que presentar sus quejas por escrito y explicar por qué no estaba contento con el servicio, él explicó todo lo que les he contado, y bastante más, por supuesto. Fue entonces cuando esa maravilla de letrada que tienen al teléfono, tras pensarlo un poco, hizo una observación que la cubrió de gloria:
Igual los dueños no te alquilan porque eres extranjero.
Así, tal cual. Y se quedó tan ancha.
Mi amigo, ya flipando en estéreo, le dijo que sí, que es extranjero, igual de extranjero que cuando les dio un dinero que, por cierto, ellos no parecen querer devolverle.
Porque, antes de cobrar, no había ninguna pega, ni con sus condiciones, ni con su país de procedencia, ni con el precio. Después, simplemente, pasaron del tema.
Así funciona, señores.
La jodida pandilla inmobiliaria.
Para que vean cómo está el patio.

25 de noviembre de 2006

Adrede

Hoy he recordado algo sobre mi madre en lo que no pensaba desde hace mucho tiempo.
Recuerdo que un día, jugando en la mesita baja de mi salón, cuando era niño, me enfadé. No recuerdo por qué, creo que fue por algo que intentaba hacer y no me salía, pero, como he dicho, no lo recuerdo bien.
El caso es que me enfadé y rompí una figurita. La tiré al suelo. Adrede.
A mi madre le encantaban las figuritas.
También le encantaba romperlas contra el suelo cuando se enfadaba, pero esa es otra historia.
Recuerdo que ella me miró y yo me quedé congelado, consciente de que había visto lo que acababa de hacer y de que, seguramente, me iba a pegar.
Mi madre se puso delante de mí, se agachó a mi altura, me miró a los ojos y me preguntó:
¿Lo has roto sin querer o ha sido queriendo?
Me quedé callado mirándola y, al final, hice lo que hago siempre; dije la verdad.
Lo he roto queriendo.
Mi madre se levantó, fue a por la escoba y barrió todo aquello mientras yo seguía allí sentado, mirándola. Luego volvió a sus cosas, estaba ordenando algo, tampoco recuerdo bien esa parte.
Cuando volvió a mirarme le pregunté.
¿Por qué no me has pegado?, dije, lo he roto queriendo
Ella dejó lo que estaba haciendo y volvió a agacharse a mi altura.
No te he pegado, dijo, porque has dicho la verdad. Si hubieses mentido sí te habría pegado.
Esta noche he recordado todo esto por cosas que no vienen al caso.
Esto y que aprendí mucho de ella, de forma directa o indirecta, pero, curiosamente, esta lección es una de las que más valoro.
No me importa que me mientan, porque entiendo que todo el mundo lo hace, pero una vez detecto las mentiras, y por suerte o desgracia lo hago con bastante precisión, siempre concedo la oportunidad de decir la verdad. Siempre. Sin excepción.
Esto intento aplicarlo a todo, sobre todo a mis relaciones personales.
Hoy he llegado a la conclusión de que me moriré sin que ninguno de los mentirosos que pasen por mi vida diga la verdad en el momento en que le comunique que sé que está mintiendo. No importa que les brinde mil oportunidades de decir qué ha pasado realmente, ni que incluso se lo insinúe de forma abierta, ni que les deje claro que no pasa nada, que pueden hablar. Tampoco importa que les haga una descripción exacta de lo que realmente ha pasado, eso que están escondiendo con su mentira.
Da igual.
Siempre dirán que lo rompieron sin querer.
Y yo siempre sabré que están mintiendo.
No podéis imaginar lo triste que eso resulta para mí. No creo que nadie pueda hacerse una idea de, hasta qué punto, ese detalle me roba la fe en mil pequeñas cosas.
Y en otras más grandes.

12 de noviembre de 2006

Locos por bailar

Cualquiera de nosotros podría decirlo.
Decir que sólo tu cuerpo cumplió sus promesas.
Que cada uno de los placeres que parecía capaz de dar fue dado.
Preguntar dónde estaba tu alma en aquellos momentos.
Decir que se esforzó en buscarla, que la invitó a bailar, que se vistió con sus mejores sentimientos. Que sólo encontró disculpas por no acudir nunca a esa cita.
Que las disculpas empezaron a aburrirle, haciéndole mirar hacia otra parte.
Dijiste que todo era distinto, especial, intenso.
Podría preguntar en qué gesto escondías todo eso que decías sentir.
Cualquiera de nosotros podría decir que no supo mantener hogueras encendidas con leña que no estaba dónde tú dijiste que estaría.
Que quizá fue mala suerte, por las llamadas que no se cogen, por los momentos que no se comparten, por los mensajes que no llegan, por las palabras que no se dicen. Pero ahí terminamos todos, tarde o temprano.
Observando tu baile solitario.
Empezando el nuestro.
Cualquiera de nosotros podría decirlo y, sin embargo, callamos.
Intentando escuchar una música que nunca suena.
Todos nosotros.
Locos por bailar.

