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24 de agosto de 2006

Las latas de Prometeo

Está tumbado boca arriba en una roca, donde el agua del mar no puede salpicarle, el aire huele a todo el alcohol que acaba de vomitar.
-¿De verdad hay tantas estrellas?
-No-, dice el otro chico-, no hay tantas, eres tú que ves doble por la turca que llevas.
-Creo-, dice tocándose el costado-, que mi hígado ha dejado de funcionar, no puedo más, en serio, esta es la última, lo dejo, se acabó, no más borracheras.
-Vamos hombre, sabes que no lo vas a dejar, mañana por la noche estarás de nuevo hablándole a las latas y preguntándoles si piensan realmente que no puedes terminar con ellas igual que terminaste con sus predecesoras.
-Es que son muy altivas, tío, me desafían y pierdo el norte.
-Samuel, las latas no hablan.
-Hostia que no, bébete seis y tú también empezarás a escucharlas.
-Yo no bebo tanto, y lo sabes.
-Ya, por eso estoy así, siempre termino bebiéndome tu parte. En el fondo es culpa tuya.
Los dos se ríen.
-¿Sabes qué pienso, Samuel?
-Miedo me da.
-Pienso que eres el jodido Prometeo, aquí puteado en la roca con el águila de la borrachera picoteándote el hígado.
-¿Ese es el fulano que robó el fuego?
-Sí, y creó a los hombres y se pegó un par de columpiadas guapas con el cabrón de los truenos y los relámpagos, pero no es esa la parte de él que me recuerda a ti.
-Eh, que yo me tiro unos cuescos muy guapos.
-Ya, ya, pero el de los truenos es otro.
-Cierto, se me había mezclado la movida mitológica, es el alcohol.
-Prometeo, al ser inmortal, no podía morir. Entonces el águila le picoteaba el hígado, lo jodía a base de bien y luego, tachán, hígado nuevo y otra vez a empezar.
-Que guapo, un hígado que se regenera.
-Como el tuyo, mamón, no haces más que pillar turcas y decir que vas a dejarlo y a los dos días estás otra vez igual. Y encima tienes buen aspecto y todo, lo que yo te diga, el jodido Prometeo.
-Coño, pues no me lo había planteado. ¿Tendré que pedirles derechos de autor a los Griegos por usarme como base para sus historias?
-Hombre, está jodido el tema, más que nada porque nos llevan unos siglos de ventaja.
-Bah, pero seguro que a ti se te ocurre algo.
-Bueno, ahora que lo dices”
-No sé si quiero oírlo, me da vueltas todo.
-Bueno, con eso de que hay gente que dice que el tiempo ocurre todo a la vez aunque lo percibamos de forma lineal y con eso de que otros dicen que es circular y se mueve por ciclos” igual podemos alegar que un Griego hizo una enorme hoguera con hierbas y setas que no debería haber quemado, que se chupó todo el humo, que en medio del flipe se salió del espacio-tiempo y tuvo una visión, que te vio aquí jodido del hígado, para, acto seguido, verte un día después, como si nada, pidiendo un chupito de esos tan cafres que pides, y que eso le inspiró la parte de la roca.
-Tequila, Ginebra y Vodka
-Esos.
-Hombre, pues es una idea, aunque está jodido demostrarlo.
-Igual de jodido que demostrar lo contrario.
-¿Y lo de crear la humanidad?
-Bueno, la humanidad en general es una mierda, y tú me contaste que le pones nombre a las bolas que sueltas, antes de tirar de la cadena.
-La hostia, ¿de verdad te conté eso?
-Sí
-Vaya tela, voy a tener que beber menos.
-El caso es que tú también creas tus propias humanidades, aunque eres más sensato y tiras de la cadena antes de que puedan empezar a joderlo todo y llamarlo civilización.
-Es por si me piden paga, voy justo de pasta.
-Me hago cargo, me hago cargo.
-¿Entonces Prometeo?
-Sí, yo creo que sí.
-Joder, que guay, esto hay que celebrarlo. Acércame una lata.
-Vale, voy a ver si”¡¡Coño!!
-¡Joder!
-¿Has visto eso?
-Joder que si lo he visto
-¿Pero era?
-Y tanto que sí
-No puede ser, ¿en serio?
-Totalmente. Ha centelleado un momento y luego ha desaparecido.
-Pero parecía”
-No parecía, lo era.
-¿Lo era?
-Sí, un griego con la túnica llena de mierda y cara de haberse fumado medio bosque.
-Esto tengo que escribirlo.
-Vale, pero antes pásame esa lata. La que está tarareando la cabalgata de las valkirias.

