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30 de diciembre de 2006

Manta a Cuadros con Botas de Montaña

Los vio de lejos.
Estaban dentro de un cajero, eran cuatro o cinco. Altos, peinados a la moda, con sus pelos arreglados como si acabasen de meter los dedos en el enchufe. Su cresta de gallito de corral.
Una generación asustada, si juzgásemos por el pelo.
Ropa cara, de esa en la que gastan dinero para que no se note que han gastado dinero. Vaqueros con pinta de usados que valen un extra por tener esa pinta, cazadoras de marca, cinturones. No sabe por qué pero le llamaron la atención los cinturones. Quizá sea porque nunca lleva, o porque esas hebillas le parecen exageradas, no lo sabe, el caso es que se dio cuenta de que todos llevaban cinturones. Iban arreglados, viernes noche, es lógico para ellos. Niños bien.
Vio el bulto en el suelo, dentro del cajero. La manta a cuadros con botas de montaña.
Vio cómo uno de ellos la miró, cómo empezó a tirarle con cuidado algo por encima.
Pensó en queroseno, en vagabundos ardiendo, en navajazos en mitad de la noche y en la bronca que se iba a montar dentro de un momento. Aceleró el paso en dirección a ellos. Sus dos amigos también, aunque no se habían dado cuenta de lo que pasaba.
Siempre lo ve todo antes, lo tiene asumido y sirve para más cosas que para localizar a las chicas bonitas en lugares atestados de gente.
Aflojó y se dio cuenta de que era sólo zumo. De naranja. ¿Qué coño estás haciendo, pensó, tirándole zumo por encima a la manta?
Ni siquiera le vieron parado en la puerta, observándolos a través del cristal.
Ni a sus dos amigos.
Vio sus miradas, el descojone, las risas contenidas. La rabia se le comió por dentro.
¿Por qué cojones están haciendo eso?
El que mojaba la manta se asomaba con cuidado, como todos solíamos hacer cuando estábamos en clase y pinchábamos al de delante, y derramaba otro chorrito.
Aunque eso no era una clase, eso no era un compañero con el que luego poder compartir unas pelis, un almuerzo, o jugar a los cromos, para compensar las molestias, para recordarle que son bromas de colegio, que en fondo somos amigos y esas cosas no tienen importancia.
Era un tipo durmiendo, tapado con una manta. Durmiendo con sus botas puestas. Unas botas buenas, seguramente las únicas que tenía desde Dios sabe cuándo. Y aquel hijo de puta le estaba mojando la manta sólo para echarse unas risas. La única manta a la vista, porque en esa mochila que estaba usando como almohada no cabía otra.
Cabrón, pensó.
Estaba ahí parado, y vio que derramaba más líquido. Se giró y lo dijo en voz alta.
¿Pero por qué coño están haciendo eso?
Porque son gilipollas, dijo uno de sus amigos.
Vamos a calentarles, dijo el otro.
Y el motivo por el que odió al chaval que tiraba el zumo, a ese hijo de la gran puta, es porque, por un momento, se lo planteó en serio.
Pensó entrar ahí, sin decir ni mu, y partirle la traquea, a él y a sus colegas.
Eran todos más fuertes, más altos y más guapos. Niños bien. Invertían un montón de tiempo y dinero en tener ese aspecto, pero en el fondo seguían siendo lo que eran. Puta escoria. Niñatos de mierda que sólo se siente arriba teniendo alguien debajo. Echándole porquería por encima. Zumo de naranja en su única manta. Así que, dada su ventaja, pensó que lo que tenía que hacer era entrar rápido con sus amigos y no darles tiempo a reaccionar. Soltarles toda la rabia que llevaban haciéndole acumular desde que tenía uso de razón.
Reventarle la puta cabeza contra el cajero, partirle los dientes contra el cristal y cagarse en su boca abierta, después de haberle desencajado la mandíbula a puñetazos.
Por eso odiaba a ese cretino, porque por un momento le hizo odiarlo todo. Pedazo de mierda, cobarde; cabrón.
Mientras valoraba todo eso el bulto se movió y el del zumo se retiró un poco, sonriendo, buscando aprobación. Los colegas se la dieron, uno sólo con una media sonrisa, los demás riéndose. Vio el golpecito que uno le daba a otro en el hombro, qué pasote tío, qué risa, y sintió ganas de explotar ahí mismo.
De reventar y llevárselos a todos por delante.
Justo entonces pusieron rumbo a la puerta. Siguió andando y, de reojo, vio cómo abandonaban el cajero y dejaban al hombre de la manta solo otra vez.
Pero ya le habían jodido la noche, el del zumo y su séquito de subnormales profundos.
Lo habló con sus amigos. Había más silencios incómodos que palabras. Comieron algo; unos trozos de pizza. Y no podía, joder, le habían boicoteado la paz interior, el nirvana, la calma, el puto Ommm.
Cerdo de los cojones.
Le concedió el punto, no sólo había jodido a un pobre tipo durmiendo en un cajero, también le había jodido a él. Tienes impunidad, pensó, eres TAN guay que nadie va a reventarte la cabeza sin convertirse en alguien peor que tú.
Esa es tu ventaja, pedazo de mierda seca.
Así que se comió los dos trozos de pizza y compró un tercero, volvió al banco, entró y se quedó parado a los pies del tipo que estaba durmiendo allí mientras sus dos amigos esperaban fuera sin tener ni puta idea de qué iba a hacer.
Miró las botas y observó los ojos dormidos, estaba tapado hasta la nariz con la manta que aquel gilipollas le había mojado. Podía ser un chico o una chica, no se veía bien.
Lo llamó despacio, varias veces, hasta que se despertó. Se incorporó, rápido, alerta. Seguramente por el susto de antes; notar algo mojado en la espalda, girarse y ver una panda de subnormales como aquellos a su alrededor, en fin, menuda fiesta tenía que ser.
Quizá era uno o dos años más joven que él. Un chaval joven, no uno de esos viejos vagabundos, tan sólo un chaval sin suerte, sin pelo de moda, sin ropa de marca, sin cinturón de hebilla ancha. Un tipo como él, como cualquier otro, como el imbécil del zumo. Aunque ese ya no supiese verlo.
Está recién hecha, dijo, y le dio el trozo de pizza.
Gracias.
De nada.
Salió y puso rumbo a casa. Sus amigos no dijeron nada. Esperaba sentirse mejor. Pensó que quizá no pueda pararlos, no puede impedirles que con su mezquindad conviertan el mundo en una bola de mierda, pero al menos puede compensar un poco, intentarlo, hacer otras cosas aparte de machacarlos hasta que sean algo blando y húmedo, hacer otras cosas aparte de convertirse en lo mismo que ellos.
En un mierda que sólo sabe sentirse bien haciendo sentirse mal a otros.
Yo les habría pegado, dijo uno de sus amigos.
El otro no dijo nada.
Yo no, pensó, pero ha faltado poco. Muy poco.
Eso le preocupaba.
Se despidió, llegó a casa y se acostó.
Pensó que, al menos, el tipo de la manta se había comido un buen trozo de pizza.
No se sintió mejor. Odió al chico del zumo por eso.
Y se durmió odiándolo.