7 de noviembre de 2006

Hoy está loca

Estoy harta de limpiar sus mierdas, dice.
Y la mete en la bolsa de basura, junto con un montón de cosas más. La perra es pequeña y tiembla, casi sin moverse.
El niño mira desde el suelo, sentado. Pero mamá, dice, no puedes tirar un animal a la basura.
Y el miedo, a que lo haga, a que la mate, lo deja inmóvil mirando.
Hoy está loca.
No puedes hacerlo.
Claro que puedo, ya verás tú.
Deja la bolsa en el suelo y la perra, poco a poco, va saliendo con cuidado, como si supiese que algo anda mal.
No puedes hacerlo, piensa él.
No quiero vivir habiéndote visto hacer algo así.

6 de noviembre de 2006

Formas

Está escrito en una pared, cerca de un campo de fútbol, de camino a la escuela de música donde trabajo.
“Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”
Letras verde amarillento, un par de tonos por debajo del fluorescente, la pintura demasiado líquida.
Llamativo pero poco definido.
Son los bordes, pienso, esos contornos goteando. Si fuese rojo parecería una película de terror.
Mensaje válido, forma incorrecta.
Me recuerda tantas otras cosas que me quedo allí de pie, mirándola; una idea aplastada contra una pared.
Cuestión de formas, digo en voz baja.
Y sigo andando, con las manos en los bolsillos.
Pensando en ello.

23 de octubre de 2006

Los Diez Mandamientos [Cacophony Society Valencia]