16 de agosto de 2006

Así se hará

Está flotando en su torre.
Hay un viento que viene de todas partes, revolviendo su pelo, agitando su túnica.
Sus pies no tocan el suelo y su mirada está perdida en el horizonte.
Dos leones se acercan a él y agachan la cabeza.
Él no les mira.
Señor, dice uno de ellos, pedimos permiso para ir por ella.
Él inspira hondo.
Se gira.
Mira al león que ha hablado.
Hay llamas bailando en sus ojos.
¿Por qué?, le dice.
Señor, dice el león, usted cargó con su mal, enfermó por culpas que le pertenecían a ella, se despojó de su magia para hacerse vulnerable y sufrió lo que le correspondía sufrir a ella.
Rompió el equilibrio.
Ella debería haber cruzado esa noche oscura, no usted. Ella nació para sufrirla. Somos guardianes de la balanza, debemos compensar. Ella tiene que sufrir.
Él les mira y entonces, lentamente, deja de flotar.
Cuando la hierba que recubre la torre toca sus pies descalzos él la acaricia con los dedos. Sonríe un momento y vuelve a mirar a los leones.
Las llamas de sus ojos han desaparecido.
Los dos leones se miran un instante.
Entonces él empieza a hablar.
Cuando la encontré, dice rodeándolos, estaba perdida, hundida en su propia miseria. La negrura se la comía por dentro. Le di una daga y dejé que me hiriese, sabiendo que, por su naturaleza, lo haría. Absorbí su maldad y su dolor a través de la herida. Su mal sólo es visible cuando está atacando. Sólo en ese momento es vulnerable.
Y así fue cómo lo robé.
Así fue cómo lo puse dentro de mí.
Rasca una grieta en la pared, se sacude el polvo de los dedos y continúa andando.
Los leones le siguen.
Luché una guerra que ella no podía ganar. A ella la hubiese consumido, la estaba matando y no se daba ni cuenta. La única forma de acabar con la oscuridad que vivía en su interior era ponerla dentro de mí y destruirla.
Eso hice.
Quedó limpia, lista para vivir sin toda esa negrura dentro. Fue mi decisión, y salió bien. Miradla ahora. Ríe, casi ni recuerda cómo se sentía entonces. No quiero que le hagáis nada. He vuelto a la torre, puedo pisar el suelo siempre que quiera, moverme por sitios que antes no podía ni mirar, permanecer más tiempo aquí ocupándome de mis asuntos. Su maldad me hizo más fuerte. Estaba ofuscada por lo que llevaba dentro, así que cualquier daño que pudiese intentar hacerme fue involuntario. Ahora mismo sólo es una mortal feliz, con asuntos mortales, alejada de todo esto de lo que nunca sabrá nada. De todo esto que ni siquiera es capaz de imaginar.
Esa es mi voluntad, y debéis respetarla.
Señor, dice el otro león. Ella no debía ser feliz, ese no era su destino, usted sabe que algunas líneas no pueden cambiarse, aunque le servimos y respetamos hay cosas que ni usted puede alterar. Ella ha de sufrir, hemos de reinstaurar el equilibrio, forma parte de nuestra función.
Escuchadme, consentí esa herida porque su oscuridad era lo que me faltaba para completarme, porque a ella tan sólo le habría consumido sin dejar nada bueno detrás. A mí me era útil, a ella no. Nunca me había dejado herir de esa forma, de no haberlo hecho no habría llegado a comprender qué significa realmente ser el dueño de esta torre. La necesitaba para llegar a este punto. Vosotros, mejor que nadie, sabéis cómo funcionan estas cosas.
Una ramita en el suelo parece llamar su atención. La recoge y sigue hablando.
Sé que fue arriesgado, sé que la torre estuvo sola, sé que durante algunos meses no supisteis dónde estaba. Sin embargo su oscuridad me sirvió, su dolor me sirvió y si hice mío su sufrimiento fue para cumplir mejor mis tareas.
No me dañó, dice mirando cómo la ramita gira entre sus dedos, no me dañó, me hizo más fuerte, fue sólo una herramienta e hizo bien su trabajo; es por eso que no la tocaréis.
Los leones se miran entre sí y, entonces, comienzan a hablar al unísono.
Señor, lo sentimos mucho, hemos de hacerle daño. Usted sabe eso. Lo supo todo el tiempo. Robarle la negrura no la libró de su destino. Ella ha de sufrir, y usted lo sabe.
Siempre supo que sufriendo en su lugar sólo le conseguía un poco más de tiempo.
El tiempo ha expirado.
Hemos de restaurar el equilibrio.
Usted ha de darnos permiso.
Forma parte de su función.
Él los mira callado. Frunce el ceño.
Deja caer la ramita que tiene entre los dedos.
Las llamas vuelven a sus ojos mientras sus pies se levantan del suelo, gira poco a poco, elevándose en medio de un huracán que no está ahí, y cruza los brazos.
Cumplid vuestro cometido, dice, pero no le toquéis ni un pelo de la cabeza. Haced lo que queráis a su alrededor pero no la toquéis, ¿Lo habéis entendido? Ningún daño directo, sólo lo imprescindible, sólo lo que la balanza dicte. Ni más, ni menos.
Así se hará, señor.
Así se hará.
Los leones se alejan.
Él los mira hasta que ya no pueden distinguirse de cualquier otra cosa.
Se mira las manos.
Se queda un rato allí, sin hacer nada, con los ojos cerrados.
Lo siento, dice.
Siento mucho todo lo que te va a pasar a partir de ahora.
Sus lágrimas flotan junto a sus pies.
Sin tocar el suelo.