25 de diciembre de 2006

Navidad y Bolas de Chicle

No es un cuento de Navidad, aunque ocurre en esas fechas.
Él está detrás del mostrador y dos niños, chico y chica, entran a la tienda vestidos de Papa Noel. Ninguno de los dos supera el metro diez de altura, aunque ella es un poquito más alta.
Feliz Navidad, dicen a los clientes, y muestran una pandereta a modo de platillo, esperando que caigan unas monedas.
La pandereta está vacía.
Reconoce el acento; son rumanos. Le recuerdan a su amigo Adrián, que también lo es, aunque él tiene los ojos claros y el pelo rubio y estos dos niños son oscuros de piel y tienen los ojos marrones. Los de la niña son preciosos. Todavía no son tristes, aunque no tardarán demasiado. Quizá un par de años, cinco con suerte.
Vivir deprisa quita cosas, aunque te de otras, y eso se ve en los ojos.
Tiene otra amiga, también rumana, que vino aquí a construirse una vida mejor. Siempre la mira con disimulo cuando la ve jugando con su hija, porque sabe que cada uno de esos segundos felices fue precedido por momentos amargos, alguno de los cuales ya le ha contado, en confianza, mientras cenaban o se relajaban tomando un café. Hablando de la vida. Recuerda ver a la niña sonreír, jugando con un globo, mientras ella la observaba y cruzaba una mirada con él de vez en cuando.
Su mirada decía que por esa niña todo vale la pena.
Todo.
Así que no puede evitar preguntarse si la pequeña vestida de Papa Noel tiene alguien que la quiera de esa forma. Si a veces no es la suerte quien nos pone en una posición u otra, sin que podamos hacer nada más que sobrevivir con lo que se nos da.
El niño empieza a leer uno de los carteles. Sílaba a sílaba. En voz alta. La niña se limita a curiosear con la mirada.
Él se acerca al niño, que se queda mirándole con el dedo puesto en la siguiente sílaba.
¿Has probado a leerlas juntas?
El niño se ríe y pregunta. ¿Cómo?
Verás, dice él, en vez de In-for-ma-mos, las lees por dentro, las juntas, y entonces las dices en voz alta.
El niño sonríe mucho, enseñando todos los dientes. Tiene una sonrisa bonita. Sonrisa de postal.
Informamos, dice.
Él asiente, eso es, dice, informamos.
El niño se lanza a por otra palabra.
Hay un momento de silencio, como si hiciese una suma.
Clientes, dice el niño.
Exacto, ¿ves?, ya le has cogido el truco, ahora es cuestión de práctica.
La niña está curioseando la máquina de chicles. Intenta forzarla un poco. Él hace como que no la ve y sigue a lo suyo. Al rato el niño ha dejado de juntar sílabas y está intentando forzar el cierre.
Él se asoma por encima del mostrador.
¿A qué estamos jugando?, pregunta.
La niña sonríe, pero su sonrisa no es como la del hermano. También es bonita, pero empieza a tener matices de aprendida. Un arma de supervivencia como otra cualquiera.
A nada, dice, estamos viendo cuánto vale.
Son cincuenta céntimos, contesta él, te da un puñado.
¿Muchos?, dice ella.
Un puñado. Quizá un poquito más, tus manos son pequeñas.
La niña empieza a sacar moneditas de sus bolsillos. De dos y diez céntimos. La caridad. Lo que nos sobra. El estorbo en el bolsillo.
Comida de pandereta.
Algunos clientes contemplan la escena, miran al empleado y luego siguen a lo suyo.
La pequeña Papa Noel de ojos bonitos contando monedas.
El pequeño Papa Noel de sonrisa bonita contando monedas.
Él allí, en el mostrador, viéndolo todo.
Los clientes, con sus bolsas de la compra, van de paso. Están alquilando alguna película, para poderla ver con la familia, incluso con esos a los que sólo llaman en estas fechas. Para tener algo que hacer en lugar de mirarse a los ojos y hablar, hablar de verdad; de lo buenos que intentamos parecer cuando las calles se llenan de adornos, alfombras rojas y escaparates vistosos. De lo buenos que en realidad no somos.
Joder, se dice en voz baja, odio la Puta Navidad.
Así que cuando la niña deja su cargamento en el mostrador él lo devuelve a la pandereta. Se mete la mano en el bolsillo y le da una moneda a la niña.
Yo invito, dice, y deja el dinero a la vista, no te lo guardes, déjalo en la pandereta; os irá mejor así.
No le explica por qué.
Intercambian unas sonrisas e intenta que no se note lo incómodo que se siente cuando la niña le da las gracias. El pequeño observa a su hermana ir hacia la máquina y, en vez de ir con ella, vuelve a seguir descifrando el cartel que antes dejó a medias.
Él sigue haciendo sus cosas, pero eso no le impide ver cómo la niña se lleva la mitad de las bolas al bolsillo y después camina hacia el mostrador con la otra mitad en la mano.
¿Tan pocas da?, le dice, dijiste un puñado. Son pocas.
Él mira las bolas de chicle y después mira esos ojos bonitos que ya han aprendido a mentir.
Bueno, dice, ¿Cuánto te ha costado?
Cincuenta céntimos, dice ella.
¿Sí?, él no puede evitar que su ceja se levante al preguntar.
Sí, afirma la niña, todavía enseñando su mano apenas llena de bolas de chicle.
Yo diría que no te han costado muy caras, ¿no?, creo que, en realidad, te han salido gratis, ¿no es verdad?
Entonces la niña sonríe y, por un momento, vuelve a ser sólo una niña.
Vamos, le dice al hermano.
El niño deja el cartel y, antes de ir hacia la puerta con su hermana, se para frente al chico y le pregunta, ¿Me puedo llevar películas?
No, sólo la gente que está apuntada al video puede llevarse películas. Si tus papás se apuntan entonces podrás llevártelas.
Vale.
Los dos se marchan.
Él se queda mirando a la gente al fondo del video, ajenos a todo, eligiendo con qué película ignorarse unos a otros.
Después mira la máquina de chicles.
Al final se queda un rato con la mirada perdida en el papel que el niño leía.
Informamos a los señores clientes que será imprescindible presentar el D.N.I acreditándose como socio para poder alquilar.
Eso dice el texto con el que el niño intentó aprender a leer mejor.

11 de diciembre de 2006

Poesía

Ayer escribió su nombre en el culo de una chica.
Por la mañana ella le miró mientras él, en el marco de la puerta, sujetaba su ropa. Lo suficientemente lejos como para que ella se levantase a cogerla. Pegó un buen vistazo a su cuerpo desnudo, sin cortarse ni tres.
Y se sintió de puta madre, joder.
Porque, en esos ojos, y en otros antes, vio que lo mejor de él es lo cabrón que puede ser a veces.
Así que, colegas, a la mierda la poesía.
Vamos a divertirnos.
¿No?

