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28 de junio de 2008

Cerveza Negra

Esos dos gilipollas siguen discutiendo mientras intento concentrarme en el libro.
Vale, acepto que la barra de un pub no es el mejor sitio para leer, pero oye; tener cosas que ignorar ayuda a concentrarse.
Y si algo tienes en un pub son cosas que ignorar.
Cosas que ignorar e ignorantes como los dos mamones que llevan un rato discutiendo con el camarero sobre la forma correcta de servir cerveza negra.
El que está en minoría, además de ser el camarero, tiene razón. Los otros dos no reconocerían una cerveza negra bien tirada ni ahogándose en ella, pero yo estoy demasiado concentrado en el discurso megalomaníaco que se está marcando el doctor Benway en el libro como para decirlo en voz alta.
Mi colega, sin embargo, ha dejado su libro y está pendiente de la disputa. Le gusta la cerveza más que a mí así que supongo que será algo personal.
Al final deciden tirar dos pintas. Una usando el método que defiende el camarero y otra usando el método que defienden los dos mongos que me están dando la tarde. A ver cuál les queda mejor, a las criaturitas.
Menuda mierda, pienso, Salomón se avergonzaría de lo poco espectacular que se ha vuelto nuestra forma de resolver disputas. Estas cosas sin bebés por medio no son lo mismo.
Avanzo unas cuantas páginas y descubro que una de las cervezas ya está servida sobre el mostrador. Demasiado rápido, pienso. El camarero, sin embargo, se toma su tiempo. Al final pone su pinta al lado de la otra.
Los dos tipos las miran.
El camarero las mira.
Mi colega las mira.
Hasta yo las miro, joder.
-¿Veis?-, dice el camarero.
-¿Ver el qué?
-¿Cómo que el qué?, ¿no veis que está mejor tirada? Fijaos en el corte del blanco y el negro, en la espuma, en que no se ve turbio.
El más necio del dúo dinámico acerca la cara, arquea las cejas y dice que él las ve igual.
Hasta aquí hemos llegado, colega.
-¿Cómo cojones vas a verlas igual?-, digo subiéndome a la silla para coger perspectiva-, ¿No ves que la del camarero parece el culo de un bebe y la tuya tiene más cráteres que la puta luna?
Están desconcertados.
Suele pasar cuando un tipo silencioso se sube a una silla y empieza a gritarte.
-Hombre-, dice-, no sé” seguro que las dos están igual de buenas.
-Claro, y si te metemos en un cuarto oscuro y te la chupan, sea una chica, un perro, un vendedor de cupones o un puto celador de hospital, te dará gustito, por mucho que me jures que no eres gay o que no te van los perros. Porque claro, siguiendo tu lógica una lengua es una lengua, igual que una cerveza es una cerveza, así que, ¿Qué más da?
Los dos tipos me miran, se miran entre ellos y me vuelven a mirar.
-La movida-, sigo-, va de cual está mejor tirada, no de cual sabe mejor, entre otras cosas porque son del mismo jodido barril, ¿a qué coño viene eso de que seguro que están igual de buenas? Admite que no tienes razón, que la suya está mejor tirada y déjame terminar el puto libro, hostia ya, qué gente hay en el mundo.
Se miran entre ellos y miran al camarero que mira a mi colega que me está mirando a mí.
Y yo allí arriba, con el libro en una mano y señalando las dos pintas con la otra. Una especie de estatua de la libertad cansada de tener el brazo en alto.
-Bueno, vale-, dice el tipo-, la suya tiene mejor aspecto. Pero en el fondo da lo mismo; están igual de buenas.
Me quedo mirándolo desde ahí arriba, pensando en patadas voladoras, lluvias de fuego y cosas por el estilo.
-Claro que da igual, pero sois vosotros los que habéis empezado una discusión pensando que la ibais a ganar, y ahora que perdéis ¿ya no tiene importancia? Venga ya, hombre, si vais a ir de ese palo haceos políticos o curas o algo.
Después me bajo y sigo con mi libro.
Mi colega sigue con el suyo.
El camarero sigue con sus cosas.
Los dos tipos se van.
Pasan unos minutos.
-Oye-, dice mi colega-, ya que están ahí” ¿nos bebemos las cervezas?
Levanto la vista del libro y miro las dos pintas.
-Ni de coña, tío, ya sabes que yo paso de la cerveza.
-Es verdad.