9 de agosto de 2006

Tierra y Círculos

Está sentado en el suelo, las manos llenas de tierra.
Le encanta la tierra.
Su madre está en la otra parte del parque, sentada, haciendo un suéter de lana bastante feo que le obligará a ponerse cuando llegue el invierno.
Aunque él ahora no sabe eso.
Hay otro niño. Lo conoce del patio. Es un año mayor, o algo así. Van a clases distintas, pero se ven en el recreo. Hay dos patios en su colegio; uno para los niños y otro para los mayores. Los dos juegan en el primero, aunque el chico es mayor que él. Se lleva mejor con los mayores. Entienden mejor sus bromas, tardan un poco más en dejarle solo, parecen más interesantes, aunque siempre terminan demostrando que no lo son. Pero tardan más.
El chico le reconoce y se acerca a ver qué está haciendo con la tierra.
Él se levanta y se sacude las manos.
Su madre sigue tejiendo.
La madre del otro chico está hablando con otra madre. En esa etapa para él las mujeres se dividen en dos clases: Madres y no madres. Ella lleva un carro con otro niño.
Un rayo de luz se cuela entre las ramas del parque y le da en los ojos, dejando toda la imagen grabada por unos segundos en su retina.
El otro niño, su madre, el carro.
Esa escena se quedará grabada mucho tiempo en su cabeza.
Aunque él ahora no sabe eso.
El niño le pregunta a qué está jugando y él le despista haciendo un par de bromas sobre excavaciones para encontrar el techo del infierno. Está de buen humor. El otro niño se ríe y mira los montones de tierra y, sobretodo, el círculo que él había trazado a su alrededor.
Más adelante los círculos serán importantes en su vida.
Llevará uno colgado siempre del cuello.
Tendrá otro que se romperá y se recompondrá con distintas personas conforme pasen los años.
Se concentrará en identificarlos, en ver cómo se abren y cómo se cierran; los ciclos, las etapas, los círculos.
Serán importantes.
Aunque él ahora no sabe eso.
El niño pregunta para qué es el círculo y él le contesta que para que no pase nada malo mientras excava. Dentro, dice, nada puede hacerte daño. Y sonríe.
Entonces ocurre.
El niño se lanza sobre él sonriendo, para jugar, tocarle, las típicas cosas de niños. Él sigue sonriendo, le sujeta por la camiseta tal y como viene y gira un poco sobre si mismo, dejando una pierna un poco separada. El niño choca con ella. Se cae.
Él sigue sonriendo pero al niño parece no haberle hecho gracia.
Le tiende la mano, vamos, dice, deja que te ayude, no ha sido nada, sólo te has manchado un poco.
El niño le mira desde el suelo. Piensa durante unos instantes y le da la mano.
Antes de que puedan tocarse su madre lo está levantando.
Él da un paso hacia atrás. Su madre sólo le mueve tan fuerte cuando va a pegarle. Debería, piensa, de levantarlo un poco más despacio.
No pasa nada, dice él, estamos jugando.
La madre del otro niño no le mira, parece como si no le escuchase.
Ella está mirando a su hijo a los ojos mientras le sacude el polvo del pantalón. No le está pegando pero tampoco le está limpiando. Es un punto medio, hay algo contenido en el gesto. Él está congelado, observando.
Durante el resto de su vida observará todo lo que la gente, incluyéndose a sí mismo, hace.
Aunque él ahora no sabe eso.
La madre coge a su hijo y le estira del brazo, coge el carro y se marcha.
Él se queda mirándolos.
El niño se gira un momento y luego mira hacia su madre, que le va a decir algo.
Te tengo dicho que no juegues con ese niño.
Y lo repite zarandeándole.
Te tengo dicho que no juegues con ese niño.
Habrá más niños que no querrán jugar con él. Con el tiempo algunas personas querrán estar a su lado pero terminarán marchándose, alguien decidirá por ellos que es mejor no jugar con él, otras veces lo decidirán ellos mismos, pero no será la última persona que vea alejarse.
Aunque él ahora no sabe eso.
Los ruidos del parque, su madre tejiendo en la otra punta, sin enterarse de nada de lo que ha pasado, el niño alejándose, la frase haciendo eco en su cabeza, una moto que pasa por la carretera.
Se mira las manos.
Mira la tierra.
Mira el círculo.
Mira la silueta de la madre, que sigue riñendo a su hijo. Por jugar con él.
¿Por qué?
De camino a casa se lo cuenta a su madre y cuando le hace la pregunta ella deja las bolsas con la lana y el suéter feo, se pone de rodillas para estar a su altura, y dice algo que a él, con el tiempo, le parecerá injusto.
No les necesitas.
Ellos a ti sí.