25 de noviembre de 2006

Adrede

Hoy he recordado algo sobre mi madre en lo que no pensaba desde hace mucho tiempo.
Recuerdo que un día, jugando en la mesita baja de mi salón, cuando era niño, me enfadé. No recuerdo por qué, creo que fue por algo que intentaba hacer y no me salía, pero, como he dicho, no lo recuerdo bien.
El caso es que me enfadé y rompí una figurita. La tiré al suelo. Adrede.
A mi madre le encantaban las figuritas.
También le encantaba romperlas contra el suelo cuando se enfadaba, pero esa es otra historia.
Recuerdo que ella me miró y yo me quedé congelado, consciente de que había visto lo que acababa de hacer y de que, seguramente, me iba a pegar.
Mi madre se puso delante de mí, se agachó a mi altura, me miró a los ojos y me preguntó:
¿Lo has roto sin querer o ha sido queriendo?
Me quedé callado mirándola y, al final, hice lo que hago siempre; dije la verdad.
Lo he roto queriendo.
Mi madre se levantó, fue a por la escoba y barrió todo aquello mientras yo seguía allí sentado, mirándola. Luego volvió a sus cosas, estaba ordenando algo, tampoco recuerdo bien esa parte.
Cuando volvió a mirarme le pregunté.
¿Por qué no me has pegado?, dije, lo he roto queriendo
Ella dejó lo que estaba haciendo y volvió a agacharse a mi altura.
No te he pegado, dijo, porque has dicho la verdad. Si hubieses mentido sí te habría pegado.
Esta noche he recordado todo esto por cosas que no vienen al caso.
Esto y que aprendí mucho de ella, de forma directa o indirecta, pero, curiosamente, esta lección es una de las que más valoro.
No me importa que me mientan, porque entiendo que todo el mundo lo hace, pero una vez detecto las mentiras, y por suerte o desgracia lo hago con bastante precisión, siempre concedo la oportunidad de decir la verdad. Siempre. Sin excepción.
Esto intento aplicarlo a todo, sobre todo a mis relaciones personales.
Hoy he llegado a la conclusión de que me moriré sin que ninguno de los mentirosos que pasen por mi vida diga la verdad en el momento en que le comunique que sé que está mintiendo. No importa que les brinde mil oportunidades de decir qué ha pasado realmente, ni que incluso se lo insinúe de forma abierta, ni que les deje claro que no pasa nada, que pueden hablar. Tampoco importa que les haga una descripción exacta de lo que realmente ha pasado, eso que están escondiendo con su mentira.
Da igual.
Siempre dirán que lo rompieron sin querer.
Y yo siempre sabré que están mintiendo.
No podéis imaginar lo triste que eso resulta para mí. No creo que nadie pueda hacerse una idea de, hasta qué punto, ese detalle me roba la fe en mil pequeñas cosas.
Y en otras más grandes.

12 de noviembre de 2006

Locos por bailar

Cualquiera de nosotros podría decirlo.
Decir que sólo tu cuerpo cumplió sus promesas.
Que cada uno de los placeres que parecía capaz de dar fue dado.
Preguntar dónde estaba tu alma en aquellos momentos.
Decir que se esforzó en buscarla, que la invitó a bailar, que se vistió con sus mejores sentimientos. Que sólo encontró disculpas por no acudir nunca a esa cita.
Que las disculpas empezaron a aburrirle, haciéndole mirar hacia otra parte.
Dijiste que todo era distinto, especial, intenso.
Podría preguntar en qué gesto escondías todo eso que decías sentir.
Cualquiera de nosotros podría decir que no supo mantener hogueras encendidas con leña que no estaba dónde tú dijiste que estaría.
Que quizá fue mala suerte, por las llamadas que no se cogen, por los momentos que no se comparten, por los mensajes que no llegan, por las palabras que no se dicen. Pero ahí terminamos todos, tarde o temprano.
Observando tu baile solitario.
Empezando el nuestro.
Cualquiera de nosotros podría decirlo y, sin embargo, callamos.
Intentando escuchar una música que nunca suena.
Todos nosotros.
Locos por bailar.

7 de noviembre de 2006

Hoy está loca

Estoy harta de limpiar sus mierdas, dice.
Y la mete en la bolsa de basura, junto con un montón de cosas más. La perra es pequeña y tiembla, casi sin moverse.
El niño mira desde el suelo, sentado. Pero mamá, dice, no puedes tirar un animal a la basura.
Y el miedo, a que lo haga, a que la mate, lo deja inmóvil mirando.
Hoy está loca.
No puedes hacerlo.
Claro que puedo, ya verás tú.
Deja la bolsa en el suelo y la perra, poco a poco, va saliendo con cuidado, como si supiese que algo anda mal.
No puedes hacerlo, piensa él.
No quiero vivir habiéndote visto hacer algo así.