10 de febrero de 2008

Esperando

Ella está en el supermercado, así que yo paseo a la perra.
Los niños se paran y le acarician la cabeza.
Sonrío y no digo nada, salvo algún sí ocasional cuando me dicen que es como el perro de Scottex. Estoy seguro de que corriendo por su pasillo con un rollo de papel higiénico entre los dientes no les parecería tan adorable, pero eso no se lo cuento.
Ahora soy un tío majo.
Por la noche me quedo mirándola hasta que se duerme. Si apago la luz antes, empieza a corretear y a golpearlo todo a oscuras, así que me quedo sentado en la cama y espero.
Mi novia se queda dormida, pero la perra continúa mirándome, así que sigo allí, sentado, esperando. De vez en cuando le acaricio el lomo y le rasco detrás de las orejas.
Buena chica.
Pienso en todas las cosas que he pasado para llegar a este momento. En lo que significa estar aquí, con una mujer que vale la pena durmiendo a mi espalda, con una perra a mis pies y con mil cosas que me motivan entre las manos. También pienso un poco en qué viene después y sonrío, porque al fin se ha quedado dormida, y porque nadie, salvo yo, sabe en qué estoy pensando.
Me meto en la cama y, al hacerlo, despierto a mi novia.
Me pregunta si ha funcionado y le digo que sí.
La perra está dormida.
Me dice que tengo una manera rara de hacer las cosas y me besa.
Después, haciendo el amor, despertamos a la perra.
Es divertido volver a empezar.

22 de noviembre de 2007

Como cada noche

Esta botella bebe de la gente hasta dejarla seca.
La única manera de salir vivo, de lograrlo, es beber más rápido que ella.
Si ganas, todas las vidas, todos los sueños de los que lo intentaron antes que tú, te pertenecerán.
Si fallas, todo lo tuyo terminará en su interior, como pasó con los demás. No se sabe cuántos lo han intentado, pero está tan llena que nadie puede bebérsela sin que ella se lo beba antes. Te lo aseguro.
Eso le digo.
Él la mira y la agita, tratando de imaginar qué cosas hay dentro.
Sin acercársela nunca los labios.
Cuanto más lleno esté, me dice, más difícil será que ella me vacíe, ¿verdad?
La mira un momento y vuelve a dejarla en mi regazo.
Justo en la puerta de mi tienda de campaña, a punto de volver al frío de la noche, en este desierto, se gira y, echándole un último vistazo, me habla.
Quizá, al final, beberme mi vida y mis sueños sea mejor que cualquier cosa que eso de ahí pueda darme.
No la necesito para llenarme de historias, dice.
Y después se va.
Me quedo sentado, en mitad de la tienda, con la botella entre mis manos. La abro y, como cada noche desde hace cientos de años, bebo de su interior. Como cada noche, rezo para quedarme vacío y poder descansar. Como cada noche, fracaso. Porque todas las historias que bebo ya las conozco, porque ninguna fue mía hasta el primer trago, porque la botella y yo estamos unidos y nadie, ningún viajero, en ninguna noche estrellada, ha roto esta maldición ni podrá romperla.
Porque todos los que vienen, se equivocan.
El secreto no es estar más lleno que ella.
El secreto es haberse vaciado antes de beber.