12 de junio de 2006

El Desierto

Iba a tenerla delante.
Le gustaba decirlo en voz baja, para sí mismo.
Dentro de unas horas iba a tenerla delante y, entonces, todas las pequeñas piezas que había reunido durante esos dos años encajarían.
Todo estaba dispuesto. Con su marcha empezó el desierto y con su visita terminaría.
Tan claro como que el agua moja, estés donde estés.
Había estado arreglando su casa esos días. Mientras lo hacía se arreglaba también a sí mismo. Con la paz que le proporcionaba tenerla cerca era capaz de entender muchas más cosas de las que podía entender sin ella. Si nunca has dormido junto a nadie y has sentido que valdría la pena morir en ese instante, que todos tus círculos están cerrados, que ya no queda nada más que hacer, que todo está en su sitio, que nada puede hacerte más feliz que ese simple momento de estar ahí, totalmente presente, vivo como nunca lo has estado, en ese único segundo en que su presencia lo hace encajar todo, si nunca has sentido eso te será difícil entender qué sentía. Él te desearía con todo lo bueno que le queda que algún día sepas qué se siente. Todos deberíamos sentirnos así al menos una vez en la vida, solía decir.
Iba a recogerla en el mismo sitio en que la dejó marchar.
Todos tenemos nuestra propia mitología personal, nuestras etapas, el nombre que ponemos a los capítulos de nuestra vida, más sencillos o más complicados, pero capítulos.
Te hayas dado cuenta o no tú también lo haces.
En la suya el tiempo que va desde decirle adiós hasta volver a decirle hola se llama El Desierto. Lo llama así por muchos motivos. Él Podría contarte que ese Desierto estuvo dividido en dos tramos, que la sed fue un factor importante, que aprender a ignorarla lo fue aún más, que a veces el agua que te ofrecen puede estar envenenada y que hasta los compañeros más fieles pueden desaparecer en medio de una tormenta de arena. Podría contarte cómo se aprende a ganar, a perder, a vivir y a morir en el desierto porque, le creas o no, esos dos años fueron toda una vida, encerrada en un pequeño periodo de tiempo, y eso es una suerte.
Poder vivir varias vidas en una.
A partir de la primera mitad empezó a observar con atención, y eso le ayudó a entender qué estaba ocurriendo y, lo más importante, porqué. Luego miró hacia atrás y entendió algunas cosas del primer tramo. Cosas que parecieron pequeñas en su momento. Conforme se fue acercando el final fue recapitulando, observando círculos cerrarse, notándolo llegar. Hacía falta algo para dar el desierto por terminado, algo debería indicar que ya estaba cruzado. Entonces llamó, hablaron, rieron y ella cruzó media Europa para pasar unos días en casa con él.
La mujer que no podía darle futuro le dio un presente que lo cambió todo.
Iban a ser unos días buenos, eso lo sabía. Le apetecía disfrutar de su compañía, ahora que, después del desierto, había aprendido a saborearlo todo.
Ahora sabía beberse la vida.
Y los primeros tragos los daría con ella.
Porque así había de ser.
Porque así lo eligió.