16 de octubre de 2006

Nómada

Ella apoya las dos manos sobre su mesa y él levanta la vista para mirarla.
Sonríe con cara de ir a decir algo divertido, ladeando un poco la cabeza, una ceja levantada.
Entreabre los labios un momento y los deja así antes de hablar.
Siempre es guapa, pero en ese momento es también bonita.
Como si estuviese a punto de confesar alguna trastada de la que se siente orgullosa.
Picardía de patio de colegio.
Si me dices en qué estás pensando te invito a la siguiente copa. Lo dice balanceando la cabeza; como cuando estás pensando qué precio ponerle a algo.
El segundo mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que invita a copas.
Escitas, dice él. Pensaba en eso.
Ella deja escapar un poco de aire por la nariz mientras sacude la cabeza. Levanta las cejas y dibuja una risa muda durante unos segundos, luego se dobla un poco hacia atrás y le observa frunciendo el ceño, brazos en jarras. Todos sus gestos tienen un algo de broma infantil. A él le gusta que haga eso. Ella lo sabe.
Vaya, dice, eso es ser directo, Señor Mepasolatardeaquíescribiendoybebiendo. Esperaba unos cuántos días más de preámbulos, quizá alguna insinuación para ir al cine, pero no una confesión tan directa. Menos mal que no me he puesto minifalda. Vaya con la testosterona.
Ella es sarcástica hasta la médula.
Él también.
Por eso viene aquí a escribir. Por la compañía.
No, no, dice él riéndose mientras levanta las manos, he dicho escitas, no excitas; pensaba en los escitas, no en que tú seas o no excitante. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Ella pega un vistazo al local.
En estos momentos es el único cliente, así que retira un taburete y se sienta frente a él.
Bueno, pues cuéntame eso lo de los escitas.
Verás, dice él, los escitas eran unos tipos que durante casi treinta años dominaron lo que ahora llamamos Asia.
Ella parpadea dos veces y encoge los labios. Después apoya sus codos en la mesa y clava su mirada en él.
Intenta no pensar en lo guapa que está así.
Bueno, lo gracioso de esos tipos, lo que los hacía tan difíciles de combatir era que, simplemente, no estaban en ningún sitio.
Ella pone la misma cara que pondría si le contase que anoche vio una nave espacial con dos avestruces pilotándola. O algo igual de inverosímil.
Quiero decir, los tipos existían, claro, pero no tenían una base fija. Iban a caballo antes de que se pusiera de moda. Ni siquiera se molestaban en ir dejando destacamentos en las tierras que iban conquistando. Simplemente sabías que estaban ahí y que en cualquier momento, pumba, los tenías encima.
Eso pasa con algunos clientes también, dice ella. Menos mal que tengo el sifón para defenderme.
Los dos se ríen.
El caso es que en aquella época casi todo el mundo estaba ya en algún sitio fijo, sigue él, y aquellos tipos eran nómadas, y contra lo que pueda parecer, aquello les daba una ventaja increíble.
Incluso algunos enemigos que podrían haberles derrotado evitaban el combate con ellos.
¿Por qué?, pregunta ella.
Bueno, dice, supongo que preferían atacar enemigos asentados, ya sabes, que tuviesen territorios e infraestructuras contra las que poder cargar. Es complicado luchar contra un enemigo que no está en ninguna parte, de hecho los escitas, pese a ser virtualmente dueños de toda esa zona, pasaban bastante del tema. Se dedicaban a moverse libremente, se aprovechaban de los recursos del lugar donde estuvieran en ese momento y luego se movían a otro sitio. Era complicado combatirles porque, si lo piensas bien, la mayoría de guerras se centraban en arrebatar o destruir las posesiones al enemigo, y esta gente lo tenía montado de una forma distinta, por no decir que no lo tenía montado, así que la guerra convencional era difícil contra ellos. Dejando de lado que eran más brutos que hechos de encargo, claro. Además, si querías zurrarte con ellos tenías que esperar a que te encontrasen, lo cual te hacía estar a la defensiva. Ellos siempre estaban a la ofensiva porque no tenían nada que defender salvo su pellejo. Hasta que no atacaban no sabías nada de la naturaleza de su ataque ni de sus objetivos y, si se lo veían muy mal, podían pasar por delante y tú no te dabas ni cuenta. Eso, aunque hoy nos cueste concebirlo, parecía darles una ventaja bastante grande.
Sí que suena raro, sí.
Si te fijas bien, en esencia, la cosa se basa en que no se les podía hacer daño estructural o económico porque no estaban constituidos en ese sentido.
¿Y qué hacías pensando en eso?, eres la hostia de raro. Quiero decir, que eres muy majo, y molas y todo eso, pero eres muy raro.
Pues la verdad es que no sé si decirte por qué estaba pensando en eso, no sea que me veas más raro todavía y no me quieras dar de beber. Tengo sed, ¿Sabes?
Y se coge el cuello con las dos manos sacando la lengua, como si se ahogase.
Ella se ríe arrugando la nariz y le golpea en el hombro llamándole idiota.
En serio, me pica la curiosidad, ¿por qué pensabas en eso?
Bueno, estaba pensando en eso porque me gusta la Historia, es decir, no me gustan las fechas y la cronología y todo el rollo, pero sí me gusta la Historia como almacén de ejemplos. Creo mucho en la memoria. Siempre digo que no tener memoria es lo que permite que te la claven varias veces por el mismo sitio. Esta táctica de los escitas, su esencia, el rollo descentralizado, se ha utilizado en resistencias, ¿sabes?, para defenderse, para causas justas, pero también se ha utilizado para atacar, para oprimir, para dispersar el poder e impedir que sea atacado en ningún punto estable.
Ella ladea la cabeza y encoge un poco los ojos. Sonríe de medio lado.
Pasa mucho en la Historia, sigue él, alguien establece algún tipo de táctica y luego el poder la convierte en estrategia. Termina sirviendo para lo contrario. Son cosas que se pueden usar en un sentido u otro, supongo que no hay casi nada bueno o malo, es una cuestión de uso. Estaba pensando en las herramientas que tenemos, eso es todo.
Ella le mira un momento. No hay gesto infantil. No está sonriendo. No está siendo más guapa de lo que es como suele hacer casi todo el tiempo. Tan sólo le está observando, en silencio.
Él se siente un poco extraño bajo su mirada. No sabe si le gusta sentirse así.
Hoy, dice ella, saldré a las diez. Tráete alguna peli, cenamos en casa y me cuentas más cosas de esas. Si se nos hace muy tarde te quedas a dormir, pero mañana me acompañas al banco temprano, así no me aburro ¿Te parece?
Vale.
Sonríe, se levanta y camina hacia la barra.
Se queda mirándola mientras le pone la copa.
Le cae bien.
El mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que te invita a su casa a cenar, a ver pelis, charlar y quedarte a dormir.
Así que esta noche toca ser nómada, piensa.
Como los jodidos escitas.