15 de noviembre de 2007

Rezando

Una oración sincera susurrada con palabras aprendidas.
Sentada al sol, con los ojos cerrados, la anciana rezó.
Su ceño estaba fruncido, sus labios murmuraban rápido, tragándose las palabras apenas salían de su boca, de vez en cuando un gesto parecido al llanto asomaba durante un segundo para desaparecer después. Y el balanceo, delante, detrás, en aquel banco, apretando el rosario con más y más fuerza. Esperando algo. Las arrugas en sus manos, en la comisura de sus labios, el pelo blanco intentado escapar del pañuelo mal atado. Todo iluminado por ese tipo de luz que no se decide a ser naranja, aunque lo insinúe con timidez.
Abrió los ojos y su balanceo se detuvo al verme, de pie, frente a ella.
Mirándole.
Por un momento no respiró y se sobresaltó sin perder la compostura.
Quizá fue la ropa blanca, los ojos azules, el pelo largo, el sol empezando a brillar detrás de mí.
La imagen a contraluz.
Podría haberle dicho que su salvador se parecía más a cualquiera que le haya despachado fruta en los últimos cinco años que a mí, que sus ojos no eran azules sino marrones y que su piel era bastante más oscura que la mía, pero ya no suelo hablar de esas cosas.
Al final se dio cuenta de que sólo era alguien que pasaba por ahí y volvió a cerrar los ojos. Seguí caminando y ella se quedó allí, con su rosario y su balanceo.
Aquella mañana, en ese banco, lo vi; lo que pasa cuando estamos rendidos y asustados, cuando estamos vencidos. Cuando estamos rezando.
Lo vi y pensé que hay formas más dignas de esperar la muerte.

13 de octubre de 2007

Hielo

Él estaba en la barra.
No hablaba con nadie, así que ella decidió acercarse.
Hacía mucho que no se veían.
Viéndolo ahí, después de observarle un rato, se dio cuenta de que, en realidad, nunca supo muy bien cómo era. Aunque era consciente de que él sí sabía cómo era ella. No del todo, claro, eso nadie podía saberlo, pero sí de un modo mucho más exacto que otra gente, un modo menos influido por todo lo que ella intentaba proyectar. Eso es lo que más le molestaba de él y, al mismo tiempo, lo que más le gustaba. Porque a veces se perdía en sus propias máscaras, y se asfixiaba, y no sabía salir del juego que ella misma había construido.
Entonces recurría a él.
Porque siempre sabía devolverla a la realidad.
Una vez se lo dijo.
Estaban en su casa, ella andaba metida en un lío y se lo estaba contando. Él la escuchaba como si fuese la única cosa en el mundo.
Recuerda que pensó que jamás había tonteado con ella. Recuerda que se sintió bien por eso y que luego sintió un poco de rabia, aunque no le dio importancia, porque sabía que gastaba la mitad de su energía en gustar a los chicos y la otra mitad en negarlo, así que era normal sentir esas cosas con alguien que siempre estaba ahí.
A veces siento que soy de mentira, dijo, que necesito que tú me lo digas para dejar de serlo. Y se quedó mirándole, esperando que él dijese algo sobre aquello.
Él sólo sonrió y le dijo que se terminase el café.
Nunca más hablaron de eso.
Y sin embargo, sentado en esa barra, parecía distante; sabía que ella estaba allí pero no le daba importancia.
Ni siquiera la había saludado.
Es posible que, en el pasado, ella hubiese dicho algo inconveniente; siempre solía hacerlo, sobre todo con la gente que le importaba. Era su manera de perderlos y torturarse por ello. Aunque eso nadie lo sabía, claro.
Sólo ella.
O eso le gustaba pensar.
De todos modos él la conocía; sabía de sus tragedias, sabía que odiaba a las divas y que, sin embargo, quería ser una, sabía que unas veces era profunda y otras superficial, que a veces era intensa y a veces insulsa, que pasaba por fases que ella misma construía, que la mayoría de veces todo esto resultaba demasiado forzado, como su manera de sujetar los cigarrillos al fumar.
Nunca terminaba de creerse a sí misma y por eso siempre probaba otra cosa.
Él debía saber todo eso, porque la conocía; todo dependía de cómo soplase el viento, de cómo quisiera soplar ella, y, normalmente, soplaba del modo que más le asustase.
Así que sí, es posible que hubiese dicho cosas inconvenientes, que lo hubiese insultado, que la pillase puesta de cristal o borracha y dijese alguna tontería, o quizá lo trató como si fuese uno de esos perritos falderos que él vio pasar sin hacer ningún comentario.
El caso es que la escucharía, seguro.
Porque, que ella recordase, siempre la había escuchado y ahora, más que nunca, necesitaba hablar con alguien.
Hablar de verdad.
Se sentó a su lado.
Él miraba como el camarero conversaba con unas chicas francesas que se reían mientras practicaban su español.
Se giró en el taburete, incorporándose hacia él y le habló. Te invito a una copa para romper el hielo, le dijo. Entonces él sonrió, igual que aquella vez que estaban solos.
Igual que todas las veces que ella fue ella frente a él porque estaba cansada de ser otra cosa.
El hielo, dijo él, está donde tiene que estar.
Y se marchó, sin girarse a mirarla, y ella sintió que algo no había funcionado.
Que algo había salido mal.
Muy mal.

