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14 de agosto de 2012

París

No queda magia en ese sitio.
Quizá la magia erais vosotros y ya os habéis ido.
He visitado vuestras tumbas, ¿sabéis?
Algunas estaban tristes y solas por encima de lo que considero justo.
Pobre Sontag.
Chica lista, tumba solitaria.
Sartre compartiendo tumba con su amor. Nadie escucha, supongo; esa es la auténtica nausea.
Esa idea me hace sonreír.
Una sonrisa que te haría cruzar de acera.
Despliegue de color en la tumba de Cortázar, pequeños objetos, referencias a su obra escritas en su lápida, el sol envolviéndolo todo.
Puedes destrozar tus suelas caminando París y seguir pidiendo más.
El metro es casi una maldición que te lleva de un sitio a otro sin dejarte ver todo lo que te estás perdiendo.
Dios gusano inclemente que te oculta de la luz.
Menos cuando sale fuera.
Ahí está el río y esas casas con su techo de pizarra.
La omnipresente torre Eiffel. No tiene wifi, digo.
La broma diaria.
París es una buena ciudad para estar loco.
Ellos lo sabían.
Me bebo un café en las terrazas donde solían sentarse durante horas a hablar y beber y saboreo en silencio su ausencia.
Y ahí siguen las calles.
Gente de razas distintas, a todas horas, en todas partes. Así debería ser en todos los países. En todos. Bendigo la mezcla que nos hará mofarnos de la pureza que los cretinos ansían.
Ojalá vivas para verlo.
Observo el cañón que apunta al suelo, los cuatro soldados que me encuentro todos los días, en distintas partes, armados con distintos rostros. Quizá la única nota discordante en toda esta armonía.
Un ligero zumbido en una sinfonía de momentos que brillan con la memoria de otros.
Parques enormes, dormir una siesta a la sombra de Hermes.
Bromear en el Louvre.
Hacerla reir mientras paseamos por París.
Subir al punto más alto y girar en 360 intentando bebértelo todo con los ojos.
Estamos aquí, vivos, caminando las calles de los recuerdos que leímos, esculpidos por manos que ya no escriben.
Por vidas que ya no viven.
Y construimos los nuestros, colocándolos en algún rincón libre.
Riéndonos.
Siempre riéndonos.
Sin olvidar -nunca- esas tumbas silenciosas que nos esperan a todos.

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24 de diciembre de 2011

Ojalá

Las palabras son cascarones vacíos que apuntan a cosas que no están ahí.
Y sin embargo sólo tengo eso para decir que os echo de menos.
Decirlo sabiendo que no llega, que no podéis escucharlo y que el que lo escuche no podrá entenderlo porque no lo está escribiendo él.
El sentimiento provoca el gesto y el gesto es perfecto, pero desde fuera es sólo eso; un gesto. Algo que será reconocido tan sólo por aquellos que también lleven dentro aquello que lo provocó.
¿Cómo hablaremos de lo único si por serlo no se podrá comprender?
Entre iguales iremos muriendo hasta que no quede nada, esa es la ironía; de eso me río.
Aún así lo diré; os echo de menos.
No quería veros partir, ni llorar en vuestros entierros. No quería veros sufrir ni dejar de escuchar vuestra risa, y sin embargo os habéis ido marchando sin avisar, primero uno, luego otro, luego otro. Y así seguirá siempre, con pequeñas pausas.
Hasta que me vaya yo.
¿Qué palabras utilizo para explicar lo que se siente cuando toda presencia va acompañada por el vacío que dejaría si se apagase?
Todo lo que se me ha dado es un lenguaje impreciso para expresarme y cuanto más lo domino menos me sirve.
¿Es esto lo máximo a lo que podemos aspirar?
¿Acuchillar con palabras esperando que desde el otro lado alguien pueda imaginarse cómo de grandes o pequeñas son las cosas que intentamos decir?
No tiene sentido, como no lo tiene que ya no estéis.
Todas estas cosas dentro se remueven al hablar de ellas, aúllan hasta enmudecer al mundo y, sin embargo, nunca cruzan el papel, nunca tocan otro corazón; todo esto es un gesto inútil.
Os echo de menos son sólo palabras, sí.
Y sin embargo aquí están.
Ojalá estuvierais vosotros y esta puta página siguiese en blanco.

