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28 de febrero de 2011

Pepito

Mis noches de verano eran un parque mal iluminado donde las madres charlaban en bancos mientras los niños jugaban.
Y estaba Pepito, con su eterna chaqueta marrón. Una cabeza diminuta coronando un cuerpo hecho de alambre.
Tenía treinta.
Aparentaba cuarenta y cinco.
Sus dientes eran oscuros, por el vino, y tenía ojos de niño.
Siempre estaba borracho.
Era uno de mis mejores amigos cuando yo tenía once años, sobre todo en verano.
Nos sentábamos en aquel banco, casi siempre el mismo, y charlábamos. Charlábamos horas y horas, un poco de todo. Me llamaba la atención la textura de su piel. Años más tarde asocié ese tipo de piel a la gente que bebe, a los que beben mucho.
Nunca he podido olvidar sus ojeras.
A veces su mirada se perdía, pero nunca dejaba de hablarme.
Una vez se levantó, vomitó en un árbol y volvió a sentarse conmigo.
A Pepito, decía su hermana, le gusta mucho hablar con Tony.
Su hermana, Juani, era muy fea. Tenía gafas de culo de vaso, el pelo grasiento, los dientes torcidos y oscuros. Todos los veranos nos contaba cómo, hacía muchos años, había ido a un viaje con más chicas, y cómo el chico por el que todas suspiraban (usaba esa expresión «el chico por el que todas suspiraban») se había sentado a su lado, al fondo del autobús, hablando con ella todo el viaje sin hacer caso a las demás.
Muy monas y muy guapas, decía, pero ahí estaba él, sentadito en el fondo con la Juani.
Nunca supe qué pensar de aquella historia.
Ella también bebía, pero no tanto como Pepito.
Nadie bebía tanto como él.
O eso decían, porque yo nunca le vi beber. Siempre venía tambaleándose, pero nunca bebía mientras hablábamos.
Una vez pregunté a mi madre por qué Pepito estaba siempre borracho, si no se le veía beber. Mi madre me dijo que había bebido ya tanto que se había quedado así.
Una noche me bajó cómics, él sabía que me gustaban los cómics. Eran antiguos, en blanco y negro, la mayoría de terror y ciencia ficción. También salían chicas con las tetas al aire en algunas viñetas. Para ti, dijo, quédatelos, un regalo; de Pepito.
En invierno le perdía el rastro, alguna vez lo veía de lejos, entrando o saliendo de algún bar, pero prácticamente no nos veíamos ni hablábamos; no coincidíamos.
Su madre era muy mayor, pero también bajaba al parque en verano. Siempre iba de luto. Una noche vi que la dejaban sola en un banco, mi madre y Juani la dejaron sola y ella se quedó ahí, en una postura extraña. Luego se levantó y se fue con su hija, yo me volví con mi madre a casa. No sé dónde fue Pepito.
¿Qué hacía la madre de Pepito, mamá?
Mear, hijo, mear.
Me contó que la madre de Pepito solía apartarse las bragas a un lado y mear en la oscuridad del parque.
Hacia el final, antes de dejar de bajar al parque por las noches, se meaba encima, directamente. Creo que ella también bebía, pero no lo recuerdo bien.
Un verano Pepito no apareció y yo pregunté a mi madre.
Me dijo que estaba enfermo, en casa.
Pepito, dijo, está muy mal. Es posible que no vuelvas a verlo.
Lo último que recuerdo es que Juani le dijo llorando a mi madre que Pepito, al morir, parecía Jesucristo. Todo huesos, decía, todo huesos y una carita de paz.
Con una sonrisa, decía, se ha ido con una sonrisa.
No la vi pero sé cómo era.
Aquel verano dejé de ir al parque.
Al tiempo lo quitaron, para hacer una carretera.
He conocido otros borrachos, pero ninguno era como él.
Había algo inocente en su forma de reírse, fuerte, con la cabeza hacia atrás, buscándome con los ojos al recuperar su postura.
El vino le manchó los dientes, pero no la sonrisa.
Era mi amigo cuando yo tenía once años. Me contaba cosas y yo a él. Nunca me trató como a un niño ni yo a él como a un borracho.
Es más de lo que puedo decir de mucha gente.