7 de julio de 2007

Máquinas de Escribir

Le encantan las máquinas de escribir.
Las antiguas, ya sabéis; con su rollo de tinta y su tac, tac, tac.
Clink.
Me cuenta que casi nunca ve a nadie tecleando en una de esas, pero cuando lo ve, joder, dice, es genial.
En realidad la gente que ve usándola suele estar haciendo algo estúpido, tecleando un informe, una denuncia, cosas así, tramites, ya me entendéis.
Sin embargo hay otras cosas que, sin dejar de ser estúpidas, tienen algo más de magia.
Crear con ellas es genial. Me lo dice en serio. Sabe que la tecnología nos lo pone fácil, que podemos escribir, corregir y editar de modo muy simple pero, para él, esas máquinas tienen un no sé qué del que los procesadores de texto carecen.
Durante un tiempo pensó que era por el sonido. Ese tac, tac, tac, te llena el cerebro, consiguiendo que dejes de pensar sobre lo que estás haciendo. Cuando dejas de pensar dejas de juzgar y cuando dejas de juzgar las palabras salen a borbotones, listas para inundar todas las hojas que les pongas por delante.
No es el sonido.
También pensó en el tacto. Tener que pulsar la tecla con fuerza, marcando la hoja. Marcándola. Es como dibujar con tinta; es posible que cagues muchos dibujos, dice, pero dibujar de ese modo da mucha seguridad. O eso dicen los que entienden del tema.
Con una de esas máquinas, dice, la escritura se convierte en algo más físico; estás ahí clavando todo lo que piensas sobre el papel, lo ves aparecer, como una marca, una herida en el blanco que ya no se puede borrar.
Tac, tac, TAC.
Tampoco es el tacto.
Se planteó que quizá fuese la resonancia. Toda esa gente muerta a la que leemos, sentados frente a su máquina de escribir, en algún momento del tiempo, dándole a la tecla; creando lo que más adelante será nuestra biblioteca. Tac, tac, tac. Algunos, como Hemingway, incluso tecleando de pie. Todo ese montón de gente, escuchando lo mismo, sintiendo lo mismo, viendo las letras marcarse en el papel, diseminados a lo largo del tiempo. Y tú ahí, tac, tac, tac, repitiendo el ritual.
La culpa la tiene el piano, me dice. También le encanta, y pasa mucho tiempo tocándolo.
Cuando pulsas el pedal los frenos de las cuerdas se levantan, ¿ves?, puedes tocar una tecla, una sola, y todas las notas como esa, en distintas octavas, vibrarán. Y sus correspondientes notas afines, terceras, quintas, etc, vibrarán también. Eso le da al sonido un algo especial.
Toca un par de notas sin pisar el pedal y luego pisándolo, para enseñarme la diferencia.
Sí que la hay.
Así que quizá sea una mezcla de todo; del sonido, del tacto y de toda esa gente que hizo lo mismo que tú antes, en una máquina parecida a esa en la que tecleas, resonando en un tiempo dividido en octavas. Quizá sea que, usando una de esas, te sumas a una sinfonía que no se puede percibir, porque resuena a lo largo de la historia. Las nuevas máquinas no han tenido tiempo de crear la suya, y aunque no haya nada malo en participar de ella, en contribuir con nuestras notas, con nuestro tecleo, tampoco está de más jugar con la música anterior, antes de sumergirse en la nueva.
Nos despedimos y me quedo pensando en todo ello.
Al final decido que es improbable que tenga razón, aunque no me parece mal verlo de ese modo, al menos durante un rato.
Justo hasta aquí.