14 de diciembre de 2011

Como un río

Nos dijeron
que la vida
era
como un río
pero no especificaron
de qué tipo de río
estaban hablando
ni
en qué velatorio
podrías
por fin
comprender cómo fluye
y qué es
con total precisión
lo que hace.

23 de octubre de 2009

Estropeando

A veces
Mientras ensucio la página en blanco
No puedo evitar
Preguntarme
Si no estaré
Estropeando
Algo
perfecto.

4 de julio de 2009

Maullidos

El anciano vive solo con su perra. Ahora mismo hay una gata maullando en su terraza.
Ayer, esa gata blanca y negra tenía dos pequeños gatitos que se refugiaban allí del sol, justo entre la reja y el cristal del salón. Su perra los miraba y no sabía cómo tomárselo. La gata se ponía panza arriba y refrotaba su carita contra las patas de la perra y ésta seguía sin saber qué hacer, por lo que decidió retirarse y cederle espacio a la desconcertante contorsionista mimosa.
Al anciano le gusta mirar todo esto, porque es viejo, está solo y disfruta de las pequeñas cosas.
Sin embargo, hoy la gata maúlla, mirándole directamente a los ojos, desde el mismo sitio donde ayer jugaba con sus dos crías, que ya no están ahí.
La perra la mira desde una distancia prudente, y después mira al anciano. Es casi como estar de luto. De hecho, sin saber por qué, él recuerda algún entierro y el silencio que siempre guarda mientras alguien intenta dejar de llorar.
En mitad del calor, escudriña, con la poca vista y oído que le queda, toda la uralita, las tuberías y ese enorme deslunado donde suelen vivir, la gata y sus crías.
Incluso horas después de que su vecino, un chaval joven que siempre les da de comer, que tiene una cuerda colgando desde su balcón, con un pequeño barreño lleno de agua para que los gatos puedan beber, que ha saltado a la Uralita y buscado a los pequeños, incluso después de que ese vecino se haya marchado, sin dar con ellos, el anciano se queda mirando, escuchando, esperando descubrir dónde demonios están esos chiquitines que ayer fascinaban a su perra, que maullaban en su balcón, que jugueteaban sobre el lomo de su madre, que ahora está ahí, en el mismo sitio, pero sola, y quieta, y mirándole como si el anciano pudiese entender lo que ella siente. Sabiendo, como sólo los gatos saben, que puede entenderla.
Y de pronto toda la tristeza del mundo está ahí, silenciosa e implacable.
Diciéndole que también vive en las pequeñas cosas y que, a veces, puede romperle el corazón sin ni siquiera tocarle.
El anciano llora.
Su perra lo mira, sin saber que hacer.
La gata lo mira, sin saber que hacer.
Ningún maullido en el horizonte.