9 de junio de 2010

María

Siempre he dicho que, si tuviese una hermana, serías tú.
Porque siempre que te necesité, me cuidaste, a mí, que no llevo tu sangre, como si fuésemos una sola cosa.
Porque pudimos haber echado algún casquete y preferimos querernos de otra forma, más para toda la vida, como se quieren los hermanos que se entienden y saben a quién tienen delante.
Porque supiste que debajo de mi locura había alguien bueno.
Porque compartiste tus cosas conmigo y yo puse las mías en tus manos y nunca jamás me hiciste daño ni, espero, yo a ti.
Porque yo compartí tu alegría y tu compartiste la mía y fuimos justos haciendo lo mismo con las cosas malas.
Porque cuando enfermé por todo el daño que me habían hecho tú estabas allí cuidándome, literalmente.
Porque intentaste darme soja para que comiese más sano, y unos polvitos que parecían colacao.
Porque los dos nos reímos de lo nervioso que se ponía algún rollete tuyo al verme danzando por tu casa.
Por el Ommmm y todo lo rarito que siempre hemos podido compartir sin pensar que estábamos firmando una nota de ingreso en el psiquiátrico de la exclusión social.
Porque mi vida ha sido más grande al conocerte y porque, aunque no nos mole ponernos ñoños, sé que los dos nos queremos más que mucha gente que se lo dice todos los días.