20 de junio de 2007

El motivo de nuestra llamada

Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:
-Buenas tardes, ¿el señor Sanchez?
-Sí, soy yo
-Mi nombre es Susana Pérez, le llamo desde el departamento de promociones de Cablemola, tiene usted contratado con nosotros el servicio de Internet desde hace bastante tiempo.
-Sí, sí.
-Verá, señor Sanchez, el motivo de nuestra llamada es ofrecerle nuestro nuevo pack de televisión digital de forma totalmente gratuita. Tan sólo tendrá que pagar usted el receptor que, al ser ya cliente, tendría un coste de seis euros; muy económico.
-Ah, verá señorita, es que yo no tengo tele, sólo utilizo Internet, paso muchas horas trabajando con la red y por eso no contraté ninguno de los packs de televisión, teléfono e Internet que me ofrecieron ustedes en un principio.
-Ya, bueno, si no tiene televisión, señor Sanchez, esta oferta es una buena oportunidad para usted, son sólo seis euros y la instalación incluye más de cuarenta canales, además de”
-No, no. Verá, señorita, cuando digo que no tengo televisión me refiero al aparato en sí. Llevo cuatro años sin ver la televisión, la evito en la medida de lo posible, no me interesa, de verdad; veo películas, series, leo libros, utilizo la red a diario pero no me interesa la tele, tengo periódicos, gente con la que hablar y otras formas de informarme que me resultan más agradables que la televisión. Entre usted y yo, señorita Pérez; no creo en la tele, ¿sabe? La gente se muere por dentro viendo esa cosa y terminan siendo iguales entre sí; diciendo las mismas cosas, gastando las mismas bromas, riéndose de lo mismo, abusando de las mismas palabras, viéndolo todo igual. Quizá en algún momento la televisión reflejó a las personas pero ahora son ellas las que reflejan la televisión y, la verdad, no es una imagen agradable. ¿Qué quiere que le diga? Es un cacharro agresivo del que prefiero mantenerme alejado, ¿comprende?
– ”
-De todas formas, muchas gracias por su oferta, son ustedes muy amables.
-”
-Hasta luego, Señorita Pérez.
-Uh, sí, Hasta luego, señor Sanchez.
Colgó, y volvió a mirar la página en blanco.
Tecleó:
“Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:”