8 de septiembre de 2006

Pompas de jabón ( Para Dani )

De pequeño me gustaban las pompas de jabón.
Recuerdo tardes enteras en la cocina, jugando con ellas sobre el mármol blanco. Al principio estallaban en cuanto aterrizaban sobre él.
Desaparecían.
Estaban ahí, flotando, con ese arcoiris raro dentro y, entonces, dejaban de estar.
Dejaban de existir. Tan sólo quedaba una pequeña mancha húmeda, como la que dejan algunos besos.
Después descubrí que, cuando llevabas un rato jugando con ellas, cuando el mármol estaba ya muy húmedo, se posaban y se quedaban allí un rato.
Probé a mojarlo con agua nada más empezar a jugar, pero no era suficiente.
Seguían estallando.
Llegué a la conclusión de que necesitaban que su suelo estuviese cubierto de lo mismo que ellas, así se fundirían con él y aguantarían más tiempo.
Y así fue.
Pompas enormes dentro de las cuales mirar, preguntándome cómo sería.
Una vez conseguida la pompa que no estallase quería saber cómo sería estar dentro.
Era casi un mundo dentro de otro.
Casi.
Mojaba mis dedos con jabón y los introducía, despacio, dentro de ella.
Mi aliento le daba forma, el jabón lo contenía, el arcoiris raro cambiando de sentido una y otra vez, anunciaba cosas. Aprendí a leerlo. A saber cuándo la pompa iba a estallar. Estaba todo en sus giros. Sólo había que observar con atención.
No importa cuánto jabón usase.
Siempre terminaban estallando.
Al final la carne y la pompa siempre entraban en contacto.
Las pompas sólo entienden de jabón.
Nosotros entendemos más cosas. O lo intentamos.
Ellas no.
Ahora sólo me gustan las cosas que no necesitan que estés hecho de lo mismo que ellas para no desaparecer. Las pieles que aceptan el roce de otra piel sin nada que la disfrace.
Me gustaban las pompas de jabón, pero ya no quiero saber qué se siente estando dentro.
Siempre estallaban.
Siempre estallan.
Siempre estallarán.
Por eso me gusta estar fuera.