25 de enero de 2009

Pum

La gente no sabe matarse.
El año pasado uno de mis escritores favoritos se suicidó. Sufría de una depresión crónica, un problema químico, y los medicamentos que tomaba le crearon una serie de efectos secundarios que agravaron su estado y le obligaron a dejar el tratamiento.
Pidió ayuda, porque no se veía capaz de contener su instinto de autodestrucción y la gente apeló a su fuerza de voluntad y su capacidad para sobreponerse al asunto, en lugar de internarlo en algún centro donde pudiesen ayudarle o, al menos, tenerlo bajo vigilancia.
Así que decidió hacerse una corbata un tanto especial y se dio matarile por las bravas.
No voy a opinar sobre si está bien o no quitarse la vida, pero sí que diré algo que considero vital (nótese el sutil juego de palabras) a la hora de quitarse de en medio:
Hay que hacerlo bien.
Con ello no me refiero a que sea “rápido e indoloro”. Seguramente el escritor del que hablo quiso atrapar cada detalle de sus últimos momentos, no huir de la muerte sino afrontarla en toda su magnitud, por ello escogió una de las formas más dolorosas, lentas y jodidas de forzar el adiós a uno mismo. (No olvidemos que los ahorcamientos caseros normalmente no rompen el cuello de los usuarios del sistema, por lo que la muerte resulta lenta, lenta de cojones; para que uno no se pierda ni el copyright de los créditos finales.)
He de confesar que, por comparación, me parto la caja con todos esos atormentados adolescentes que dicen querer suicidarse y se cortan las venas en todas las direcciones menos en la correcta. Por otra parte existe un mito acerca de lo “dulce” que resulta desangrarse en una bañera llena de agua caliente, cuando la realidad es bastante distinta, o al menos eso cuentan los que han sobrevivido a la experiencia.
Pegarse un tiro en la frente con una escopeta de doble cañón, como papá Hemingway, es harina de otro costal, y quizá tenga mucho que ver con el tipo de carácter que te hace pasarte la vida corriendo delante de toros, cazando leones en África, intentando partirte la cara en el ring con rivales más fuertes o metiéndote como corresponsal en toda guerra donde las posibilidades de cazar un par de tiros, así en plan tierno, estén unos cuantos puntos por encima de bastante altas. Cuestión de carácter, como he dicho.
Lo de llenarse los bolsillos de piedras y hundirse en el río, como hizo virginia Woolf, es, como mínimo llamativo. Las mujeres juegan en otra liga, y si a eso le sumamos síndrome bipolar, la ecuación se nos queda más o menos despejada. Adiós, mundo cruel, glu, glu, y todo eso.
Mi amigo Pablo, que también tenía síndrome bipolar, afirmaba, incluso en sus momentos más lúcidos, que él no había pedido estar aquí; ni le gustaba la vida, ni la gente, ni el rollo que tenemos montado en plan virus inunda aceras. Así que, en lo que según su madre fue una de sus mejores épocas, decidió decir hasta aquí hemos llegado, chatos, y se cortó el cuello, esperó a sangrar al menos hasta mitad depósito y después saltó por un balcón, asegurándose de que ningún toldo lo frenase y de que ningún transeúnte le hiciese compañía en su trayecto a la nada.
Y, como dije antes, sin entrar a valorar si quitarse la vida está bien o mal, creo que hay una gran diferencia entre hacerlo con cierta destreza y ser un jodido chapucero.
Quizá os preguntéis a qué cojones viene todo esto, y la respuesta es sencilla.
El otro día me enteré de que un amigo decidió acabar con su existencia y no se le ocurrió mejor manera que hacer estallar su casa con él dentro, sin pensar en que la susodicha casa está incluida en una finca donde, fíjate tú, vive más gente.
Así que, os podéis imaginar qué pasó; cinco de la madrugada y la pared que separa su hogar de la calle (vive en un primero, un bajo) se volatiza clavándose en la finca de enfrente. El pum, de paso, le jode las orejas al vecindario y le pega un susto de puta madre a la señora del tercero que, para que veas lo que son las cosas, está preñada de ocho meses. A eso le sumamos la fiesta del A Ver Quién Aspira Más Humo, todo un clásico en este tipo de situación, y ya tenemos, trazo arriba trazo abajo, la imagen general del evento festivo que a mi colega le dio por montar para darse matarile.
Y en medio de todo el mogollón, el maestro de pista tambaleándose y saliendo por su propio pie, rollo fantasma de la ópera, con el jeto a la barbacoa y las manitas chuscarradas, vivito y coleando.
A la suerte a veces le entra la risa tonta y sonríe sin venir al caso.
Lo que tienen de jodido las quemaduras es que, en un primer momento, no te dejan K.O, pero en cuanto el tejido carbonizado comienza a soltar su mierda en tu riego sanguíneo la cosa se complica, así que tengo pendiente una visita a la unidad de cuidados intensivos y ello me plantea un pequeño dilema moral, ya que por mucho que uno pueda querer a sus amigos, no es muy dado a reírle cierto tipo de gracias y, por duro que me pueda resultar pensarlo, y escribirlo, no me cabe duda de que mi amigo quiso quitarse de en medio y de que el método escogido fue una chapuza temeraria y peligrosa para el entorno.
Todo el mundo apela a la piedad, a la comprensión y demás jeringonza en este tipo de situaciones, y sí, me hago cargo de todo lo que pueda haberle llevado a decidir quitarse la vida, más que nada porque estoy al tanto de casi todas sus miserias personales, que no son pocas, pero no estoy de acuerdo con el método escogido, quizá porque tengo mi propia opinión formada sobre cómo deben hacerse cierto tipo de cosas, y aunque me alegro mucho de que esté vivo, su elección me hace plantearme ciertas dudas acerca de su calidad humana, lo cual me hace aceptar lo glacial que es la mía, que quizá esté por debajo de las expectativas de todos los que tienen el corazón lleno de piedad por las personas que hacen explotar su hogar en mitad de la noche, pero así está el tema, y con eso hay que vivir. Cada uno tenemos lo nuestro.
Porque, si me pregunta, tendré que decirle la verdad, y la verdad es que, si querías matarte, colega, tenías otras mil formas; porque quizá en mi monstruosa visión del mundo existe un abismo entre ser un suicida y un asesino en potencia, y por mucho que te quiera, tío, te acabas de caer en el segundo saco, y no sabes lo que me jode, después de todas las conversaciones, de todo el esfuerzo, tuyo y nuestro, tener que aceptar que ahora estás ahí.
Y que nada puede cambiar eso.