Muchas personas no entendieron nuestras actividades durante la visita del Papa.
El departamento de Marketing de la Cacophony Society Valencia, como gesto de buena voluntad, ofrece a la Iglesia unas ideas de renovación de forma totalmente gratuita, exenta de pago u agradecimiento alguno, en concepto de compensación por las subidas de tensión que nuestra gente pudo causarles durante las citadas fechas.
Pensamos que unos ligeros retoques en los mandamientos, ajustándolos a la realidad práctica del día a día, los haría más atractivos para el público en general, así que esta es nuestra propuesta:
1- Amarás a Dios sobre todas las cosas. En caso de ausencia divina, amarás al Papa, al Presidente, al Jefe de tu empresa, al director de la Universidad, al de la Escuela, al Cabeza de Familia o a cualquier otra figura de autoridad dispuesta a decirte cómo has de vivir tu vida. Amarlos a todos a la vez es una meta deseable y no constituye ningún tipo de promiscuidad.
2- No tomarás el nombre de Dios en vano. Así que nada de conseguir ventajas fiscales en su nombre, ni de utilizar sus enseñanzas para manipular a las personas, ni para declarar guerras a otras religiones y creencias. Para eso ya estamos nosotros. Déjaselo a los profesionales.
3- Santificarás las fiestas. Y qué mejor forma de santificar el sagrado día de descanso que acudiendo a nuestras sedes a dejarse unos dineritos en el cepillo. Las sotanas de hilo de oro son caras y financiar esta estructura de poder consume muchísimos recursos, así que no seas perrete y sacrifica tu día libre para conseguir unos excedentes económicos que tendremos a bien administrar, siempre pensando en el bien común. Si no lo haces nos veremos obligados a pagarlo todo de nuestro bolsillo y Dios se enfadará contigo.
4- Honrarás a tu padre y a tu madre. Y al Papa, y al Jefe de tu empresa, al director de la Universidad, al de la Escuela, y a cualquier otra figura de autoridad dispuesta a decirte cómo has de vivir tu vida. Básicamente es como el primer mandamiento, sólo que insistimos en ello para que no te rebotes y no te de por desobedecer. Todo esto es por el bien de tu alma, para que no te nos vuelvas librepensador de esos y termines ardiendo en el infierno rodeado de libertinos y mujeres de mal vivir.
5- No Matarás. A no ser que las victimas tengan petróleo y tierras que tú quieres. Para la gloria de Dios, claro. Si son de otra religión es más sencillo. Sólo tienes que ir a su casa a tirarles bombas hasta que se mosqueen y entonces, cuando contraataquen, los matas alegando defensa propia. Este mandamiento es especialmente importante si eres el presidente ultracristiano de una nación con muchos misiles a punto de caducar. Agotar existencias y reciclar es del agrado del Señor.
6- No cometerás actos impuros. Si no sabes que es un acto impuro pregúntanos a nosotros. No tenemos vida sexual pero estaremos encantados de decirte cómo has de vivir la tuya. En caso de caer en la tentación intenta que nadie se entere. Sobre esto último también podemos aconsejarte. La iglesia sabe mucho de todo, no lo olvides.
7- No robarás. Redirigirás el capital. Auparás y serás aupado por otros miembros de tu Comunidad Religiosa hasta posiciones desde las cuales podrás intervenir en el fluir del capital para encauzarlo a tu favor. No olvides los donativos o Dios se enfadará contigo.
8- No dirás falso testimonio ni mentirás. Conseguirás, utilizando todos los medios a tu alcance, o simplemente los medios, que tu versión de los hechos sea la verdad oficial. Teniendo eso no necesitas mentir. En caso de no tener esto a tu disposición ni amigos en la COPE, di que el diablo te obligó a decir mentiras, que fue un mal momento, que estabas nervioso y que no sabías que ella era menor. La gente suele creerse esas cosas, sobre todo si las decimos nosotros.
9- No consentirás pensamientos ni deseos impuros. Insistimos en lo dicho en el punto sexto. Si no sabes diferenciar entre puro e impuro, nosotros te asesoraremos. Pese a estar totalmente excluidos de la vida real en cuestiones sexuales y tener miembros que reprimen sus tendencias, nos sabemos en posición de aconsejarte y decirte cómo has de llevar estos asuntos. Cuéntanoslo todo. No es que nos guste escuchar guarradas, es que queremos salvar tu alma.
10- No codiciarás los bienes ajenos. A no ser que, como en el quinto mandamiento, los bienes ajenos estén en manos de esos cochinos infieles que no se dejan imponer la democracia y se resisten a reconocernos como los únicos poseedores de la verdad, no sólo en cuestión religiosa, también en cuestiones éticas, morales, sociales y económicas. Amén a todo.
Hemos intentado respetar la esencia original de los mandamientos. Para ello nuestro departamento de Sociología en colaboración con el de Historia ha tratado de matizar los significados no explícitos de la antigua versión de los mandamientos. Sabemos que agradarán a más de un creyente porque descubrirá con regocijo que son, sin duda alguna, totalmente acordes a la práctica diaria que, a nivel global, podemos observar.
Sin embargo, antes de concluir, hemos de avisar a los dirigentes eclesiásticos de que hemos encontrado un error garrafal en la Biblia con respecto a los mandamientos y que consideramos importantísimo corregir. Sabemos que juegan con la ventaja de que casi ningún católico la ha leído, pero, siempre mirando por su bienestar, les avisamos de ello para que puedan corregirlo y eliminarlo de la historia como han hecho con otro montón de cosas que iban contra sus intereses.
Resulta que, según podemos encontrar en Éxodo 34:14-28, los diez mandamientos que Dios da a Moisés, es decir los que ÉL en persona escribe, no lo que Moisés dice que Dios le dijo, son:
1-No te postrarás delante de ningún otro dios.
2-No te fabricarás dioses de metal fundido.
3-Observarás la fiesta de los Ácimos.
4-Durante seis días trabajarás, pero el séptimo día deberás descansar.
5-Celebrarás también la fiesta de las Semanas, la de los primeros frutos de la cosecha del trigo; y además, la fiesta de la Recolección, al término del año.
6- Tres veces al año todos los varones se presentarán delante del Señor, el Dios de Israel.
7-No ofrecerás nada fermentado junto con la sangre de la víctima sacrificada en mi honor.
8-No quedará para el día siguiente la víctima inmolada en la fiesta de la Pascua.
9-Llevarás a la casa del Señor, tu Dios, lo mejor de los primeros frutos de tu suelo.
10-No harás cocer un cabrito en la leche de su madre.
Pensamos que conocer este detalle podría poner a pensar a algunas personas y consideramos perjudicial eso para el chollo que tienen montado, así que por favor, cámbienlo lo antes que puedan.
Sin más que añadir se despide respetuosamente,
El Departamento de Renovaciones Religiosas y Marketing de la Cacophony Society Valencia.