26 de abril de 2006

Sólo un par de segundos

Ella le mira desde la cama mientras él se viste.
Sabes, dice, no eres tan frío como intentas hacer ver.
Él mira por encima de su hombro.
Te equivocas, como todo el mundo, pero es bonito que intentes entenderme, aunque es inútil, cuestión de estadística, sólo una persona lo consiguió, el resto falló y tuvo que inventar teorías, cada cual más ridícula que la anterior, intenta no sumarte a ellos, me gusta que tengamos estos ratos.
Le sonríe, le saca la lengua y se sigue vistiendo.
Ella da una calada a su cigarro, le mira durante unos segundos y tira el humo torciendo la boca, sin dejar de mirarle.
Eres un pedante de mierda, eso sí, Don Superior Soy Más Listo Que El Resto, nadie me entiende porque no tienen nivel para ello, hablo el idioma de todo el mundo pero nadie habla el mío, blablaba, tendrías que escuchar todas las tonterías que escupes cuando te pones en plan egocéntrico.
Si tan mal te parece denúnciame, dice, y se pone la camiseta.
A veces pareces una puta máquina, me sacas de quicio, en serio, nos acostamos juntos, sé que sientes cosas buenas por mí y tú sabes que yo las siento por ti, no hace falta que seas tan cabrón todo el tiempo.
Bueno, pues no te acuestes conmigo, tampoco es un problema tan grave.
Ella da un par de caladas, observando cómo termina de vestirse.
Siempre haces esto, dice, vienes, follamos como si se acabase el mundo, nos abrazamos y justo cuando empiezas a estar a gusto te piras, como si no pasase nada, como si no existiese nada entre nosotros, ¿Qué te da miedo?, ¿Sentirte bien?
No hay miedo, se me acabaron las existencias hace un año, y no hay nosotros, estás tú, estoy yo, y están estos ratos geniales. No lo estropees con tu psicología barata de Cosmopolitan, por favor, eres mucho más lista que todo esto, de hecho es uno de los motivos por los que paso ratos contigo.
Ella da una calada honda y tira el humo por la nariz.
¿Por qué eres así de cabrón?, Sé que no eres así, joder, no podrías hacer el amor así si de verdad lo fueses, te conozco, sé que hay más que eso, no entiendo porque no quieres soltar el látigo y disfrutar de los sentimientos, no todo el mundo va a apuñalarte por la espalda.
No hacemos el amor, follamos, y no he dicho que sea un cabrón, eso lo dices tú. Por otra parte vuestra predilección por los cabrones, digáis lo que digáis, está más que demostrada. No queréis al chico bueno, queréis al chico bueno dentro del cabrón, eres la demostración de ello. En cuanto a la normalidad, ya me esforcé en eso y no dio resultado. La represión es mala, sobre todo cuando sólo favorece a los demás, es lo que hay.
Ella frunce el ceño un momento, respira hondo y luego relaja el gesto.
Sabes que te quiero, sabes que pienso que no hay mucha gente como tú y que si la hubiese el mundo sería un lugar mejor, sabes que me pareces brillante cuando no estás en este plan, no me acuesto con nadie por acostarme, y sé que tú tampoco, me gustas mucho, no hace falta que seas así de borde.
Y tú sabes que todo eso ya lo he oído antes, y no sirve de nada, no servía entonces y no sirve ahora. Las cosas están bien así, deja de decirme siempre lo mismo, no fuerces la máquina.
Tú si que eres una puta máquina, no sé por qué te quiero, en serio, me das mucha rabia, eres encantador y de repente te conviertes en el Capitán Cabrón y no hay quien pueda razonar contigo.
Verás, crees que me quieres porque necesitas hacerte daño y no encuentras a nadie mejor con quien hacértelo, porque todo el mundo habla de acortar distancias pero lo que quiere es recorrerlas, porque todo el mundo habla de honestidad pero lo que quiere son interrogantes, porque todo el mundo dice que quiere cosas en la mano pero lo que quiere son cosas que intentar coger, cosas que puedan caerse, porque todo el mundo habla de seguridad pero adora la incertidumbre, porque sois una panda de masoquistas, porque yo ya me he cansado de tanta gilipollez, de tanta historia cambiada sobre la marcha, de tanta puñalada trapera, de tanta mentira, y porque tú, aunque seas una de las mejores chicas que conozco y no tengas la culpa de nada, eres victima del gen masoca, y porque yo, aunque haya sido buena persona, ya no lo soy. Te gusto por los motivos equivocados, con toda esta frialdad que tanto te molesta sólo te estoy ahorrando problemas. Ya no soy buena persona. No es que no me queden ganas de serlo, es que ya no lo soy, es así de simple.
Ella apaga el cigarro y le dice que se vaya, sin mirarle.
Él le da un beso en la cabeza y sale de la habitación.
Sale de la casa.
Coge el ascensor.
Llega a la calle.
Se para en el callejón, se apoya en la pared, respira hondo un par de veces con los ojos cerrados, aprieta los dientes y sigue andando.
Suena el móvil.
Mensaje.
Es ella. Dice que le quiere, que siente no saber llegar hasta él, que le dará todo el tiempo que necesite para confiar, que sabe que es bueno, diga lo que diga, y que prefiere tener esos ratos que no tener nada. Que él siempre dice que los leopardos nunca pierden sus manchas y que ella le cree.
Se mira en un escaparate.
Le gustaría poder odiarse, aunque fuese un par de segundos. Sólo un par de segundos.
Saca el móvil y escribe un mensaje.
El mensaje dice: Lo siento.
Después lo borra.
Los mensajes tampoco sirven para nada.