12 de julio de 2008

En este bar

Llevo mucho tiempo sentándome en ese bar.
El camarero, sobre el que escribí hace años, suele darme la mano al entrar y se empeña, el muy cabrito, en no cobrarme los cafés.
A la próxima, dice.
Aunque ya no vivo en ese barrio me gusta pasarme de vez en cuando, sobre todo si estoy solo y sin ningún plan a la vista. Es el mejor sitio que conozco para tomar un café mientras leo los periódicos del día.
Mi nuevo barrio está lleno de bares y sitios donde tomar algo, sin embargo en ninguno me siento tan cómodo como en este. Será la costumbre, o vete a saber.
Lo de este bar fue, durante cuatro años, casi de ritual; entrar, saludar, pedir café, atrincherarme con un periódico, terminarlo, hacer una rápida incursión para coger otro, volver a la trinchera, leerlo, pagar -si me dejan-, y marcharme a escribir.
Como ya he dicho no he sustituido esa rutina, así que de vez en cuando me gusta revivirla.
Hoy entré, saludé, estreché la mano de mi camarero (porque sí, porque después de tantos años ya es mi camarero y, aunque sirva a otros clientes, le perdono, porque no soy un cabrón celoso, sino un cabrón a secas) y me pedí un cortado.
El periódico libre era de esos que caen para la derecha, así que me lo ventilé esperando que el otro, en manos de un señor mayor, quedase libre.
Tengo una costumbre con los periódicos:
Me leo al menos dos, uno más conservador y otro que crea serlo menos. Después intento imaginar qué es lo que ninguno de los dos me está contando. Es casi un hobbie y tengo libretas llenas de apuntes, titulares comparados, etc. Tampoco profundicéis demasiado, porque no es sano y hay cosas más divertidas como jugar a la Playstation o darle patadas a un balón.
El caso es que el señor mayor terminó su periódico y yo lo cogí y empecé a leer.
Como ya me había terminado el cortado pensé en pedirme un café, pero abandoné la idea porque los sábados, de alguna forma, intento darme tregua.
Con los cafés tengo otra costumbre:
Pido café con leche si estoy en son de paz, cortado si estoy activo y dispuesto a saltar a la yugular de la primera estupidez que se me cruce y café solo si tengo ganas de cargar contra algo, pasándole por encima sin importar a quién me lleve por delante. Llevo casi un año sin pedir café con leche, pero el número de cafés solos también ha descendido, así que lo considero un avance personal hacia la templanza que Democrito y Buda aconsejaban para ser un buen miembro de la comunidad.
Coñas personales mías con la indulgencia hacia el prójimo que está pidiendo a gritos que le den lo suyo.
A mitad periódico, cuando me estaba aburriendo de leer sobre la estúpida fiebre del iphone de los cojones, que me hace desear una cafetera para mí solo y una buena bayoneta, me he dado cuenta de que era el tipo más joven con un periódico en las manos.
No el más joven, ojo, sino el más joven con un intento de información en las manos.
Anda la leche, he pensado, pues va a ser verdad que uno se hace mayor.
Dentro de nada empezará la disfunción erectil, seguro.
Auxilio, socorro y todo eso.
Así que he empezado a leer más despacito, para hacerlo durar más, y a observar quién cogía el periódico. Curioso como soy, lo he terminado y lo he soltado en la otra mesa, por aquello de ampliar el abanico de elección y ver qué pasaba.
Lo ha cogido un señor mayor.
Otro señor mayor.
Otro más.
Bueno, me he dicho, igual es que los chavales van con colegas y no es plan de ponerse a leer el periódico, claro que eso se me ha caído al suelo enseguida, porque algunos grupos leían los de deportes y otros tres chicos estaban ahí solos, tomándose algo, sin cara de estar haciendo nada. Simplemente mirando al vacío, al plato o a la tele, que casi siempre tiene sintonizado un canal de música.
A ver, repaso mental, la tira de tiempo leyendo periódicos y ahora te das cuenta de que todos los que están cogiéndolos te sacan al menos diez años. Joder, igual no eres tan buen observador como crees, ¿y estos chavales no son más mayores de lo que tú eras cuando empezaste?, ¿no les interesará echar un vistazo?
Igual son de los que dicen «yo es que no me creo nada», y eso, lo de no creerse nada, es muy respetable, pero claro, siempre he pensado que para no creerse algo primero te lo tienen que contar, así que algo no me cuadra.
Y entonces he pensado en algunas amigas que estudian periodismo, que están ahí dándole duro para poder informar algún día. Informar sin deformar, que decimos cuando hacemos coñas sobre el tema, y me ha dado un poco de cosa por ellas.
No vais a tener público de vuestra edad, guapas.
Al final, he decidido que habrá sido la puta casualidad, que seguro que a lo largo del día un montón de chavales de veintipocos años se leerá los periódicos y tratará de escudriñar lo que hay detrás de los titulares, que algunos incluso lo harán de manera continuada, como forma de entrenar su sentido crítico, de establecer comparaciones y ver cómo una sola palabra puede cambiar el significado de todo un texto, de observar cómo les intentan vender una determinada versión de los hechos, un mapa muy distinto al terreno que en realidad pisan. Cómo unas montañas pueden parecer más altas que otras, aunque no lo sean, en base a cuánto se hable de ellas.
Seguro que a lo largo del día se informarán tanto como puedan y luego serán unos individuos a los que será jodido tomar el pelo y con los que se podrá hablar de casi todo sin tener que escuchar gilipolleces que inviten a la nausea.
Contento con esta forma de autoengaño, que me ha durado tres minutos, todo un record personal, me he despedido de mi camarero, que me ha invitado, no sólo al cortado sino a pasarme más por allí.
Y sí, creo que voy a recuperar la costumbre.
Porque hoy, por primera vez, he sentido que puede perderse.