25 de agosto de 2008

Eso está muy feo

Aquello era una maniobra de alto riesgo.
A día de hoy, todavía no sé qué demonios estaría manipulando aquel tipo en su coche, pero el caso es que sus pies asomaban por la puerta del copiloto y su cabeza estaba enterrada en el hueco de los pedales.
Mi amigo Ángel y yo pasamos por su lado y nos pusimos a observar.
Tanta indefensión no podía pasar desapercibida.
Podíamos saltar sobre su culo, quitarle los zapatos, salir corriendo y no tendría nada que hacer. Así de indefenso estaba.
Había que hacer algo con eso, total, sólo era la una y media.
Recuerdo que Ángel llevaba una especie de ridículo babero gigante. Era verde con rayas blancas, o blanco con rayas verdes, depende de si te gusta plantearte estupideces en plan vaso medio lleno o medio vacío. Lo único que me interesa de un vaso es el ruido que hace al romperse.
Teníamos ocho años y acabábamos de salir de clase. Yo adoraba desinflar ruedas de coche, subirme a camiones parados y hacer todo lo que no debe hacerse con bichos de cuatro ruedas. Era una especie de fijación que, después, sin más, desapareció. A veces me sentaba en la acera y quitaba el tapón de una rueda, ponía el dedo y me quedaba allí, notando como el aire me hacia cosquillas en el trozo de piel que hay debajo de la uña.
Lo de los coches no estaba mal.
Sus dueños eran el siguiente nivel.
Y ahí estaba, un conductor indefenso, todo para mí.
Ángel, dije mientras miraba a mi alrededor, vamos a hacer algo.
Él me miró y, sin saber todavía el qué, asintió.
Siempre se apuntaba a todas mis gamberradas porque una vez se abrió la cabeza y yo se la tapé con tierra hasta que pudimos llevarle a su madre para que lo curase.
No es muy higiénico, pero paró la hemorragia.
Desde entonces su lealtad era inquebrantable y, aunque yo no la ponía a prueba, me gustaba saber que había alguien en el mundo que diría sí donde el resto decía no.
Entre las piedras del mini solar donde el coche estaba aparcado encontré un plato de plástico. Me acerqué con sigilo y lo cogí. El tipo del coche seguía dale que te pego a lo que fuese que estaba haciendo. Sonreí y le hice una señal a Ángel para que se retirase hacia la calle. Le seguí, intentando no hacer ruido. Caminamos un momento por la acera y entramos al primer garaje que vimos. Una de esas cuevas que tanto nos gustaban cuando éramos niños. En realidad sólo era la entrada al garaje, pero con ocho años aquello era un mundo. Además, estaba aquella cerradura en la que nunca te cansabas de meter cosas. Un lugar especial, sí.
Quiero que cagues en este plato, le dije.
Ángel me miró un momento, desconcertado. Después miró el plato, que seguía en mi mano. Lo coloqué detrás de él y le miré a los ojos. Apunta bien, dije.
Ángel se bajó los pantalones y me pidió que vigilase. Me acerqué a la acera y miré hacia ambos lados. No viene nadie, dije, aprieta.
Aquel angelito, nunca mejor dicho, soltó un pastel de campeonato.
Recuerdo que se subió los pantalones y le miré muy serio.
¿No te limpias?, le dije.
No, no me he ensuciado, abrí mucho el culo. Luego en casa me lavaré.