13 de marzo de 2006

Fuera de tiempo

Colocó mil cosas a su alrededor.
Cosas que le gustarían, cosas que le harían feliz.
Ella miraba hacia otra parte y él las colocaba junto a ella.
Al final, mucho tiempo después, ella miró a su alrededor.
Le sorprendió no encontrar nada que no le gustase. Todo lo que había buscado en aquel horizonte que, al final, sólo conseguía que sus ojos se humedecieran, estaba justo ahí. Él lo puso ahí. Para ella.
Recordó que a él le gustaba verla sonreír. Por eso había tanto cariño en cada detalle. Siempre supo llegar hasta ella, pero las cosas más importantes las dijo cuando no estaba escuchando.
Al final, pensó, hacemos nuestra entrada fuera de tiempo. Unas veces tarde, otras veces pronto, pero nunca en el momento justo.
Se quedó un rato en silencio, sola, mirándolo todo y, al final, sonrió.
Ahora él ya no estaba ahí para ver su sonrisa.
Ni todas las lágrimas que hubo después.

15 de febrero de 2006

Un café contigo

Elijo mirarnos desde sus ojos.
Seguro que, por mi forma de sonreir, soy feliz contigo. Sé disfrutar de estar en el mismo sitio que tú, quizá por eso sonrío, aunque no te han oido decir nada gracioso. De hecho llevamos unos segundos callados, frente a frente, sin apartar la vista. Esa mirada silenciosa que lo dice todo sin decir nada.
La ternura es tan evidente, ¿verdad?
Seguro que, aunque estés más cansada que otros días, ese brillo al mirarme, ese silencio y esa media sonrisa, habla de todas las cosas que no se ven, de todo lo que existe entre los dos, de todo lo que no se puede apreciar desde su mesa, mientras estamos callados, mirándonos en este café.
O quizá no.
Quizá no saben que, demasiadas veces, la apariencia nos engaña.
Algunas cosas son verdad sólo durante unos segundos. Otras ni eso.
Ellos no saben que no nos queremos.
Y, mirando desde sus ojos, yo tampoco.