10 de febrero de 2008

Esperando

Ella está en el supermercado, así que yo paseo a la perra.
Los niños se paran y le acarician la cabeza.
Sonrío y no digo nada, salvo algún sí ocasional cuando me dicen que es como el perro de Scottex. Estoy seguro de que corriendo por su pasillo con un rollo de papel higiénico entre los dientes no les parecería tan adorable, pero eso no se lo cuento.
Ahora soy un tío majo.
Por la noche me quedo mirándola hasta que se duerme. Si apago la luz antes, empieza a corretear y a golpearlo todo a oscuras, así que me quedo sentado en la cama y espero.
Mi novia se queda dormida, pero la perra continúa mirándome, así que sigo allí, sentado, esperando. De vez en cuando le acaricio el lomo y le rasco detrás de las orejas.
Buena chica.
Pienso en todas las cosas que he pasado para llegar a este momento. En lo que significa estar aquí, con una mujer que vale la pena durmiendo a mi espalda, con una perra a mis pies y con mil cosas que me motivan entre las manos. También pienso un poco en qué viene después y sonrío, porque al fin se ha quedado dormida, y porque nadie, salvo yo, sabe en qué estoy pensando.
Me meto en la cama y, al hacerlo, despierto a mi novia.
Me pregunta si ha funcionado y le digo que sí.
La perra está dormida.
Me dice que tengo una manera rara de hacer las cosas y me besa.
Después, haciendo el amor, despertamos a la perra.
Es divertido volver a empezar.

23 de agosto de 2007

Hago esto

Te envío un cascarón frío y muerto, una película sin banda sonora, y aun así, mirando imágenes, leyendo labios, a veces adivinas lo que intentaba decir.
Y me llamas artista.
Quizá algún día haga otra cosa, algo más inmediato, algo que pueda darte en el acto, cualquier cosa por la que no me llames cosas que no soy.
Como un beso.
O un abrazo.
Hago esto, ahora, y significa algo.
Luego sólo son letras muertas.
No puedo darte la cosa real porque es sólo este momento, ¿Entiendes?
Tú ves un cadáver, negro sobre blanco, al que nunca sé dónde enterrar.
Eso es lo único que te doy.
Restos.
Despojos.
Algo que sólo está vivo mientras le doy vida. Sólo entonces. Ni un segundo más.
Y me llamas artista.
¿Qué tiene de especial enseñarte las cosas que mato para seguir viviendo?