Eres un guarro, dije, y cogí el plato con la mierda.
Aquello olía como el mismísimo infierno. Recuerdo que tuve una arcada y pensé que no iba a poder hacerlo, pero me repuse enseguida. En aquellos tiempos yo era un muchachito con iniciativa y afán de superación, sólo que en vez de intentar superar al resto intentaba superarme a mí mismo. Con los años he llegado a pensar que es una sana costumbre, pero bueno, eso ahora no importa.
Por la acera hacíamos extrañas maniobras para cubrir todos los ángulos y que nadie viese el plato y, sobre todo, lo cosa humeante que había en él. Aquello, siendo bajitos como éramos, resultó ser toda una odisea. Un aliciente añadido, si quieres llamarlo así.
Llegamos a la gravilla y comprobamos que el tipo seguía inmerso en su traqueteo. Me acerqué con el plato y Ángel se paró en seco.
Negó con la cabeza y los ojos muy abiertos.
Yo le saqué la lengua y le guiñé un ojo, gesto que adquirí en mi infancia y que sigo haciendo cuando me encuentro rodeado de gente con cara de «¡no lo hagas!».
Me acerqué despacio a aquellos zapatos que se movían y Ángel retrocedió. Eché un vistazo a las piernas, para ver cómo de largas eran. Tenía que colocar el plato de forma que, al salir, el pie cayese justo encima. Era una cuestión de logística. Habíamos invertido tiempo y esfuerzo, sobre todo Ángel, en aquello. No podía fallar.
Dejé el plato en el mejor lugar posible, según mis cálculos más o menos arbitrarios, y me sentí satisfecho. Retrocedí agachado, intentando no hacer ruido, y llegué donde estaba Ángel.
Fuimos hasta la esquina y nos quedamos mirando.
Pasaron un par de minutos y, entonces, sucedió.
Aquellos pies empezaron a moverse más de lo normal, seguidos por unas piernas.
Ángel se tapó la boca con las dos manos.
Yo sonreí de medio lado y noté una cubitera de hielo agitándose en el estómago.
El pie cayó en el centro del plato y lo que en algún momento fue el almuerzo de Ángel trepó por aquellos zapatos en dirección al calcetín. El tipo hizo un movimiento raro y, al levantar el pie, levantó también el plato.
Aquello se ponía interesante.
Con el otro pie en el suelo, se apoyó en el coche y depositó parte del regalito en el interior del vehículo.
Yo me tronchaba y Ángel iba a llorar de un momento a otro, lo cual nos delataría como autores de aquello, así que opté por una retirada discreta, con algún giro ocasional para ver al tipo agitar los brazos y, de pasó, aumentar mi conocimiento sobre palabras malsonantes.
Recuerdo que tenía bigote y cara de muy mala hostia, y sobre todo, recuerdo que, de alguna manera, tenía pinta de merecerse que alguien le pusiera un plato lleno de mierda debajo de un pie. A veces las cosas son así.
De camino al parque, reflexioné.
Repase con detalle todo lo sucedido, punto por punto, y, en mi fuero interno, decidí que aquello no estaba bien. Él tenía que saberlo, o la cosa podría repetirse, así que decidí comunicárselo, con total seriedad.
Ángel, le dije, eso de no limpiarse el culo está muy feo.
No lo hagas nunca más, o dejaré de ser tu amigo.
No lo haré más, dijo, te lo prometo.
Vale.
Y nos marchamos a comer.