3 de septiembre de 2006

Tic, tac

El dolor le despierta.
Algo le golpea el pecho, una sola vez. Su brazo izquierdo está dormido.
El ventilador sigue girando como si nada de eso estuviese ocurriendo.
Se incorpora en la cama y se queda mirando al frente, a oscuras, listo para que el dolor aparezca de nuevo y se lo lleve por delante.
Siempre pensó que su corazón acabaría con él. Un día de estos. Es ese tipo de cosas que sabes sin entender por qué. Como cuando te despiertas y sientes que será un mal día.
Como cuando aciertas.
No me da miedo morir, dice a las sombras, he vivido muchas cosas, buenas y malas. He aprendido a tratarlas por igual. Según el jodido Kipling el mundo me pertenece.
A la mierda Kipling.
Estoy rodeado de gente que piensa que vivirá para siempre. Rodeado de gilipollas que no llaman a las cosas por su nombre.
Ahora existo y un día dejaré de existir.
Me la suda.
Borradme del mapa, cabrones, me da igual. Ya he hecho lo mío, estoy en el tiempo extra. Si me muero dándome cuenta estiraré el dedo medio para que me encuentren así.
Mi legado.
A tomar por el culo, pandilla.
Se queda allí, con el brazo cogido.
Esperando.
Nada. Ni rastro de dolor.
Quizá sólo lo soñó.
A lo mejor se le durmió el brazo y eso le despertó.
Vuelve a tumbarse y mira el techo.
Sonríe.
Saber que un día estirarás la pata, que ocurrirá en cualquier momento, que por importante que te parezcan tus cosas sólo eres un reloj haciendo tic tac hacia atrás, te da perspectiva.
Perspectiva y toneladas de libertad.
Otra vez será, piensa mientras se duerme.
Otra vez será, sí.
Pum, pum.
Tic, tac.

28 de agosto de 2006

Salen rubias, pero no estas.