13 de junio de 2007

Cuartos de Baño

-Está todo lleno de magia, tronco, lo que yo te diga.
-No sé qué decirte, tío, yo no la veo por ninguna parte.
-¿Por ninguna parte?-levanta su cerveza, mira dentro y la vuelve a dejar sobre la mesa-, ¿y qué me dices de los cuartos de baño, joder? Son mágicos de la hostia.
-¿Los cuartos de baño? Ahora sí que me he perdido.
-La madre que te parió, piénsalo un poco. ¿Dónde te libras de todo lo que te sobra?, ¿Dónde te purificas?, ¿Dónde te miras realmente a los ojos de una forma en la que no te sueles mirar?, ¿Dónde te dices las cosas que no te dirías en ninguna otra parte?
-¿Purificar?
-Ducharte, tronco, quitarte la mierda que llevas encima y dejarte bien limpito esperando que alguien vuelva a ensuciarte. La mayoría de veces tú mismo. ¿O piensas que duchándote sólo te lavas el cuerpo? Joder ya con la estrechez mental.
-Hombre, es una forma de verlo, pero no creo yo que”
-Creer, creer. Creer es para besacruces, tío, esto es real. Te comes un trozo de carne, te alimentas de él y luego sueltas un cagarro enorme. Donde había un jugoso filete ahora hay una mierda humeante. Lo llaman digestión, explican el proceso físico y por eso deja de ser un jodido milagro. Y una mierda. Es magia, tronco, de la buena. Te lo digo yo. ¿Recuerdas cuando te dejo la tipa aquella?
-Uh, ¿Cuál?
-La zumbada aquella.
-Estaban todas bastante zumbadas, si no me das más detalles”
-Bueno, elige una al azar, total, cambian los detalles pero la esencia siempre es la misma. Cuando vienen esos marrones, ¿qué pasa?, ¿eh?, ¿recuerdas?
-Pues que te sientes mal y eso, son cosas jodidas. No te lo esperas y además no entiendes nada. Es una putada, no duermes bien y”
-Te cagas
-¿Qué?
-Te vas la pata abajo, colega, me lo dijiste, se te descompone el cuerpo. Una vez tuve que ayudarte a levantar la persiana del bar porque tenías miedo de cagarte encima.
-Joder, pero eso es normal, tío, los nervios y todo el follón, ya sabes, se me descompuso el cuerpo.
-Nah, tenías mierda extra y tu cuerpo intentaba librarse de ella. Por eso te pasaste medio fin de semana pegado a la taza del water. Es magia tío. Convertir una cosa en otra. La mierda que te pasa por la cabeza en mierda que te sale del culo. Alquimia, una cosa por otra, plomo en oro, emociones negativas, deshechos emocionales y físicos transformados en pastosa mierda marrón clarito. Con su propia banda sonora y todo.
-Joder, eres un guarro.
Los dos se ríen.
-Oye, ¿y lo del espejo?
-Eso está clarísimo, tío, ¿Cuántos espejos hay en tu casa?
-Pues uno en el dormitorio, uno en el recibidor y otro en el baño.
-Ahá, y cuando estás jodido de verás, ¿en cual te hablas a ti mismo?
-Hum. En el del baño “Hace una pausa-. Pero es normal, hay más intimidad y eso.
-¿Intimidad? Pero si tú vives sólo, capullo.
-Joder, es verdad.
-Claro, hombre, es el jodido lugar sagrado, el lugar donde te purificas, donde te libras del lastre, ya te lo he dicho. Los cuartos de baño tienen poder, en serio tronco, te lo digo yo.
-No sé, lo del espejo sí que es verdad, quiero decir que recuerdo varios momentos chungos en los que me miré allí y me dije un par de cosas importantes. Es como si hicieras una pausa y te contases a ti mismo lo que pasa y lo que tienes que hacer. Bueno, eso hago yo.
-Tú y todos, tío, tú y todos. El problema es aprender a reconocerlo, ¿sabes?, le damos poca importancia a estas cosas.
-Quizá
-En fin, ve poniéndome otra cerveza, voy a transmutar el almuerzo en algo que pueda flotar libremente por las cloacas y cuando vuelva hablaremos de los dormitorios y del sacrosanto recibidor, ese gran olvidado.
-Estás como un cencerro, mamón.
-Claro, alguien tiene que estarlo.
-Venga, ve al baño y no me asustes a la clientela.
-Se hará lo que se pueda, señor, se hará lo que se pueda.

25 de marzo de 2007

Sólo un gato (Para Sergio)