29 de febrero de 2008

Animaladas

No tengo nada en contra de los amantes de los animales, aunque tampoco tengo nada a favor.
A título personal diré que he visto a personas que se declaran animalistas tratar a otras personas a patadas, pero sé que es una casualidad y que no son un ejemplo ilustrativo. Coincidencias, mala suerte y cosas de esas. Quizá el amor por los animales de estas personas que yo conocí sea un intento de compensar su falta de tacto y empatía con sus congéneres humanos, o vete tú a saber. A fin de cuentas no es importante, y menos a estas alturas.
No obstante, me gusta la gente que hace cosas buenas por los animales igual que me gusta la gente que hace cosas buenas, así, en general. Ambas me parecen dignas de respeto pero no de elogio, ya que hacen lo que deben y cumplir con obligaciones éticas no es motivo de premio, al menos para mí.
Hoy comentaba con una amiga un correo que hemos recibido, en el que se acusaba a un artista de asesino de animales. Ha sido difícil discernir los hechos entre todo el odio que destilaba el mail de marras, así que me he puesto a buscar.
Eso, en lugar de aclararlo, lo ha complicado.
Para encontrar información más o menos objetiva que se ciñese a los hechos, en lugar de comentarios sobre lo hijo de la grandísima puta que es el artista y sobre todas las torturas a las que habría que someterle, he tenido que usar mucha, mucha paciencia.
Al final he llegado a una conclusión que quisiera compartir con vosotros.
La cosa pinta así:
El tipo colocó en una pared, escrito con trozos de pienso, “Eres lo que lees”. En la pared de enfrente colocó a un perro atado con una correa corta. Anunció que lo iba a dejar morir de hambre, entre otras cosas para denunciar los miles de perros famélicos que hay en su país, donde las calles están llenas de ellos. Mueren centenares todos los días y nadie lo ve, y a nadie le importa. La muerte de este, al menos, servirá de algo.
Eso es lo que dijo.
Según los airados internautas que le han mentado a todos los muertos, el perro murió, o, mejor dicho, fue asesinado por este pintamonas inmoral.
Según las únicas fuentes oficiales que he podido encontrar, la Directiva del museo, varios trabajadores de éste, el propio artista, y algún periódico que había hecho los deberes, el perro no murió.
No sólo no murió, sino que era alimentado de noche por uno de los guardias. Aunque eso no es interesante para mis colegas los de Liberad a Willy, porque no resulta polémico.
Todo esto no me ha gustado un pelo y lo que empezó como curiosidad ha terminado como mosqueo profundo.
Lo que me toca los cojones es que, entre los cientos de personas que vieron la exposición, nadie tuvo la idea de:
A) Soltar al perro.
B) Coger pienso de la pared y dárselo.
C) Llevarle comida de casa.
D) Dejarle caer cerca cosas que pueda comer.
E) Derramar líquido cerca que pueda beber.
F) Presentarse con el jodido ejército, las autoridades o lo que hiciese falta.
G) Atarse una bomba al pecho y exigir la inmediata liberación del famélico can.
F) Reunir firmas y adoptar al perro como mascota de honor del Museo
H) Hacer algo, cualquier cosa, que no fuese quedarse mirando.
Y me jode la historia, ya veis.
Me jode ver a la gente llenarse la boca con crueldad animal y callarse como putas con otras cosas que, lo siento, son más importantes.
¿Crees que a los niños de países pobres les salvan la vida después de rodar el anuncio?
Despierta, gilipollas.
Así que he de decir que el tipo tiene razón, somos lo que leemos; y lo que leemos son un montón de gilipolleces que caen por su propio peso cuando tenemos a un perro atado a una pared, al alcance de la mano, y no hacemos nada por él.
Nada.
Es más fácil poner el grito en el cielo y pedir sangre que informarse o, al menos, preguntarse, qué cojones estará intentando decir el tipejo que ha organizado ese tinglado.
A lo mejor es que, cegados por su imperturbable amor a los animales, pensaron que la cosa iba con el perro, cuando, en realidad, los auténticos protagonistas eran la panda de imbéciles que desfiló por delante suyo sin mover ni un dedo.
Todo esto me parece muy edificante. Los mails pidiendo boicot al señor que tuvo la idea, los golpes en el pecho, las amenazas de muerte y todo el follón, que persiste incluso después de que las autoridades del museo, y el propio artista, hayan explicado la historia.
Ya que nos ponemos, nos ponemos, ¿Qué importa la verdad si esto es más jugoso?
Así que, a mi amiga y a mí, nos parece que todo este barullo forma parte de la idea original, de la denuncia que el artista pretendía conseguir y, sinceramente, le ha salido redondo.
Plas, plas, colega, muy bueno lo tuyo.
Y si pienso así es porque yo, en su lugar, habría hecho exactamente eso:
Decirle a una panda de meapilas que me voy a cargar a un inocente, ponerlo a la vista para que lo pudiesen salvar, ver cómo no hacen nada por él y partirme la caja después con sus airados insultos, sus amenazas de muerte, sus peticiones de veto y toda la demás parafernalia infame con la que me he desayunado mientras buscaba información sobre el asunto.
Entiendo que les venga a huevo seguir en sus trece pidiendo la cabeza del autor, pero existen una serie de indicios que señalan que, simplemente, esa obra buscaba hacer visible cierta hipocresía e incoherencia en el individuo. No en el que la realizó, no, sino en todos los que fueron a verla.
Todos y cada uno de ellos.
Si las cosas fuesen como tienen que ser, en esa pared no habría quedado ni un sólo trozo de pienso, al menos es lo que yo habría esperado. Pero claro; es más fácil escribir amenazas de muerte, convocar boicots y sacar pecho a favor de los animales que hacer algo por ellos.
Incluso si el perro hubiese muerto realmente me seguirían pareciendo más culpables los que no hicieron nada por él que el tipo que lo puso allí, pero no parece ser el caso, por mucho que se empeñen.
Así que, una vez meditado el asunto puedo decir dos cosas:
1) Que la gente que de verdad hace algo por otro ser vivo seguirá teniendo mi simpatía.
2) Que la gente que de verdad hace algo contra otro ser vivo seguirá teniendo mi desprecio
En cuanto a los del airado mail pidiendo la cabeza del artista en bandeja de plata, y blablabla, sólo diré seis palabritas:
No contéis con mi firma.
Capullos.