No me gusta que tomen el pelo a la gente.
Vale, sí, es verdad. Soy un jodido misántropo, pero es una forma de hablar, ya me entiendes.
La cosa es que hay distintas formas de tomar el pelo. Pueden contarnos una mentira y sacar provecho de ella, en plan timo de la estampita. Cosas directas, ya sabes. Y luego están las formas más sutiles. La religión, el final de Matrix, los recuentos de votos en Florida (Vale, esa no fue muy sutil, pero funcionó), la virginidad de Britney Spears, Paolo Coelho, el Creacionismo, las hipotecas, los telediarios, el sistema judicial, el amor para toda la vida, la jodida civilización, etcétera, etcétera.
El caso es que hay muchas formas de tomar el pelo a la gente, pero en esta no me había parado a pensar.
Estás en un videoclub, trabajando. Solo.
Viene un tipo a devolverte cuatro películas porno. Porque todo el mundo sabe que los auténticos fans del molinillo las cogen de cuatro en cuatro, con dos huevos.
Las coges. Las estás comprobando y te dice, de forma bastante tímida, que una de las películas no coincide con la que alquiló.
Automáticamente te ciscas para tus adentros en los muertos más frescos de todos tus compañeros (porque eres un tipo la hostia de simpático), que han vuelto a meter, por enésima vez, una película en la estantería sin comprobar que el número del disco y el número de la carátula se correspondan.
Rebufas, compruebas y, para tu sorpresa, sí coinciden.
Entonces miras al cliente y él echa un vistazo rápido a su alrededor, se acerca un poco y te dice en voz baja que sí, que los números coinciden, y la portada del disco también coincide con la portada de la película que él alquiló, pero resulta que, según él, lo de dentro no tiene nada que ver.
Es decir, sigue, salen rubias, pero no estas.
Señala el DVD.
Miras a las dos rubias del DVD. Piensas que aun no es tarde para ser actor porno y acto seguido te maldices por ser tan monógamo. Vuelves a mirar al cliente.
Él tampoco sale, dice señalando al tipo que les sujeta amablemente el culo. No sea que les entre un ataque repentino de gravedad y se les caiga, a las pobrecitas. Un negro. Enorme. Con cara de mira lo que tengo para cenar.
Y, dice carraspeando, tampoco salen negros. Ningún negro.
Ahí ya te mosqueas un poco.
¿En una peli que se llama Devoradoras de ébano no salen negros?
Entonces subes los hombros como diciendo, y yo qué sé, tío. Y se va, no sin antes precisarte que el título que sale en el menú de ejecución de la película también se corresponde con la carátula, pero que las escenas no tienen nada que ver.
Entonces es cuando aparecen dos posibilidades.
O bien el tipo se la cascó en la advertencia legal y no le dio tiempo a ver la película, por lo que sería comprensible que no hubiese llegado a ver al negro ni a sus dos amigas, o bien la distribuidora está tomándole el pelo a sus clientes.
No sé qué harías tú. Yo puse el DVD.
Fui al menú de escenas y pegué un vistazo por encima. Ni rastro de señores oscuros con cocacolas de dos litros entre las piernas. Sí que parecía haber un par de rubias, pero no eran las de la portada. Ni de coña.
La clienta que deambulaba por el video pegó un vistazo al monitor, me miró y volvió a mirar el monitor.
Señora, dije, estoy comprobando una película. Además estoy informado de lo de París, la cigüeña y todo lo demás, así que no sufra. Lo peor que puede pasar es que me entren ganas de reproducirme.
Salió corriendo y gritando algo sobre ligadura de trompas que no entendí demasiado bien.
Ya con el videoclub vacío pensé en mirar unos segundos de cada escena con el rebobinado rápido puesto, para asegurarme.
Nada, ni negros, ni latinos, ni victimas del reggeton ni nada de nada.
Y las rubias, en fin, las rubias una miseria comparadas con las de la portada.
Apagué.