Los Viejos Dioses se sentaron en grupo mientras el mundo terminaba de enfriarse. Contaban historias de cómo era todo antes de aquello y se les veía nerviosos por la nueva situación.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría asegurarte que los Dioses Marinos estaban muy preocupados. Corrientes fluían de sus bocas a sus oídos, susurros de espuma, un océano infinito contenido en cada una de sus siluetas, balaceándose, suave.
Mirarlos era como intentar ver a través de agua cayendo con fuerza.
En este nuevo mundo, dijo uno de los Dioses de la Forja, el agua será vital, los nuevos señores la beberán, lavarán sus cuerpos, moverán máquinas con su vapor, incluso morirán si pasan demasiado tiempo sin ella, más no será ya el reino elegido; este mundo no será acuático, pese a que el agua lo cubrirá casi todo.
Su voz sonaba como fuego encerrado en una cueva. Una cueva de arcilla húmeda, con olor a barro y hierba mojada, con raíces en las paredes, con pequeños insectos habitando cada una de las capas que la forman, moviéndose de una a otra. La voz de la tierra dándose forma a sí misma.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría contarte cómo los Dioses Oráculo miraban al vacío y repetían en voz baja una de las palabras de aquel Dios.
Máquinas.
Los Dioses hablaban de cómo era todo antes del principio. De éste y de otros. Algunos hablaban de cómo sería el final. Cuando dividan lo más pequeño, dijo una Diosa de la Guerra, empezará el fin de todo.
Otra vez.
Su voz era como dos ejércitos chocando en medio de una llanura, como lanzas partiéndose contra escudos. Como la carne contra la carne.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría explicarte cómo el Dios de Amor y su Sombra se removieron inquietos al escuchar aquellas palabras. Estaba un poco apartado del resto de Dioses y, a diferencia de los demás, no estaba en ningún grupo. No había otro allí como él. O, al menos, yo no lo vi. No sabría decirte si era él quién proyectaba su Sombra o su Sombra quien le proyectaba a él, pero sí que sabría decirte que otros dioses le miraban de reojo. A él y a su Sombra.
Sobre todo a su Sombra.
Había puesto gran parte de su esencia en aquel nuevo mundo, así que, el final del que hablaban, podría ser suyo también; si las cosas salían mal.
Como siempre solía pasar.
Todo será dual, dijo uno de los Dioses del Conocimiento, o así lo verán ellos; cada cosa tendrá su opuesto. Con el tiempo crearán una forma de explicarlo todo, una forma que los alejará de la magia. La magia, añadió un Dios Oráculo, provocó fracasos otras veces, es mejor mantenerlos alejados de ella esta vez.
La única Diosa de Magia que estaba presente en aquel momento pareció no escuchar el comentario. Estaba distraída observando los pequeños ojos que acechaban tras uno de los árboles recién creados.
Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero me gustó que me mirase así.
Me acurruqué a escuchar las historias que contaban. Historias sobre los tiempos sin nada, entre un mundo y otro, historias del vacío, de Dioses dando a luz nuevos mundos, de criaturas antiguas que sobreviven a todos los ciclos, cambiando de forma, escondiéndose en la misma esencia de la que provienen todas las cosas; incluso ellos.
Eso me hizo sonreír, y me trajo muchos recuerdos.
Soy curioso por naturaleza, me gusta merodear y observar lo que hacéis, con la misma atención con la que llevo eones observando lo que hacen ellos. Algún día nos cruzaremos en un callejón; sabrás que soy yo porque, mientras nos estemos mirando, no pensarás en nada.
Yo, como hago siempre, dejaré que me veas y, después, seguiré mi camino.

27 de enero de 2007

Hasta que pare la lluvia

Es casi un bautismo.
Salgo de tu cama, cálida, y la lluvia me encuentra.
El frío me hace recordar el calor de tu cuerpo. Dormir sin ropa para calentarnos de ese modo que nos hace sonreír. Abrazados. Porque así estamos más vivos. Porque así todo es más real.
Y la lluvia insiste.
Encoger el cuello me hace recordar cómo lo estiro para que dejes allí tus pequeños mordiscos.
Esconder mis labios, para que el agua y el frío no los corten, me recuerda cómo los abro para entregar mis besos y recoger los tuyos.
Me está lloviendo un mundo encima.
Sonrío.
La lluvia siempre está, sólo que a veces se deja ver, en forma de agua. Te recuerda el frío que puedes llegar a sentir, con toda esa humedad calándote dentro, congelándote, sin nada cerca que pueda calentarte.
La lluvia sabe de metáforas.
Vuelvo a pensar en tu cuerpo apretándose contra el mío, en los abrazos que das dormida, en esa sonrisa que no sabes que pones, en todo lo que hago por ti y en todo lo que haces por mí.
En todas esas noches de no dormir para no perderse un segundo de lo que dure tu calor.
Quizá no sea un mundo perfecto, pienso mientras mi ropa se cala, pero todavía queda sitio para los pequeños milagros.
Para las personas que se quieren por los motivos correctos, para los que se aman en vez hablar sobre amarse.
Para ti y para mí.
Hasta que pare la lluvia.