16 de octubre de 2006

Nómada

Ella apoya las dos manos sobre su mesa y él levanta la vista para mirarla.
Sonríe con cara de ir a decir algo divertido, ladeando un poco la cabeza, una ceja levantada.
Entreabre los labios un momento y los deja así antes de hablar.
Siempre es guapa, pero en ese momento es también bonita.
Como si estuviese a punto de confesar alguna trastada de la que se siente orgullosa.
Picardía de patio de colegio.
Si me dices en qué estás pensando te invito a la siguiente copa. Lo dice balanceando la cabeza; como cuando estás pensando qué precio ponerle a algo.
El segundo mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que invita a copas.
Escitas, dice él. Pensaba en eso.
Ella deja escapar un poco de aire por la nariz mientras sacude la cabeza. Levanta las cejas y dibuja una risa muda durante unos segundos, luego se dobla un poco hacia atrás y le observa frunciendo el ceño, brazos en jarras. Todos sus gestos tienen un algo de broma infantil. A él le gusta que haga eso. Ella lo sabe.
Vaya, dice, eso es ser directo, Señor Mepasolatardeaquíescribiendoybebiendo. Esperaba unos cuántos días más de preámbulos, quizá alguna insinuación para ir al cine, pero no una confesión tan directa. Menos mal que no me he puesto minifalda. Vaya con la testosterona.
Ella es sarcástica hasta la médula.
Él también.
Por eso viene aquí a escribir. Por la compañía.
No, no, dice él riéndose mientras levanta las manos, he dicho escitas, no excitas; pensaba en los escitas, no en que tú seas o no excitante. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Ella pega un vistazo al local.
En estos momentos es el único cliente, así que retira un taburete y se sienta frente a él.
Bueno, pues cuéntame eso lo de los escitas.
Verás, dice él, los escitas eran unos tipos que durante casi treinta años dominaron lo que ahora llamamos Asia.
Ella parpadea dos veces y encoge los labios. Después apoya sus codos en la mesa y clava su mirada en él.
Intenta no pensar en lo guapa que está así.
Bueno, lo gracioso de esos tipos, lo que los hacía tan difíciles de combatir era que, simplemente, no estaban en ningún sitio.
Ella pone la misma cara que pondría si le contase que anoche vio una nave espacial con dos avestruces pilotándola. O algo igual de inverosímil.
Quiero decir, los tipos existían, claro, pero no tenían una base fija. Iban a caballo antes de que se pusiera de moda. Ni siquiera se molestaban en ir dejando destacamentos en las tierras que iban conquistando. Simplemente sabías que estaban ahí y que en cualquier momento, pumba, los tenías encima.
Eso pasa con algunos clientes también, dice ella. Menos mal que tengo el sifón para defenderme.
Los dos se ríen.
El caso es que en aquella época casi todo el mundo estaba ya en algún sitio fijo, sigue él, y aquellos tipos eran nómadas, y contra lo que pueda parecer, aquello les daba una ventaja increíble.
Incluso algunos enemigos que podrían haberles derrotado evitaban el combate con ellos.
¿Por qué?, pregunta ella.
Bueno, dice, supongo que preferían atacar enemigos asentados, ya sabes, que tuviesen territorios e infraestructuras contra las que poder cargar. Es complicado luchar contra un enemigo que no está en ninguna parte, de hecho los escitas, pese a ser virtualmente dueños de toda esa zona, pasaban bastante del tema. Se dedicaban a moverse libremente, se aprovechaban de los recursos del lugar donde estuvieran en ese momento y luego se movían a otro sitio. Era complicado combatirles porque, si lo piensas bien, la mayoría de guerras se centraban en arrebatar o destruir las posesiones al enemigo, y esta gente lo tenía montado de una forma distinta, por no decir que no lo tenía montado, así que la guerra convencional era difícil contra ellos. Dejando de lado que eran más brutos que hechos de encargo, claro. Además, si querías zurrarte con ellos tenías que esperar a que te encontrasen, lo cual te hacía estar a la defensiva. Ellos siempre estaban a la ofensiva porque no tenían nada que defender salvo su pellejo. Hasta que no atacaban no sabías nada de la naturaleza de su ataque ni de sus objetivos y, si se lo veían muy mal, podían pasar por delante y tú no te dabas ni cuenta. Eso, aunque hoy nos cueste concebirlo, parecía darles una ventaja bastante grande.
Sí que suena raro, sí.
Si te fijas bien, en esencia, la cosa se basa en que no se les podía hacer daño estructural o económico porque no estaban constituidos en ese sentido.
¿Y qué hacías pensando en eso?, eres la hostia de raro. Quiero decir, que eres muy majo, y molas y todo eso, pero eres muy raro.
Pues la verdad es que no sé si decirte por qué estaba pensando en eso, no sea que me veas más raro todavía y no me quieras dar de beber. Tengo sed, ¿Sabes?
Y se coge el cuello con las dos manos sacando la lengua, como si se ahogase.
Ella se ríe arrugando la nariz y le golpea en el hombro llamándole idiota.
En serio, me pica la curiosidad, ¿por qué pensabas en eso?
Bueno, estaba pensando en eso porque me gusta la Historia, es decir, no me gustan las fechas y la cronología y todo el rollo, pero sí me gusta la Historia como almacén de ejemplos. Creo mucho en la memoria. Siempre digo que no tener memoria es lo que permite que te la claven varias veces por el mismo sitio. Esta táctica de los escitas, su esencia, el rollo descentralizado, se ha utilizado en resistencias, ¿sabes?, para defenderse, para causas justas, pero también se ha utilizado para atacar, para oprimir, para dispersar el poder e impedir que sea atacado en ningún punto estable.
Ella ladea la cabeza y encoge un poco los ojos. Sonríe de medio lado.
Pasa mucho en la Historia, sigue él, alguien establece algún tipo de táctica y luego el poder la convierte en estrategia. Termina sirviendo para lo contrario. Son cosas que se pueden usar en un sentido u otro, supongo que no hay casi nada bueno o malo, es una cuestión de uso. Estaba pensando en las herramientas que tenemos, eso es todo.
Ella le mira un momento. No hay gesto infantil. No está sonriendo. No está siendo más guapa de lo que es como suele hacer casi todo el tiempo. Tan sólo le está observando, en silencio.
Él se siente un poco extraño bajo su mirada. No sabe si le gusta sentirse así.
Hoy, dice ella, saldré a las diez. Tráete alguna peli, cenamos en casa y me cuentas más cosas de esas. Si se nos hace muy tarde te quedas a dormir, pero mañana me acompañas al banco temprano, así no me aburro ¿Te parece?
Vale.
Sonríe, se levanta y camina hacia la barra.
Se queda mirándola mientras le pone la copa.
Le cae bien.
El mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que te invita a su casa a cenar, a ver pelis, charlar y quedarte a dormir.
Así que esta noche toca ser nómada, piensa.
Como los jodidos escitas.