La hostia, pues el tipo tenía razón.
Es la leche. La gente piensa, bah, da igual, para hacerse unas pajillas, ¿qué más dará?
Pues no, hombre, no da igual.
Es como si te coges una película con naves espaciales en portada.
Y luego sale Meg Ryan. Ni una puta nave espacial a la vista.
Te mosquearías, ¿verdad?
Claro, puestos a que sean del género que se sobreentiende por la carátula, te puedes coger una peli de acción con Bruce Willis en portada y verla para descubrir que no sale Bruce Willis. Pero, oye, es una peli de acción, ¿Qué más da?
Me pasé un rato pensando en como se había callado el tipo. Joder, se trata a los clientes de porno como si fuesen una especie de bichos raros y son ellos los que dan de comer a media plantilla. Sus películas cuestan más baratas al dueño y se alquilan más caras, además suelen tener retraso con el correspondiente recargo. Una vez se enganchan no hay quien los pare.
En el otro extremo están los que te las devuelven a la media hora. Siendo generoso con el tiempo. Así que la puedes alquilar varias veces al día.
El caso es que la empresa se forra con ellos.
Es cierto que una vez tuve que darle un cursillo a uno, con papel higiénico y recorrido imaginario del sofá al reproductor con la mano manchada, sobre cómo limpiar las películas antes de traérnoslas. A fin de cuentas, como dijo una excompañera, existen trabajos donde pagan bastante más por tocar semen, y este no es uno de ellos, así que la pulcritud se agradece bastante.
También es cierto que hemos tenido que sacrificar carátulas por ser incapaces de despegarlas, pero aún así preguntas en todos los videoclubs de la cadena y los clientes con más caja son siempre, y cuando digo siempre no quiero decir a veces, gente que alquila porno.
Si hubiese sido otro cliente, con una película donde en portada hubiera una cosa y dentro, con el mismo título, otra, me hubiese llovido la bronca irracional de turno, con hoja de reclamaciones, juramentos en arameo y toda la parafernalia propia de los encabronamientos de los clientes.
Sin embargo el tipo agachó la cabeza y se piró, sin exigir nada.
La mayoría de hojas de reclamaciones que he me han puesto y que he visto poner eran por razones injustificadas.
Hace tiempo que no veo ninguna.
Al final la gente aprende que los dependientes son una especie peligrosa, sobre todo cuando tienen tus datos.
Este cliente podría haberse quejado o haber exigido que le compensaran con una película de negros haciéndole la revisión intestinal a dos rubias que te cagas la pata abajo. Y en lugar de eso se fue. Resignado.
¿Pero qué cojones es esto?
Salté el mostrador y enfilé al cuartito de las porno.
¡¡¡Sucias ratas embusteras, salid de vuestro escondite, manifestaos!!!
Las carátulas no decían nada, así que dejé de apuntarles con el ambientador y busqué la peli de marras. Al menos sé que esa miente. A las otras ya las pillaré.
La cogí, le di la vuelta.
Ahí estaban, las dos rubias y el señor mástil oscuro.
Esperando a que otro incauto pique y la alquile.
De toda la gente que la había alquilado nadie había dicho nada. Nadie. La cogían, hacían el numerito de sacarle el veneno a la cobra y la devolvían sin decir ni mú.
Pensé que alguien debería hacer algo al respecto.
Alguien debería quitarla de ahí.
No vais a ver a las dos rubias, joder, no están, es mentira, no piquéis, no la cojáis.
Alguien debería de ser capaz de dejar de concebir a los clientes del porno como unos simples guarros sin escrúpulos a los que les da igual una rubia que otra.
Alguien debería detener el abuso de las distribuidoras que mienten y engañan a sus clientes.
Alguien debería empezar a marcar la diferencia, con pequeños gestos.
Pensé en ello, un buen rato.
Luego hice la caja, el cambio de turno y me fui silbando.
Me encanta silbar.