9 de febrero de 2006

Iceberg

Somos tres en mi cama.
Estoy haciéndole cosquillas a una de ellas en la barriga, con la yema de mis dedos, mientras otra me rasca la espalda.
Me gusta que me rasquen la espalda.
De pequeño era la única forma de conseguir que estuviese quieto durante un buen rato.
Abrazo y me dejo abrazar un poco. No siempre puedes ser abrazado por dos frentes sin que intenten matarse entre sí, así que disfruto del momento.
Por la mañana sigo estando en el centro de la cama y sigo teniendo dos chicas conmigo. Despierto a la que está cerca de la pared y bromeamos con la que está al otro lado, encima del borde de la cama. (No, encima de mí no, me refiero al otro borde de la cama, el extremo sin pared. Exacto.) Le pateo un poco el culo, la empujo y le digo que traiga el desayuno. Sólo estoy bromeando, claro; bajamos a desayunar los tres juntos.
La chica del bar nos mira un par de segundos y sé lo que está pensando.
Lo sé porque una mañana me preguntó sobre el tema.
Estaba solo y bajé a tomar un café mientras leía los periódicos. Iba por la segunda o tercera noticia cuando ella se sentó frente a mí. Se me quedó mirando con esa cara que ponen los amigos cuando creen que tienes algo divertido que contar. Me quedé mirándola unos segundos y le pregunté, sonriendo, si pasaba algo.
Preguntó, sin perder el tono divertido, por qué iba a desayunar cada vez con una chica distinta, por qué todas tenían cara de cansadas, por qué todas eran guapas y por qué no reconocía que era un golfillo que se pegaba la vida padre.
Le dije que estoy solo, que duermo con amigas, que tengo muchas, que me fio de ellas y que ellas se fian de mí, que eso es todo, que no son ligues.
Por supuesto no se creyó ni una maldita palabra.
Podría haberselo explicado con más detalles, pero de un tiempo a esta parte no doy muchas explicaciones. Además me hace gracia que me toque el culo sin querer cuando nos damos dos besos para despedirnos, así que me parece justo que piense lo que quiera.
El caso es que su mirada, cuando nos ve entrar, es curiosa.
Nos sentamos, le pedimos los cafés y nos los trae.
Las dos chicas y yo estamos desayunando. Me preguntan si escribiré sobre esa noche. Les digo que sí. Me preguntan si lo contaré todo. Les digo que usaré la elipsis de Hemingway en el sitio más adecuado. Pedimos más café y algo de comer. Al rato estamos riéndonos.
Me encantan los icebergs.

15 de agosto de 2005

Vacío

Los domingos por la mañana no hay demasiada faena, así que hago un par de cosas, pura rutina, atiendo un rato, saco un libro y empiezo a leer.
Cuando quiero darme cuenta tengo un destornillador apuntándome. Detrás del destornillador hay un hombre. Es moreno de piel y pelo, unos cuarenta y algo, casi cincuenta, normal tirando a relleno.
Sus ojos intentan ser firmes. Su voz también.
¿Me das el dinero?
Estoy apoyado en el mostrador, sólo he levantado la cabeza para mirarle. Mi cara está a unos dos palmos del destornillador. Mi mano izquierda sigue sujetando la tapa del libro, mi dedo derecho está sobre la línea que no he terminado.
No, no te doy el dinero.
Termino la línea y vuelvo a mirarle. Cierro el libro. No me aparto.
¿Por qué?, dice.
Me inclino hacia delante para contestarle, el destornillador está más cerca.
Si quisiera, a esa distancia, podría vaciarme un ojo.
Porque es domingo, le digo, porque no hay nadie, porque has elegido muy mal día para atracar y porque no hay nada que llevarse.
Mira si hay algo, me dice.
Sin dejar de mirarle a los ojos le digo que no, que no voy a mirar porque no hay nada.
Entonces miro su destornillador. Después miro por detrás de él, un poco por encima y vuelvo a mirarle.
Y, tío, guárdate eso. Porque la cámaras de seguridad te están grabando y la vas a cagar.
Sin variar su expresión desliza el dedo por el metal y va escondiendo la herramienta muy despacio. Se apoya un poco en el mostrador para disimular.
La punta ya no está hacia mí.
Hay un pequeño momento en el que pienso que algo va mal.
Pero no con él.
Conmigo.
Se supone que tendría que tener miedo, estar asustado, algo, sentir alguna cosa.
En lugar de eso estoy ahí, mirándole.
Por supuesto no tenemos cámaras.
Coge eso, le digo, y vete de aquí.
Abro el libro y le echo un vistazo mientras le digo al tipo que, por mí, no me ha dicho nada, que todo eso no ha pasado, que se marche y que no se busque problemas.
Vuelvo a mirarle y siento algo que, de ser un sentimiento completo, podría parecer lástima.
Hay unas bolsitas, dos, sobre el mostrador. Son las pequeñas pulseras que regalan con las papas. Olvidé tirarlas.
Las mira y me mira.
¿Me puedo llevar esto?
Sí, cógelo y vete de aquí.
Se lo digo como se lo he dicho todo. Sin ningún tipo de inflexión, sin suavidad ni dureza. Sin nada.
Vacío.
Se marcha despacio. Le observo hacerlo. Cojea un poco.
Me levanto, voy al baño y me miro al espejo.
Me quedo mirando mi reflejo, esperando alguna reacción. Algo. Alguna puta cosa.
Nada. Cero.
Vacío.
¿Qué coño pasa contigo?