15 de octubre de 2006

Sexo duro y sincero

Atentos a la descripción:
“Película tan especial como valiente para aquellos a los que les gusta el sexo duro y sincero”
Vale.
Vas a dar de alta una película X y la coges bocabajo. En vez de mirar las fotos, que es lo normal, te da por leer el texto de la contraportada.
Cuando, desconcertado por su contenido, miras las fotos el mundo ya ha dejado de tener sentido.
“sexo duro y sincero”
Claro.
Estamos hablando de una película titulada El Follagallinas, por el amor de Dios, ¿Qué me estás contando?
Estas cosas me hacen pensar que el Apocalipsis está, como mínimo, a la vuelta de la esquina tomándose un café.
Lo de “sexo duro” lo entiendo. No por el tipo de la portada, que parece un cantante flamenco de baja difusión en gasolineras, sino porque debe ser duro, la hostia de duro, perseguir gallinas por el corral.
No sé qué pensará el koala de todo esto, pero es fácil que se pronuncie al respecto en cualquier momento.
Si hacemos caso a la explicación de la contraportada, que es cerrada con la descripción que puse al principio, la persecución no se da sólo en un corral, sino en varios corrales distribuidos a lo largo y ancho de toda la geografía de Brasil.
Y, además, en ciclomotor.
Ahí es nada.
Lo de “sincero” es lo que no termino de pillar.
¿Cómo se le dice a una gallina que es sólo sexo?
¿Acaso se refiere a la sinceridad del sentimiento que despiertan sus plumas?
Lo de “valiente” voy a dejarlo correr.
He de confesar que películas así me superan intelectualmente,
El Follagallinas.
Las tortillas nunca volverán a ser lo mismo después de esto.
Sigh.