11 de junio de 2007

Oxi

Llego tarde y, como es pronto, espero sentado de pie.
Limpio la humedad seca de mis labios, ensuciándolos. Me río, muy serio, mientras amanece la noche. Toda la luz oscurece el pequeño paisaje sin límites de este interior tan externo. Algunas gotas se secan, mojándolo todo. El frío cálido me recuerda qué voy olvidando. Decido empezar a quedarme quieto y llego al otro lado, justo en el mismo sitio. Demasiado para algunas cabezas siempre es poco.
Así que digo la palabra, en silencio:
Hola.
Todos oyen.
Nadie escucha.
Me parece bien verlo mal.

16 de mayo de 2007

Mi antorcha de cumpleaños

Esta ciudad es una mierda.
El primer artículo que publiqué empezaba con esa frase.
La revista estaba a cargo del ahora fallecido Victor Orenga y la sección que me asignaron se llamaba reflejos nocturnos, o algo así.
Tenía que escribir sobre sitios donde ir a divertirse, así que hice un par de bocetos y los deseché.
Demasiado formal.
Al final me pareció más conveniente jugármela y empezar explicando a los lectores por qué tenían que divertirse.
La cosa quedó más o menos así:
“Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde se construyen atracciones con tu dinero y luego se te pretende cobrar una cantidad insultantemente elevada por entrar.
Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde algunas personas confunden educación de calidad con educación impartida por supernumerarios del Opus Dei.
Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde nunca podrás comprar un piso, a no ser que estés dispuesto a pagar durante 20 años una cantidad tan absurda que sólo podrás afrontarla enamorándote, por cojones, y compartiendo gastos. Un sueldo para recibos y otro para sobrevivir.
Tienes que divertirte porque te tienen cogido por las pelotas, y siempre es bueno tener un respiro, aunque, al final, la piches sin haber podido vivir del todo; demasiado ocupado llenando sus bolsillos e ignorando cómo todo se va al garete.
Hay más motivos para divertirse, pero, como me dicen que te escriba un artículo y no una enciclopedia en varios volúmenes, tendrás que conformarte con los que te he dado.
Como habrás adivinado me han pedido a mí que te lo cuente porque soy un tío simpático; optimista y esas cosas tan chulis que son el credo de la nueva generación de jóvenes Hilfiger. Un encanto, vamos; pregunta a quien quieras.
La cosa está en que, a esta ciudad, le pasa un poco como a cualquier grupo de gente:
En general son una basura pero, aislados, uno a uno, a veces valen la pena.
Así que eso es lo que voy a hacer, hablarte de esos elementos aislados, de esos sitios que hacen que uno olvide donde está y lo que le espera.
Te diré donde están, te hablaré un poco de ellos y luego ya es asunto tuyo, como todo lo demás.”