27 de julio de 2005

Los Demonios de un hombre ( Para Juanma )

Voy a contarte algo que no vas a entender, dijo.
Se llevó el vaso de vino a los labios y bebió. Un trago corto; siempre bebía tragos cortos cuando explicaba algo.
Las únicas cosas que vale la pena contar, dijo, no pueden contarse.
Levantó las cejas y añadió: Esas putillas, las palabras, no sirven para nada; eso es lo que aprendes trabajando con ellas.
Símbolos, las palabras son símbolos, dije yo, sí, ya he notado que algunas cosas no caben en ellas, pero bueno, hay que intentarlo.
Escucha, dijo, se trata de que aprendas a triangular la realidad sabiendo que jamás podrás acercarte a ella. Palabras, palabras; nada. Escribir es intentar lo imposible sabiendo que no vas a lograrlo. Me refiero a escribir de verdad, lo demás es quedarse en la zona segura contando mil veces lo mismo, ya sabes.
Bueno, dije, pero se puede escribir bien. Tú incluso tienes premios. Ya sé que los premios no son un indicador, pero vamos, quiero decir que tus historias llegan, ya me entiendes, se puede hacer bien, conectar, transmitir; contar bien la historia.
Apoyó sus manos en la mesa y se inclinó hacia delante, como para ponerse en pie. Clavó su mirada en mis ojos y dijo: Puta mierda, nada, cero. Soy un campeón de lo imposible, sí, se me ha premiado por fracasar con más elegancia que otros, nada más. Esto es como cualquier otra cosa, no tiene sentido, se lo tienes que dar tú. Aún no se han dado cuenta de que lo único importante es que no importa.
Jodidos capullos.
Dio otro trago y siguió hablando.
Está todo en la mirada, chaval; es aprendida, falsa. Lo único que ves es tu forma de ver. Escribir puede servir, como mucho, para que aprendas sobre ella o, en algunos casos, para trabajar otros prismas. Construyes realidades esperando entender cómo cojones funcionan. Fracasas y vuelves a intentarlo desde otro ángulo.
Crear ficciones, dije yo.
Trocitos de mierda, sí.
Catarsis, pensé en voz alta.
A la mierda la catarsis chaval, gilipolleces. Puedes poner tus demonios sobre papel y mirarles a la cara, pero ¿librarte de ellos? Olvídalo. Además, no es bueno librarse de ellos.
¿Por qué? Pregunté.
Me miró en silencio durante unos instantes.
Porque los demonios de un hombre son el motor que lo mueve, chaval.
Somos criaturas enfermas, niño, tensas; necesitamos sacar fuera toda esa basura extra que genera darnos cuenta de las mil pequeñas cosas que el resto no ve. Nos decimos a nosotros mismos que crear es nuestra elección. Una mierda elección. Toda la puta vida escribiendo sin poder parar. Premios, joder, no tienen ni puta idea. Es como rascarse, ¿entiendes? Escribir es un puto picor que no se puede aliviar, aunque te rasques hasta arrancarte la piel.
Hizo una pausa y observó la botella. Después volvió a mirarme y siguió hablando.
Sólo haces pausas para existir y contarlo después. Cuanto mejor escribas más cuenta te darás de esto: Es imposible reflejar nada, nada es representable, todas esas notas sobre tu existencia ni siquiera son una pálida sombra de ésta. Y aún así, si lo intentas lo suficiente y llegas a fracasar de un modo original te llamaran escritor. Igual hasta te dan un premio como esos que tengo en el baño.
Sonrió con malicia mientras daba un trago a su copa; un trago largo esta vez.
Eres un jodido cínico, dije sonriendo.
Abrió sus brazos, subió los hombros y dijo sonriendo: Denúnciame.
Los dos reímos, pagamos la cuenta y salimos del bar.
Quedaba noche por delante.