10 de diciembre de 2006

Soplaba las gotas

Hay momentos que te hacen sentir que todo está en orden, sea cierto o no.
Algunas personas tienen ese momento con un cigarrillo, otras cuando suben a su coche después de un día de trabajo, justo antes de darle al contacto. Otras lo tienen mirando los ojos de alguien que, con el tiempo, les deja de producir esa sensación de paz. Hay muchos momentos así, quizá uno por persona, o un poco menos, pero el caso es que hay para elegir.
El suyo ocurría en la ducha.
Cuando ya se había quitado todo el jabón, se apoyaba en la pared y dejaba que el agua corriese por su nuca. Soplaba las gotas que caían por su nariz, giraba el cuello, despacio, y dejaba que el agua le acariciase.
Todo en orden.
Todo en su sitio.
Sin padres que mueren, sin crecer deprisa, sin decepciones, sin perder lo que más quieres, sin amigos que fallan, sin mujeres que mienten, sin distancias con todo, sin personas que miran y son incapaces de verte, sin ese zumbido de mediocridad rasgándote por dentro, sin pena, sin ira.
Sin mundo; tan sólo la sensación del agua corriendo por la espalda y tu propia respiración.
Momentos en los que quedarse a vivir.
Si algo tienen los momentos es que, sin que se pueda evitar, terminan convertidos en recuerdos. La gracia del asunto, para él, estaba en cuánto podías capturar antes de que se marchasen, antes de que cambiasen de estado. Cuanto mayor sea tu grado de atención, decía, cuanto más pongas los cinco sentidos en vivir lo que vives, sea bueno o malo, más nítido será el recuerdo.
Existirás, te morirás, y sólo quedarán tus historias. Es una cuestión de intensidad.
Lo demás, como casi todo en este circo, es mentira.

22 de febrero de 2003

Es lo que tú y yo hace tiempo sabíamos ( Publicado en Cádiz Rebelde )