Después de eso hablé de dos de mis locales favoritos, y poco más.
Esperaba que me lo censurasen o algo, pero al final lo publicaron.
Aunque creo que cambiaron el título.
Os cuento todo esto porque el lunes pasado fue mi cumpleaños y, no sé por qué, mientras estaba tumbado en la cama viendo la primera temporada de Twin Peaks con una preciosa chica sureña a mi lado, sin venir a cuento, me acordé de aquel artículo.
Supongo que cuando cumples años las cosas que hiciste los cumplen también.
Ha llovido mucho desde que publicaron aquello. He pasado por otras revistas, otras editoriales, por otros trabajos relacionados con escribir y, al final, esto se ha convertido en algo que, además de darme muy buenos ratos, me aporta un dinerillo.
Y todo empezó con aquella frase, en aquel primer artículo.
Esta ciudad es una mierda.
Mirando atrás uno ve la cantidad de cosas que han cambiado, a nivel personal, a nivel político, a nivel local, y, sin embargo, cada una de las palabras que escribí en esa introducción sigue siendo cierta.
“Plus ça change et plus c’est la même chose”
Estos franceses son la leche.
Claro que podría haberlo dicho de otra forma:
Podría haber dicho que esta ciudad es como una enorme falla; una estructura hueca que simula una solidez que no tiene.
A cualquier precio.
Un circo de eventos religiosos de los que a este paso nunca sabremos el coste, de Copa América, con todo lo que conlleva y con lo que vendrá después, de Circuitos Urbanos de Fórmula Uno, de especulación urbanística, de lucecitas, de atracciones y de jeta, de mucha jeta.
Una jodida explosión de fuegos artificiales que te hace mirar al cielo con la boca abierta, apartando tu vista del suelo; de las cosas reales.
Echa un vistazo a nuestros puentes si no captas la idea.
Debajo de ellos, para más señas.
Lo que parecen haber olvidado los fans del todo por la pasta, los amigos del antes muertos que sencillos y que pague el del fondo, es que las fallas están ahí para arder y que, cuando están bien construidas, se colapsan sobre sí mismas. Aunque, visto lo visto, no creo que esta queme bien. Tanta capa de pintura para disimular una estructura pobre y cada vez más cargada no debe ser buena.
Pensé en esto durante unos instantes y luego seguí abrazado a la niña sureña, viendo cómo al agente Cooper le pegaban cuatro tiros en Twin Peaks y pensando dónde demonios venderán antorchas de tamaño familiar. Comenzando a sospechar por qué nadie me regala una.
Cabrones.
En cuanto tuve ocasión le eché un vistazo al artículo original y lo leí un par de veces.
Esta ciudad es una mierda, escribí. Sí.
Y me pasó lo que nos pasa a todos los que empezamos a escribir.
Que me quedé corto.

6 de abril de 2007

Fiesta del Taller de Escritura

Cuando comencé a coordinar el Taller de Escritura Creativa supe que habría momentos como éste, como el de esta noche.
Sin embargo ha sido hoy cuando, por fin, lo he disfrutado.
Cuando los he visto creando. En esa mesa donde damos las clases, cumpliendo un objetivo tras otro, entre risas, con algunos momentos de cansancio, con una parada para cenar que casi echa abajo las ganas de continuar escribiendo. Hasta que los bolígrafos volvieron a las manos y las ideas volvieron al ambiente. Hasta que las trajeron, como han aprendido a hacer.
Ver a cada uno de ellos escribir durante cinco minutos todo aquello que les pasaba por la cabeza, sin detenerse, y comentar en voz alta los resultados, examinando con cuidado qué estrategias conscientes o inconscientes siguieron para cubrir el objetivo.
Ver a los seis partir del mismo material, dos palabras, y construir seis relatos distintos.
Verles escribir y pasarle la hoja al de al lado, dándole tiempo a leerla para lanzarse a completarla, girando hasta que haya pasado por todos.
Leer el resultado final y morirnos de risa, asombrados, contentos.
La fiesta del taller de Escritura Creativa.
Y yo allí, a su alrededor, matizando ideas, proponiendo soluciones y formas de encarar el ejercicio, interviniendo lo menos posible.
Viéndolos solos ante una hoja en blanco que ya no les da miedo.
Orgulloso de ellos.

6 de noviembre de 2006

Formas

Está escrito en una pared, cerca de un campo de fútbol, de camino a la escuela de música donde trabajo.
“Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”
Letras verde amarillento, un par de tonos por debajo del fluorescente, la pintura demasiado líquida.
Llamativo pero poco definido.
Son los bordes, pienso, esos contornos goteando. Si fuese rojo parecería una película de terror.
Mensaje válido, forma incorrecta.
Me recuerda tantas otras cosas que me quedo allí de pie, mirándola; una idea aplastada contra una pared.
Cuestión de formas, digo en voz baja.
Y sigo andando, con las manos en los bolsillos.
Pensando en ello.