Plas, Plas, Plas.
Démosle todos un fuerte aplauso al gran educador de los tiempos que corren.
Sí, amigos, hoy vamos a rendir homenaje a la televisión.
En primer lugar démosle las gracias por hacernos insensibles al dolor ajeno.
Por conseguir que seamos capaces de comer mientras nos cuentan las penurias económicas de cualquier país.
Preferiblemente Sudamericano.
Ya sé que algunos dirán que ellos paran siempre la cuchara en ese momento.
Un aplauso para esos también.
Seguidamente demos gracias a la tele por servir de vehículo a esas ideas tan valiosas que nos evitan el pensar lo que hemos de hacer con nuestras vidas.
Esos anuncios de jóvenes de nuestra edad conduciendo maravillosos coches que van de cero a cien en un periquete.
Jóvenes que vemos en habitaciones tan grandes como nuestras casas, que están sobradamente preparados, que da gusto verlos, oiga.
Los que nos marcan el camino de la letra, la hipoteca y el rizar el rizo en un sistema hecho para ricos, cada vez más.
Los que nos hacen olvidar que aquello que hicieron nuestros padres, lo de labrarse un porvernir con su esfuerzo y llegar a tener una posición relativamente cómoda, es
imposible hoy.
Esos que nos hacen, a fin de cuentas, de anestésico.
Nuestros modelos de futuro.
Gracias, también, a la televisión por habernos hecho participar de un modo mas activo en la JUSTICIA.
Por habernos permitido condenar a los culpables mucho antes de que haya sido demostrada su verdadera implicación.
Por conseguir que el juicio popular tenga más poder que el juicio legal.
Hace algunos años, en este encantador país de gentes de bien, se acusó a ciertos personajes publicos de haber frecuentado un club Gay donde, al parecer, podían disfrutar de
sus conductas desviadas con menores de edad.
Algunos de estos acusados no trabajaron ese verano, porque nadie los contrataba, otros desaparecieron una buena temporada de los medios.
De nada les sirvieron los años de trabajo y esfuerzo para conseguir su posición.
El caso es que al final la demanda no prosperó.
Pero no importó.
Porque gracias a la televisión todos pudimos juzgar a esos inmorales, a esos descastados, a esa pandilla de maricones; rechazarlos y ponerlos en su sitio.
Sin que nos importara lo más mínimo el hecho de que nada de lo que se decía contra ellos estaba demostrado.
Total, si la tele lo dice tiene que ser verdad.
Pero mientras tú no hagas oficial el respeto a otras opciones de vida y de sexualidad, estas no serán validas.
Mientras no remarques que, si no se demuestra por la via legal la culpabilidad uno es inocente, todo seguirá igual.
A Franco le habría encantado.
Por supuesto no voy a olvidar ese gran favor humanitario que se nos hace a todos desde nuestro homenajeado medio.
Gracias, amiga tele, por hacer desaparecer los horrores de este mundo.
Por conseguir que un dictador asesino que burla la ley desaparezca de nuestras vidas; con el simple hecho de dejar de mostrar su imagen en ti.
A fin de cuentas, gracias no ya por la emisión, si no por la omisión.
Por omitir las muertes en el nombre de la paz en lugares como Vietnam, Sudán, Irak, Yugoslavia, Camboya, Nicaragua, etc, etc.
Muchas gracias ( no se me olvide, ¡por Dios! ) por mantener las cosas en su sitio.
Por cancelar los programas que se atreven a ser irreverentes, pero no ridículos; de los ridículos ya tenemos de sobra.
Cada vez que el pueblo decide alzar la voz tú muestras sólo esa cabina rota, ese disturbio, esa noticia, sin mencionar a los que no alborotaron.
Haces bien; no sea que a la gente le dé por empezar a ver bien eso de expresarse y exigir que se hagan las cosas de forma correcta.
No sea que empiecen a darse cuenta de que, en una democracia, eliges un representante pero no le cedes todo tu poder.
No sea que les dé por empezar a unirse y derroquen un sistema que no funciona.
Llegados a este punto no puedo hacer otra cosa que quitarme el sombrero por uno de tus mejores logros.
Conseguir expandir la COMPETITIVIDAD.
Con tus anuncios, tus series, tus discursos en ese sentido y tu omisión de los discursos en el sentido contrario.
Esa competitividad que hace que no seamos capaces de unirnos, por no ser compañeros, si no competidores.
Esa unión que haría la fuerza que, los que te programan, no desean para nosotros.
Y es que es difícil ser fuerte cuando se pasa uno el dia trabajando para alcanzar un ritmo de vida impuesto desde tí, un ritmo imposible.
Es difícil pensar cuando uno cree que lo único que puede hacer en sus ratos libres es sentarse a observarte.
A tragarse todo lo que sueltas.
Impasible, sin mover un dedo más que para hacer zapping.
Ese gran deporte.
Dar vueltas y vueltas a canales que escupen la misma basura una y otra vez esperando el milagro de algo que capte una atención cada vez más dormida.
Escuchar la voz que haces sonar más fuerte, la de los ridiculos y los demagogos.
Voy a decirte algo:
No creo en tí.
No creo que respondas a la demanda.
Has demostrado que la ley de oferta y demanda es falsa.
Tu creas la demanda escupiéndonos basura y haciéndonosla tragar.
Quiero que sepas que ya no te quiero, no te necesito.
Has perdido tu encanto.
Si alguien te enciende frente a mí tus mentiras aparecen evidentes a mis ojos.
Será que llevo tiempo sin verte.
Quemar libros sería muy llamativo, es mejor conseguir que la gente deje de leerlos y pierda el tiempo frente a tí.
Aplaudo la jugada.
Pero yo no juego más.
Esto, como verás querida tele, no es sólo un homenaje.
Es lo que tú y yo hace tiempo sabíamos:
Es una despedida.
Music: Simpathy For The Devil – Rolling Stones.